Cuentos · Unidad 38 de 58

Unidad 38 · PENSAR k VOCES.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

PENSAR k VOCES.

No pude menos de interrumpir la lectura de la carta, y reflexionar profundamente.

— En efecto, debe tener razón el criado, me dije. Cuando yo trataba á Juan , aquella sinceridad impertinente no era sino el principio de ese defecto, que la soledad ha desarrollado por lo visto. Veamos qué dice este pobre amigo.

«Aquella revelación, continuaba la carta, me hizo reconcentrarme y comprender la exactitud del hecho. ¡Pienso en alta voz! Y ese ruido constante que me acompañaba en la soledad eran mis propios pensamientos, divulgados sin advertirlo. La mujer más habladora sabe callar lo que le conviene: yo no tengo secretos para nadie, y saco á la vergüenza lo que todos ocultan con sigilo. El aislamiento ha convertido en vicio irremediable y constante lo que antes, siendo una mera propensión, ó un defecto pasajero, me impedia vivir en paz con mis amigos. Ya no puedo salir á la calle, y debo renunciar para siempre al trato de los hombres. No es posible alternar con las gentes haciendo públicas mis ambiciones entre tantos políticos al parecer desinteresados; escandalizando con pensamientos inmorales á los que sólo enseñan la parte moral y púdica de su alma; haciendo gala de todas las tonterías que discurra entre quienes eligen lo más florido de sus ideas para decir sentencias y agudezas, y declarando mis terrores ante los que saben disimular el miedo y ganan fama de valientes; no tengo

valor para confesarme en público sin elegir siquiera palabras que atenúen mis debilidades.

)>Ni podria vivir en sociedad, denunciando en sus barbas al hipócrita, negando su honradez al que la finge, repitiendo á cada cual las historias que de él se cuentan apénas vuelve las espaldas, revelando á los poderosos sus miserias, á las hermosas sus defectos, y á todos sus malas cualidades, sus vicios ó sus crímenes. Sucumbiria bajo los golpes de los virtuosos de cuya honradez me burlase; de los maridos á quienes dijese que me gustaban sus mujeres, y sería un perturbador peligroso de la sociedad y de la familia. Examina, querido' Luis, tu conciencia, y di si te atreverías á publicar todo lo que piensas.

y> — Tiene razón Francisco; necesito un criado sordo, dije escribiendo al encargado de la agencia.

)) Aquella misma tarde se me presentó un criado de las condiciones exigidas: era un hombre de cabellos y bigote blanco, pero de aspecto vigoroso. Servicial y activo, no me hizo echar de menos á Francisco; pero tenía ■el defecto de la curiosidad, y buscaba compensación á su falta de oido, abusando del sentido de la vista: más de una vez le sorprendí espiándome por la rendija de una puerta.

)) Convencido de mi inutilidad para el trato de las gentes, éste se me hizo entonces más apetecible. La sociedad de mi criado tenía para mí un valor extraordinario; compré loros y cotorras, con lo cual formé en mi gabinete una tertulia que, no lo digo por orgullo, podia competir con muchas de las oue en otro tiempo frecuentaba.

¡Oh poder de la palabra! Confieso que llegué á guardar ciertas consideraciones á uno de los loros, por el despejo con que repetia todo cuanto pensaba yo en voz alta. Me recordaba á Ñuño, aquel condiscípulo tan aplicado, que repitiendo en todas partes lo que explicaba el profesor, era la admiración de su familia y prometía ser uno de nuestros sabios más jóvenes. Excuso decir que llamé Ñuño al loro.

»Sin embargo, pronto me convencí de que el trato de los loros tenía inconvenientes. Aprovechando un descuido. Ñuño se escapó un dia de casa, y detuvo su vuelo en la copa de un árbol de un jardin lejano. Yo le veia columpiarse en la rama, y conociendo su indiscreción, calculaba que estarla divulgando mis pensamientos más secretos. No me atrevía á declararme propietario de aquel orador de acacia, ni me resignaba á que un pájaro, volando de jardin en jardin, dijese por todas partes lo que yo callaba encerrándome en un edificio aislado.

))Dí una carabina á mi criado, y las instrucciones más enérgicas, esperando con tranquilidad el resultado.

))Pocos momentos después sonaba un tiro; Ñuño caia herido de un balazo y su lengua enmudecia para siempre. ¡Pobre Ñuño!»

IV.

«Llegó un domingo de Carnaval, y me dije: » — Hoy es el dia en que los hombres piensan alto. Y tomando una careta y un traje de máscara, me dirigí al

Prado, confundiéndome en aquel enorme grupo humano, que al recibirme, después de mi aislamiento, me aturdió como si hubieja caido en un rio revuelto.

)) Media hora después, cuando se hubo disipado mi mareo, oi á mi lado estas, ó frases parecidas :

)) — ¡Qué habladora es esta máscara! Se está dando broma á sí misma.

))Hui de aquellos sitios, pero las voces continuaron:

)) — Está contando una historia. Dice que siente haber salido de su casa. Teme que le descubran. Nos llama impertinentes. ¡Qué algarabía! ¡Qué insolencia!

)) — Mascarita, contente un poco, ó van á concluir tus bromas en la cárcel, me dijo un joven, por una idea que se me ocurrió cuando pasaban á mi lado dos individuos del gobierno.

)) — Eso es abusar del disfraz, exclamaron algunos que oyeron lo que pensaba de dos antiguas amigas mias que llamaban la atención por su hermosura.

))A cada observación de las gentes apresuraba el paso y variaba de auditorio, y en cada grupo era expulsado por la indignación de los que me rodeaban. Era natural: yo no podia sujetar á mi rebelde pensamiento, ni impedir que hiciese un juicio rápido de las gentes que veia, como sucede á todo el mundo.

)) — Allí va fulano, jugador de ventaja. — Este caballero lleva el gabán vuelto. — Aquella joven está apretando la mano al pollo que la sigue. — Parece postiza la nariz de esa señora. — ¡Calle! ¡Sofía del brazo de un caballero! Buen papel hace el desdichado. — ¡Qué necedades dicen esos jóvenes ! — Esta niña va vestida de jilguero. — Ese

es el amante...., — ¡Qué vieja! ¡Parece la abuela de sí misma!

)) Todos estos pensamientos, expresados ante los mismos interesados, producian escándalo en medio de los escándalos del Carnaval. Porque omito los nombres propios, y callo aquí lo más interesante.

))Hubo un momento en que la tolerancia se acabó, y mi sombrero cayó al suelo, derribado de un golpe. Quise vengar la ofensa, pero la actitud del público en contra mia me impuso j me contuvo.

)) — ¡Fuera! ¡fuera! exclamaban las gentes indignadas.

^Entonces comprendí la magnitud de mi peligro. Por un lado la indignación de tanta gente. Por otro los agentes de la autoridad, que me tomarian por un ebrio.

))No tenía más remedio que la fuga.

)) — Y en último término, decia yo, apénas estuve dentro de mi casa, yo no he calumniado á nadie : sólo lie diclio la verdad.

))Y me contestaba con muclia razón, por habérmelo oido alguna vez uno de mis loros :

» — Juan, tú no puedes vivir entre la gente.

3) — Señor, decia yo casi desesperado, ¿los locos, serán cuerdos que piensen en alta voz? ¿Estaré loco? »

((A espaldas de un cementerio, próximo á mi casa veia pasar todas las tardes una jóven enlutada; su traje era modesto: en Madrid y en un paseo, acaso no hubiera reparado en su belleza, pero en aquella soledad, su hermor