Cuentos · Unidad 50 de 58
Unidad de lectura 50
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Pero el pesar más intolerable del doctor consistía en el descubrimiento de que su mujer era coqueta; unos días fijaba su vista con placer en un buen mozo que le debía la nariz ; otros miraba con demasiada frecuencia á través de los cristales, ó tenía continuas distracciones, ó recibía visitas á cada instante, ó escribía cartas muy largas en pliegos muy pequeños.
Convencido de la coquetería de Eva, determinó averiguar sí era culpable, para lo cual anunció Estéban una mañana que pasaría aquella noche velando á un enfer*. mo. Creía salir de dudas con esta estratagema, usada desde el principio del mundo por todos los maridos recelosos.
Llegó lar noche, y cuando Estéban se despidió de su mujer, observó con espanto que Eva se había peinado con más esmero del que tenía por costumbre.
IV.
— Es imposible, decía Estéban en la calle.
— No hay remedio; sí V. no me acompaña, mi hija se muere sin auxilio , le decía un cliente con voz amenazadora.
Estéban le siguió despechado y entró en la alcoba de la enferma, pensando en el peinado de Eva, y dispuesto á salir de aquella casa acto continuo.
La joven estaba sin movimiento, víctima de una horrible congestión que exigia la presencia del médico durante toda la noche, con pocas probabilidades de buen éxito.
El doctor vaciló un instante, y luego pidió papel y tinta; escribió algunas líneas que entregó al padre de la enferma.
Cuando el padre leyó el escrito, quedóse lívido y dejó salir al médico.
Lo que juzgaba receta era un certificado de defunción en toda regla.
Estéban salió de prisa, temiendo que por una reacción milagrosa la enferma abriese los ojos.
A pesar de lo avanzado de la hora, habia luz en el aposento de Eva. La sangre de Estéban dejó de circular y quedó aterrado ante aquel solo indicio; luégo vió una sombra, que no era la de Eva, proyectándose en las cortinas. El indicio se convertía en evidencia, y la debilidad de Estéban se trocó en un vigor nervioso extraordinario.
Abrió con sigilo la puerta de la calle y cruzó las habitaciones lenta, callada y recelosamente , temiendo hacer ruido con el aliento , y deteniéndose asustado cada
vez que su ropa rozaba las paredes , ó crujian sus articulaciones, ó el calzado rechinaba. Era preciso no alarmar á los culpables , lo cual les daria tiempo para destruir las pruebas de su falta, y era también preferible terminar de una vez aquel asunto á puñaladas, á soportar continuamente una deshonra sin venganza.
Cuando llegó á la puerta de la alcoba se hallaba fatigado , y debió tardar mucho en recorrer aquel camino, porque Eva estaba ya dormida , á juzgar por su respiración , fuerte y pausada.
Estéban sacó una hoja de acero, que en sus manos debia ser un arma formidable, y abrió la puerta de la alcoba.
La luz seguia encendida; Eva no se habia despertado, y se veian dos bultos en el lecho.
El agraviado esposo tomó la luz y se adelantó hacia los culpables; pero de pronto Estéban se detuvo, pintándose un gran terror en sus facciones.
Al lado de Eva estaba el esqueleto de Germán, ocupando el sitio que le habian usurpado.
Estéban perdió el conocimiento.