Cuentos · Unidad 13 de 58

Unidad 13 · LA HIEKBA DE FUEGO.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

LA HIEKBA DE FUEGO.

abriendo una puertecilla, le condujo á un jardín fantástico , iluminado por una claridad vivísima, que en vez de ofender, producia en la vista extraño deleite.

Los árboles y las j)lantas eran de fuego ; hilos de luz, en forma de menuda hierba, brotaban de la tierra, é insectos luminosos se arrastraban entre la hierba ; cada flor tenia su matiz propio ; veíanse colores completamente extraños y desconocidos , un chorro de luz brotaba de un surtidor de jaspe, y aquel líquido de fuego, al caer sobre la piedra , se deshacia en chispas y circulaba por estrechos cauces.

Don Enrique cortó una magnolia de fuego y aspiró con ansia sus emanaciones , sintiendo que su vida se aumentaba, que ensanchaba con rapidez su entendimiento, que su corazón se inundaba de alegría, que todos los secretos de la creación se le revelaban, y vió á Sara que le miraba con amor y le esperaba sonriendo.

Pero en aquel momento sintió en su rostro una impresión dolorosa, y haciendo una contracción sobre sí mismo, se encontró en su alcoba, delante del hogar; Miguel Ramírez estaba arrodillado ante su silla y tenía un hisopo en la mano, con el cual le había rociado el semblante de agua bendita, pero helada. El Marqués, que se creía amado y poderoso, se encontró pobre, viejo y moribundo.

Miguel liamírez liabia llegado hasta la huerta lleno de escrúpulos y recelos : ninguna claridad se distinguía

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FERNAÍÍDEZ BREMON.

en el interior, y cuando se determinó á saltar la tapia, un coro de ladridos le hizo ver que era imposible el asalto.

No tenia otro remedio que retirarse, lo cual repugnaba á su fidelidad; así es que después de muchas vacilaciones se decidió , no sin haber perdido mucho tiempo, á llamar á la puerta y declarar lo que sucedia al dueño del jardin, que era D. Lope de Barrientos, obispo de Cuenca.

— Hacéis mal en intervenir en asuntos de esta índole, buen Ramírez, é hicisteis peor en dejar á vuestro amo moribundo en poder de un judío, dijo el prelado. Sin embargo, he oido hablar de esa hierba, y no como amuleto, sino como curiosidad, quiero saber si realmente crece en esta huerta : una hierba de fuego no es imposible para el que ha sembrado el orbe de tantas maravillas. Apresurémonos, que quiero ir en persona á auxiliar al moribundo , y enviar aviso á Palacio para que el Rey no ignore el grave estado de su tio.

Recogidos los perros , el Obispo y Ramirez recorrieron la huerta, que era pequeña, en todas direcciones, sin encontrar vestigios del vegetal maravilloso.

— Me han engañado, señor, dijo Ramirez con espanto: ese judío ha querido alejarme para que mi amo muera sin auxilios espirituales.

— No hay que perder un minuto, contestó con interés el Obispo : D. Enrique necesita más que otro el amparo de la Iglesia.

Don Lope de Barrientos dió algunas órdenes, y acompañado de Ramirez y de varios servidores, llegaba poco después á la posada del Marqués de Villena.

El escudero descolgó una pila dé agua bendita y un hisopo que tenía tras de la puerta , y precedió al prelado, rociando los muebles y paredes.

— ¡Se ha escapado el judío dijo Ramírez abriendo la alcoba del enfermo. Ese miserable ha huido llevándose el alma de mi pobre amo.

Y cayó de rodillas ante el señor de Iniesta, rociándole el rostro ^opiosa y piadosamente.

IV.

Más que la desagradable impresión del agua helada, hicieron volver en sí al Marqués de Villena la presencia de su escudero , el triste espectáculo de la realidad , y esa reacción final con que la vida se defiende de la muerte.

— l Aun vive ! exclamó con efusión el escudero.

Don Enrique, entre tanto, le interrogaba, sin hablar, con su mirada fija y expresiva.

— ¿Ha sido inútil tu viaje? dijo por fin el enfermo.

El escudero no se atrevía á contestar : D. Enrique prosiguió diciendo :

— ¿Por qué habré despertado?

Y cerró los ojos , tratando de reanudar el su-eño y volverse al mundo fantástico de Sara ; pero cuanto más quería alejarse de la realidad, ésta se le representaba con más triste relieve.

— Ramírez, dijo el Marqués con amargura : des-, cuelga mi laúd y échale al fuego. Ese instrumento de

placer sollozaría entre mis manos : mi alma ya no existe: si aun parece que vivo, es porque el dolor, dentro de mí, hace las veces de alma.

El escudero arrrojó el laúd al fuego.

— ¿Ves que bien arde? Era muy viejo, como mi corazón ; los corazones secos también se incendian fácilmente.

El Obispo de Cuenca permanecía detras del enfermo, sin que éste reparase en su presencia.

— Adiós, doña María, primer amor mío : adiós, blasones de mi nobleza ; adiós , Asser , mi compañero de estudios ; Eamirez , compañero de pobreza ; Sara , último latido de mi corazón. Adiós, libros míos, lazo que me unirá con las gentes venideras, depósito de todos mis pensamientos, resúmen de todas mis vigilias. Adiós, cuerpo envejecido, cómplice de mis flaquezas y estímulo de mis vicios, diligente servidor en otro tiempo, y boy caduco y molesto huésped. Todos sois amigos que dejo atrás, miéntras mi alma continúa su viaje solitaria y afligida.

— El alma que se eleva á Dios no es un alma solitaria, dijo el Obispo adelantándose.

— ;Ah! ¿sois vos, D. Lope? exclamó D. Enrique sorprendido. ¿Qué venís á hacer en esta casa?

— Cumplir mi deber, D. Enrique ; somos los cortesanos del dolor, y aquí reina en toda su grandeza.

— ¿ Habéis oído ?

— Don Enrique, la religión abre los brazos al afligido, pero no adula al soberbio. Reconcentrad el espíritu y ved si habéis merecido ese dolor.

El Marqués de Villeiaa calló.

— Recordad que por la ambición del Maestrazgo os

divorciasteis de doña María Pensad si cumplisteis

bien con vuestro carácter de prelado: si la adulación pudo más en vos que vuestros deberes de esposo ; meditad en la sangre que por vuestra culpa se ha vertido, y decid si con semejante vida tenéis derecho á pedir una muerte apacible y sin contrariedades.

— Hace de eso tanto tiempo contestó el Marqués.

— El pecado no prescribe sino con la penitencia.

— Ademas, añadió el Obispo, ¿en qué empleasteis la ociosidad en vuestra villa de Iniesta?

— He pasado veinte años estudiando.

— Sí : se os ha visto en compañía de astrólogos, gastando vuestro entendimiento en locas especulaciones prohibidas por la Iglesia ; habéis saciado vuestra gula, y no habéis combatido las tentaciones de la carne ; habéis tenido correspondencia con infieles

— La fama de mi nombre hacía que me consultasen.

— Como entendido en la cabala y en la magia, ¿no es cierto? Don Enrique , no buscabais la ciencia por el camino recto, y vuestro entendimiento se ha extraviado: y si no, ¿qué habéis encontrado en esas ciencias que no se enseñan en nuestras universidades ?

— Nada: verdades desfiguradas, errores bien vestidos, misterios, sombras, miedo. Supersticiones de viejas convertidas en sistema científico por locos.

— Don Enrique, más os ha seducido la lectura del libro Eaziel que la de los Santos Evangelios.

— Yo buscaba la verdad en todas partes.

— ¿Y creíais que un ángel liabia revelado á un hijo de Adán las fórmulas con que se llama á los espíritus ?

— Yo no creia : averiguaba

—¿Habéis hecho algún bien? —He sido tan pobre

— -No, Enrique, no habéis sabido gobernar vuestra hacienda ; habéis roto con la Nobleza, aficionándoos al trato de gentes despreciadas , y despreciando el ejercicio de la guerra, que es obligación natural de todo cristiano en una tierra conquistada por infieles. No es el mundo quien os abandonó, sino vos el que os alejasteis de ese mundo, rompiendo sus costumbres, saltando por sus leyes y muriendo como incrédulo.

— ¿Incrédulo decís? exclamó D. Enrique con extraño acento.

— Estáis muriéndoos ; tenéis la conciencia cargada de delitos ; se halla á vuestro lado un sacerdote y no le habéis pedido confesión.

Don Enrique bajó aterrado la cabeza, consultó su memori^;, miró en torno suyo, y dijo humildemente :

— Acercaos, D. Lope, que voy á decir todas mis culpas.

El Obispo de Cuenca se aproximó al enfermo , y su oido penetró en aquella oscura y fantástica conciencia : el enfermo palidecía ; el confesor temblaba ; los troncos que se retorcían en el fuego lanzando gemidos parecían, espíritus que protestaban de aquella santa ceremonia.

Media hora más tarde, el Marqués de Villena, tranquilo y resignado, decia con voz casi apagada al Obispo de Cuenca :

— Todo es vanidad ; sólo es real lo eterno. Haced que sea quemada mi librería ; húndanse conmigo esos volúmenes que he amontonado por orgullo , y que á nadie pueden aprovechar, puesto que no me disiparon ni una sola duda. ¿Qué es la fama, si áun lo tangible se vuelve humo al borde de la tumba?

Aquellas fueron las últimas palabras del Marqués, que alzó al cielo los ojos miéntras el sacerdote le absolvia.

El Obispo de Cuenca veia espirar al moribundo sin que llegase la Comunión : la respiración del Marqués se hizo fatigosa y sus miradas se extraviaban.

— Muere en Dios, dijo al ver que lanzaba un largo suspiro, acaso el último.

En aquel momento se oyeron grandes voces en la calle.

— ¡ Sacrilegio ! ¡ Sacrilegio !

Cuando entraba en la posada el sacerdote que iba á administrar la Santa Eucaristía al enfermo, un bulto, que salia huyendo de la casa, atropelló al sacerdote.

Era Asser, que, ciego y temeroso, aprovechaba aquella ocasión de huir para ocultarse.