Cuentos · Unidad 15 de 58

Unidad 15 · FIN DE LA HIERBA DE FUEGO.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

FIN DE LA HIERBA DE FUEGO.

{llmbraoion Española y Americana, t 8, 15 y 22 de Febrero de 1874.)

DANSANT, MÉDICO AERÓPATA..

yl mi querido amigo rl Subinspector^ de^ Sanidad milila/^.

Mr. MIMT, ilíDlCO lERÍPAll

Uno de los establecimientos más curiosos de Em'opa es la casa de salud de Mr. Dansant , fundador y propagador de la aeropatía, ó sea, sistema de curar toda clase de enfermedades por medio del aire.

Abandonado en las calles de París siendo muy niño, Mr. Dansant habia pasado su infancia al aire libre ; el aire entrando á través de su destrozada ropa, en vez de alterar su salud , le habia acostumbrado á resistir vigorosamente la intemperie : un herrero , compadecido del granuja , le recibió en su taller y puso á su cargo el fuelle de uno de los hornos : cansado de soplar la lumbre y de la abrasadora atmósfera de la fragua, el muchacho entró de aprendiz en una fábrica de abanicos, y en sus ratos de ocio empezó á estudiar música, dedicándose á aprender el pito, por ser entre los instrumentos de viento el más barato y tener aplicación en las bandas militares : su ambición de muchacho le hacía desear el uniforme, que da al cuerpo un aire distinguido.

— Tienes la cabeza llena de viento, decia el fabricante á su aprendiz, cuando éste le aseguraba que con el

tiempo baria ruido en el mundo. Ya te cortarán las alas si tratas de volar por tí mismo.

La ocasión se ofreció más pronto de lo que el mucha- €lio se esperaba : el fabricante de abanicos construia también otros aparatos : cierto dia se presentó en la tienda un aeronauta y encargó un paracaidas. Luis Dansant fué elegido por su maestro para llevar el aparato al comprador, á quien bailó probando un globo : éste se hallaba sujeto por una maroma á unos fuertes anillos de hierro : los gases le inflaban rápidamente y el aeronauta se habia instalado en la barquilla, donde examinó el paracaidas.

— ^0 parece mal trabajado, dijo al aprendiz ; pero, ¿ quién me responde de su solidez ?

— Yo, contestó rápidamente el muchacho, si V. me asegura que es bueno el sistema.

— De ese no tengo duda : está conforme con las leyes físicas.

— Entónces me comprometo á hacer la prueba, si usted m*e permite subir en el globo.

El aeronauta, admirado del atrevimiento de aquel niño, le acogió bondadosamente en la barquilla, pero no le consintió la prueba del aparato , que se hizo con buen éxito en un perro. Luis aspiró con delicia el aire de las alturas : el aeronauta gozaba al observar aquella infantil alegría y propuso al aprendiz que entrase á su servicio. Dansant aceptó con júbilo el ascenso: el aeronauta habia calculado el poco peso de su nuevo ayudante, que en sustitución de otro cualquiera, le ahorraba algunos metros cúbicos de gas.

El nuevo maestro de Dansant era un sabio y enseñó á su criado y discípulo la física, la medicina y dos ó tres idiomas : viviadel producto de sus ascensiones, cada vez más escasas, por la competencia de otros aeronautas más atrevidos, los cuales en vez de barquilla se elevaban en trapecios , haciendo ejercicios gimnásticos muy lucidos y arriesgados. Para colmo de desdicha, el globo se deshizo, y el maestro de Dansant murió al poco tiempo de una afección pulmonal , pidiendo aire.

— Héteme aquí médico sin clientes y sin recursos; mi maestro ha muerto por falta de aire en los pulmones : el aire es el principio de la vida ; yo he vivido siempre del aire, ya soplando con un fuelle, ó haciendo abanicos para dar aire, ó recorriendo la atmósfera en un globo. ¡Bah! Tengo travesura y no puedo ménos de flotar en todas partes. Y meditando acerca del aire , Mr. Dansant inventó la aeropatía.

Todo el que pretende pasar por sabio, busca un país en donde no se le conozca : Mr. Dansant se embarcó para Inglaterra, y en todo su viaje tuvo el buque viento en popa ; pocos dias después de su llegada á Lóndres , se leia en el Times el siguiente anuncio ;

-))Ha llegado de París, después de haber salvado la vida á 2.000 enfermos, sin más auxilio que el del aire. En el aire está la salud y es inútil buscarla en otra parte. En la atmósfera hay una oficina de farmacia. Cada sorbo de aire que aspiramos es un trago de vida. El aire es el más eficaz de los agentes terapéuticos.

))Mr. Dansant tiene innumerables certificados de su& curaciones prodigiosas. Admite consultas en su casa al precio de una libra ; cinco , si se le llama á domicilio ; grátis á los pobres, si presentan: 1.^, certificación de buena conducta; 2.°, una prueba de pobreza suscrita por cien vecinos ; 3.^, declaración en que conste que el enfermo es hijo de legítimo matrimonio; 4.^, otra de la policía en que se afirme que nunca ha comparecido ante el jurado por infracciones de ley; 5.° y último, un documento que acredite que practica alguna de las religiones positivas.

)) La teoría aeropática está desarrollada en un folleto que se vende en casa del doctor.»

Aquel anuncio alarmó á los farmacéuticos de Londres, entre los cuales se agotó la edición primera del folleto : en toda población grande hay millares de enfermos que han ensayado inútilmente todos los sistemas ; éstos fueron los primeros clientes del aerópata : las escuelas médicas, desatándose en invectivas contra el intruso, contribuyeron á su celebridad; la novedad del sistema le puso en moda ; en pocos dias vendió un considerable surtido de abanicos higiénicos ; dos meses después un especulador se asoció á Mr. Dansant, facilitándole los fondos para fundar un establecimiento digno de la gran ciudad de Lóndres.

11.

El edificio, situado en una altura, está sólidamente construido para aprovechar y resistir todos los vientos

<lel mar y de la tierra. Consta de varios pisos, y le rodean cuatro torres con magníficas veletas; las azoteas son un verdadero paseo, por donde salen á airearse los enfermos; cuatro globos constantemente hinchados y amarrados á cables gruesos , que, mediante unas cigüeñas, permiten elevarse el aparato á la altura en que deben tomar el aire los dolientes, permanecen en el espacio inmóviles ú oscilantes, según el estado de la atmósfera. Adornan la fachada principal la estatua de Eolo y la rosa de los vientos. Los pisos superiores son un verdadero hotel en que la comida y la asistencia , á pesar de su suntuosidad, son gratuitas ; sólo pagan los huéspedes el aire que respiran, clasificado en varios precios.

Una maquinaria complicadísima establece y lleva por conductos á las respectivas dependencias , corrientes de aire á toda clase de temperaturas, aumenta ó disminuye su velocidad por medio de graduadores, y los coloca en diversas condiciones para obrar de distinto modo en el enfermo. Aquéllas desembocan por anchas compuertas ó estrechos tubos, según tengan que ejercer acción en un espacio grande ó reducido. Las salas de la enfermería llevan el nombre del aire á que se hallan sometidas, y se llaman : sala de aire helado, sala de aires húmedos, sala de aires rápidos, de aire sofocante, de aires colados, de aires enrarecidos, dulces y salados. Una máquina de vapor da movimiento á los diferentes aparatos, calienta el aire , pone en juego una poderosa máquina neumática y desequilibra la temperatura de los depósitos , para producir las corrientes y dirigirlas á través de los tubos y galerías ; numerosos aerómetros marcan la

velocidad de las corrientes ; el viento silba dentro de las habitaciones , y el ruido de la tempestad es constante en el interior del edificio. En el patio hay columpios de diversos sistemas para que el enfermo se airee en todos sentidos, y cestos sujetos á elevadísimas poleas, en que aquél es arrojado desde una gran altura cuando el médico le receta aire vertical. Las señoras no pueden atravesar por ciertas galerías sin sujetarse los vestidos ; varios molinos de viento aprovechan el aire sobrante ; algunos dependientes llenan vejigas y pellejos de aires salutíferos que se exportan á los puertos extranjeros.

Un vigía, colocado en la azotea y con la vista fija siempre en las veletas, anuncia todo cambio de viento. De pronto grita en las alturas : « ¡ Viento Sudoeste ! » , y llenan al momento la azotea todos los enfermos á quienes aquel aire está prescrito.

Mr. Dansant reconoce a los enfermos en un lujoso gabinete y escribe en un impreso el tratamiento. Sólo presencia algunas operaciones peligrosas, como la de la sala de los torbellinos , en que el doliente, combatido por corrientes de gran poder y opuestas, gira sobre sí mismo, choca contra las paredes acolchadas y es elevado por el aire, hasta que le retiran sin sentido ; ó las caídas verticales cuando la altura pasa de cien varas ; ó las cauterizaciones aéreas, con corrientes salidas de hornos encendidos ; ó la ascensión tumultuosa, que consiste en sufrir una tempestad en la barquilla de los globos ; ó el columpio gigantesco, en el cual se balancead paciente en una cuerda á cien piés de altura, describiendo arcos de veinte ó treinta varas sobre el abismo. Dos ó tres paralíticos

recobraron por espanto el movimiento en aquellos aterradores ejercicios ; otros varios espiraron en la prueba.

Alguna vez entraba en el gabinete del doctor un practicante y le decia :

— Los caballeros que bajaron ayer al subterráneo han amanecido tullidos.

— ¡Magnífico! exclamaba Mr. Dansant, ahora se verificará la reacción ; que los pasen á la sala de los aires sofocantes. Todo lo habia previsto.

Los enfermos, en aquella agradable transición del frió al calor, experimentaban un alivio físico, que creian ser de la dolencia principal que padecían.

Cuando el mal resistía al tratamiento , Mr. Dansant tomaba el partido de alejar á los enfermos.

— Caballero, dijo á uno de ellos cierto dia, he agotado los recursos del establecimiento ; el estado patológico de V. ha mejorado , he conseguido acelerar la circulación de la sangre ; pero la curación completa no puede lograrse sin someterle á V. á la acción del Siroco.

El enfermo respondió temblando :

— Haga V. de mí lo que sea necesario.

— Es que ese viento no lo tenemos en la casa.

— Pero, ¿no tienen ustedes aires abrasadores?

— Amigo mío, V. los necesita calentados por las arenas é impregnados de las emanaciones del desierto. Debe Y. partir inmediatamente para el Africa.

— ¿Y no podría Y. recetarme otro viento? replicó el doliente con acento suplicante.

— Sí señor, el Simoun ; pero sólo le encontrará Y. en el Asia.

El establecimiento aeropático era también casa de aclimatación para personas recien llegadas de los países tropicales ; la habitación del forastero se sometia paulatinamente á toda clase de temperatm'as , desde la más elevada á la más baja. Al mes de su entrada en el edificio, un habitante de Jamaica se hallaba en aptitud de pasearse por el círculo polar en traje de batista.

La aeropatía habia sido muy bien acogida por las damas, cuyos padecimientos nerviosos y morales curaba con céfiros suaves, brisas perfumadas, viajes por Italia, carreras á caballo y cambios de aire bruscos y continuos, desde la atmósfera del tocador á la libre de la calle, de ésta á la de las galerías de un museo, y luego á la enrarecida de los teatros y conciertos. La mano de un galán , oprimiendo la espalda de una dama, miéntras el cuerpo giraba walsando en una atmósfera ondulante, surtía, según Mr. Dansant, el efecto de una bizma.

Sucedió que un día se inscribieron en el registro del doctor estos dos nombres :

(( Temístocles Diranzo, propietario, natural de Buenos-Aires , edad cincuenta años. Catarro crónico.

))Aura Diranzo, su hija, id., edad diez y seis años. Palpitaciones en el pecho.»

Mr. Dansant, después de reconocer á D. Temístocles, le dijo con acento grave :

— Voy á someterle á V. al tratamiento de una corriente marina ecuatorial balsámica de primer grado. Permanecerá Y. en su cuarto siete días.

— En cuanto á esta señorita, necesita un régimen diametralmente contrario. Aires nocturnos de azotea.

— Cuando llegue su aya podrá empezar á medicinarse, dijo D. Temístocles.

— Sería perder un tiempo precioso, contestó Mr. Dansant animado con las dulces miradas de Aura: esta noche tendré el honor de acompañarla.

Y mientras el padre y la hija salian del gabinete en compañía del conserje , murmuraba entre sí el facultativo :

— ¡Aura, natural de Buenos-Aires! ¡Yo, Dansant, fundador de la aeropatía !

Y apoyando la cabeza sobre las manos, quedóse haciendo castillos en el aire.

Las veletas estaban inmóviles, como descansando de una gran fatiga. La niebla, ménos densa que de ordinario, envolvia en una nube el edificio ; habían cesado los silbidos del viento artificial de la maquinaria ; la atmósfera estaba completamente sosegada, y en medio de aquella calma general, la imaginación de Mr. Dansant parecía un torbellino.

Aura, envuelta en un hermoso abrigo de pieles, se apoyaba en el brazo del doctor ; la azotea estaba solitaria, únicamente en la parte más oscura de la galería se podía divisar, fijando mucho la atención, un bulto informe que espiaba á la pareja ; pero Mr. Dansant, por un exceso de galante delicadeza, paseaba por los sitios más iluminados. Es verdad que en ellos podía ver más á su

gusto los negros y expresivos ojos de la hermosa americana y su blanca mano , que asomaba á veces entre las pieles , desnuda de guante, pero cuajada de diamantes brasileños.

La conversación habia sido larga y animada, como de una niña que, para buscar alivio á su mal, refiere á un médico joven y complaciente la historia y el origen de unas palpitaciones en el pecho. Palpitaciones inocentes , producidas por las ausencias de su padre para activar la explotación de minas lejanas, ó recorrer las pampas donde pacían á millares sus ganados. Dansant se sentia conmovido ante aquella espléndida belleza que poseia tan espléndida fortuna, y cuyos ojos, con la candidez de la poca edad, le hacían pudorosas confidencias.

Mr. Dansant era demasiado previsor para aventurarse antes de tiempo ; pero notaba que el inñujo de aquellas miradas suaves estaba á punto de destruir la gravedad y compostura que necesitaba al ejercer su severo ministerio.

— Las brisas no han querido favorecernos esta noche; sería peligroso prolongar este paseo en una atmósfera tan calmosa, dijo con acento amable, pero firme.

Aura le dirigió una mirada que parecía significar dolorosa resignación, y el doctor la condujo á su aposento; cuando se cerró la puerta de éste, Dansant quedó inmóvil un buen rato , creyendo ver ante sí todavía á la americana , pero más seductora y más aérea.

Al fin volvió en sí y exhaló un gemido involuntaria al ver enfrente á otra mujer, también hermosa y jóven,

pero colérica y amenazadora , que , apoderándosíe de su brazo , ocupó el puesto de Aura.

Era Miss Séphora Wind, doctora en medicina y cirujía, é hija del farmacéutico Mr. Wind; mujer hermosa y atlética, cuya mano varonil no sólo parecia propia para manejar el escalpelo, sino que era digna de ima lanza.

Mr. Dansant apretó el paso , temiendo una explicación en voz alta á la puerta misma de Aura , porque la voz de Séphora era sonora como el trueno. Ya léjos, dijo con enojo :

— Es preciso que concluyan las molestias que toma usted para espiarme. Quiero quedar libre como el viento.

— Ni áun el viento es libre desde que tuvo V. la serenidad de someterle á su sistema.

— ¿Con qué derecho me persigue Y.?

— ¿Y con qué intención evita Y. mi Compañía?

— Acabemos ; la amistad de Y. me honra, pero me abruma.

La robusta inglesa quedó inmóvil y pálida, pero, sobreponiéndose á su emoción, dijo con acento solemne :

— No tengo derecho, según la ley, para importunarle ; Y. no me ha hecho promesa formal de matrimonio : en cambio, miéntras satisfacia á su ambición la modesta fortuna de mi padre, me hacía Y. continuas declaraciones con los ojos. Por eso y sin creer en la aeropatía, he estudiado el sistema, he perfeccionado algunos aparatos, he aprendido hasta el manejo de los globos y he sido cómplice de Y. en algunas defunciones ; he contribuido á la prosperidad de Y. imaginando trabajar al mismo tiempo por la mia

— Ese estudio le lia servido á V. para aumentar sus conocimientos , amiga mia.

— ¿Y tiene V. valor para suponerse mi maestro? ¿De una profesora que, con asombro de la facultad, ha ligado una carótida?

— ;Qué horror! dijo Mr. Dansant; Y. ha derramado sangre humana; nuestras opiniones médicas nos separan yo hubiera restablecido la normalidad de aquella

artéria sin más auxilio que el del aire

— Es Y. un impostor.

— Y Y. infiere heridas mortales á sus clientes , y su padre de Y. ensucia el estómago de los habitantes de Lóndres.

— ¡ Qué ingratitud ! Ayer mismo decia yo á mi padre : (( Conviértase Y. á la aeropatía ; el agua es el principal elemento con que hace Y. hoy sus combinaciones; ¿por que no ha de servirse Y. del aire, cuya adquisición es más sencilla y cuyas aplicaciones son más inocentes ? » Pues bien; quizás podria renunciar al amor que Y. me inspira, pero nunca á la retribución de mis trabajos. La joven en quien Y. se ha fijado no ha de pertenecerle, ¿lo oye Y.? Sabré advertirla.

— Señora, para evitar imprudencias que comprometan la salud de mis enfermos, prohibo á Y. la entrada en mi establecimiento. r

— ¿Me arroja Y. de su casa? dijo Séphora con acento amenazador. Pues bien ; guerra á muerte.

Mr. Dansant se alejó precipitadamente al observar la actitud imponente de Mis Séphora.

El doctor soñó aquella noche en grandes llanuras sin