Cuentos · Unidad 42 de 58

Unidad 42 · FIN DE PENSAR Á VOCES

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FIN DE PENSAR Á VOCES

Ilustración Españolar/ Americana,22 de Julio, 8 y 15 de Agosto 1874.

ÍB. mí antiguo y queridísimo amigo

¿étxka be pénale.

UNA EÜGA DE DIABLOS.

La abadía del Olivar, que hoy no existe, era á principios del siglo XVIII un monasterio, si no famoso y opulento, sosegado y bien provisto. Situado lejos del camino real, en una de nuestras provincias más tranquilas, apénas llegaban á aquel santo retiro los ecos de la guerra civil que ardia en toda España. Y tan escondido estaba del mundo, que áun el viajero que conocía el camino de la hospedería del convento no lograba ver el campanario de su iglesia sino á dos tiros de fusil, y al volver una de las calles de olivos que conduelan al monasterio. Sin embargo, lo esmerado del cultivo, lo aprovechado del terreno, y la presencia de algún monje, que abria con el azadón una tierra dura, ó escarbaba las cepas con cariño, anunciaban á gran distancia la proximidad de la abadía, donde debian reinar el orden, la paz y la abundancia. Algunos caseríos blancos formaban esa población campesina que en los siglos pasados se establecía en las inmediaciones y al amparo y devoción de los conventos. El toque de las campanas, el lejano y solemne rumor de los rezos monásticos, el canto de las aves, el ladrido de los mastines, los cencerros del ganado y d

chirrido de algunas carretas cargadas de granos y de frutos, eran los únicos sonidos familiares en aquella soledad. La compostura, recogimiento y severo aspecto de los escasos habitantes de la comarca, demostraban la inmediata influencia de las costumbres del monasterio, sometido á la estrecha regla de San Benito, algo suavizada por el tiempo, que envejece los semblantes y los códigos, pero que conservaba en todo rigor sus bases fundamentales: la obediencia, el silencio y la humildad. Estrecha religión, cuyos hermanos no sólo renunciaban, al hacer sus votos, al vicio de la projoiedadj sino al dominio de sus cuerpos y sits voluntades.

Así es que las fiestas mismas del patrono del convento, á que asistian todos los aldeanos de los contornos, en vez del carácter alegre y bullicioso de las romerías populares, tenían un tinte puramente religioso; los aldeanos eran especie de benedictinos legos, á quienes únicamente impedían tomar el hábito el vicio de la propiedad y los rasgados ojos de alguna campesina.

A la caída de una tarde de Setiembre regresaban hacia el convento, á paso mesurado, llevando con majestad sus negros hábitos, los más caracterizados personajes de la comunidad, á saber: el Abad, el Prior, el Mayordomo y los Decanos, á quienes había invitado el primero á cenar en su compañía aquella tarde, y que no obstante su sobriedad, trocaban gustosos la mesa conventual por la mejor abastecida del prelado.

Caminaban silenciosos, ya por costumbre, ya por haber agotado en el paseo los asuntos de conversación, ya porque el tirano estómago, obrando sobre la flaca naturaleza, distrajese el ánimo de aquellos doctos varones hácia objetos apetitosos, pero demasiado frivolos para una disertación entre tan graves personajes.

De repente, el Abad se detuvo, manifestando su rostro á la vez como duda y sorpresa. Todos quedaron inmóviles, revelando sus semblantes una extraordinaria curiosidad, pero sin atreverse á emitir opinión, por cortesía y respeto al Abad, á quien correspondia toda iniciativa.

— Las campanas del convento tocan á rebato, si no me engañan mis oídos; — dijo por fin el Abad.

— Pues si es una ilusión, somos dos los engañados; — añadió el Prior, que, como todos los demás habia ahuecado las manos por detras de las orejas para recoger la mayor cantidad posible de sonidos.

— Creo que estemos unánimes, — dijo el Mayordomo, mirando á los otros monjes, — que respondieron afirmativamente por órden de rigorosa antigüedad.

— ¿Se habrá incendiado la iglesia? — preguntó aterrado el Abad.

— ; Quién sabe ! también puede haberse comunicado á la chimenea la candela de las hornillas en que ahora debia estar haciéndose la cena; — contestó el Prior.

Los monjes se miraron unos á otros consternados.

— Apresuremos el paso, porque algo grave ocurre en el convento, — dijo el Abad, — acompañando sus palabras con la acción, y siguiéndole los demás monjes con la celeridad que les permitia su abdómen^ su edad ó sus achaques.

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A medida que se aproximaban al monasterio el estrépito de las campanas aumentaba, pero el toque tenía algo de irregular y extraordinario ; parecia escucharse á la vez el campaneo de varias iglesias, que no guardaban entre sí concierto ni armonía.

— Pues el humo deberia verse desde aqm', si se tratase de un incendio, — observó el Abad deteniéndose un momento,— con satisfacción del Mayordomo que los seguia con dificultad, oprimiendo su esférico vientre, cuyo peso se le iba haciendo intolerable.

— Es extraño lo que ocurre, — dijo el Prior, — las campanas parecen locas, y de seguro no las toca ninguno de los campaneros.

—Cincuenta años hace que profesé, y cincuenta y cuatro que habito en el convento, y en tanto tiempo no recuerdo nada semejante, — añadió el más antiguo de los monjes.

El Mayordomo nada dijo, porque estaba harto ocupado en normalizar su respiración , absorbiendo y espirando cántaras de aire.

— Salgamos cuanto ántes de este arbolado y de estas dudas, — dijo el Abad con cierta impaciencia: — me temo alguna travesura de los novicios, en cuyo caso ya puede preparar sus disciplinas el hermano Crisóstomo, para aplicarles la corrección que recomienda nuestro Padre San Benito.

= E1 hermano Crisóstomo, que ejercia el cargo de maestro, se inclinó con humildad, diciendo de corrido :

—Lo ordena el capítulo xxx de nuestra regla. «Todas las edades y entendimientos deben tener sus medidas; y

asi, cuando los niños y jóvenes, ó los que no tienen edad para entender la gravedad del castigo de excomunión, hicieren alguna travesura, sean castigados con austeros ayunos, ó con buenos azotes, para que queden enmendados.»

Y la comitiva volvió á emprender su marcha, seguida á alguna distancia por el Padre Mayordomo ; éste vió á sus compañeros detenerse al llegar al recodo, desde donde se distinguia el monasterio, y santiguarse repetidas veces en señal de asombro y de consternación.

Era para asombrarse y hacer el signo de la cruz una y mil veces. La explanada del convento, de ordinario solitaria, y á lo más frecuentada en las horas de recreo por algunos grupos de monjes, que paseaban con dignidad y compostura, ó que en los dias solemnes era corrida por toda la comunidad procesionalmente seguida de un pueblo devoto y silencioso ; aquel lugar sosegado y triste, ofrecia entónces un cuadro de lamentable confusión, de enorme desconcierto y de insensata y frenética alegría.

Algunos monjes, con la túnica desordenada, y arrastrando las cogullas, corrian de un lado á otro, como escolares abandonados por sus maestros ; otros colgaban de los árboles, á manera de racimos gigantescos ; los más ágiles trepaban por las rejas del convento, y dos ó tres volteaban sobre el abismo, abrazados al cuello de las campanas; en un lado molíanse á trompicones varios religiosos disputándose una moza, defendida heroicamente por una vieja, cuyas manos arrugadas apretaban algunos jirones de hábito; un monje montado en una ventana disparaba al viento un arcabuz; otro se descolgaba

desde el tejado en una cuerda ; otros daban carreras agitando campanillas y llevando en la mano los escapularios ó faroles encendidos, miéntras un muchacho arrojaba al campo libros y sillas para alimentar una gran hoguera, sobre la cual saltaban, alzándose las túnicas, monjes de aspecto grave y respetabilísimas coronas, que reian , cantaban y producian entre todos un estruendo insoportable.

La tarde moria,las sombras avanzaban, y el resplandor de la hoguera, dando color de fuego á unos semblantes, y luz escasa á los grupos más lejanos, hacía el conjunto cada vez más extraño y más diabólico.

Dos ó tres hermanos solamente parecían libres de la maléfica influencia, y pasaban de un lado á otro, acetre en mano, rociando de agua bendita con el hisopo la hoguera, las cuerdas de las campanas y los cuerpos de los monjes.

II.

— ¡Misericordia! Nuestra comunidad ha perdido la cabeza, — dijo el buen Abad, — alzando entrambas manos en señal de desconsuelo, y cayendo de rodillas.

Todos imitaron su acción, orando con fervor para que cesase aquel vértigo y Dios se sirviese devolver la razón á sus hermanos.

Terminada la súplica, dijo con timidez el Mayordomo:

— ¿Y no podría ser ficticio y pura visión lo que estamos presenciando? Tengo entendido que el enemigo común elige para sus ardides y sus apariencias engañosas

los momentos de debilidad y de flaqueza; ahora bien, ¿ no será lo que vemos una alucinación producida por el flato , pues horas há que hicimos nuestra comida y la hora de la cena hace buen rato que ha pasado ?

— Realidades son, por desgracia, y no quimeras, las locuras y el escándalo a que asistimos : y tan grandes, que no nos dejan lugar de sentir las molestias del cuerpo, hermano Mayordomo. No es ocasión de pensar en nuestro estómago, sino en los males que afligen á la comunidad : aproximémonos á esos desgraciados, y veamos de hacerles volver á su juicio y al decoro que exige el hábito que visten.

Dijo el Abad, y se adelantó resueltamente hacia el convento, seguido de los otros superiores.

— ¡El Padre Abad, el Padre Abad! exclamaron al divisarlo algunos de los monjes que tomaban parte en la algazara.

— ¡El Padre Abad, el Padre Abad ! repitieron aterrados todos ellos; aquel grito cundió de boca en boca, y las campanas enmudecieron, los gritos cesaron, y todos quedaron inmóviles.

El Abad, rodeado de su respetable acompañamiento, avanzó majestuosamente hasta la puerta del monasterio, donde se detuvo, y dijo con voz atronadora :

— ¡ Entren los hermanos en el convento !

Los monjes permanecieron como petrificados en sus puestos.

— ¡Todos al convento! repitió el Abad con voz aun más firme.

Ninguno se atrevia á obedecer : el terror los detenia.

23.4

—Hermanos, ¡acordaos de la santa obediencia! dijo con imponente voz el Prelado.

Aquella invocación extrema produjo un efecto repentino : todos los monjes cayeron de rodillas y después desfilaron humildemente, componiendo sus hábitos y besando el del abad. Al pasar ante el Superior, cada cual ocultaba los objetos con que habia contribuido al alboroto, y procuraba tomar un aspecto serio y circunspecto : sin embargo, sus pasos eran vacilantes. Cuando liubo entrado el último monje, el Prelado entró también rodeado de los suyos.

Luego se cerraron las puertas del monasterio, y los aldeanos que liabian asistido á aquel suceso extraño se retiraron asombrados, dispersándose por las cercanas arboledas.

El Abad, sentado en un sillón de vaqueta de alto respaldo, ante una mesa de piés cruzados, y cubierta de libros y papeles, interrogaba á un monje, que contestaba humildemente : un lego de bastante edad y de semblante animado, de pié junto á la puerta de la celda, escuchaba con atención y con cierta impaciencia, como si luchase consigo mismo , deseando terciar en el diálogo ; pero cuando estaba próximo á romper el silencio, la mirada severa del Abad le contenia.

Alrededor de las paredes, y sentados en sillas por turno de antigüedad y jerarquía, estábanlos superiores y decanos del convento.

— Puesto que la comunidad queda sosegada en los dormitorios , decia el Abad , cuente el hermano despensero cómo se le fué la mano al medir el vino, ocasionando la perturbación mental de sus hermanos.

— Declaro á Vuestra Paternidad, contestó el monje con acento compungido, que aunque nuevo en mi oficio de despensero, no lo soy en el de medir vinos y toda clase de líquidos , como lo he probado en mis viajes hechos por su encargo, para vender y comprar cuanto ha sido necesario; y medí el vino tan á conciencia, que, calculando la merma, debió tocar á cada monje, gota más, gota menos, el cuartillo que prescribe nuestra regla.

— Habéis hablado de merma, hermano Juan; ¿cómo se entiende eso echándose el vino enjarras de loza, y sacándose de la tinaja al tiempo mismo de la cena?

— Llamamos merma del vino el trago que se calcula pueden beber los hermanos legos al atravesar el corredor, que, como sabe su paternidad, es algo largo; contestó el despensero.

— ¡Señor Abad! dijo sin poder contenerse el lego que escuchaba.

— Calle el hermano lego, replicó el Prelado deteniéndole: ¿no sabe que el silencio es una de las cualidades que recomienda más nuestro padre San Benito? ¿ No sabe que ordena la sumisión y el silencio, sobre todo en presencia del Prelado? ¿ No recuerda las muchas veces que ha sido castigado con el encierro por culpas de su lengua, que no aprende con los años? Calle, pues, en buea hora, y medite las palabras del Profeta : Puse'

candado d mi boca; enmudecí y me humillé , no hablando aun de cosas buenas. Continúe el hermano Juan refiriéndonos cómo la ración ordinaria de vino lia producido efectos tan extraordinarios.

— Con permiso de Vuestra Paternidad : no hubieran llegado las cosas á tanto extremo si se hubiera limitado la comunidad á consumir lo de costumbre; pero el lego Felipe, que está presente y puede atestiguarlo, entró en la cocina con una jarra vacía y órden del Padre Decano que presidia la mesa, para llenarla del mismo vino, con objeto de resolver una duda.

— Dice verdad el Padre Juan, se apresuró á responder el lego , satisfecho con desahogar su lengua : la comunidad habia cenado una sopa de almejas con huevos, que excitan la sed; y como el vino era exquisito, cada cual habia apurado la mayor parte de su ración, celebrando la fortaleza y el aroma de aquel vino ; uno de los padres notó, sin embargo, cierto saborcillo extraño, y sobre si el sabor era á esto ó aquello, de catadura en catadura, el vino se acabó, y el Padre Decano me envió á pedir más al Padre despensero.

— Suficit ; \)2i^i2i, ya, que sois una taravilla, — interrumpió el Abad.

— Cuando entré en el refectorio acompañando al hermano Felipe para ver si la órden era cierta, — prosiguió el Padre Juan, — noté un bullicio desusado; el lector no era atendido; los jóvenes y novicios hablaban en voz alta, con una locuacidad impropia de sus años; los monjes más antiguos reian con estrépito; no era aquel el comedor de otros dias : sin embargo, todos guardaban

circuaspeccion en su postura y sus palabras. — «Buen vino nos liabeis dado, hermano Despensero, pero escaso; me dijo el Padre Decano con benevolencia; háganos la caridad de que llenen otra vez las jarras para poder atravesar estas empanadas de escabeche; ademas, la comunidad está curiosa por averiguar qué clase de gustillo es el que encontramos en ese vino, nuevo en nuestra mesa, d — No debe ser nuevo, — le repliqué con respeto, porque la tinaja está mediada. — «Tiene razón el hermano Juan, que no es nuevo, sino rancio, ese vino; pero no recuerda nadie haberle probado jamas. Hay en cada cuartillo con qué mejorar una tinaja. » — Y el Padre Decano se rió con mucha gana, lo cual me extrañó sobremanera, por no haber motivo de risa, y porque nunca le habia visto reir anteriormente. Salí del comedor, y á poco rato se repitió el pedido del vino, lo cual me escandalizó : á no ser por la obediencia que debia al que en ausencia de Vuestra Paternidad era el jefe del convento, hubiese cerrado la despensa; pero de pronto oí un ruido de pasos precipitados, y los monjes, capitaneados por el lego Felipe, entraron en mi departamento, y rodeando la tinaja de que se habia extraído el líquido, se entregaron á la intemperancia, arrollándome y despidiéndome de la bodega.

— Ahora es ocasión de hablar y de explicar su conducta, hermano Felipe, si bien con moderación y laconismo, dijo el Abad, mirando al lego con severidad. Pero, ántes quisiera interrogar á los hermanos Antón, Blas é Inocente, que me parecieron juiciosos y serenos, miéntras los demás se entregaban á toda clase de desmanes. ¿Dónde se hallan ?