Cuentos · Unidad 17 de 58
Unidad 17 · MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA. 105
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MR. DANSANT, MEDICO AEROPATA. 105
— Keen...
— Pues bien, Mr. Keen, siento decir á Y. que poseo la honradez suficiente para no necesitar comprar la suya á nadie. Ademas, si es cierto lo que acaba V. de asegurarme, V. trata de vender lo que no le pertenece.
— Amigo mió, no nos entendemos. Si mi posición es crítica, la de Y. no lo es ménos ; la aeropatía decae rápidamente, y le propongo á Y. salvarla. Y como mi probidad es una garantía para que no pueda sospecharse que sea capaz de prestarme á una superchería, he empezado disfrazándome al venir á esta casa, y encomiando mi honradez, de que puede Y. cerciorarse ántes de aceptar el plan que le propongo.
Mr. Dansant escuchaba con gran curiosidad. Mister Keen continuó hablando :
— Caballero, he decidido morirme : el prometido de mi pupila, médico de mi casa, á quien he confiado mi propósito, único que puede salvar mi honra y el capital de su futura, no tiene inconveniente en certificar mi defunción, por la cual vengo á pedir á Y. 3.000 libras esterlinas...
— ¡Caballero!
— Un poco de calma : pasado mañana se celebra un meeting contra la aeropatía : mi féretro pasará precisamente por delante del edificio cuando se perore contra usted y su sistema. ¡ Qué gloria la de Y. y qué confusión para sus enemigos , si propone resucitar por medios aeropáticos el primer cadáver que se encuentre Y. en la calle !
— Luégo Y. me propone.,.
— Fingirme el muerto, ser encerrado en un ataúd y hacer triunfar la aeropatía, dejando á Y. que me resucite. La multitud aplaudirá el milagro, j los periódicos j el telégrafo, difundiéndolo por toda Europa, multiplicarán en las arcas de Y. las 3.000 libras esterlinas. Yo seguiré siendo un hombre honrado, mi médico recibirá la dote de su esposa y Y. será considerado como el primer sabio del mundo.
YI.
Jamas sistema científico recibió tan rudo golpe como el que experimentó la aeropatía en el más famoso de los meetings. Ningún inventor se vió tratado con tal desprecio como Mr. Dansant en aquella sesión tumultuosa. Burlas de los oradores, rechifla de la multitud, voces desaforadas entre las cuales sobresalia la de Séphora, y apóstrofes sangrientos contra el impostor resonaban en la ancha sala donde se pronunciaban los discursos. La voz de algún enfermo agradecido, que trató de certificar la eficacia del sistema, fué ahogada por los concurrentes indignados. La casa de salud de Mr. Dansant aparecia ante la asamblea, merced á las descripciones de los tribunos, como una lóbrega cárcel en cuyos calabozos esperaban la muerte ó el tormento muchos desgraciados; era una nueva Bastilla, ó una cárcel inquisitorial llena de instrumentos de martirio, que era preciso hacer pedazos demoliendo el edificio.
Tal aspecto ofrecia la reunión cuando Mr. Dansant
compareció ante sus enemigos para lanzarles el reto más atrevido que lia dirigido médico en el mundo, desde Esculapio á Suñer y Capdevila.
Es verdad que los murmullos y la gritería le favorecieron, justificando aquel arrebato, aquel alarde que se consideró como un acto de acaloramiento y de locura, pero del cual se aprovecharon sus adversarios para hundirle en el descrédito. En medio de la tempestad y el vocerío con que se interrumpia el exordio de su discurso, vió Mr. Dansant la señal que le anunciaba la aproximación del convoy fúnebre, y fingiendo un rapto de entusiasmo, dijo con voz potente :
— No me escucháis... porque teméis ser confundidos. Negáis la aeropatía porque no está á vuestro alcance. Pues bien ; traedme un cadáver y yo le Jaré vida : si esto os parece una jactancia ó un medio de ganar tiempo, detened el primer féretro que pase por la calle y dejad que someta el cadáver á la acción de mis máquinas ; yo volveré la circulación á su sangre y la respiración á sus pulmones.
Aquella provocación irritó á la concurrencia de tal modo, que los más exaltados se lanzaron hácia monsieur Dansant ; la policía creyó oportuno rodearle.
— ¡ Dejadle! ¡ Dejadle! decian algunos; obliguémosle á que cumpla su promesa.
— Respetad su vida : sólo merece la muerte del ridículo.
Mr. Dansant fué empujado tumultuosamente fuera de la sala; los adversarios del sistema aeropático se frotaban las manos de contento; ya era tiempo de que mon-
sieur Dansant respirase el aire libre ; un momento más entre aquella muchedumbre compacta que le impedia el movimiento, y el inventor de la aeropatía hubiera muerto sofocado. Un féretro habia sido detenido en la calle por la gente que queria obligar al médico á cumplir lo prometido. El carruaje fúnebre era una especie de ómnibus coronado de penachos negros, y en el cual gemian los parientes del difunto: el ataúd iba debajo en el fondo del carruaje, según la costumbre de Inglaterra.
Mr. Dansant palideció á la vista del fúnebre aparato, calculando con terror los riesgos que ofrecia su empresa, y deplorando que hubiese llegado tan á tiempo; temia que sospechasen la verdad sus enemigos.
— ¿Por qué detenéis el carruaje? decia desde su asiento uno de los parientes enlutados , dirigiéndose á la muchedumbre.
— ¡ Que hable Mr. Dansant ! A él solo corresponde la respuesta. Así exclamaban algunos mal intencionados gozándose en el apuro en que habian puesto á su contrario.
— Sí, sí, que se explique, respondieron muchas voces.
— Señores, exclamó Mr. Dansant con voz muy conmovida, soy un médico aerópata, que confiado en los recursos de la ciencia que practico, he prometido demostrar su eficacia resucitando el primer cadáver que me permitan llevar á mi establecimiento.
Los parientes que iban en el carruaje, se miraron asustados.
— Caballero, dijo uno de ellos, tal vez ignoráis que la
señora, cuyo cuerpo llevamos á enterrar, ha fallecido de vejez.
Mr. Dansant quedó aterrado; no era Mr. Keen el que se veia en la precisión de resucitar, sino un cadáver verdadero. Era imposible retroceder, sin embargo : pensó en fugarse , pero un círculo de enemigos le rodeaba por completo.
— Pues bien, sea cual fuere el género de su muerte, sostengo 'que puedo hacer vivir á esa señora, exclamó Mr. Dansant espantándose de sus palabras.
Los parientes deliberaron en voz baja. El infeliz aerópata sentia que las fuerzas le faltaban ; nunca se habia encontrado en una situación tan espantosa, y envidiaba la suerte del náufrago, que se hunde, honradamente al ménos, en las aguas, miéntras él iba á perecer entre silbidos.
Por fortuna, los caballeros enlutados eran herederos directos de la muerta, y uno de ellos se expresó de esta manera:
— Creíamos que las razones ya expuestas os hicieran desistir de un proyecto tan absurdo ; los muertos no resucitan, y como tenemos esta convicción, no podemos consentir que el cadáver de nuestra buena parienta sea profanado y sujeto á estudios ó experimentos; dejadnos continuar nuestro camino y respetad nuestro dolor.
— ¡Tiene razón! gritaron algunas voces.
— Es una comedia ya ensayada, dijeron otros.
— La prueba no puede verificarse, y cantará su triunfo fácilmente.
. Mr. Dansant, lleno de alegría, y seguro de la resisten-
cía de los herederos, quiso saborear el triunfo, insistiendo en sus afirmaciones.
— Conste que estoy dispuesto á resucitar á la difunta.
— Conste que nos oponemos á que se ultraje su cadáver, contestó el enlutado.
— ¿ Y con qué derecho negáis la vida á esa señora? replicó Mr. Dansant con impudencia , si bien para irritar más á los parientes.
— Obliguémosles á que se haga la prueba, dijo una voz implacable.
Algunos impacientes se apoderaron de las riendas de los caballos, y Dansant, aterrado, creyó ver entre los que se disponían á dirigir el carruaje á la robusta Séphora, que le miraba con encono. Aquella complicación estuvo á punto de arrebatarle el juicio: después de salvado, él mismo se- perdia.
Los enlutados pidieron auxilio á voces, y algunos ;polishmen empezaron á separar á los curiosos. La opinión de éstos sehabia dividido; pero se hubiera entablado una lucha, tal era la impaciencia de todos porque se verificase el experimento, á no escucharse estos gritos á lo léjos :
— ¡Otro féretro ! dejad ése: otro féretro se acerca.
Mr. Dansant respiró á plenos pulmones: los herederos también respiraron á sus anchas , y el coche fúnebre siguió su tristísimo paseo.
Cuando el segundo carruaje mortuorio llegó al sitio en que Mr. Dansant esperaba, ya habia circulado entre
la multitud el nombre del difunto: era indudablemente Mr. Keen, seguido de un cortejo numeroso; las gentes se apartaban con respeto, en honor á las virtudes proverbiales del finado: nadie hubiera sospechado la comedia que representaba en su ataúd aquel ciudadano respetable. Los interesados en la ruina del Doctor, los curiosos, todos unánimes, temiendo que se malograse el espectáculo, habian suplicado y obtenido, á fuerza de ruegos, el permiso de los parientes de Mr. Keen para que se hiciese con el cadáver aquella prueba decisiva. Así fué que el Doctor no tuvo que tomarse más trabajo que seguir ápié el fúnebre cortejo.
Millares de personas, atraídas por la novedad del caso, aumentaron la comitiva, acompañando en silencio el carruaje y mirándose unos á otros con sorpresa: los gritos habian cesado; sólo dominaban la curiosidad y la impaciencia.
La honradez notoria de Mr. Keen ayudaba perfectamente al engaño público, porque la defunción de aquél, anunciada con sentidos párrafos en todos los periódicos, desvanecía hasta la menor sombra de sospecha.
El carruaje se detuvo por fin ante el establecimiento aeropático: un agente de policía ofreció sus servicios al Doctor para contener la muchedumbre y velar por su seguridad, que creia muy amenazada. Mr. Dansant contestó que permitiesen al público la entrada en el patio de la casa, impidiendo que invadiese las otras dependencias: algunos curiosos, sin embargo, 'se posesionaron de las escaleras: Séphora, utilizando su conocimiento del
local, se habia apoderado de una ventana, desde la cual dominaba el espectáculo.
Cuatro hombres sacaron del carruaje el ataúd y le subieron á las habitaciones principales , en donde sólo se permitió entrar á los parientes del difunto. Sordos murmullos se alzaban en el patio y en la calle : las gentes se empujaban unas á otras para ganar los mejores sitios: los dependientes de la casa de salud estaban amedrentados. Mr. Dansant daba órdenes, y terminados los preparativos, asomándose á una de las galerías, habló así á la concurrencia :
c( Señores ; '
))Voy á intentar un hecho sin ejemplo en la historia de la medicina : el galvanismo puede dar movimientos, y acaso llegue á dar voz á un cadáver, pero es un fenómeno instantáneo, que cesa con la causa que lo produce: la aeropatía, sirviéndose de los principios vitales contenidos en la atmósfera, aspira á más, cree tener medios para infundir nueva vida en un cuerpo cuyo organismo no funciona. Pasado el acaloramiento con que hice mi atrevida promesa, no debo ocultaros que el resultado de esta prueba es inseguro.
( Grandes murmullos interrumpen el discurso.)
((Pero no desconfío, sin embargo; las máquinas están prontas; los aires salutíferos que han de vivificar los pulmones del cadáver se hallan en sus respectivos aparatos. Tres mil libras esterlinas me cuesta este singular experimento, y las doy por bien empleadas si consigo
devolver la vida á un hombre cuya pérdida lamenta todo el pueblo. Tened paciencia, j suspended vuestro juicio hasta saber el resultado ; el cuerpo de Mr. Keen yace en la sala de los torbellinos, en la cual voy á levantar una tormenta : antes de un cuarto de hora será ■devuelto á su familia vivo como nosotros, ó muerto, si tengo la desgracia de no salir triunfante. Voy á someterle á todas las gradaciones aeropáticas , desde el vacío hasta el huracán desencadenado ; voy á hacer en su obsequio un esfuerzo supremo, que será el último de esta naturaleza, porque, señores, debemos respetar los decretos divinos y no empeñarnos en devolver la salud á aquellos á quienes Dios, en sus altos fines, priva déla vida.»
Mr. Dansant fingia estar dudoso del éxito para dar más verosimilitud á la comedia; por el vocerío y las amenazas que suscitó su discurso pudo convencerse de su triste suerte, si en vez del cuerpo de Mr. Keen hul)iera tenido que resucitar el cadáver de la anciana.
— Recuerda que la promesa fué solemne, decia una voz irónica.
— No creas que tu burla quede impune.
— Necesitamos dos vivos ó dos muertos.
Estas y otras frases resonaban en el patio, cuando el Doctor se retiró de la ventana.
Mr. Dansant hubiera querido evitar á Mr. Keen las emociones violentas de la sala de los torbellinos ; pero el estrépito de la maquinaria, el silbido de los vientos y los golpes de las compuertas eran necesarios para herir la imaginación de las gentes y dar una idea imponente y deslumbradora del sistema aeropál:ico.
Diez minutos permaneció á solas con el fingido cadáver en la sala circular destinada á las tormentas; en aquel tiempo Mr. Dansant no cesó de abrir grifos, hacer silbar el aire de todos los conductos subalternos para que los empleados le creyesen ocupado en una operación larga y delicada : Mr. Keen permanecia inmóvil en el suelo respirando con precaución y sin atreverse á abrir los ojos ; por fin oyó una voz que le decia al oido estaspalabras :
— Va V. á sufrir la prueba última ; soporte V. con paciencia la incomodidad que le preparo, y yo cuidaré de que no se prolongue mucho.
Luégo sintió Mr. Keen que se cerraba una puerta: después oyó un gran estrépito , y le pareció que el viento le arrastraba : entonces abrió los ojos, y se vió, en efecto, llevado de un lado á otro por fuerzas irresistibles y contrarias : quiso agarrarse á algún objeto , pero el huracán no le permitía estar inmóvil : su cuerpo chocaba sin lastimarse contra las paredes acolchadas, pero le faltaba la respiración durante intervalos que se le figuraban interminables : todo giraba á su alrededor; los objetos perdían su forma, tomando el aspecto de fajas^ de colores diferentes : sus ideas se hacian cada vez más confusas, y cesaron por completo.
Mr. Dansant, entre tanto, calculaba desde fuera, reloj en mano, la duración del torbellino.
El público, cansado de esperar, habia prorumpido en insufrible clamoreo , llegando el vocerío á dominar el estruendo de las máquinas..
El Doctor dió la señal para que dejase de funcionar
la maquinaria, una, dos y tres veces, pero en vano: el ruido popular ahogaba sus silbidos : aterrado , al ver el riesgo que corria la vida de Mr. Keen con la prolongación de aquel tormento, salió en persona para advertir á los operarios, pero éstos, espantados con el motin, y enterados de su causa, habian huido casi todos. Monsieur Dansant bajó á la máquina y consiguió, con gran trabajo, suspender su movimiento : cuando pudo abrir el departamento en que estaba Mr. Keen habia pasado más de un cuarto de hora : el enfermo de mayor resistencia no hubiera sufrido aquel vaivén cinco minutos.
Mr. Keen yacia en el suelo inmóvil y demacrado. Dansant se acercó á reconocerle y notó que sus arterias no latían y que su respiración habia cesado por completo. Por un instante mantuvo la esperanza de que fuese aquello un accidente pasajero, pero una inspección detenida le convenció de que Mr. Keen estaba muerto.
Entonces Mr. Dansant huyó por una galería, pálido y con los cabellos erizados.
VIII.
Todo habia concluido para el desdichado aerópata: su sistema iba á quedar hundido en el descrédito, y su casa á ser saqueada por las turbas. En aquel momento supremo Mr. Dansant concibió dos proyectos , que era preciso realizar acto continuo : uno para salvar su vida , y el otro para crearse un porvenir espléndido que le indemnizase con amplitud todas sus pérdidas.
Cruzó algunas habitaciones rápidamente hasta llegar á la de Aura, pero el gabinete de la americana estaba desierto y sus muebles en desorden. El tiempo apremiaba, porque los gritos de la multitud eran cada vez más aterradores; así es que Mr. Dansant, contrariado, se decidió á acudir únicamente al riesgo más inmediato, al de su vida, y subió precipitadamente por una escalera poco frecuentada.
Cuando llegó á la azotea bendijo su buena estrella: Aura, con el cabello descompuesto y en actitud llena de espanto, se precipitó en sus brazos, diciéndole con voz desesperada :
— ¡Sálveme Y.! ¡Sálveme V.! la policía y el pueblo se han apoderado de la casa.
— Sí, sí, huyamos, dijo Mr. Dansant oprimiéndola en sus brazos. ¿Tiene V. el valor suficiente para unir su suerte con la mia?
. — Es necesario huir, dijo Aura por única respuesta.
— Pues bien, exclamó Dansant con energía: entre usted en esta barquilla, y miéntras mis enemigos echan á tierra mi casa, huirémos nosotros por el aire.
Aura retrocedió asustada : la idea de una fuga en globo la llenaba de terror.
— ¿Vacila V. en acompañarme en este instante de infortunio ?
— ¿No hay otro medio de evitar el peligro? — No nos queda más recurso.
. — Entonces, alejémonos cuanto ántes de esta casa, de Lóndres, y si es posible, de Inglaterra.
Dansant besó con reconocimiento las manos de Aura,>