Cuentos · Unidad 34 de 58
Unidad de lectura 34
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
— Entrañablemente, caballero, y quería que su educación fuese completa, preparándoles para todas las carreras y enseñándoles toda clase de conocimientos, y haciéndoles aptos para todo. Bajo mi dirección hubieran aprendido desde el idioma de los pájaros hasta el de los filósofos alemanes ; desde la gimnasia higiénica, hasta la ciencia prehistórica ; la teología y la equitación, la poesía y la balística ; el contrapunto y la partida doble ;
y lo mismo podrían redactar una Constitución que castrar una colmena.
— ¿Y cree V. que sus hijos hubieran soportado esa educación enciclopédica ?
— ¡Oh! sí, señor ; combinando sabiamente el antiguo sistema de los azotes y la moderna invención de enseñar sin libros y estudiando los gustos é inclinaciones del discípulo. Por ejemplo, al niño que aborreciese el idioma de Cicerón, y tuviese afición á bailar, íe enseñarla el latín walsando y le azotaría si perdiese el curso. Le haria aprender á contar llevándole á jugar á la ruleta. Le enseñarla la teología y las ciencias más difíciles cantadas en villancicos ; y arrojándole á la cabeza mis cacharros cuando cometiese alguna impertinencia , aprenderla poco á poco la cerámica. Mis hijos quedarían en disposición de ser príncipes ó sabios, curas ó danzantes, verdugos ó acomodadores de teatro.
— ¿Y V. conoce todas esas ciencias de que habla? le pregunté con cierto respeto.
— Sí, señor, me respondió ; las conozco de vista únicamente.
— ¿Y se habla dedicado Y. alguna vez á la enseñanza?
— Le diré á Y..., en mi juventud eduqué á un canario , enseñándole á hacer el ejercicio y á llevar cartitas á mi novia. Ya de joven tuve el pensamiento de crear una universidad para las aves
— ¡ Esa idea es detestable ! prorumpió con voz terrible el loco del melonar ; las aves picotean y destruyen las frutas y no merecen tantas consideraciones.
Su compañero le miró con desprecio y respondió : — Usted olvida que estamos en los postres, y que siendo un melón , le tiene cuenta no llamar mucho nuestra atención.
El pobre loco á quien se dirigia la amenaza miró con espanto los cucliillos y se agazapó debajo de la mesa. Pero la interrupción y el insulto que siguió, produjeron cierta sensación nerviosa en aquella impresionable concurrencia. Un relámpago muy vivo, seguido de un trueno formidable , completó el efecto , y los locos se levantaron de sus asientos en la mayor agitación,
VII.
El pintor abrió la ventana y pidió un vaso de agua.
— ¡Quiero pintar ese trueno! — exclamó con acento inspirado.
— ¡Si eso es imposible! — dijo el Doctor deteniéndole. — No ha sido un trueno, sino un magnífico cañonazo,— repuso el guerrero lleno de entusiasmo.
Los relámpagos y truenos continuaban aumentando la confusión y el vocerío ; algunos locos, estaban subidos en las sillas.
— ¡Juicio, señores! ¡juicio! — decia el Doctor corriendo de uno á otro lado.
— ¡Nos recomienda el juicio! Alude indudablemente á nuestra locura. ¡Venganza, caballeros! — exclamaba el loco de la batalla, animando á sus amigos.
— ¡Muera! ¡Muera!
El Doctor reía á carcajadas.
— ¡Se burla de nosotros! ¡A las armas!
Aquellos gritos de guerra, la actitud melodramática del demente, la exaltación de sus amigos y el ruido de los truenos, produjeron en los locos tal impresión, que el pobre Doctor, amedrentado á su aspecto, retrocedió hasta uno de los rincones de la sala.
— ¡Calma! amigos mios, — decia con su acento más melifluo, al ver que el loco belicoso distribuía á los demas los cuchillos de la mesa.
— ¡Tiene en su rostro la nariz de la difunta! — vociferó con rencor el sepulturero.
— ¡Yo necesito un cadáver! — exclamaba el médico alzando su cuchillo.
Hubo un momento de extraordinario ruido , en el cual se oian estos gritos :
— ¡Hagamos su disección sobre el mantel.
— ¡Enviémosle al otro mundo á girar con los planetas.
— ¡Calémosle!
— ¡Enterradle vivo!
La resistencia era imposible contra aquellos furiosos^ pues sólo habia un criado en la casa. Pero los locos, viéndome armado de cuchillo, me guardaban ciertas consideraciones , hasta el punto de que el médico monomaníaco me dijo al oido estas palabras :
— No se alarme V., amigo mió : dejémosle que muera, y yo me encargo de resucitarle ; no dude V. de que lo haré, porque ya sabe V. que no soy médico.
— Pido la palabra — dije en altavoz subiéndome en una silla para dominar y contener al auditorio.
El Doctor, rodeado por sus huéspedes, liabia caido sentado sobre una silla, y perdido su habitual serenidad ante aquel peligro tan inesperado como serio.
— ¡Señores, — dije, — la muerte del Doctor es justa y está irremisiblemente decretada. Pero... todos aquí somos cristianos, y no podemos dejar morir á un hombre sin que haga siquiera examen de conciencia.
— ¡ Bravo ! ¡ bravo ! — exclamaron los locos.
— ¡Pongámosle en capilla! — dijo uno de ellos.
— Perfectamente, — repuse, — y la capilla puede ser la habitación más inmediata.
— Es verdad, — contestó un loco, — pero como podria fugarse el condenado, pido que le pongamos en capilla después de cumplida la sentencia.
— ¡Bien! ¡muy bien! — contestaron en coro los monomaniacos.
— ¡Un momento! — grité con tal fuerza, que se contuvieron los que tenian alzados los cuchillos. — Pido un ouarto de hora para que se reconcilie.
Todas las proposiciones eran aprobadas por unanimidad, y los seis desgraciados se quedaron inmóviles alrededor de la victima, contando en el reloj de pared los minutos. Yo, entretanto, hacía señas al Doctor, que no osaba hablar porque al intentarlo se alzaban los cuchillos. El Doctor era corto de vista y no veia mis señales. Un poco ántes yo habia escrito algunas líneas en mi cartera, que recibió el criado, atraido por la vocería.
La víctima intentó levantarse, pero doce manos de hierro le aprisionaron á su silla.
El Doctor sudaba y trasudaba.
— ¿Cuántos minutos faltan? — preguntó el artista: - — me parece que este reloj no está arreglado con el sol.
— Faltan siete todavía — le contesté : — dejémosle que rece.
Empecé á inquietarme : el minutero volaba aquella noche : pasaba sobre las rayas con rapidez : habia recorrido el término fijado.
Por fin sonó en el patio una palmada.,
— Llegó la hora — dije con energía ; — al suelo los cur chillos y tiremos á ese monstruo por la ventana.
— ¡Muy bien! — exclamaron los monomaniacos batiendo palmas.
El Doctor se incorporó, con los cabellos erizados, y .sus huéspedes le levantaron en sus brazos.
— ¡Socorro, amigo mió! — gritaba el infeliz resistiéndose inútilmente.
— ¡Muera! — grité también con todos mis pulmones.
El desdichado alienista se habia asido al marco de la ventana, fuera de la cual estaba su cuerpo suspendido.
— ¡Asesino! — me dijo con desesperación, — al ver que yo mismo le empujaba, y cayó.
— ¡Ahora,— exclamé sentándome en el marco de que habia arrojado al Doctor, — que W. pasen buena noche!
— ¡Adiós! ¡adiós! ¡que la cena le aproveche! ¡buena digestión! — gritaron los locos al ver que yo seguia al médico, arrojándome también por la ventana.
— ¿Qué tal, amigo Doctor? — dije después de caer sobre una blandísima alfombra de colchones; — supongo que renunciará V. al trato de esos caballeros y al sistema de las condescendencias?
— Imposible : esto ha sido un susto nada más. Mañana continuaré su curación — contestó el Doctor ya sosegado.
— ¿Y cómo se presentará V. ante ellos?
— Es muy sencillo : haré que me amortajen y me dejaré resucitar por mi colega, que busca un cadáver hace tiempo.
— ¿Pero no le estremece á V. la idea del peligro en que se ha visto?
— Ya ha pasado. Amigo mió , dijo el Doctor con seguridad : he prometido curar á esos infelices por un método á que no renuncio : es mi manía: porque, créame usted, también los cuerdos las tenemos. Más diré ; sin estas manías ó alucinaciones, ó como quiera V. llamarlas , la sociedad humana es imposible : sólo se reunirian los hombres al lado de los favoritos de la suerte.