Cuentos · Unidad 54 de 58

Unidad 54 · EL HOMRRE DE DOS CABEZAS.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

EL HOMRRE DE DOS CABEZAS.

ciencia : vengan los sabios y estudien nuestra singular conformación, para que contribuyamos al progreso. Soportarémos pruebas y dolores: renunciamos, ademas, para el dia de nuestra muerte al descanso del sepulcro, y cedemos nuestro esqueleto al Museo de Ciencias naturales.

La ovación se multiplicó si era posible. Trigémino lloraba.

— Hoy que nacemos á la vida del ciudadano , nuestro júbilo es inmenso, añadió Angel: ¿cómo no, si tenemos dos cerebros que conciben doblemente la idea de la patria ?

— Si España nos necesita, interrumpió Miguel, tendrá en nosotros dos voces para victorearla á un mismo tiempo; dos soldados en un solo uniforme, y saldrémos al campo con un fusil en cada mano.

La emoción del auditorio era inmensa, y Angel añadió :

— Solo sentimos no tener dos vidas para sacrificarlas

Miguel- Angel no pudo concluir. Mil voces ahogaron la suya, y el público se precipitó á la escena para abrazarle.

— ¡ Llevémosle en triunfo ! ¡ Viva Miguel- Angel ! ¡Traigan antorchas! gritaba el pueblo enronquecido.

— ¡Carrillo ! ¡ Carrillo! decia Blanca, quiero que mañana mismo presente Y. en mi casa á Miguel-Angel, ántes de que se le dispute todo el mundo.

— Está bien; haga V. que añadan dos cubiertos.

— Ese hombre me hace falta, decia Trigémino á su hija.

— Sí, papá, respondía ésta con un entusiasmo científico que hasta entonces no habia demostrado : es preciso aumentar la colección.

La muchedumbre entre tanto acompañaba triunfalmente á su casa á Miguel- Angel , penetrando hasta su habitación : el calor de la sala , la debilidad y la fatiga, produjeron el desmayo de Angel, cuya cabeza cayó pesadamente hácia delante , obligando á Miguel á volver la suya atrás.

— ¡ Agua y aire ! gritó éste con angustia : si no quedamos solos y no me dejan respirar á mis anchas, vamos á caer los dos al suelo.

Ante aquella intimación las gentes se retiraron, si bien quedaron muchas observando por las rendijas de la puerta. Miguel abrió la vidriera é hizo respirar á su hermano el aire frió de la noche.

— Ya me siento bien, dijo Angel respirando con deleite.

— Yo no, respondió Miguel estornudando.

— Pues retirémonos del balcón , porque no tengo gana de sudar tu resfriado.

— Todo puede conciliarse.

Los últimos curiosos contemplaban poco después en el balcón á Miguel- Angel, con la cabeza izquierda descubierta y la otra envuelta en un tapabocas y cubierta con un gorro.

Al dia siguiente los periódicos hablaban con entusiasmo de Miguel-Angel : los de oposición censuraban al Gobierno por no haberle colocado, aprovechando su aptitud para desempeñar dos destinos con un sueldo : los ministeriales celebraban la aparición de aquel español notable, que hubiera permanecido en su aldea á no atraerle hacia la corte el bienestar que daba al país un Gobierno popular y tolerante. Desde muy temprano se llenó su casa de gente : Carrillo le comprometió á comer en casa de Blanca : se presentaron en seguida várias huérfanas y viudas, algunos artistas desgraciados, muchos padres de familia y un número considerable de cesantes recordando á Miguel-Angel sus ofrecimientos filantrópicos : al hacer la vigésima limosna, ambos hermanos suspiraron.

— Desengáñate, Angel, dijo Miguel : no se puede abusar ni áun de las virtudes.

— Ahora es cuando empiezan á ser caridad nuestras limosnas, pues nos cuesta trabajo hacerlas, respondió Angel.

— Me he convencido de que no tiene remedio el pauperismo, repuso Miguel : cada socorro, en vez de disminuir los pobres, creo que los multiplica.

— Se exponen YV. á llevar muchos petardos, decia la presidenta de una sociedad benéfica : no hay más pobres que los nuestros : hombre habrá que les haya pedido cuatro ó cinco veces en trajes diferentes : conozco á un

capitalista que por no tocar á sus millones sale de noche á pedir por esas calles.

Un taquígrafo se habia instalado en la casa para recoger todas las palabras de Miguel-Angel : dos ó tres veces tuvo éste que sufrir reconocimientos facultativos: un pollo elegante se empeñó en que montara sus caballos, y un domador de fieras quiso contratarle por un año. Se le presentaron cinco ó seis nuevos parientes: un diputado influyente le ofreció dos condecoraciones ó dos títulos, lo cual rehusaron, porque á Miguel se lo impedían sus ideas, y no era cosa de que una cabeza sola tuviera tratamiento.

El convite de Blanca tuvo desagradables consecuencias. ¿Habia concebido esta espiritual y hermosa dama, cansada de conseguir sus triunfos uno á uno, el atrevido proyecto de trastornar dos cabezas á la vez? Colocado Miguel-Angel á su derecha, Angel se hallaba á su lado, limitándose en su circunspección á disculparse de comer con la mano izquierda, porque su hermano monopolizaba la contraria : Miguel le envidiaba su posición al lado de Blanca, y Angel le recordaba que habia sido postergado al darla el brazo, porque entonces el brazo y la cabeza derechos resultaban los más favorecidos* Fuese que Angel estuviera algo triste y Blanca tratase de animarle, ó por hacer alguna prueba, ello es que la señora le hacía servir con alguna preferencia vinos variados y exquisitos : Angel aceptaba el obsequio sin mejorar de humor, miéntras Miguel, limitándose á beber agila, sentía que su imaginación se regocijaba irresistiblemente. Angel bebía el vino y Miguel se emborrachaba.

¿Tuvo motivos suficientes para estar celoso de Miguel un caballero que se creia con cualida^des y derechos para no ser desairado por un monstruo? ¿Quiso Blanca infundirlos? Ello fué que D. Pedro Ferrugina interrumpió un animado diálogo de Blanca y Miguel, proponiendo á éste una partida de ecarté. Al rencor de los celos se unió muy pronto el disgusto de que Miguel-Angel ganaba siempre la partida. Don Pedro, irritado, entregaba su dinero, diciendo con forzada sonrisa :

— Está visto : no se les puede ver á W. de balde. Angel palidecia; pero Miguel, completamente alegre, contestaba con bromas que irritaban más á su adversario.

— Tiene V. una suerte monstruosa, exclamaba éste.

Miguel reia á carcajadas, y el Sr. de Ferrugina continuaba lanzando frases de mal gusto, entre las cuales hizo un equívoco alusivo á la doble vista de Miguel- Angel.

De pronto hubo un tumulto en el salón, y el señor de Carrillo llegó precipitadamente á la habitación en que estaba Blanca.

— ¿Qué ocurre? dijo ésta sobresaltada.

— Un conflicto horrible y una falta imperdonable: Ferrugina se ha vuelto loco : por un cambio de epigramas con Miguel, ha dado un bofetón á su adversario.

— Pero ¿quién recibió el golpe, Miguel ó Angel?

dijo Blanca con viveza.

— -Angel. ¿Quién habia de recibir el bofetón sino la cabeza de la izquierda?

— Vaya V. allí, por Dios, amigo Carrillo, dijo Blanca más tranquila.

— Señora, iré : aunque nunca debe acercarse un Carrillo á donde reparten bofetones.

VI.

Los padrinos concertaron el desafío en un instante: la única duda que tuvieron para que el honor quedase satisfecho, era si Miguel-Angel debia batirse una ó dos veces. Angel se habia opuesto al duelo por escrúpulo de conciencia, y sólo se resignó á salir al campo cuando Miguel le declaró que, de no hacerlo, se levantarla la tapa de los sesos.

— Tú tienes la culpa, decia Angel : si cuando sufrí el golpe no hubieras contenido mi acción, hubiera vengado la ofensa con el puño.

— La verdad es, contestaba Miguel, que vi á D. Pedro levantar la mano y oí sonar un bofetón ; pero tan distante, que me pareció que lo habia recibido otra persona.

Miguel prefirió batirse á pistola, porque tirando al sable defendía muy mal la cabeza de su hermano, y Angel exigió que constase en un acta su oposición al desafío. Los padrinos de Miguel, cuando estuvieron en el campo, preguntaron á Angel si quería que se cubriese su cabeza con un casco : los de D. Pedro advirtieron que, no batiéndose Angel, si la cabeza de éste resultase herida, no valdría el tiro, considerándose como si hiriesen á un curioso.

Cuando llegó el momento de tirar, el pulso de Miguel

estaba tan alterado, que los padrinos se retiraron mucho, temiendo por sus vidas : se notaba que hacía temblar la mano de Miguel- Angel el miedo de dos hombres. Se oyeron, por fin, dos detonaciones al mismo tiempo que un grito desgarrador dado por el Dr. Trigémino, el cual, seguido de guardias, llegaba jadeante, diciendo á grandes voces :

— ¡Alto á la justicia! ¡Todo el mundo quieto!

La delación del buen Doctor sólo sirvió para que prendiesen infraganti á su protegido, cuya bala, rebotando en una piedra muy distante de su adversario, le acababa de matar por carambola.

En el corto espacio de un mes se habian vuelto locos dos fiscales al tratar de distinguir la participación que Miguel y Angel habian tenido en el desafío. La ley no habia previsto el caso de la duplicidad de personas en un mismo cuerpo, y constando en un acta la oposición de Angel, era posible que éste saliese absuelto y Miguel condenado, sentencias de imposible ejecución en un mismo individuo. Si Angel era declarado co-autor del delito, porque éste no se pudo verificar sin su concurso y con su mano propia se habia disparado la pistola, entónces la cuestión se complicaba. El tercer fiscal, calculando preferible la impunidad á que ingresasen por turno forzoso en Leganes todos sus compañeros, propuso el sobreseimiento, fundado en el silencio de la ley, y que se elevase una consulta al Gobierno acerca del grado de responsabilidad criminal que corresponde á los diversos individuos de un monstruo de dos ó más cabezas. El Gobierno nombró una Comisión de notables jurisconsul-

ibos para que diera su dictamen : los comisionados pidieron informe á todas las corporaciones científicas de España ; éstas hicieron consultas á las principales Academias de Europa ; las Academias pidieron su opinión á los médicos y letrados más famosos, y de Academia en Academia y de sabio en sabio, el asunto se fué perdiendo de vista poco á poco.

Díjose que un filósofo alemán, después de un éxtasis científico, habia resuelto el problema de un jeroglífico que nadie pudo descifrar ; á fuerza de no usar para nada el lenguaje vulgar, aquel sabio se habia incomunicado de sus semejantes, y sólo se hacía entender de su cocinera cuando pedia por señas el almuerzo.

VII.

El Dr. Trigémino habia hecho grandes esfuerzos diplomáticos para preparar el suceso fausto en que cifraba tantas ilusiones. Su conducta con Miguel-Angel era paternal, y sólo se traslucia el presunto suegro cuando se entregaba á sus experimentos : sabía ya que tenían un solo estómago y un corazón para los dos, pero que sus pulmones eran dobles, ó estaba aislado, por lo ménos, el que correspondía á cada laringe : habia prescrito, en consecuencia, un plan higiénico : Miguel debía comer los días nones y Angel los dias pares , para que las dos bocas no cargasen el estómago : sólo podría enamorarse Angel, por ser el ménos vehemente, y así se evitaría al corazón el martilleo de dos pasiones simultáneas : en cambio les permitía cantar y hablar á todo pasto. No

liabia descuidado, para atraer á Miguel- Angel, hacer algunas alusiones al estado de sus negocios, si bien con la torpeza financiera propia de un sabio.

— Otros, solia decir, imponen sus fondos en papel que baja j sube : yo amontono un tesoro de ciencia en mi despacho y enriquezco mi inteligencia cada dia. Ustedes tienen una mina en su cuerpo, yo tengo un capital en huesos.

En cuanto á Perfecta, habia oido á su padre repetir tantas veces que Miguel- Angel era el mejor partido posible para una niña casadera, que al verle, su corazón tocaba á boda, y sus ojos y los de Angel formaban cuartetos misteriosos. La dificultad de la declaración contrariaba al buen doctor, que estaba á punto de aconsejar á su hija que se declarase ella misma, cuando Angel deslizó, un dia una carta en las manos de Perfecta.

— Respóndele, dijo Trigémino á su hija haciendo extremos de júbilo apénas estuvieron solos, que le adoras y yo le doy mi bendición.

No se le ocultaban al padre de Perfecta los inconvenientes canónicos que debia ofrecer aquel matrimonio si Angel pidiese la mano de la niña; pero el Doctor pensó hacer un viaje á Roma, arrojarse á los piés del Pontífice, regalándole, para tenerle propicio, una hermosa culebra de tres colas.

El amor de Angel y Perfecta tenía otro obstáculo en la oposición de Miguel, que desairado por Blanca, no se avenía á ser testigo y confidente de otros amores. Angel, paro tenerle contento, accedió una noche al deseo que tenía Miguel de rondar misteriosamente la calle de

la ingrata : el mismo Miguel desistió de la aventura, porque al llegar á la casa llevaba un séquito numeroso: mientras Miguel- Angel paseaba, las gentes trasladaron también á aquella calle su paseo.

— Es preciso que Angel se explique, repetia Trigémino á su hija : debes escribirle que no estamos para perder tiempo.

El Doctor tuvo una idea luminosa para proporcionar una entrevista á los novios : en efecto, pocos dias después decia en su despacho á Miguel- Angel, delante de Perfecta :

— Hoy vamos á hacer un experimento muy curioso por medio del cloroformo : trato de averiguar, aplicando ese anestésico á la cabeza de Miguel, si su influencia llega hasta el cerebro de su hermano : para que los gases no accionen directamente sobre Angel , he preparado un aparato de cartón que mantenga las cabezas separadas.

Miguel no se opuso, porque deseaba experimentar la sensación del cloroformo, y Angel aceptó con júbilo, comprendiendo que iba á poder hablar á solas con Perfecta. Miguel- Angel se tendió en un diván, abrieron la ventana, y colocado el cartón que servia de tabique entre los dos hermanos, la niña se puso al lado de Angel, miéntras el Doctor vertia el cloroformo en un pañuelo,. aplicándole al rostro de Miguel para que le aspirase.

— Es y. muy rebelde, decia Trigémino impaciente; han pasado siete minutos y no se duerme usted.

Y se puso á tararear un aire de zarzuela para ayudar al cloroformo.

— Siento pesadez en el cuerpo, dijo Miguel.

— Yo lo mismo^ repuso Angel en el otro lado iniéntras sus ojos hacían guiños cariñosos á Perfecta.

— Dale conversación, liija mia, procura distraerle.

Siete minutos después la cabeza de Miguel caia desplomada en el almohadón, y al poco rato la operación estaba terminada.

— ¿Me quieres? decia Angel en voz baja á Perfecta, que habia aproximado su cabeza. Dame la mano.

Pero Angel no pudo levantar la suya, que estaba como muerta. El Doctor interrumpió el coloquio diciendo con precipitación :

— Amigo mió, el tiempo es breve y no permite rodeos. ¿Quiere Y. ser mi yerno?

Angel intentó hablar, pero su boca sólo respondió con un bostezo : el anestésico habia obrado también en la cabeza de Angel, y se oia un dúo de ronquidos.

— He debido emplear el éter en vez del cloroformo, decia contrariado el buen Doctor : su acción no es tan fuerte ni tan rápida.

Angel, sin embargo, contestó al Doctor por escrito al dia siguiente aceptando con gratitud su oferta, pero rogándole que se lo ocultase á su hermano todavía y le procurase una conversación reservada con Perfecta, que él mismo presenciarla desde léjos. A la semana siguiente Trigémino aplicaba el éter á Miguel en una especie de bolsa de tela, y con las precauciones usadas en el anterior experimento. La operación fué larga y penosa, pero Miguel se durmió al fin.

— Pueden Y Y. hablar, dijo Trigémino, retirándose al otro extremo de la sala.

Angel y Perfecta sólo tenían una frase que decirse. —¿Me amas? '■ — Te adoro.

¿Cuántas veces y con cuántas variantes lo repitieron? No puede calcularse. Perfecta dió de repente un grito y desapareció de la sala avergonzada. Tenía motivo para ello. Miguel había dado unos golpecitos en el cartón, diciendo con su voz más burlona :

—Lo estoy oyendo todo.

VIH.

La prensa, las tertulias y toda clase de asociaciones se habían ocupado de Miguel-Angel con tal entusiasmo, y éste se liabia dejado conducir á todas partes con tanta docilidad, que saciada la curiosidad de las gentes, al entusiasmo sucedió la indiferencia. Los convites disminuyeron y cesaron por completo. Las personas que le llamaban á sus casas ó solicitaron su amistad ántes de vulgarizarse, como Blanca y Carrillo, concluyeron por evitar sus saludos : se hizo de mal tono fijarse en él cuando paseaba por la calle , y ya sólo le miraban los paletos.

En aquel cambio general, Miguel- Angel , dueño de sí mismo, hubiera quedado libre á no hallarse en el caso del Ministro á quien preguntaban sus amigos :

— ¿Cómo, siendo V. tan rico, y pudiendo vivir descansado é independiente, se deja esclavizar en el Ministerio por los negocios, los diputados y los pretendientes, que no le permiten un dia de reposo?

— Porque cuando éstos me dejan, decia en voz baja á sus amigos, quedo bajo la tiranía de mi ama de gobierno.

Libre Miguel- Angel de la presión de las gentes, habia caido bajo el yugo de Trigémino, pues la lealtad de aquel línico y probado amigo hacía el vínculo indisoluble. Habia pasado nuestro héroe de la tiranía de los más á la tiranía de uno solo, formas de Gobierno que sólo tienen una variante para el individuo ó para los pueblos ; la tiranía de los ménos.

El Doctor veia con disgusto la mala opinión que habia formado Miguel de las mujeres, herido por la indiferencia de Blanca, y oponía en cambio los ejemplos de las mujeres de la Biblia; Angel terciaba con suavidad en las polémicas, impidiendo que se agriasen, pero cualquier palabra, cualquier objeto volvía la conversación hacia la mujer. En el mismo despacho brotó el asunto una vez, porque Trigémino dijo, revolviendo unos huesos:

— Hoy me han prometido una maguífica costilla.

La idea de la costilla trajo la idea de la mujer acto continuo.

— Me concederá V. al ménos, dijo el Doctor un día para imponer silencio á Miguel, que mi hija Perfecta no se parece á esas mujeres de quienes tiene V. tan mala idea.

— Con mucho gusto lo concedo, respondió Miguel, porque Perfecta es muy niña y no me hace el efecto de mujer.

— No es tan niña es una muchacha casadera.

Angel se ruborizó y Miguel pronunció un discurso contra la institución del matrimonio.

IX.

Si las dos cabezas no constituyesen para Trigémino la o'ala y la verdadera distinción de su presunto yerno, hubiera propuesto á Angel la amputación de la cabeza de Miguel, que contrariaba sus planes con la mayor obstinación.

— Si yo pudiera anular esa cabeza ó dormirla para

siempre pensaba revolviendo en su imaginación ideas

atrevidas.

Feliz ó fatalmente Miguel no habia sospechado la complicidad de Trigémino en los amores de su hermano: fumó opio administrado por el Doctor, sufrió diversas inyecciones en la piel de la cabeza, y tuvo letargos tan prolongados, que Angel se alarmó un dia al ver que Miguel no despertaba.

— Dejémosle dormir, dijo un dia Trigémino con tristeza. ¡Olil si pudiera prolongar su sueño diez ó doce años

— ¿Diez años? ¿Con qué objeto? repuso Angel alarmado.

— Ha sucedido una desgracia. ' — ¿Está envenenado?

— He equivocado la dosis de mi inyección, y necesitarémos el tiempo que indiqué para justificar lo que ha ocurrido.

— ¿Pero qué es, señor Trigémino?

— Una gran desgracia : le he dejado enteramente cal-

vo. Es preciso que duerma, por lo ménos, hasta que se ]e haga una peluca.