Cuentos · Unidad 14 de 58
Unidad 14 · FERNANDEZ BEEMON.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
FERNANDEZ BEEMON.
Alzóse un gran clamoreo : unos decían que el bulto era el demonio , que huia de aquella casa para siempre. Las viejas aseguraban que la confesión no liabia sido sincera, y que el alma del Marqués de Yillena, al abandonar su cuerpo, habia querido impedir que el cuerpo de Nuestro Señor entrase en su morada.
La religión liabia absuelto al pecador : la voz del pueblo seguia condenándole ; para aquélla era un cristiano arrepentido ; para la segunda un brujo impenitente.
EPÍLOGO.
Si el rey D. Juan II no auxilió en vida á su tio don Enrique de Aragón , en cambio le hizo enterrar con toda pompa. Su cadáver fué depositado en la iglesia de San Francisco, junto al altar mayor, al lado de la Epístola; pero concluidas las ceremonias fúnebres, á que asistió de luto la Grandeza, quedó arrinconado para siempre aquel hombre singular, enemigo de las armas en un siglo de guerreros, apasionado por las ciencias en una época de oscuridad : aquel hombre que en vida vió á la Nobleza de Castilla y Aragón disputarse con las armas sus Estados, y á quien para conservar su maestrazgo le faltó, más que la protección del rey D. Enrique III, el amoldarse á las preocupaciones y gustos de su época.
Frente á su sepulcro estaba situado el de un hombre notable, Ruiz González de Clavijo, embajador de D. Enrique III en Persia, cuyo libro de viajes aun hoy se lee
con gusto (1), y del cual se extraen noticias importantes. Cuando el templo fué derribado para construir la gigantesca mole que hoy existe en el mismo sitio, ¿qué se hicieron los restos de aquellos célebres señores?
Deciamos que el sepulcro del Marqués de Villena quedó completamente abandonado, y hemos sido injustos. Un hombre seco y macilento, de traje negro y raido, iba todos los dias á rezar sobre el sepulcro y oir una misa por el alma del difunto : parecía uno de esos perros fieles que no pueden apartarse de la tumba de sus amos. Todas las noches, al retirare á su posada, se detenia Miguel Ramírez ante la puerta del templo, y quitándose el sombrero, encomendaba á Dios el alma de D. Enrique.
Una noche, al aproximarse á la iglesia, notó liamirez que la puerta estaba entreabierta , sin duda por descuido de algún monje. La curiosidad y la atracción que ejercía para el escudero el sepulcro de aquel á cuyo lado habia vivido tantos años , le determinaron á entrar cautelosamente en el templo. La iglesia estaba á oscuras : sólo se veia una claridad vaga sobre el sepulcro de D. Enrique de Villena : Ramírez creyó al principio que aquella luz era una lámpara, pero mirando atentamente, vió unos efluvios luminosos que se elevaban del sepulcro, oscilando suavemente como movidos por el aire : eran esas fosforescencias que brillan por la noche en los cementerios.
(1) Algunos críticos niegan que sea González de Clavijo autor de aquel libro ; aquí seguimos la opinión contraria, por ser la más admitida.
Ramírez cayó de rodillas, y en vez de ¡sus acostumbradas oraciones, sólo salían de sus labios estas palabras :
— ¡Gracias, Uios mío, D. Enrique es feliz sin duda; la hierba de fuego crece en su sepulcro !