Cuentos · Unidad 16 de 58
Unidad 16 · MR. DANSANT, MEDICO AERÓPATA. 101
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MR. DANSANT, MEDICO AERÓPATA. 101
árboles, todas dedicadas al pasto, y vió galopar por ellas manadas interrainables de caballos que aprisionaba con un lazo en las pampas de Buenos-Aires : vió rocas que se abrian ofreciéndole magníficos filones argentíferos, y vió á Sépbora persiguiendo á la pobre Aura, bisturí en mano, hasta que conseguía derribarla en tierra y ligarla la carótida.
IV.
Mr. Dansant era feliz ; Aura le correspondía.
Todas las mañanas la hermosa niña recibía un obsequio aeropático ; apénas el alba filtraba su luz tibia por los vidrios de la ventana, penetraba en la alcoba una brisa suave cargada de perfumes. Otra brisa balsámica saturada de olores narcotizantes, la adormecía por la noche. Aura recompensaba aquellas galanterías permitiendo al doctor besar la piel blanquísima de su abrigo.
En uno de los paseos nocturnos en que el médico y la niña hablaban de su amor, y ésta ponderaba los obstáculos que opondría el carácter de su padre, dijo Aura de repente :
— ¿Qué capital es el de V.?
Mr. Dansant quedó frió ante aquella pregunta inesperada.
— Doscientos mil francos, contestó con voz temblona.
Una extraña alegría lució en el rostro de Aura y llenó de sospechas la imaginación de su amante , pero los recelos se convirtieron en júbilo extraordinario al oír estas palabras burlonas de la niña :
— |Já! ¡já! Es preciso ocultárselo á mi padre. El capital de Y. es nuestra renta de dos meses, y don Temístocles es calculador, comerciante y algo avaro.
A pesar de su dominio sobre sí mismo, Mr. Dansant, en un estremecimiento involuntario, oprimió el brazo de Aura.
— ¿ Qué tiene V. ? exclamó ésta mirándole fijamente.
— íNada, nada, ni\ desvanecimiento: los obstáculos me parecen insuperables y tiemblo por mi suerte.
Aura, con tono grave y voz reposada, dijo alzando los ojos al cielo , para dar mayor solemnidad á su promesa:
— Sea cual fuere la desigualdad de nuestras haciendas, prometo ser esposa de V. y nunca de otro. Cuando una jóven hace en mi país esta declaración, cumple siempre lo ofreci&o. Yo mismo tantearé las intenciones de mi padre ; si no podemos obtener su beneplácito, huirémos de su lado y nos casarémos en Suiza, donde esperarémos que se digne perdonarnos.
El Doctor, aunque era enemigo de ciertas actitudes que sólo se usan en las comedias, creyó que en aquel oaso no podia prescindir de arrodillarse; hecho esto, se apoderó de la mano de Aura con intento de besarla : la pudorosa jóven, retirándola precipitadamente, dijo <3on coquetería :
— ¡En el abrigo! miéntras continuemos solteros , nada más que en el abrigo.
Las brisas que aquella noche embalsamaron la alcoba de Aura fueron más exquisitas, más fragantes; pare-
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cia que el espíritu enamorado del Doctor, saliendo de un frasco de esencias, daba las buenas noches á su aniada en forma gaseosa.
Mr. Dansant era desgraciado : el prestigio de la aeropatía declinaba, y Aura no tenía esperanzas de que su padre accediese á sus deseos : D. Temístobles permanecía encerrado en su gabinete , aspirando aires marítimos y alimentándose de volátiles, manjares expuestos al sereno, jamón curado al aire, buñuelos de viento y otros platos higiénicos.
Séphora Wind hacía una oposición terrible al sistema aeropático, publicando comunicados en los periódicos serios , é inspirando caricaturas en los satíricos ; monsieur Dansant aparecía en los grabados , ya recetando un wals corrido á un paralítico, ó el ejercicio de la escalera aérea á un apoplético. En una de las caricaturas figuraba nuestro héroe haciendo entrar á la fuerza en su establecimiento á un caballero atropellado por un coche.
— ¡Señor! decía el enfermo resistiéndose: el sistema de V. de nada me aprovecha ; necesito que me amputen este brazo.
— En mi casa hay de todo, caballero; le amputarémos lo que guste; tengo aires que cortan.
Se insertaban ademas relaciones de las personas agravadas por someterse al tratamiento aeropático, y estadísticas mortuorias : Dansant había cobrado á Séphora
iin miedo irresistible, porque conocia la tenacidad de su carácter. Los enfermos, por efecto de aquella guerra implacable, empezaban á escasear en la casa de salud, cuyos ingresos disminuían cada dia. Todo presagiaba una caída ridicula y estrepitosa.
En esta situación apurada hallábase Mr. Dansant, cuando entró en su despacho un caballero de edad madura y de aspecto severo é imponente. El doctor quiso tomarle el pulso, pero el desconocido, retirando la mano, dijo con misterio :
— Tome V. sus precauciones para que nadie nos escuche.
Mr. Dansant cerró dos puertas, y volviendo al despacho aseguró á tan misteriosa persona que nadie podia oir lo que tratasen.
— Pues bien, Mr. Dansant, nuestra común desgracia nos asocia : yo soy un hombre honrado , que he vivido siempre de mi buena reputación , de mi probidad intachable, de mi moralidad indiscutible.
— No lo pongo en duda, caballero.
— Sin embargo, voy á convencer á Y. de que mi honradez es usurpada.
— Lo creo, caballero, no necesita Y. probármelo.
— He derrochado la dote de una huérfana confiada á mi tutela, y hallándome próximo á rendir cuentas, mi reputación, adquirida en treinta años de costumbres irreprensibles, va á sufrir el más rudo de los golpes. Esto me obliga á vender á Y. mi honradez , único medio que tengo ya de conservarla.
— Mister...