Cuentos · Unidad 36 de 58

Unidad 36 · PENSAR k VOCES.

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PENSAR k VOCES.

cuando es mi única intención referir una historia, la cual, por haberme asegurado quien la contó ser uno de sus actores, sólo me atrevo á clasificar entre los cuentos,

Nunca podré olvidar á mi condiscípulo Juan Claro.

Habia sido un estudiante á la vez laborioso y pendenciero: taciturno hasta el extremo de huir la compañía de los compañeros de clase, y provocador, y de una sinceridad bárbara y ofensiva, cuando se reunía con nosotros. Le era imposible disimular los defectos que ob~ servaba en los demás, ni dejar sin correctivo sus errores; pero siempre sus manos respondían délos insultos de su lengua, que le obligaron á medir sus fuerzas con todos los estudiantes capaces de vengar una ofensa á puñetazos.

Su predilección por mí no reconocía otra causa que la benevolencia con que toleraba su franqueza , insoportable para todos. Y era que algunas buenas cualidades de Juan, la sagacidad de sus observaciones, y la convicción de que mi amigo tenía en su propio carácter su adversario más cruel, y un impedimento moral para vivir en sociedad pacíficamente, me hacían compadecerle y estimarle.

— Eres adulador é hipócrita, recuerdo que me dijo un día; te he visto sonreír en clase cuando el profesor contaba por vigésima vez el cuento de las naranjas, y no te puede hacer gracia lo que ese buen señor nos ha repetido tantas veces.

— Me hace sonreír, le contesté, la insistencia del profesor en contar ese cuento.

— No me engañas : tu risa hubiera sido en ese caso burlona, en vez de ser, como he observado, servilmente franca. Sacarás este año buena nota á fuerza de sonrisas.

— Te equivocas respecto de mi intención, repuse algo picado : celebro el cuento por bondad y no por adulación; nada me cuesta dar ese gusto al profesor, pues estoy acostumbrado á soportar tus claridades , que son mucho más molestas. Lo que juzgas en tí franqueza y lealtad de carácter, no es sino egoismo é intolerancia; eres incapaz de callarte un pensamiento que ofenda á los demás.

— Eso que dices, replicó, prueba áun más tu hipocresía; te he tenido siempre por amigo, y ahora resulta que eres una víctima de mi mal genio y ocultabas tu sufrimiento : me has estado engañando , por miedo de una riña, ó por bajeza natural.

Y me volvió la espalda con desprecio.

Era su amigo más íntimo : le quería entrañablemente, y no pude ménos de descargar mi bastón en sus espaldas : cayó sobre mí como una fiera , y ambos rodamos por el suelo con gran contentamiento de nuestros condiscípulos, que nos rodearon frotándose las manos. Todos los estudiantes me animaban con sus voces : todos deseaban mi triunfo : ni uno solo manifestó simpatías - por Juan Claro. Cuando se trató huir de los bedeles, me abrieron calle protegiendo mi fuga : mi adversario , en cambio, se vió detenido por la multitud de estudiantes

agolpados, y fué hecho prisionero : su altivez con los bedeles le llevó á presencia del profesor : las respuestas que dió á éste le condujeron ante un consejo de disciplina, en el cual se excedió tanto en su lenguaje, que mereció ser expulsado de la Universidad.

— Agradéceme el sacrificio, me dijo, cuando todo estaba consumado: no puedes imaginarte lo que he tenido que luchar interiormente para no pronunciar tu nombre, que se me escapaba de los labios: hubiera dado cualquier cosa por haber podido delatarte sin vileza. En cambio he repetido al tribunal el cuento de las naranjas, he dicho lo que pienso sobre la escasa ilustración de mis jueces, y he tenido la satisfacción de revelar al Consejo la coquetería de las señoras de algunos profesores.

Yo le escuché asombrado como quien oye hablar á un loco.

Aun daré á conocer otro detalle de su carácter para que se comprenda más á fondo.

Algunos años después íbamos en un ómnibus á San Isidro: en frente de nosotros habia una linda jóven acompañada de un señor de aspecto formidable : Juan los miraba alternativamente, y su semblante revelaba una lucha consigo mismo , que me puso en algún recelo: la jóven miraba á Juan con cierto agrado , y el desconocido atusaba con desconfianza su larguísimo bigote. ^

Juan le dijo de repente :

— Caballero, ¿es su esposa de V. esta señora?

— ¡AV. qué le importa! contestó el de los bigotes con voz de trueno.

— En realidad muy poco; pero no puedo resistir al maligno placer de advertirle que me está mirando hace rato con interés.

Todos nos quedamos asustados, en la convicción de que iba á suceder una catástrofe en aquel estrecho carruaje.

— ¡ Cochero! ¡ cochero! gritó el señor de los bigotes: ¡para! ¡pára! Esto es insoportable.

Y haciendo descender á la señora , que con los ojos bajos y el semblante pálido salió tropezando , el ofendido caballero dijo á Juan al despedirse :

— ¡ Ahí le dejo mi tarjeta !

Juan entregó la suya, y los caballos prosiguieron su carrera.

El lance, por fortuna, no tuvo consecuencias: la tarjeta del desconocido sólo contenia estas palabras :

(( Gran casa de préstamos : se da mayor cantidad que en otroS' establecimientos sobre toda clase de alhajas y ropas en buen uso. »

El hombre terrible era un pacífico industrial que aprovechaba la ocasión para hacer su propaganda.

Cuando le anunciaron la muerte de su padre, Juan Claro (Jijo en alta voz, delante de várias personas:

— Ya era tiempo.

Y después añadió con acento conmovido:

— Siento su muerte, ahora que no tiene remedio: los millones que me deja no llenan el vacío que su pérdida produce: sin embargo, consuelan esos millones. ¡Yaya si consuelan! Creo que he ganado con su muerte; pero voy á soñar con su cadáver muchas noches , lo cual es fasti-

dioso. Me quería mucho el pobre viejo. Soy un ingrato: hay en mi pensamientos que ámí mismo me repugnan; y no obstante, son tan mios y áun más que los otros : ¡si! creo que vienen de fuera los buenos pensamientos.

Todos se alejaron de Juan horrorizados.

Nunca admitia en depósito secretos, confesándose incapaz de reservarlos.

— Pues yo necesito desahogar en ti uno que me estorba, le decia un amigo muy hablador.

Juan le contestó tapándole la boca:

— Comprendo tu situación y la necesidad en que te hallas: por eso no quiero encontrarme en el mismo caso. Soy un periódico humano; un cartel de anuncios. Guarda tu secreto.

— Entónces, repuso el hablador, te lo diré sin reserva alguna.

— Eso es otra cosa: divulguemos el secreto ; no hay nada tan sabroso de contar como lo que deberla estar callado.

Cuando Juan vió que se trataba del honor de una familia, exclamó dirigiéndose al hablador :

— Eres un miserable: voy á referir loque me has contado al mismo que depositó en tí su confianza : los que no tenemos donde guardar un secreto, no debemos permitir que se nos digan.

— Señora, decia Juan en otra ocasión muy distinta, usted ha provocado la ruda sinceridad con que me expreso.

— i- Yo! le contestaba la dama, ofendida en su dignidad.

— Sí, señora; no se le dice impunemente á un hombre ¡ yo te amo I

— Usted está loco, caballero, replicaba la señora. ¿Cuándo le he dicho semejante cosa?

— Hace un momento, con los ojos; idioma el más sincero de todos los que usamos. Atrévase Y. á negarlo, cerrando los labios j mirándonje frente á frente.

Y como la señora sostuviese con frialdad sus miradas, Juan dijo levantándose :

— Miente Y. con toda su vista.

La dama se echó á reir y le dijo con bondad :

— Preciso es perdonarle sus ofensas, porque no tiene usted el juicio muy seguro. ¿Se puede mentir con los ojos?

— Es muy difícil , contestó Juan ; pero no es posible fiarse en nada del que llega á conseguirlo ; los de Y. me

parecerían el escenario de un teatro si no fueran tan

pequeños.

Renuncio á describir la tempestad que estalló en aquel gabinete.

Juan Claro había tenido á los veinticinco años doce ó trece desafíos.

La última vez que le vi estaba vistiéndose para salir á la calle, y se enjuagaba la boca con ron, lo cual me extrañó, porque detestaba la bebida.

— Concibo tu sorpresa , me dijo, y quiero, y no puedo ménos de explicarte por qué prefiero este licor al agua odontálgica que usaba anteriormente. Has de saber que estoy medio asustado de mí mismo en vista del mal efecto que produzco en todas partes, y me enjuago con ron para que atribuyan á la bebida mis defectos.