Cuentos · Unidad 33 de 58
Unidad 33 · riN DE GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
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riN DE GESTAS, Ó EL IDIOMA DE LOS MONOS.
Diario del Pueblo, Julio y Agosto de 1872.
SIETE HISTOEIAS M UM.
— Aunque V. asegure lo contrario, Sr. Doctor, no me las prometo muy felices de esas condescendencias, — dije después de haber oido en silencio las razones que alegaba.
— Esta misma noche, — me respondió con dulzura, — cenará V. con ellos, y le convenceré prácticamente de que á nada me expongo con su trato: la dureza es inútil con esos desgraciados. Gozo al ver el respeto y las consideraciones que me guardan; nada les niego, ni me opongo á sus caprichos : circulan libremente por mi casa, y siempre me acompañan algunos en mis excursiones por el campo. Quiero experimentar si el aire libre puede contribuir á su curación.
— Sea de ello lo que fuere, le advierto á Y. que cenaré solo. No me tranquiliza la compañía de seis locos, y mañana al amanecer debo continuar mi viaje. Mire usted qué nubarrones se van aglomerando: estoy seguro de que la tormenta me robará parte del sueño.
Sin embargo, tanto insistió el buen Doctor, dándome
tales seguridades, que al fia hube de aceptar su invitación, aunque conservando mis recelos.
Llegada la hora, entramos en un hermoso comedor, en cuyo centro habia una mesa puesta con sencillez, al rededor de la cual conversaban pacíficamente los seis monomaniacos de quienes ya tenía antecedentes.
Cuando nos presentamos se levantaron con la mayor política, ofreciéndonos sus asientos á porfía, y con tal insistencia, que juzgamos oportuno complacerles, ántes de que ocurriese algún incidente desagradable.
Aquella amable recepción no me satisfizo: hubiera deseado alejarme de la mesa, pero el mal estaba hecho y era preciso conformarse.
Sirvieron el primer plato en el silencio más tranquilizador, de modo que mis temores empezaron á desvanecerse, y pude observar con atención á mis extraños compañeros. El brillo de sus ojos y la vaguedad de sus miradas, lo mismo podían indicar la embriaguez que la demencia.
— Yeo, — me dijo el Doctor, — que se acostumbra Y. á ia sociedad de estos caballeros, — y añadió dirigiéndose á sus pupilos: — ¿á qué no aciertan Y Y. lo que estoy ahora pensando ?
— Piensa Y. que no tiene, como nosotros, su manía, contestó uno de los locos con acento amable y compasivo.
— Piensa en todo, le replicaron al instante.
— En nada.
— En algo.
— ¡Sí! ¡no!... ¡sí... ¡si y no!... prorumpieron todos
á la vez con espantosa gritería.
El Doctor quiso imponer silencio liiriendo el vaso con su cuchillo para imitar una campanilla. Todos hicieron lo mismo, invitándome á que tocara, lo que tuve que hacer por adquirir su confianza, y me valió esta frase galante de uno de los locos :
— Señores , estamos en familia : el forastero es de los nuestros.
El médico alienista se reia á carcajadas. Cuando aquellos infelices hubieron satisfecho su inocente diversión, j el silencio se restableció poco á poco, mi huésped dijo mirando á todos lados :
— Señores, pensaba en que es preciso obsequiar á este caballero, refiriendo cada cual su historia, que, por lo extrañas, le entretendrán todas agradablemente miéntras llega la hora de retirarse.
— ¡Yo el primero! exclamó el de mi derecha.
— Sea, y hablen por turno. Note Y., me dijo el Doctor, que el señor que va á referir su historia ejercía en el pueblo la honrada profesión de sepulturero: una noche le encontraron desmayado al lado de una fosa, y tuvo desde entonces que recurrir á mis auxilios.
— Sí, señor: no se me olvidará nunca aquella noche, respondió con viveza mi vecino. Me habia correspondido velar en el cementerio el cuerpo de una vieja. Sentóme, pues, á su lado, y encendí mi pipa en una de las hachas ; pero el tabaco se acabó, y no teniendo distracción, me entretuve en observar á la difunta: ante otro cadáver me hubiera quedado dormido fácilmente; pero entre los afilados juanetes de la muerta se destacaba una nariz más -afilada todavía, apuntando al techo en línea recta; hu-
biera jurado que á pesar de la inmovilidad del rostro á que pertenecia, aquella nariz estaba dotada de cierto movimiento imperceptible, como el de la hierba cuando crece.
Comprendía muy bien que aquello era alucinación 6 efecto de los vapores de la cena; pero una especie de vértigo me dominaba y mi razón no estaba muy segura. Para evitar aquel espectáculo desagradable, volví la es^ palda á la difunta; .pero al instante comprendí mi error, porque si no vi la nariz, vi en cambio su sombra, y en ella abultadas naturalmente sus formas repugnantes. Varié de sitio; pero en vano: las hachas hacian proyectarse en todas las paredes aquella silueta odiosa, que todo lo invadia. Mis dientes castañeteaban de terror ante el formidable espectro, y para distraer el miedo y acabar de una vez, me determiné á arrojar el cadáver dentro de una fosa muy profunda: eché en ella el cuerpo de la vieja, cuyas carnes blandas, al caer sobre la tierra removida, no produjeron ruido alguno. Cogí la pala más ancha, y empecé á arrojar tierra en el hoyo, hasta cubrir el pecho, los piés, la cabeza, todo... ménos " la nariz de la difunta: por más tierra que arrojaba resistía á todos mis esfuerzos, dilatándose y creciendo á cada paletada. La fosa se cubrió: se faé formando un montecillo, y en su cúspide se elevaba siempre la afilada punta como la veleta en una torre. Concluida la tierra me encontré sin recursos: entonces saqué la navaja.. .- pero me detuvo una reflexión muy oportuna: cortándola, en vez de una serian dos narices. Trepé hácia la cúspide, arrojándome sobre la nariz para estrujarla y hundirla en^
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el terreno; pero me costó muy cara la imprudencia, porque tenía la dureza de una piedra y continuaba elevándose y elevándome. Cuando quise arrojarme al suelo me hallé á una altura extraordinaria. Pasé así un rato. Una ráfaga de viento me hizo caer á tierra sin sentido: al despertar estaba loco, por efecto, sin duda, del porrazo,
— Sí, señor, loco como Y. y como todos estos amigos,, que no tienen inconveniente en confesarlo.
— ¡Sí!... ¡sí!... contestaron todos repetidas veces y como por turno, hasta que tuvo uno de ellos la ocurrencia de negarlo.
— ¡No!... ¡no!... ¡tampoco! ¡tampoco! repitieron en círculo y haciendo extrañas muecas y visajes.
II. '
— Antes de referir mi historia, — dijo un señor de alguna edad y de abultado abdomen, — desearla saber si usted está en el error de que los. vegetales carecen de alma.
El Doctor se apresuró á contestar por mí, temiendoque cometiese alguna ligereza.
— Precisamente, — dijo, — hemos hablado hoy misma sobre este punto interesante, y mi amigo no duda de que V. es un sér sensible y animado.
— Gracias, mil gracias, — contestó el pobre hombre mirándome con ternura; — entónces comprenderá V. la intensidad de mis dolores. Una tarde, acababa de estallar una tormenta : piedras de enorme tamaño caian sobre los campos, destruyendo cuantas plantas encontra-
ban. ¡ Qué destrozo causaron en el melonar de mis mayores! Aquél fué un dia de luto y consternación para todo mi linaje: mis padres, que apoyaban sus pesados -cuerpos en la tierra, ya sazonados y llenos de azúcar, y algunos individuos de su familia, todavía jóvenes, que colgaban inocentemente de las ramas, cayeron heridos ó fueron deshechos por los celestes proyectiles. Algunas semillas, arrastradas por las aguas, se refugiaron en torno de un rosal, y bajo sus hojas vi la luz en un verano delicioso. No puedo recordar sin regocijo aquella época feliz de mi existencia. El cielo me regaba, mecian mi «una los vientecillos más suaves, y los pájaros bajaban á hacerme compañía.
Cierto dia, áun no estaba maduro por fortuna, se acercaron á mí varios hombres de mala catadura, armados de cuchillos, y sin consideración á mi juventud, y del modo ménos decoroso, me reconocieron muy despacio.
— Está verde, — dijo uno de ellos volviéndome la espalda con desprecio.
Yo estaba que no me llegaban las hojas á la cáscara. Los asesinos dispusieron sus armas melonicidas, y pre- .-sencié un festin horrible. Yí los cuerpos de mis parientes rodar por tierra arrancados de la planta: vi los puñales hundirse en sus entrañas, y las bocas de aquellos monstruos saborear su carne con delicia. Partían, vaciaban, descuartizaban y se engullían á los hijos en presencia de las madres. No he leído en las historias ejemplo igual de barbarie.
— ;Qué dulce está! — prorumpia el más voraz de los
vampiros, con las fauces bañadas en sangre de uno de mis hermanos predilectos.
— Pues éste es una calabaza, — respondió otro, estrellando á un infeliz contra una piedra.
La tierra se cubrió de despojos: saciada su gula, los asesinos se levantaron, pero ántes de alejarse volvieron á reconocerme. Yo temblaba como si soplase viento ííorte.
— Lo ménos tarda siete días en madurar, — exclamó un hombre.
— No lo creas; ántes de dos nos le comerémos.
— Será un melón excelente.
— Es de casta valenciana.
Y se alejaron continuando su diálogo siniestro.
Desde aquel dia ruedo por el mundo, huyendo de la voracidad de los hombres, y pidiendo la emancipación de los melones.
— No le tenía á V. por tal, — dije al loco cuando terminó su narración.
El loco me ofreció un cuchillo, y exclamó con majestad presentándome su vientre:
— Si tiene Y. la menor duda, puede Y. calarme.
Correspondia hablar á un señor de aspecto muy preocupado. Cuando se enteró de que le habia llegado el turno, me dijo gravemente:
— Caballero, yo soy un médico arrepentido: mi historia nada tiene de notable; he aplicado los medicamentos
indicados en los libros, y lie tenido el disgusto de que se me muriesen mis mejores parroquianos. Pongo á Dios por testigo de que no ensayé en ellos ningún medicamento, ni inventé la pildora más inofensiva; sólo he aplicado el método oficial, sin separarme de los libros de texto ni un momento; pero al ver caer ante mi tantos inocentes, llegué á dudar si era un licenciado en medicina y cirujía ó una bomba que estallaba en la alcoba del enfermo.
Comprenderá V. , caballero, que debo una reparación á la clientela que he diezmado, á las familias que por mi causa visten traje negro, y al género humano, que he disminuido.
Abrumado por los remordimientos, estudio noche y dia, no en los libros de texto, sino en la estructura del cuerpo humano, un medio de satisfacer mi conciencia.
Cuando espiró el último de mis clientes, acababa yo de responder de su vida á la familia: entré en la alcoba^ y el enfermo no existia: aterrado con aquel horrible contratiempo, cerré la puerta y huí por la ventana, llevándome el cadáver, decidido á resucitarle.
Pero los libros de medicina nada decian en punto á. resurrecciones: y yo no sabía cómo empezar aquella operación, opuesta completamente á lo que hasta entónces habia practicado: sin embargo, no aspiraba inmodestamente á devolver á la familia un hombre sano: me hubiera contentado con poner el muerto en su casa, tal como me lo habían entregado, y con su misma pulmonía.
No sé cuánto tiempo estuve meditando: unas vece»
hubiera querido extraer del cuerpo todas las medicinas que le habia recetado, y otras veces pensaba en conjuros y oraciones, en pactos con el demonio y brujerías. Ni una sola vez se me ocurrió valerme de ningún sistema médico. Creo que pasé algunos dias delante del cuerpo muerto, porque le perdia de vista á largos intervalos, sin duda, en medio de la noche. Por fin, creí que la naturaleza habia resuelto el problema de la vida, al observar cierto movimiento en el cadáver. Alcé su ropa con emoción... y vi que le movían los gusanos.
El loco se detuvo algunos instantes muy preocupado.
— Y después ¿no ha resuelto Y. ese problema? — le pregunté con ínteres.
— Sí señor, — contestó el afligido médico; — pero antes me entregaban personas llenas de vida y ahora ni áun me confian los cadáveres.
— Y ¿qué haría Y. si le entregasen un difunto?
— Dejaría obrar á la naturaleza, — contestó el loco.
— Entónces el cadáver se descompondría.
— Y no alteraría por eso el tratamiento.
— Se convertiría el cadáver en un esqueleto descarnado.
— Y yo siempre dejando obrar á la naturaleza. • — Los huesos se harían ceniza.
— Tiene Y. mucha razón; y las cenizas se esparcirían por el viento; y los años pasarían y los siglos, hasta que llegase el día de la resurrección de la carne, único en que pueda resolverse el gran problema. Dije que soy un médico arrepentido, y dije mal: ahora profeso el arte de resucitar, lo cual indica, sin más demostración, que no soy médico.
IV.
— El caballero á quien corresponde hablar es un artista notable, — me dijo el doctor cuerdo, — presentándome un loco de rizada cabellera y ojos más extraviados que los de sus otros compañeros.
— ¿Puedo saber en qué arte sobresale? — contesté inclinando la cabeza ante el monomaniaco.
— Soy pintor de estrellas, — dijo con énfasis el loco.
— Ignoraba que existiese ese ramo del arte.
— He ensanchado los horizontes de lo bello , creando un género nuevo; yo traslado al lienzo lo que sólo descubre el telescopio; tengo en proyecto los retratos de todos los planetas , y un eclipse de luna, que ha de ser toda una lección de astronomía. Instruir deleitando es mi divisa, y mis pinturas revelan los arcanos del vacío. La nebulosa y el cometa, el humilde satélite, el anillo luminoso y la constelación más complicada, forman en mis cuadros composiciones atrevidas ; en vez de batallas, pinto choques de planetas , astros que estallan, y soles que se extinguen. Mi obra maestra es un sol girando majestuosamente sobre sí mismo : no he visto cuadro de más luz , ni escorzo más artístico y gracioso , ni pintura más bella é instructiva. Mi escuela reúne á la vez la verdad, el atrevimiento, la fantasía y la ciencia; soy á un tiempo Velazquez y Flanmarion , Goya y Copérnico.
Yo escuchaba con admiración á aquel innovador del arte.
El loco prosiguió diciendo :
— La pintura astronómica reúne á la belleza del asunto la enseñanza de una ciencia árida y difícil, sin cansar el entendimiento , impresionando únicamente los sentidos. Los astros circulan por mis cuadros dentro de su órbita , y como en la creación , todo es movilidad en misfiguras ; los planetas que pinto están todos habitados, y se oye la música que producen sus pesados cuerpos al rodar por el espacio. . Demuestro que los cometas no son sino nebulosas desbocadas ; que Saturno es un planeta presuntuoso y cobarde, que va cargado de anillos y rodeado de satélites , y que las estrellas dobles son matrimonios astronómicos.
— Admiro ese pincel
— Pinto con los dedos, — repuso el loco interrumpiéndome.
— Tendrá V. un magnifico telescopio.
— No lo crea V. ; para ver todas esas cosas cierro Iosojos.
— Pues le aseguro á V., — añadí, — que deseo admirar sus lienzos.
— Amigo mió, — respondió el artista, — no hago mis cuadros sobre lienzo, ni en tablas, ni en cobre, ni al fresco; pinto sobre el agua.
El loco que le seguia dirigió una mirada de lástima á, su compañero, y me hizo un signo para indicarme el extravío de su mente. Después habló de esta manera :
— Jamas he hecho aprecio de las artes ; desde peque- 110 demostré una vocación irresistible por las armas; comprendí que el hombre habia sido creado exclusivamente para la guerra , y me entregué con júbilo al placer de descalabrar á mis condiscípulos. Me casé á poco, porque el matrimonio es una lucha. Declaré la guerra á la sociedad, para aumentar el número de los combatientes «n las contiendas humanas ; y es mi ideal armar á todo -el género humano , y que todos los hombres y mujeres que hoy existen, divididos en dos grandes ejércitos, se acometan en el desierto de Sahara , y den una gran batalla digna del siglo xix.
— Pero ¿no le asusta a Y. la idea de la mortandad espantosa que producirla tan colosal combate?
— ¿ Y la magnificencia de esa función de guerra? ¿No se dan conciertos monstruos ? ¿Por qué no ha de haber batallas gigantescas ? Si la guerra no fuera una necesidad del espíritu humano , ya hubiera desaparecido ante el sentimentalismo de este siglo filantrópico, y ante los respetables intereses de la industria en esta época fabril. La guerra tiene infinitos aspectos : existe entre el criminal y la justicia; entre los que se disputan una mujer, ó el mando de un pueblo; entre dos naciones cuya política €S opuesta; entre los pobres y los ricos. Cada siglo tiene sus pretextos para disculpar la lucha; y desde el duelo y el asesinato, formas las más simples de la guerra, hasta las campañas más científicas y formales , dan un total de víctimas, que acaso exceda al de la batalla que propongo. En cambio, el espectáculo gana en franqueza y gallardía: millares de cañones atronarán el desierto,
lioy silencioso , y formarán nubes que rieguen sus arenas ; se elevarán en su llanura montañas de cadáveres que fertilicen el Sahara , y yo , subido sobre una pirámide de muertos , aplaudiré á los vencedores cuando alan- .ceen sin compasión á millones de vencidos. — ¿Y si y. formase parte de los últimos?
— Imposible, caballero; yo sería neutral, para poder ^ozar de todo el espectáculo. El placer de la guerra es como el de los toros y el teatro ; los verdaderos aficionados ven la función desde los palcos , ó leen las reseñas que hacen los periódicos, pero no pican toros ni declaman. Caballero, me ha sido V. simpático, y le ofrezco el mando de uno de los dos ejércitos ; tendré una gran satisfacción en que se cubra V. de gloria.
Y aquel loco singular me tendió la mano y distribuyó várias gracias militares á todos los presentes.
— ¡Qué locura tan sensata, si el interés justificase esta manía! perturbar el mundo, lanzar unos contra otros á los hombres , y permanecer tranquilo y respetado en medio de la lucha. No pude ménos de murmurar conmigo mismo, al oir á aquel monomaniaco.
VI.
Sólo faltaba hablar á uno de los clientes del doctor. Mis temores se hablan desvanecido por completo al ver la tranquilidad y órden con que se expresaban por turno aquellos infelices , que conservaban bajo sus extravagantes relatos una razón relativa, que era cuanto se hubie-
ra podido exigir en una reunión de cuerdos á los postres^ de una cena. El problema estaba resuelto: la sociedad de los locos , no teniendo éstos manías destructoras ó mo^ les tas , era tan agradable y natural como la de tantas personas razonables, cuyas preocupaciones se toleran por cortesía, y aquellas manías tenían sobre las de los cuerdos la ventaja de ser más pintorescas.
— Y V., ¿cómo se encuentra en tan amable compañía? pregunté al último loco, que no tuvo por conveniente contestarme.
— Un dia, respondió el doctor en su nombre, se oyeron gritos desgarradores en su casa ; los daba su señora para impedir que este caballero arrojase á sus hijos por la ventana.
El loco levantó entóneos la cabeza , y dijo con ternura :
— Yo habia enseñado á andar y á nadar á todos mis liijos : sólo me faltaba que aprendiesen á volar los pobrecillos.
— ¿ Y si se hubieran estrellado ? le dije.
— Hubieran volado al cielo : la lección no se perdía.
— Pero ¿amaba Y. á sus hijos? repuse con sorpresa.