Cuentos · Unidad 49 de 58
Unidad 49 · 278 FERNANDEZ BREMON.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
278 FERNANDEZ BREMON.
Málaga pendenciera, y por último, si un fabricante de Birmingliam, después de beber algunas botellas de manzanilla, experimenta, como los gitanos, la necesidad de entonar una caña á la flamenca.
Durante mucho tiempo he creido que la cerveza sólo producia en los alemanes efectos filarmónicos y daba ocasión á orgías musicales; creia que un alemán ebrio, en vez de insultar á los transeúntes , abrir en canal á su mujer ó prorumpir en gritos subversivos contra el Grobierno, como se acostumbra en ciertos países, empuñaba su violin para dar una serenata á los vecinos, ó cantaba un aria del Do7i Juan, tendido en medio del arroyo. Y por cierto qué he vivido engañado , ó miente el cuento que voy á referir, del cual respondo como puede resj)onder un Gobierno español de sus generales. Es verdad que no soy el único á quien los alemanes han dado chasco ; testigos los franceses y testigo toda Europa, á la cual están embromando hace tiempo con su filosofía, para distraer la atención, miéntras preparan silenciosamente sus máquinas de guerra.
Suponía yo entre los chasqueados al autor de cierto libro, en el cual se asegura que la cerveza influye en la estadística de nacimientos disminuyéndola. En efecto, ¿cómo podia ser Alemania uno de los países más poblados, cuando la cerveza tiene allí tanto consumo? Pero después he reflexionado que este argumento es de poca fuerza por falta de datos; para resolver el problema, necesitábamos saber qué población tendría el imperio germánico si los alemanes suprimiesen la cerveza. De igual modo he comprendido que me equivocaba respecto de la
influencia que ejercen en el cerebro de un alemán los gases acuniulados en una noche de continuas libaciones, porque si la cerveza es un agente providencial que impide la irrupción sobre la Europa occidental de una población sobrante , claro es que ese agente inspirará ideas peligrosas y crímenes tal vez que contribuyan al mismo objeto filantrópico.
No extrañe, pues, el lector que en esta bebida, al parecer inofensiva, estribe mi argumento, ni que algunos vasos de cerveza conviertan en criminal al hombre más pacífico, puesto que, como recordé al principio, la embriaguez ha producido tantas catástrofes históricas.
La espita del tonel goteaba todavía un líquido de color de ámbar, y los vasos estaban ya vacíos; vasos estrechos y larguísimos de cristal de Bohemia, cuyos dibujos representaban áOdin bebiendo cerveza, rodeado de guerreros y de lobos; vasos inmensos destinados á las grandes solemnidades , y que sólo se llenaban en el segundo período de la embriaguez, cuando la vista empezaba á nublarse y se atrepellaban las palabras, y se convertían en lógicas y naturales las ideas más absurdas.
Germán y Estéban bebían y fumaban. Ambos eran jóvenes y vigorosos, aficionados á la música y estudiantes de medicina en el colegio de Colonia; vivían independientes en una casa aislada, á orillas del Rhin, el rio de las baladas y de los misterios.
Sin embargo, ninguna influencia ejercian en uno y otro las tradiciones y leyendas; dedicados á las ciencias naturales , sabian perfectamente que en el fondo de los bosques sólo habia vegetales, minerales y animales, por lo general ya clasificados; conocian muy bien la causa de las nieblas, y en cuanto á los espíritus, aseguraban que no eran sino el fósforo que contienen los huesos y brilla por lae noches, aterrando á las doncellas y haciendo recitar á las viejas versículos de la Biblia más ó ménos oportunos ; las danzas nocturnas de las wilis eran sin duda las ondulaciones de los árboles cuando el viento agita sus ramajes, imitando en sus remolinos un wals vertiginoso.
El mueblaje de la sala en que se celebraba el banquete daba á conocer que Estéban y Grerman no pertenecian á esa raza inmemorial de estudiantes pobres que tienen su biblioteca en la memoria y sus demás objetos de estudio en el gran museo de la vida. Vivian con opulencia escolástica en una casa aislada, cuyo salón principal, enriquecido por un tren formidable de botellas vacías, y decorado con una sillería de toneles, algunos papeles de música, dos violines , innumerables pipas y una panoplia, era considerado de lujo escandaloso por todos los estudiantes. Es verdad que al lado de aquellos objetos de pura ostentación se veian la mesa de operaciones, un riquísimo herbario , minerales de todas clases, aves y cuadrúpedos disecados, estuches de instrumentos y libros voluminosos, diáfanos frascos de cristal que contenian fetos, visceras y otras partes del cuerpo, que hubiera tomado por objetos de culto un gentil pia-
doso; en fin, para alegrar el cuadro, habia un arsenal de tibias, cráneos, fémures, omóplatos y esternones. En aquella abundancia no se notaba signo alguno que indicase su división de propiedad ni pertenencia exclusiva de una cosa.
En efecto, Germán y Estéban vivian en comunidad; poseían los mismos objetos, y acaso vestían la misma ropa, por ser idénticos sus cuerpos, robustos y fornidos, como eran semejantes sus fisonomías. Para completar esta descripción me veria precisado á consignar, como es costumbre en las novelas, el color de sus cabellos, á no tratarse de alemanes; pero hemos convenido en que en Alemania todos nacen rubios, y no me gusta alterar las tradiciones.
Sólo el amor interrumpía aquel verdadero comunismo; pero áun en esto existían entre Germán y Estéban lazos muy estrechos; los dos se habían prendado de la hermosa Eva y pretendido su cariño. No pudiendo participarle entrambos, ni resignándose á cederla, determinaron obsequiarla aisladamente y se comprometieron á respetar el fallo de la jóven. Entre los dos estudiantes era difícil la elección para Eva, cuyas preferencias vagaban de uno en otro , así como sus miradas tiernas é indecisas. Una circunstancia accidental inclinó hácia un lado la balanza, y á no ser por ello, la vacilante niña hubiera concluido por admitir dos dueños de su albedrío, completando el comunismo en que vivian los dos jóvenes.
Establecida la competencia de méritos y galanterías entre los dos opositores, llegó el dia de un baile; Esté-
ban pudo obtener el primer wals, decidiendo vencer á su amigo en aquel agitado ejercicio; Germán, por su parte , se propuso contar las vueltas que diera Estéban á fin de aventajarle cuando llegara su turno. Los músicos empezaron á tocar, y Estéban, enlazado con la codiciada Eva, se lanzó en medio de la sala. Nunca se babia visto pareja tan rápida y uniforme; jamas rueda de reloj ejecutó sus movimientos con más precisión y ligereza. Germán apénas tenía tiempo de contar las vueltas ; los demás bailarines , fatigados , se retiraban á sus asientos; los que tocaban instrumentos de metal exhalaban su último aliento en las boquillas; saltaban las cuerdas de los violines; los brazos del timbalero se dormian; en fin, los músicos, jadeantes, cesaron de tocar, mientras Estéban seguia dando vueltas. Los convidados aplaudieron con entusiasmo, y algunos sacaron sus relojes para precisar la duración de aquel wals famoso; pero pasaban los minutos, el horario adelantaba, y la pareja seguia moviéndose sin dar señales de cansancio ni de rozar la alfombra. Los padres de Eva se alarmaron, las señoras mayores aseguraban que la danza iba tomando un carácter diabólico, y toda la concurrencia repetía inútilmente : «¡Basta! ¡Basta!» Entonces sucedió una cosa extraordinaria; los parientes de Eva, Germán, sus amigos, y, por último, todos los presentes, se abrazaron á Estéban para contenerle, pero en vano; una fuerza invencible le obligaba á girar, arrastrando en sus movimientos de rotación y traslación aquel enorme grupo, hasta que por fin la voluntad de todos se sobrepuso al magnetismo antes de que se comunicase el flúido á
las píiredes. La fiesta terminó por un mareo general, y pocos dias después Esteban era Presidente honorario de todas las sociedades coreográficas de Alemania.
La segunda oposición fué musical y decisiva en un concierto. Germán era tenor y Esteban dominaba de tal manera el violin, que á veces se hubiera creido que hacía encaje con las notas. Germán exigió, como vencido, cantar antes que su compañero hiciese la prueba ó templase siquiera su instrumento, temeroso de que Esteban absorbiera la sesión con uno de esos poemas musicales que empiezan en el cáos y concluyen en los Gobiernos representativos. Todas las vueltas de Estéban quedaron olvidadas al eco dulce y sonoro de la voz de Germán, y cuando éste, en un esfuerzo pulmonar, lanzó un formidable do de pecho, el pecho de Eva se conmovió, sintiendo un deseo irresistible de ser dueña de aquellos robustos y magníficos pulmones. No se dió Estéban por vencido; antes bien, preparó el arco, ajustó la caja y se dispuso á luchar con gallardía; estaba inspirado, y se hubiera atrevido á competir con Paganini. Apénas Eva escuchó los preludios, abandonó la sala, saliéndose á una galería, seguida de Germán, que saboreaba su triunfo. El padre de Eva era un desenfrenado violinista, que despertaba á su familia al toque de violin cuando despuntaba el alba, y por las noches dormía á su familia al mismo toque; diez años de concierto continuo habían hecho que Eva aborreciese los violines; nunca se hubiera unido á un hombre que prolongase aquel martirio , y Estéban fué irremisiblemente desahuciado. Furioso con su derrota, improvisó una fantasía tan satánica y ner-
viosa, que los niños rompieron á llorar, temblaron los hombres y se desmayaron las señoras.
Cuando amaneció el dia siguiente, Estéban, que era un buen amigo, felicitó á Germán por su victoria y no volvió á pensar en la Eva de Germán , de cuyo desaire le consolaron otras Evas.
Aquel suceso no turbó las buenas relaciones de los estudiantes; por eso seguian viviendo juntos, poseyendo los mismos objetos, y vaciando un tonel en su gran salón de estudio, que les servia de museo y de taberna.
II.
Los dos jóvenes bebian y fumaban. Aquel dia era el aniversario del famoso do de pecho, y en su memoria se llenaban los grandes vasos de Bohemia.
Hablan brindado á la salud de Eva, de sí mismos, de las ciencias médicas, del inventor de la cerveza, y por último , á la salud de todas las enfermedades.
La conversación, animada al principio, languidecía poco á poco, porque la palabra no podia seguir á las ideas ; hubieran necesitado para expresarse un lenguaje taquigráfico; cada trago de cerveza les infundía nuevos pensamientos, y los misterios de la medicina se disipaban á cada paso.
— ¡Bebamos! dijo Estéban; la sabiduría absoluta reside en la cerveza; he aprendido más en una hora de bebida que en el estudio de esos cráneos estúpidos y de esos libros incompletos.
— I Bebamos ! respondió Germán ; también tengo sed de ciencia.
— Dame un pedazo de barro y prometo hacer un Adán en dos minutos.
— Saca una costilla á tu Adán, y crearé la más hermosa de las Evas.
— La cuestión, anadia Estéban, se reduce á encontrar el barro primitivo , el cual se halla indudablemente debajo del terreno diluviano, entre el Tigris y el Eufrates, donde estaba situado el Paraíso.
— Tienes razón; creemos una nueva raza de hombres vigorosos para sustituir á nuestra generación , gastada y enfermiza.
— ¡Imposible! dijo Estéban con acento melancólico. ¿Qué sería entónces de nuestros compañeros de estudio , de los empleados de hospitales y de los farmacéuticos? Dirían, con razón, que las enfermedades son su patrimonio; la salud pública es un atentado contra la propiedad de los médicos.
— Es verdad; los intereses creados impiden la reforma.
Hubo un rato de silencio , en el cual los dos jóvenes se sentían acometidos de ideas á cual más extravagante.
De pronto dijo Germán con acento cavernoso :
— ¡ Estoy perdido ! Estóban le miró con sorpresa.
— Sí, amigo mío, continuó diciendo el primero; mi corazón ha cesado de latir hace algunos minutos.
— Está completamente borracho, pensó Estéban.
Y levantándose del asiento, se aproximó á su amigo y puso la mano sobre su corazón una y varias veces. Cuándo la retiró después de un rato, Estéban estaba pálido como un muerto. En efecto, el corazón de Germán no se movia.
— ¿Qué me dices, amigo? preguntó éste mirando á Estéban con ojos aterrados.
— Voy á ser franco ; aunque hablas, y tus músculos se mueven, y funcionan tus sentidos, para mí eres un cadáver; no hay en tu pecho el menor síntoma de vida; tiene la rigidez de la tabla y la insensibilidad de la piedra.
— Tus observaciones están conformes con las mias. No he sentido la presión de tu mano , por lo que voy á hacer una prueba decisiva.
Germán tomó una aguja de un estuche y la hundió en su pecho, primero suavemente y después con gran fuerza, hasta que dijo con desgarrador acento :
— No hay duda, soy un fósil; estoy petrificado; nada siento.
A tan terribles palabras sucedió una pausa solemne.
¿En qué pensaba Germán? Pronto lo sabrémos.
En cuanto á Estéban, se entregaba á las ideas más inmorales y egoistas; repuesto de su terror, habia reflexionado que la muerte de su amigo acaso le proporcionarla la posesión de Eva, la cual, con esta esperanza, se le representaba otra vez llena de atractivo. Y la veia mentalmente, mirándole con amor, tendiéndole la mano y presentándole sus mejillas sonrosadas.
Hagamos justicia á Estéban; ningún mal pensamien-
to había cruzado por su imaginación hasta aquel momento, en que los vapores de la cerveza le ofuscaban. Pero hagamos justicia á la cerveza; al mismo tiempo que inspiraba á Estéban tan malos propósitos, infundía en el espíritu de Germán la idea del martirio.
Este, que había tomado un papel y escrito algunos renglones, dijo por fin con tono conmovido, pero con firmeza:
— Estéban, cuando su corazón deja de latir, el hombre muere ; el estado en que me encuentro no puede durar mucho; pero sí por un absurdo médico mi existencia continuase, yo no sabría resignarme á vivir teniendo una tabla en vez de pecho. Tú lo has dicho; soy un cadáver que va á beber contigo su último vaso de cerveza.
En esta carta declaro que voy á suicidarme en un sitio donde jamas podrá encontrarse mi cadáver, y lo hago para librarte de la acción de la justicia. Quiero que estudies en mi cuerpo el fenómeno de mi insensibilidad, y que mi esqueleto, colocado en tu despacho, te recuerde este pobre amigo. Cuando haya bebido el último trago, exijo de tu amistad que me degüelles sin dolor y con cariño, como degollarías á tu padre.
Estéban rechazó con horror la idea de Germán; pero la imágen de Eva se le aparecía cada vez más irresistible y voluptuosa, Germán suplicaba á su amigo con esa terquedad que sólo tienen los borrachos; Estéban se resistía como una doncella á su primer amante; su lucha se hubiera prolongado y hubiera triunfado la razón á no mediar una Eva y tantos vasos de cerveza.
Todas las objeciones de Estéban eran victoriosamente
refutadas por Germán. Aquél no podia lógicamente negar á su amigo el favor de asesinarle; es decir, de hacer por él lo que haria el dia de mañana por el peor de sus clientes.
La proposición fué aceptada, y se llenaron las copas destinadas al brindis de la muerte.
Otra tentación, otro deseo diabólico, contribuían á que el amigo se convirtiera en asesino; Estéban sentia la atracción de lo prohibido, la curiosidad misteriosa del crimen y un interés científico.
Preparó, pues, su escalpelo, y se chocaron por última vez los vasos de Bohemia.
Germán llevó el vaso á sus labios, y miéutras bebia, Estéban hundió el acero en su garganta; el cuerpo cayó, no sin lanzar ántes una mirada de dolor y de despecho.
Germán acusaba á su amigo de no haberle dejado beber el último trago.
— La noche ha llegado; es preciso borrar las huellas del crimen; cerremos la ventana y mondemos el cadáver para cumplir la postrera voluntad de este pobre amigo. ¡Eva será mi esposa!
Así decia Estéban colocando á Germán en la tarima y despojándole de la ropa.
El fenómeno de la insensibilidad quedó al momento explicado , pero de la manera más vulgar y ménos científica.
Cuando Germán se quejó de no sentir las palpitaciones del pecho , olvidaba en su embriaguez que entre la levita y el chaleco tenía un gran cuaderno de música comprado aquella misma tarde.
— ¡Bárbaro de mí! pensó Esteban; sin duda estábamos borrachos cuando olvidamos que los pechos no se reconocen por encima de la ropa.
Y empezó la disección con la seguridad de un profe- -sor que trabaja haciendo eses.
Habian trascurrido indudablemente algunos años.
Estéban era un médico famoso; ciegos y tullidos se estacionaban en su puerta, y por las calles le seguian tísicos, mancos, ictéricos, lazarinos y tercianarios, pidiéndole la salud por misericordia. Damas flaquísimas engordaban visiblemente con el tratamiento del doctor, que también disminuía el excesivo volumen de las gruesas. Se le atribuían curas admirables y operaciones atrevidas; sus recetas se consideraban como licencias para vivir, y los moribundos le pedían que prorogase su existencia. Los chatos salían de sus casas con narices aguileñas; convertía las bocas más anchas en boquítas, y cicatrizaba los pulmones más llagados si su dueño los dejaba en su despacho por unos cuantos días. Sabía las virtudes de que carecían los medicamentos , por lo cual nunca propinaba remedios inútiles , y su bisturí, en vez de causar dolores , hacia reír de gusto á los enfermos.
Llovían regalos en su casa; no bastaban arcas para guardar el oro y la plata, y para colmo de ventura, estaba casado con Eva, cada día más hermosa y rozagante.
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Estéban, sin embargo, no era completamente dichoso, porque amargaban su vida tres pesares.
Uno de ellos era el recuerdo de su amigo y el temor de revelar el crimen entre sueños; el esqueleto de Germán, colocado en un mueble de ébano y cristal, era la . admiración, por su vigorosa y gallarda osamenta, de todos los que visitaban el despacho ; más de una joven babia suspirado al verlo, pensando en el arrogante mozo á que debia haber pertenecido.
Algunas veces trató Estéban de relegarlo á un desván; pero no se atrevia á faltar á la última disposición de su amigo , temiendo que la preocupación por semejante falta le hiciese soñar alto. Pero su presencia le mortificaba, sobre todo cuando Eva entraba en el despacho , y extraordinariamente si ésta se detenia á contemplarlo.
Creia entonces que el esqueleto iba á decir de un momento á otro : «Yo fui tu prometido; yo debia ser tu esposo. ))
Pero el esqueleto era prudente y se callaba.
El segundo pesar de Estéban le producia su afición de violinista. Si Eva le habia concedido su mano , fué,, entre otras cosas, por tener un recuerdo de Germán en su mejor amigo; pero exigió á Estéban la promesa, consignada en escritura solemne , de no tocar el violin sino fuera de su casa.
Estéban era aficionado al violin; pero su gusto se convirtió en delirio con la prohibición, y con la completa imposibilidad de satisfacerlo desde que la fama le absorbió todo su tiempo.
Un ciego apetito de tocar le martirizaba; sólo una ó dos veces durante su matrimonio habia podido alejarse de la población con su violin y desfogarse en medio de un camino tocando con voluptuosidad y verdadera ánsia, hasta que sus dedos se agarrotaban ó se rompía el instrumento.