Cuentos · Unidad 46 de 58

Unidad 46 · EL CORDON DE SEDA,

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

EL CORDON DE SEDA,

decia aquella misma noclie la mujer de Chao-só, al ver que su marido colocaba sobre un mueble de laca una caja de marñl, cuyos relieves figuraban la revolución de los gorros amarillos.

— Bella y amada Timi, te preparo una sorpresa, contestó con galantería el noble chino.

Tiaii se incorporó en el lecho y enseñó á su marido dos pies de á dos pulgadas.

— Has sido buena esposa y quiero que te citen en los libros como un modelo de virtudes. Pues bien ; el consejo de familia pide una víctima para salvar la honra de mi casa; como tengo un certificado de larga vida escrito por mi soberano, sería una ingratitud y un desacato acortarme la existencia. Por eso te he elegido, amada Tian, para que salves nuestro honor con el cordón de seda que encontrarás en el estuche. Creo que me agradecerás esta prueba de distinción y de cariño.

— ¡Señor! dijo Tian aterrada, no me atrevo á matarme; soy cobarde como una gallina.

— Sosiégate, amada mia; si no puedes matarte, porque eres cobarde como una gallina , haz que te ayude el cocinero.

— Y el noble Chao-sé salió de la alcoba después de dar un abrazo tiernísimo á su esposa.

Tian parecía tranquila ; el cocinero Kin estaba aterrado.

— Kin, necesitas reposo, decia la primera al segundo.

— Duermo poco, señora, contestó éste restregándose los ojos.

— Debes tener deseos de recoger en la otra vida los premios que te estén reservados.

— Ignoro los que el gran Buda me destina.

— ¿Quieres liuir conmigo? dijo Timi mirando con voluptuosidad al pobre cocinero.

— Señora... respondió temblando el desdichado.

— Huir de una casa en donde no aprecian tus asados, unirte á mí y ser dueño de mis magníficas alhajas.

Kin besó el suelo para expresar su reconocimiento.

— Evitando la venganza de Chao-sé..,

— ¡Oh! Sí, exclamó aterrado el cocinero.

— Hay un medio. Tu amo Chao-sé, protegido por una órden del Emperador, vivirá todavía muchos años; durante este tiempo podrémos alejarnos de la tierra y perdernos en los espacios.

— No comprendo.

— Es muy sencillo : quiero que me acompañes en este último viaje. Toma el cordón de seda y ahórcate por ahí fuera, miéntras reúno mis joyas y me mato ; mi cuerpo resucitado irá dentro de un rato á reunirse con el tuyo.

Kin abrió sus oblicuos ojos con espanto : Tian le lanzó una dulcísima mirada.

— Adiós, le dijo, no faltes á mi cita; y le puso con suavidad á la puerta , después de haber rodeado á su pescuezo el lazo corredizo.

Cuando Kin salia del aposento de Tian, sintió ruido en los corredores.

—Será el mono, dijo, siguiendo su camino muy pre-