Cuentos · Unidad 12 de 58

Unidad 12 · LA HIERRA DE FUEGO.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LA HIERRA DE FUEGO.

— ¿De véras?

— Con la del amor.

— ¿Creéis que ame? dijo la niña con voz trémula. — ¿ Os ha mirado con mucha fijeza algún hombre? — Me ha mirado.

— Pues por la vista entran el amor y los hechizos.

— ¿Y se confunde la enfermedad?

— Tanto , que he oido decir á una maga que ejerce su l)rofesion en Valladolid: «Sólo vienen á consultarme madres con niños en los brazos, ó jóvenes enamoradas.» ¿ Queréis saber si es amor ó son hechizos ? dijo el Marqués sonriendo.

— Tengo miedo.

— ¿De estar embrujada?

— I Ah ! No señor.

— Y temiendo la prueba, ¿cómo os habéis determinado á venir á mi posada? El Marqués sintió en la mano de la desconocida un brusco estremecimiento.

— ¿ Queréis que averigüe el nombre de la persona á quien amáis?

— No, no, dijo levantándose la judía.

— ¿Y no me diréis el vuestro? ¿No os descubriréis el rostro como me habéis prometido?

— Ya es imposible, contestó haciendo ademan de retirarse la desconocida.

— ¿Qué es esto? pensó D. Enrique: ¿será posible que mi corazón rejuvenezca y venga el amor á buscarme á mi retiro ? Y añadió dirigiéndose á la hebrea : ¿Os alejais?

— Perdonad si os he molestado.

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— ¿Creéis que no sabré vuestro nombre, aunque tratéis de ocultármelo ?

La niña se detuvo y preguntó con terror:

— ¿Tenéis medios de saber quién soy?

El Marqués, viendo el buen efecto de su ardid, añadió con tono muy formal:

— Y de averiguar quién es el hombre á quien amáis.

La judía lanzó un gemido y se recostó en la pared para no caer al suelo; el Marqués se aproximó á ella con grave respeto y la dijo con dulzura:

—¿Por qué tratáis de abandonarme, si para mí no puede haber secretos?

— Pues bien, tened compasión de mí y no digáis los mios á mi padre, dijo la niña descubriéndose la cara.

Don Enrique se quedó maravillado; érala linda Sara, hija de Asser, cuyos negros ojos y hermosísimo rostro habla contemplado algunas veces suspirando.

— Pero ¿y vuestro padre? dijo atrayéndola hácia sí, y mirando con deleite aquel semblante virginal y delicado.

— Mi padre trabaja y me juzga recogida. Vos tenéis la culpa de mi atrevimiento.

— ¿ Yo, divina Sara ?

— Sí, vos: ¿por qué me mirabais tanto siendo brujo?

Asser echaba leña en el fuego miéntras D. Enrique continuaba dormido,.

Entre tanto la acción del narcótico iba en aumento en el cerebro del enfermó, y el sueño iba tomando cada vez un carácter más vago y vaporoso.

Sara habia introducido sigilosamente á D. Enrique en el laboratorio de Asser , que retiraba del fuego un crisol hecho ascua, derramando su contenido en una piedra.

— ¿Es oro? dijo D. Enrique, sin saludar al judío, y presentándose bruscamente.

—No, contestó éste sin sorprenderse ante aquella aparición: es mercurio filosofal , obtenido bajo la influencia de los astros que presidieron á vuestro nacimiento: derramado en esta piedra y pronunciando las palabras rituales, he podido evocaros.

— ¿Luego he venido involuntariamente por vuestro conjuro? preguntó admirado D. Enrique.

— Sí, amigo mió.

El Marqués de Villena estaba lleno de asombro, y dijo á su compañero de trabajos:

— Sois más afortunado y diestro : en vano he pasado las noches mirando al firmamento, ó evocando á los ángeles buenos y malos: las estrellas callaban ; los espíritus no me obedecian ; las nueve esferas me parecían figuras ideales, y sólo veia un espacio ilimitado , sin divisiones ni casillas, de aire sutil , en el cual giraban los astros. El cielo y los libros me parecian en contradicción , y las matemáticas ineficaces para explicar la relación entre los astros y los hombres...

— ¿ Habéis consultado las entrañas de las aves ?

— Sí; pero en vez de hallar en ellas lo porvenir , sólo he encontrado el arte de trinchar.

El judío sonrió y D. Enrique dijo;

— ¿Me necesitabais?

— De nadie necesito.

— ¿ No sois un pobre judío ?

— Según vuestros libros, pertenezco al estado de mercader, en mi calidad de boticario (1).

— No tal, respondió el Marqués; pertenecéis al estado de maestro.

— Estáis equivocado, mi clase no está descrita en vuestra obra. Soy del estado de los espíritus.

Don Enrique de Aragón le miraba con extrañeza.

— Sí, amigo mió, viven aparentemente al lado vuestro hombres y mujeres, con aspecto corpóreo, que nacen y mueren al parecer, y fingen vivir como vosotros: miéntras los demás hombres se preocupan de su propio bienestar y gastan su vida en procurarse goces materiales, nosotros alimentamos las ciencias, descubrimos los secretos naturales, perfeccionamos los idiomas, difundimos las ideas y trabajamos para todos. ;Ay de la generación en que falten los espíritus y que sólo produzca esos individuos egoístas que viven para sí exclusivamente ! Escucha, Enrique : voy á pagar tu amistad con el pobre judío, proporcionándote el agía ofentide, aquella planta que Mahomad Alcagi juzgó necesaria jDara que fueras sabio , feliz y respetado : esa hierba sólo se encuentra en mis jardines.

Asser cogió de la mano á D. Enrique de Aragón , y

(1) Trahojos de Hércules. Divide D. Enrique do. Aragón «el cuerpo místico universal ó congregación humana» en doce estados, que son : de príncipe, de prelado , de caballero , de religioso, de ciudadano, de mercader, de labrador, de menestral , de maestro, de discípulo, de solitario y de mujer.