Cuentos · Unidad 44 de 58
Unidad de lectura 44
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
))Mis ojos debieron lanzar llamas al descubrir el cuadro ; jamas hubiera concebido una composición tan valiente y una extravagancia tan adecuada al extraordinario asunto que representaba. El Santo estaba dibujado únicamente, como dejando toda la inspiración para la figura principal ; los detalles eran admirables y revelaban una imaginación exaltada y creadora ; el infierno ofrecía á San Antonio, en sus más seductoras formas, toda la voluptuosidad, todos los estímulos irritantes del pecado, y á la imaginación del vulgo la visión espantosa del infierno. El colorido del cuadro era tan extraño, que no podia yo comprender qué mezcla de colores habia producido aquellos tonos. Mis ojos no se apartaban de la tabla; estaba pálido de envidia y no sabia qué decir.
))E1 Abad no apartaba su mirada de mi rostro y esperaba mi juicio sobre al cuadro.
)) — ¿Encontráis alguna falta? dijo por fin.
)) — Es una pintura admirable; sólo veo sus bellezas,
dije con verdad, pero con un trabajo que debió ser notado.
)) — Puesto que vos, tan inteligente, estimáis así la pintura, quiero hacer un pequeño obsequio al autor, contestó el Prelado : hermano Despensero, acompañad á la bodega á Juan Ramírez para que elija el contenido de una tinaja, que le será entregado y conducido á donde quiera el dia en que nos abandone.
)) Nunca, como en aquel momento, me irritó la palabra Despensero. Los ojos del pintor brillaron de alegría; el Abad le recompensaba en su afición favorita, j me humillaba en lo más sensible de mi amor propio. Cuando caminábamos Pamirez y yo hácia el sótano, tentado estuve de vengarme con alusiones á su vicio; pero la reflexión me hizo comprender que era preferible el disimulo.
)) — ¿De quién sois discípulo? le dije.
)) — Del Greco, respondió con orgullo.
)) — 'No he oido hablar de él, contesté con mala intención.
)) — No lo extraño , repuso ; este monasterio está muy retirado.
)) — Aquella respuesta me parecía una puñalada.
)) — Pintáis bien, dije con zalamería.
)) — No seré de los peores , me contestó fatuamente, cuando tenga tiempo de ejecutar todo lo que me bulle en la cabeza.
)) — También yo pinto algo, repuse algo picado.
)) — Ya me lo han dicho ; hacéis bien las telas de los hábitos, pero pertenecéis á la vieja escuela
)) — ¿La juzgáis mala?
» — No tal, pero las artes adelantan ; hoy cualquiera de nuestros aprendices podria enseñar á Apéles muchas novedades.
)) La. impertinencia de aquel hombre me irritó, su superioridad me hacía daño, procuré abreviar el acto de elegir el vino , le entregué la llave de la tinaja y quedé solo meditando en la manera de vengarme. El demonio, que me acechaba, me inspiró una mala idea.
)) Desde aquel dia empleé toda mi habilidad en captarme la confianza del pintor, y mi calidad de Despensero ayudaba mis propósitos. Sin embargo , nunca me fué posible verle trabajar; tenía gran cuidado en que no sorprendiesen el secreto de sus mezclas de colores , con las que producía maravillosos efectos en el cuadro. Juan Eamirez, le dije un dia después de haber esperado á que repitiese sus instancias, mañana , antes del primer rezo, os espero en la bodega ; tengo órden de no dejaros probar vuestro vino, pero quiero haceros este obsequio si me prometéis ser comedido.
))Ei pintor, á quien se iba haciendo muy pesada su abstinencia , sin duda no debió dormir, porque yo me adelanté á la hora de la cita, y ya me esperaba en la escalera. Le hice seña de que no produjese ruido , y entramos en el primer departamento de los sótanos.
)) — Ahí está mi tinaja, dijo con alegría.
)) — ¿Traéis la llave? le pregunté.
)) — Siempre me acompaña.
)) — Entonces, tomad una jarra y un cacillo , y bebed con moderación.
)) — ¡ Cómo ! ¿ No queréis brindar conmigo ?
)) — Nuestra santa regla sólo nos autoriza á beber en las comidas.
)) — ¿Sabeisj padre, dijo destapando la tinaja y sentándose en el suelo, cerca del borde, lo que sospecho?
)) — No entiendo, le contesté muy alarmado.
)) — El pintor echó un trago que parecía interminable, alabó el vino, se recostó sobre un codo, y me dijo sonriéndose.
)) — Pues bien , creo que tratáis de embriagarme para que os revele mis secretos.
)) — No hagáis juicios temerarios, hermano, repliqué ruborizándome al ver mi intención adivinada ; mal pagáis el peligro á que me expongo , faltando á mi deber por complaceros. ¿No me pedisteis por favor que os dejase probar el vino ?
)) — Asi es, en efecto ; pero vos quizá habéis accedido á mi ruego para aprovecharos de una indiscreción de la bebida; esto no tiene nada de particular, yo he pasado todo un dia oculto tras un lienzo espiando á mi maestro.
)) — ¿ Y descubristeis algo ?
)) — Yi preparar al Greco sus colores más extraños, y trabajar después en una de sus más estrambóticas creaciones ; temiendo ser descubierto , bajé con precaución el lienzo que tenía algo levantado , y oí decir con mucha calma á mi maestro: «Juanillo, no te muevas; estabas en una posición admirable, y hace un cuarto de hora me estás sirviendo de modelo con auxilio de esta cornucopia.»
)) — ¿Y no os molió á golpes ?
)) — Al contrario , me hizo moler pintura y me abrazó.
diciéndome con cariño: c( Juanillo, es inútil que me espies; necesitarias esconderte dentro de mi cráneo para averiguar el secreto de mi inspiración.
)) — Juan Ramírez, siento que me hayáis juzgado mal.
)) — No tendría inconveniente en enseñaros, me respondió, si hubiera formado escuela. Entre tanto, resignaos á verme beber únicamente.
)) — Cuidado con lo que hacéis, dije al observar que llenaba por segunda vez el jarro; pero en realidad deseando que bebiera.
)) — No os alarméis, padre, repuso con jovialidad; esta es la porción de vino que constituye mi regla.
)) — Pasamos media hora conversando al lado de la tinaja, cuyo borde está al nivel del suelo , y en todo ese tiempo no pude lograr del pintor uua sola palabra que me iluminase, aunque empleé toda mi sagacidad y disimulo en las preguntas.
)) — Si al ménos la borrachera le hiciese estropear el cuadro, pensé con infame regocijo, desesperando de lograr mi primer objeto.
)) — Otro jarrito, padre, dijo Eamirez apoderándose del cacillo y casi tartamudeando.
)) — Ni una gota más , añadí con fingida severidad, al ver que el cacillo no temblaba en su mano , lo cual probaba que tampoco temblarían los pinceles.
» Hice ademan de arrancarle el cazo de la mano, pero mi rival, hurtando el cuerpo , se inclinó dentro de la tinaja bruscamente, con tal desgracia, que perdiendo el equilibrio ó mareado con el vapor, cayó de plomo en el depósito.
)) Aquello sucedió de una manera tan rápida , inevitable é imprevista, que me quedé yerto de espanto , y sin fuerza para ayudarle ni moverme de mi sitio : cuando pude hacerlo, corrí á un rincón, cogí un cubo amarrado auna maroma y hundí ambos en el vino, metiendo la linterna en la tinaja. Sólo vi una superficie oscura y brillante que reflejaba mi propia sombra y la luz del farol, y no vi más signos de vida que algunas burbujas de aire en la inmóvil superficie. Agité la cuerda en diversos sentidos sin observar peso alguno, y aterrado y mareado por el vaho que despedía la cuba, busqué un garfio, le até á mi palo , y á fuerza de trabajo conseguí sacar el cuerpo : el cuerpo únicamente, porque el alma estaba léjos de la tierra.
))Era inútil pedir auxilio: iban á culparme de la muerte del pintor, achacándola á la envidia : el lugar en que habia ocurrido la catástrofe me quitaba toda excusa. No sabía qué hacer; oraba, gemia y paseaba al mismo tiempo. El dia apuntaba : iba á sonar de un instante á otro la campana de la iglesia. No tuve elección en aquel trance apuradísimo ; la necesidad más inmediata era ocultar el cuerpo : cogíle con resolución, le arrojé en el lugar de su muerte, cerré con cuidado la tinaja, apagué la luz y salí del sótano tambaleándame como un ebrio. »
VIII.
A una mirada del Abad, los legos que servían la mesa vertieron vino en los vasos: el aroma de aquel exqui-
sito líquido produjo un sordo murmullo entre los monjes, algunos de los cuales, no obstante su sed, apartaron su vaso con horror y repugnancia : era el vino del pintor.
— Hermanos legos, dijo el Abad al observar que los monjes no bebian, la comunidad tiene sed, pero no se atreve á probar un vino en que sabe se ba disuelto el cadáver de un hombre : no es virtud y deseo de mortificarse, sino asco , lo que impide beber á nuestros hermanos. Servidles agua para que beban lo que gusten.
Los legos obedecieron, pero ni un solo monje se atrevió á llevar el vaso á los labios.
El lego Felipe, que habia escuchado con extraordinaria atención la lectura , al concluir el último párrafo cayó á los pies del padre Abad, diciendo en voz alta :
— ¡Absuélvame su reverencia! ¡perdón! Yo también he bebido de ese vino en que se ahogó mi pobre abuelo.
El Abad preguntó con extrañeza : — ¿ Y cómo ayer no os embriagasteis ?
— Es que ya estaba acostumbrado. Como el candado de la tinaja se habia roto por el moho , todos los dias entraba un rato en la despensa y bebia en el cacillo.
— ¿ Cuántos cacillos habéis bebido?
— No puedo recordar... unos cuarenta.
— Pues bien, esta confesión, que á otro le librarla de . la pena, no os rebaja el castigo: sé muy bien que cuando no tenéis con quién hablar, os confesáis para desahogar la lengua, hermano Felipe. A ver, ¿quién es el lego más moderno?
— El hermano Clemente, contestó al instante el lego Felipe.
— Pues bien; desde hoy figuraréis en la lista después de aquel hermano.
— Señor, mi antigüedad
— La habéis perdido, puesto que no aprendisteis con los años á contener vuestras pasiones.
— Padre Abad, considerad que son cuarenta años.
— Alzad y sed humilde; continúe su lectura el Padre Mayordomo.
Este volvió á leer :
«¡Qué dias tan terribles pasé miéntras el cuerpo se deshacía en la bodega! ¡qué remordimientos y qué temor de que descubriesen el cadáver! Cada vez que se comentaba en mi presencia la desaparición extraña del pintor temblaba de espanto, creyendo que en mi rostro se hallaría algún indicio. Todos los ratos que me dejaba libre el oficio, los dedicaba á la oración por el alma del infortunado.
))Unos seis meses después volvió á llamarme el Abad á mi celda, y me dijo con acento bondadoso:
)) — Hermano Juan, vuestra conducta me autoriza á perdonaros. Sois otra vez el pintor del monasterio.
j) — La palabra pintor me hizo estremecer : procuré aparentar alegría, pero mi mano temblaba al tomar la del prelado para besarla.
)) — ¿Os atrevéis á concluir el cuadro de San Antonio ?
))Aunque me esperaba aquella pregunta, me hizo una extraordinaria impresión la idea de trabajar en aquel
cuadro. Contesté que haría un esfuerzo para complacerle.
))Pero no era posible luchar con aquella obra maestra ni imitar aquel estilo. Várias veces empecé la figura del Santo, que debia ser la más noble y poética, y atraer la atención, dando alas otras un carácter secundario; vana tarea; el Santo parecia pintado, miéntras las demás figuras tenian vida y movimiento; sólo podia conseguir una armonía desdichada, dando al rostro de San Antonio cierta expresión diabólica y absurda: borré mi trabajo, tapé aquellas figuras que me estorbaban y distraian, y procuré inspirarme en la vida del Santo: cuando concluí el San Antonio, me encontré satisfecho de la obra, pero al destapar el cuadro retrocedí lleno de despecho: el conjunto no guardaba ninguna armonía, y la obra de mi pincel era tan inferior á la de mi rival, que me avergonzaba y ofendia.
))A mi dolor y abatimiento sucedió una ira insensata: ciego y obcecado, borré aquellas figuras, cuyos rostros me parecia que se mofaban de mi torpeza. Cuando volví en mí, ya era tarde para remediar aquel destrozo. ¿Qué hacer? No tuve otro remedio que improvisar un fondo vago que diese realce y valor al San Antonio : habia perdido mucho tiempo en mis ensayos y era preciso entregar el cuadro; sólo me faltaba una disculpa.
))Creí haberla encontrado, y convoqué á los monjes para que hiciesen el juicio de mi obra: estaba decidido á justificar mi acción, declarando que una visión sobrenatural me la habia inspirado, mandándome que borrase aquellas figuras por ser evocadas directamente del infierno.
^No contaba con la piedad y la imaginación exaltada de los monjes. El cuadro estaba cubierto con un lienzo, y la comunidad reunida en el taller , cuando trémulo y avergonzado separé la tela que le resguardaba. Un grito de sorpresa, que me aterró al principio y ensanchó luego mi ánimo, resonó entre mis hermanos. Las frases «¡milagro! ¡milagro!)), ccLos diablos han huido de la tabla)), «Yo los he visto desvanecerse por el aire)), y otras análogas, resonaron de boca en boca. Los ménos propensos á lo maravilloso se convencian ante tantos testimonios. El recuerdo de las figuras pintadas por Ramírez, la certidumbre de que iban á volverlas á ver, y la sorpresa de no encontrarlas en su sitio, produjeron una alucinación muy comprensible, y los monjes se arrodillaron ante el cuadro. Yo también caí de rodillas y pedí á Dios misericordia.
)) — Hermano Juan, me dijo el padre Abad cuando estuvimos solos, mirándome con fijeza, ¿no os contentasteis con haber muerto al pintor, sino que ni aún perdonasteis la obra de sus manos?
))Me faltaron las fuerzas y caí al suelo aterrado.
)) — ¡Perdón! ¡perdón! exclamé derramando lágrimas de arrepentimiento.
)) — ¡Silencio! contestó el Abad, y dad gracias á Dios por haber producido esa ilusión en vuestros hermanos ; yo no he participado de ella y he calculado, por vuestra acción de ahora, la que teníais tan oculta.
))Entónces confesé la verdad á mi prelado.
)) — Escribid vuestra historia, para que se lea públicamente en el refectorio y sirva de enseñanza, me contes-
tó el Abad después de haberme oido: miéntras llega la ocasión, dejad á vuestros hermanos en su piadoso error, y estad siempre dispuesto á oír la lectura de vuestra fal- ' ta y la confesión de vuestra envidia.
)) Obedecí y he escrito: ¿podré soportar la vergüenza de esta pública lectura?»
Aquí termina el manuscrito, dijo el Padre Mayordomo : hay una nota en el cuaderno, que sólo contiene estas palabras :
«El padre Juan murió á los pocos meses de haber terminado sus apuntes.»
IX.
El Abad se levantó y todos los monjes le imitaron.
— Hermanos, dijo, ayer dió la comunidad un gran escándalo; la historia que acabamos de escuchar es el principio del castigo; no fué vino el que bebisteis, sino los restos mortales de un cristiano; pecasteis con el exceso desbebida, sea la sed vuestra mortificación y penitencia. Desde hoy queda tasada el agua, y abierta á todos por un mes la tinaja en que se ahogó el desdichado Juan Ramírez, 'por si hay alguno que se atreva á llevar á sus labios aquel vino.
Pero no es esto suficiente : está deshonrado en la comarca el hábito glorioso de San Benito, que han vestido y visten aún tantos ínclitos varones; iréis de puerta en puerta pidiendo perdón á las gentes á quienes escandalizó vuestra conducta; les contaréis la verdad, os humi- • liaréis ante los humildes , y sólo cesará vuestro castigo
cuando el pueblo, á quien debemos el ejemplo de la virtud y la templanza, pida vuestro perdón á las puertas del convento.
Una semana después rondaba por la noclie el Padre Abad, acompañado de otro monje.
Al llegar cerca de la bodega, abierta, según su orden, observó el prelado un resplandor dentro del sótano.
Alarmado y sorprendido, se acercó al sitio donde se veia la luz, y descubrió al lego Felipe, de rodillas ante la tinaja del pintor y con el cacillo en una mano.
— ¿Qué haces, desdichado? dijo el Abad, presentándose de repente en la bodega.
El lego Felipe, aterrado, dejó caer el cacillo en la tinaja, y, por primera vez de su vida, no encontró palabras para expresarse.
— ¿Qué haces? repitió el Abad con voz severa.
— Señor, contestó por fin el lego juntando las manos con humildad y bajando la cabeza; estaba rezando sobre la tumba de mi abuelo.