Cuentos · Unidad 43 de 58
Unidad 43 · FERNANDEZ BEEMON.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
FERNANDEZ BEEMON.
— Duermen también, señor Abad, contestó el Padre Juan.
— Yo los vi rociando caritativamente de agua bendita á sus hermanos extraviados.
— Perdóneme Vuestra Paternidad : no era agua bendita, sino vino, lo que arrojaban con el hisopo aquellos desgraciados.
• lY.
Media hora hacía que el lego Felipe estaba hablando, sin entrar de lleno en la cuestión, cuando el Abad le dijo gravemente :
— Eepare el hermano Felipe que las horas pasan y nada dice de provecho; si continúa divagando, haréle callar, aunque todo quede á oscuras. En el capítulo del silencio, dice nuestro sabio reglamento : « Las chanzas, palabras ociosas ó que muevan á risa, en todo lugar estén condenadas á eterna clausura.» Siga, pues, y no me obligue á citar textos. Ante todo, diga por qué causa, al conducir el vino á la mesa, calculó de antemano el efecto que produciria á la comunidad.
El lego Felipe se puso colorado, pero contestó síq vacilar :
— La costumbre del olfato : al llevar la jarra por sus dos asas, el aroma me daba en las narices, y no pude ménos de decirme : ce Este es un vino muy rancio, y los padres no están acostumbrados á un licor de tanta fortaleza; quiera Dios que puedan resistirlo.»
— ¿Y probasteis el vino, hermano?
— Confieso que tuve tentaciones , pero se sobrepusb á ellas mi conciencia y el miedo del castigo en la otra vida, — contestó el lego.
— Y ¿cómo tantos escrúpulos, cuando en el convento tenéis fama de vinoso?
— El arrepentimiento, señor Abad, y la historia de ese vino, — repuso el lego Felipe.
— ¿ Cómo?
— Yo me dije : el Padre Juan es despensero nuevo, por fallecimiento del Padre Timoteo, santo varón, que á fuerza de ayunos se dejó morir de debilidad, teniendo en su poder las llaves de la despensa. El Padre Timoteo no pudo advertir al Padre Juan que la tinaja marcada con una cruz* es la que contiene el vino del pintor, del cual lian prohibido el uso todos los señores abades del convento, y este vino no puede ser otro.
— Y sabiendo que estaba prohibido ese vino, ¿cómo no lo advertisteis á tiempo? dijo el Abad con acento algo alterado.
— Por cortedad únicamente : pero cuando vi que pedían nuevas jarras de vino, con objeto de averiguar su verdadero sabor, temí que lo acabaran, y no pude ocultar al Padre Decano que, á ser cierta la tradición, y de su certeza yo respondo, á lo que debia saber el vino era á azufre puro. •
— ¿A azufre? dijo el Abad algo distraído.
El lego Felipe continuó su narración.
— El P. Decano, con una jovialidad ajena á su carácter, me contestó que debia estar bebido. Entónces le repliqué respetuosamente, que el vino que estaban consu-»
miendo era el vino del pintor , en cuya tinaja se sospecha que ha fermentado en otro tiempo una legión entera de diablos: y como éstos sólo podian dejar sabor á azufre ú otras materias infernales, de aquí mi humilde opinión acerca del gusto inexplicable de aquel líquido. Mis palabras produjeron una tormenta de voces y carcajadas.— Es preciso desocupar cuanto ántes la tinaja para que salga de ella hasta el último diablo, decia el uno. — Yerémos si el cuadro de San Antonio se concluye, respondia otro. — No puede ser ese vino el del pintor, cuando no sentimos el taconeo de los diablos en el estómago, gritaba una voz. — Sí es tal, contesté rápidamente. — Marchemos á la bodega para salir de esta duda : y velis nolis, me llevaron en volandas hasta el sótano.
— Basta, dijo el Abad levantándose: la comunidad ha dado un grave escándalo, y esta noche no se encuentra en situación de asistir al coro con la veneración debida: á nosotros nos toca llenar el hueco de nuestros hermanos y pasar en oración toda la noche. Marchemos á pedir á Dios por esos infelices.
Todos se levantaron y le siguieron con humildad. El Padre Mayordomo , que por las exigencias de su robusto cuerpo bostezaba de necesidad en un rincón, lanzó un débil suspiro, y se encaminó resignado liácia el coro.
A la mañana siguiente los monjes cruzaban de un lado á otro en el mayor silencio, con la cabeza baja y
consternados. No liabian cantado Laudes ni Prima, y habían entrado en el coro á la hora de Tercia , en diferentes grupos, ninguno de los cuales habia oido el verso Deus in adjutorium meum intende , y casi todos llegado después del Gloria Patri, con infracción manifiesta de la regla. La calma y frialdad del Abad, la indiferencia aparente de su rostro, siendo notoria su rigidez , y el no pedir á nadie explicaciones, aumentaban el temor y confusión de la comunidad , en la cual sólo habia algunas caras risueñas entre los novicios y los legos.
Un grupo de estos últimos examinaba con atención un cuadro de medianas dimensiones, que representaba á San Antonio en el desierto, con tal propiedad, que sólo se veia en primer término la figura del santo anacoreta, sin más detalles que un fondo sombrío y nebuloso : parecía un cuadro sin terminar y abocetado.
— Contadme esa historia, decia un moceton rechoncho á los legos que hacian comentarios delante de la pintura.
— ¡Cómol respondió el lego Felipe: ¿ignoras lo que todo el mundo sabe en el convento?
— Si hace tres dias que he ingresado.
— Calla, infeliz novato, y da gracias á Dios por haberte acercado á quien mejor que nadie te puede sacar de tu ignorancia: yo te referiré la historia y el milagro, y la relación que hay entre este cuadro bendito y el condenado vino que ayer os privó de la razón.
Los legos, que vieron á Felipe dispuesto á repetir, por vez centésima , la historia que todos sabian al dedillo, se alejaron rápidamente de su lado, dejando al narrador
sin más auditorio que al lego moderno , el cual estaba encantado de merecer tal obsequio de un hermano tan antiguo.
— Ese cuadro que ves no se ha pintado ayer ni hace cuatro dias, sino que tiene cerca de cien años, dijo el lego Felipe con majestad : compara la antigüedad de esa pintura con la tuya, y avergüénzate de tu efímera juventud : asi comprenderás el favor que te hago al dirigirte la palabra, no obstante mis cuarenta años en el servicio de Dios; pero la humildad es una de las cualidades que recomienda nuestro padre San Benito.
— Y yo os doy gracias, hermano Felipe, por vuestras bondades.
— Padre podia ser y áun abuelo , si ese cuadro no fuera la ruina de mi casa: porque has de saber, y empiezo la historia, que soy nieto de un pintor que hizo sus estudios en Toledo, y el cual hubiera sido famoso, si la picara afición al vino le hubiese dejado terminar sus obras y dedicar al trabajo el tiempo que empleaba en las tabernas. Pero del mucho beber resultaba que se pasaba durmiendo las horas del dia, y sólo estaba disponible por las noches, cuando la falta de luz le impedia manejar los pinceles.
— Feo vicio tenía vuestro abuelo , hermano Felipe.
— Pero más feo áun es el de interrumpir á los que hablan, y más áun si éstos nos hacen un favor y son superiores. Esto prueba que ignoras las palabras del Profeta, cuya práctica te recomiendo para en adelante: Puse candado á mi boca , enmudecí y me humillé , no hablando áun de cosas buenas.
— No olvidaré esas palabras, perdonadme.
— Siendo así, continúo y perdono. Juan Kamirez se llamaba mi abuelo, y era tal su habilidad, que su maestro le daba á concluir algunos de sus cuadros en los intervalos que le dejaba libres la bebida. Eran éstos tan pocos, que mi abuela, santa y devota mujer, se lamentó á un padre benedictino, amigo de la casa, del abandono de su marido y del temor de que su alma se perdiese, porque el sueño no le dejaba asistir á misa ; compadecido el padre, proporcionó á mi abuelo unas obras de su arte en el convento mismo en que estamos, recomendando al Abad de éste no le permitiese probar el vino hasta que concluyera su trabajo.
— Trabajo era
— Joven, creo haberte reprendido por tu mala costumbre de interrumpir á los mayores : sírvate de gobierno para tu conducta lo que previene terminantemente nuestra santa regla: c( Las palabras ociosas estén condenadas á eterna clausura.» Pues, como iba diciendo, llegó mi abuelo á este monasterio con la recomendación del monje toledano, y ajustó con el Abad, cuyo sepulcro habrás visto á la izquierda del altar mayor, un cuadro que debia representar las tentaciones del bendito San Antonio.
— ¿Será este mismo cuadro?
— Precisamente.
— De modo que ese santo es obra del pincel de vuestro abuelo
— Hé ahí lo que tiene hablar de memoria, y por eso te he recomendado el silencio : puede ser que no haya en el cuadro una sola pincelada de mi abuelo. No por-
que 110 haya trabajado en esa tabla , sino por un milagro portentoso. La proliibicion de beber impuesta á mi abuelo, y la necesidad de trabajar, y la esperanza de cobrar el salario de su trabajo , hicieron que el cuadro adelantase en poco tiempo. Un dia entró el Abad en su taller con otro monje, y quedó tan asombrado y satisfecho de la obra, que dijo al pintor : « Yaya con el hermano despensero á la bodega y elija para sí todo el vino de una tinaja, que le será entregado de gratificación cuando nos abandone. » Mi abuelo besó la mano del Prelado , y en aquel mismo instante bajó al depósito del vino, y como inteligente, escogió el vino de su gusto, marcando con una cruz roja la tinaja y guardándose la llave.
— ■ ¿ Y fué aquélla la tinaja de que ayer bebimos ?
— Gracias á Dios que dices algo con sentido : la misma fué y el mismo vino de que abusasteis ayer con gran escándalo.
— De modo que el vino
— Tiene cerca de cien años
— Ya no me extraña que fuese tan fuerte y tan espeso.
— Y si ese vino no tuviera nada más que su fecha
pero escucha. Cundió la voz de la bondad del cuadro, y todos los monjes acudieron al taller, saliendo sorprendidos y espantados de la fealdad y aire terrible de los diablos que habian de atormentar al santo anacoreta. Decian unos que quien tal cuadro pintaba, debia haber tenido visiones infernales. Otros padecían ensueños y pesadillas , recordando aquellas figuras diabóli-
cas, y alguno aseguró haber visto mover los ojos y estirar el cuerpo á uno de los demonios más horribles. En particular, la última figura tenía tal relieve, pareciendo salirse del cuadro, que á mi juicio, aunque de esto no respondo , creo que pudo ser mi propio abuelo, que harto de pintar se incrustró y aplastó sobre la tabla. Porque mi abuelo desapareció sin concluir el cuadro, en el cual faltaba lo principal , que era el San Antonio.
— ¿Y no se supo de él?....
— Hasta la fecha: mi abuela murió vieja y no tuvo jamas noticias de su marido; mi padre murió de ochenta años, y nadie le dió en todo ese tiempo razón del suyo; yo, rodando el mundo, vine á parar al convento y sólo me dieron estas noticias de mi abuelo. Visité la tinaja muchas veces y contemplé aquel vino , cuyo consumo está prohibido por la razón que ahora diré. Viendo el Abad que el pintor ya no volvia, y deseando quedase terminada aquella obra maestra , encargó su conclusión á un monje del monasterio , hábil también en la pintura, el cual hizo este santo que vemos: el dia en que se dió su última pincelada acudió toda la comunidad á contemplar el cuadro, que el monje habia cubierto con un lienzo. Destapa la pintura nuestro monje, y ¡cuál sería el asombro de todos al ver que los diablos , aterrados al verse junto al Santo, saltaban del lienzo y desaparecían de la vista! No quedó un solo diablo en todo el cuadro. Míralo bien , y di si hallas una sola huella de demonio en la pintura.
— En efecto, sólo está el Santo y nadie le perturba.
— Los malos antecedentes de mi abuelo hicieron sospechar que los tales diablos no hablan sido pintados, sino evocados sobre la tabla : el no haber oido misa en tanto tiempo daba verosimilitud á la sospecha, y el no haber pintado el Santo quitaba todo género de duda. Ahora bien, en las ¡muertas y ventanas por donde pudieran haber salido los diablos, estaba tallada la cruz de 8an Benito , que tiene la virtud de no permitir la aproximación del enemigo. ¿ Cómo pudieron salir aquéllos del convento? Esto cavilaban continuamente los buenos monjes, decidiendo por fin que, faltos de salida, no tuvieron más remedio que refugiarse en la tinaja del pintor. Desde entonces ha sido mirado aquel vino con im recelo saludable, justificado ayer tarde por los hechos. Por esa razón hemos venido á ver el cuadro, creyendo que alguno de los diablos hubiera vuelto al sitio de donde salió; pero, por lo visto, deben continuar nadando en la tinaja.
— Pero ¿no se habrán ahogado en tanto tiempo?
— Moderno, ¿cómo te llamas? le preguntó el lego Felipe.
— Clemente, contestó humildemente el otro lego.
— Pues bien, Clemente; tu juventud disculpa tu simpleza: lo que debia admirarte es cómo unos espíritus tan viciosos no se han bebido un licor tan exquisito.
YI.
La campana habia dado el toque para asistir á la mesa, y todos los monjes habian acudido apresurada y silenciosamente al refectorio. Aunque , á decir verdad, el acto de la comida, en observancia de la regla, se habia efectuado siempre con el mayor orden y recogimiento en aquella sala inmensa, exceptuando la deplorable víspera, el dia de que hablamos, la comunidad se presentó con tal humildad y temor, como si se tratase de celebrar un banquete fúnebre. A ello contribuia la presencia del Abad, que quiso presidir la mesa con el Padre Prior y los Decanos.
— Padre Blas, dijo el Prelado dirigiéndose áun monje anciano, que con la cabeza baja habia esperado temblando oir su nombre : ayer presidisteis la mesa : hoy comeréis aparte y después de los hermanos; agradeced á vuestra irreprochable conducta anterior la blandura -del castigo.
El anciano besó la mano del Abad y se retiró á un rincón vertiendo lágrimas.
- — Padre Mayordomo, dijo en seguida; vos, que tenéis una voz robusta, sustituiréis hoy al lector y leeréis con voz clara y despacio el manuscrito que os entrego , por ser en esta ocasión de más provecho que otros libros mejores. El hermano Felipe queda relevado de servicio para que no pierda una sola línea del escrito. Hermano Despensero, os ruego que no olvidéis nada de lo que tengo prevenido.
Y el Abad, colocándose de pié junto á la cabecera de la mesa, dió la bendición : después , á una señal suya, se sentaron los monjes con tal silencio , como si fueran sombras j estuviera alfombrado el suelo del refectorio.
Los legos empezaron á servir un potaje de sardinas sin llenar de vino ninguno de los vasos. El P. Mayordomo comenzó la lectura del manuscrito, con voz robusta y solemne, en estos términos :
Coiifesion del P. Anaeleto, monje profeso de la religión de San Benito, en la abadía del Olivar, hecha joor escrito en el año 1639 y depositada en el archivo reservado del convento, para si algún seFior Abad creyese útil su publicación ó su lectura al bueJi servicio de Dios y de K G. P. San Benito,
<(Yo, Anaeleto, monje indigno y pecador arrepentido, declaro y confieso haber dado oidos á la soberbia, y descuidado mis deberes religiosos por la satisfacción de un necio orgullo. La circunstancia de ser el único monje aleccionado en el arte de pintar, y los elogios que me hablan sido prodigados por varios cuadros que adornan la sala de capítulos, me envanecieron de tal suerte, que faltaba con frecuencia á los rezos, y disculpándome con el trabajo, habia descuidado el cumplimiento de la regla, viviendo en el convento con una independencia impropia de mi estado. El P. Abad me habia reprendido muchas veces con blandura, inútilmente, y todos los monjes murmuraban de mi orgullo y rebeldía, cuando un día fui llamado á la celda del Prelado.
)) — Hermano Anacleto, me dijo el P. Abad, he agotado los medios persuasivos para conseguir vuestra enmienda y corregir vuestro orgullo; es llegada la ocasión de cumplir con lo que previene nuestro santo Código. Leed el cap. lvii.
))Cogí temblando el libro y leí :
))Si hubiese artífices en el monasterio, ejercitarán sus artes con todo el respeto y humildad posible, si el Abad se lo mandáre; pero si alguno se engríe por su arte, por parecerle que en ello tiene el monasterio algún ínteres, este tal sea privado de su ejercicio y no trabaje más en su arte sino que viéndole arrepentido el Abad, se lo mande de nuevo.
» — Basta, dijo el P. Abad con voz que no admitía réplica: cúmplase el castigo. Nadie hay necesario en esta santa casa ; mañana llega un pintor á quien he encargado el Cuadro de las tentaciones de San Antonio^ cuya ejecución os hubiera sido encomendada. Vos ejerceréis el oficio de Despensero desde esta misma tarde. Meditad y arrepentios.
))Yo caí de rodillas aterrado. El Abad me despidió señalándome la puerta. »
Cuando el P. Mayordomo llegaba á esta parte de la lectura, algunos monjes, cuyo estómago estaba irritado por el exceso del día anterior y el potaje salado que comían tristemente, habían hecho señas á los legos pidiendo agua, pero éstos permanecían en sus puestos aparentando no reparar en las señales.
VII.
«Aquel cambio brusco de oficio, prosiguió el Padre Mayordomo, me humilló profundamente ; ya no era el artista del convento, que pasaba los dias encerrado, pero independiente y libre de testigos en el taller, meditando mis asuntos y haciendo ensayos y estudios en mi arte, sino un monje obligado á medir líquidos, contar panes, vigilar las cocinas , sufrir las impertinencias de los legos y rendir cuentas minuciosas; ocupación insoportable que me molestaba y ofeudia. Las sonrisas, las palabras sueltas que observaba y oia á mi lado me parecian burlas de los monjes, que se burlaban de mi orgullo, atormentándome y regocijándose de mi castigo. Tan obcecada y perdida estaba mi alma, que en vez de la resignación propia de mis votos, sólo abrigaba sentimientos de odio y de despecho.
))Mi orgullo me impedia acercarme al taller donde trabajaba mi rival, que se llamaba Juan Ramirez, cuyo saludo evitaba las pocas veces que nos encontramos en el claustro; sin embargo, mi espíritu se trasladaba en éxtasis al taller, miéntras mis labios articulaban distraídamente las oraciones en el coro, y mi oido escuchaba con ansiedad todas las conversaciones referentes al pintor, conservándolas profundamente en la memoria.
)) Nunca espero sufrir mayor tormento que al escuchar cierto dia las frases de admiración de algunos monjes hácia el cuadro que pintaba Juan Ramirez. Este habia permitido la entrada en el taller para que juzgasen su
obra antes de terminada, y toda la comunidad, excitada por los elogios de los primeros monjes, acudió á ver el famoso cuadro ; todos, excepto yo, porque me consumía la fiebre de la envidia.
)) — ¿Qué juzgáis del cuadro de Eamirez? me dijo el P. Abad en un tono que mi soberbia me hizo creer ofensivo.
)) — Señor , mis ocupaciones me lian impedido visitar el taller, contesté con fingida humildad.
)) — Yenid conmigo, hermano, repuso con cruel bondad el Prelado ; quiero saber la opinión de una persona tan práctica en el arte.