Cuentos · Unidad 6 de 58

Unidad 6 · Í32 FERNANDEZ BREMON.

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Í32 FERNANDEZ BREMON.

al entrar erí el despacho, aunque se le recibió perfectamente y se le dió muy buena cena, estaba acordado que, muerto ó vivo, saldria tuerto de la casa. En la mesa los hombres se hacen expansivos y se entienden. Tomás, de confianza en confianza, contó su gran apuro al oculista, concluyendo la narración con esta frase.

— No sé que hacer ; pero por recuperar lo que he perdido, daria un ojo de la cara.

— Le tomo á Y. la palabra, dijo el oculista, y cierro el trato.

Mediaron, como era natural, las explicaciones consiguientes : al principio costó mucho trabajo convencer á Tomás de que no se hablaba en broma. Después regateó el ojo, y por fin quedó ajustado ; los campesinos son desconfiados en negocios, y sólo consintió en la operación cuando vió entrar en el castillo su carro y las muías, base del contrato, y recibió en dinero el cuadruplo del trigo.

— Pero ¿cómo me presento en mi casa con un ojo solamente? exclamó el campesino.

Ojeda abrió un escaparate y le enseñó una colección de ojos de cristal, cuyo brillo seductor debia fascinar á las mujeres.

Tomás eligió el más grande y el más negro. Los suyos propios, al lado de aquel ojo tan perfecto, parecian imitados.

Por desgracia, al verificar la operación, preocupado exclusivamente Ojeda por su hija, descuidó de tal modo al otro enfermo, que cuando quiso acudir en auxilio de éste, su cara inflamada presentaba horrible aspecto. En-

tÓQces envió á Lázaro al bosque á buscar algunas hierbas.

Tomás les habia referido las desconfianzas del alcalde. Lázaro tardó mucho, y cuando volvió del bosque estaba pálido y aterrado. Su oido finísimo le hizo comprender que habia gente en las cercanías, y arrastrándose sigiloso, habia oido decir al tio Matalobos :

— Era la voz de Tomás: no tengo duda: será preciso dar parte á la justicia.

El enfermo habia sido colocado en un lecho limpio, blando y confortable ; pero no podia continuar en el castillo sin que se descubriese la horrible compra, la operación criminal que habia consumado el oculista : ademas su estado era gravísimo : al llegar la justicia se podia encontrar con un cadáver.

Aquella misma noche Antón y Lázaro, con teas encendidas para espantar á los lobos, trasladaron los útiles y víveres necesarios á una cueva medio oculta entre unos troncos, en lo más salvaje de la selva : la naturaleza habia rodeado aquel asilo de una fortificación inexpugnable. Interceptando la senda con un tronco, el hacha del hombre necesitaba años enteros para llegar hasta la cueva.

Cuando Lázaro se despidió de su amo , éste le dijo :

— No tengas recelo por mí ; cuida al enfermo ; y si se cura, ponle su ojo de cristal, y que se presente en la aldea sin pérdida de tiempo : si muere, entiérrale muy hondo, y tú véte muy léjos.

El licenciado desesperaba de que Tomás apareciese. Hablan pasado cerca de dos meses.

— Su estado era muy grave, y habrá muerto, se decia.

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Ademas pueden haberles faltado víveres, y no atreverse á salir por miedo de los lobos. ¡Quién sabe! Hasta se le piiede haber comido Lázaro.

i^nton no habia sido traidor á su amo ; antes al contrario, le habia perjudicado queriendo sacrificarse en su defensa. Cuando se descubrió la camisa ensangrentada, único vestigio del campesino olvidado en la turbación de la mudanza, Antón creyó asumir toda la culpabilidad en su persona, exclamando con bárbara nobleza :

— Yo fui quien abrió á Tomás la puerta del castillo.

Pero cuando comprendió que habia cometido un desacierto, enmudeció llorando amargamente. Su ojo inmóvil y extravagante, que apénas cabia dentro de su órbita, hinchado aún más por el llanto, lanzaba estúpidas miradas. Los médicos le hablan concedido el precioso diploma de idiota, que hace al hombre irresponsable.

Su amo le comprendia y perdonaba.

En tanto, la curación de Aurora estaba para terminarse ; desde los primeros dias pudo observar el oculista que el ojo de Tomás habia prendido : una semana ántes del hecho que refiero, habia colocado en el aparato un vidrio verde sumamente grueso, que ^condujera al ojo, muy debilitada, la media luz de la alcoba de su hija. La sensación fué, sin embargo, extremadamente viva, produciendo el efecto de una quemadura. Después, aquel dolor se convirtió en placer, que se renovaba, con infini-

ta sorpresa, cada vez que Ojeda cambiaba el color de los cristales.

Cuando su padre colocó el cristal azul oscuro en el aparato, dijo Aurora.

— ;Es extraño! Este color le lie soñado muchas veces sin saber lo que soñaba.

—¿Cuál de todos los colores te es más grato? pregunta Ojeda.

— El verde : el que me dió la primera idea de la luz: el que me causó tanto dolor el primer dia. Ahora sólo me falta conocer el color blanco: ¿se parece á alguno de estos?

— Está formado de todos y no es semejante á ninguno : sin embargo, espero que ha de sorprenderte, pero no te conviene verlo todavía.

Aurora estaba impaciente por distinguir algún objeto, para explicarse la relación de la luz con los sonidos: cuando salió su padre de la alcoba, el orangután, que siempre se alejaba de su amo, entró en la alcoba de la enferma, y, suspendiéndose de la cama, produjo un ruido acompasado y extraño en su columpio.

¿Qué ruido era aquel? Nadie contestaba, y la curiosidad de Aurora iba en aumento.

• — ¿Será verdad que los ojos dan idea ó auxilian la percepción de los sonidos ? se decia : y luchando entre la impaciencia y el temor, venció al fin la primera.

— Quiero ver el mundo : exclamó por fin, y desprendió de su rostro el aparato, quedando deslumbrada. Un cáos de colores confundidos é hiriendo á la vez su vista, le dieron la primera idea visual del movimiento. Cuando

los colores se fueron separando, y distinguió los objetos y las sombras con su armonía y claro oscuro, y extendiendo la mano hacia ellos, comprendió lo que era la distancia, una expansión de gozo dilató su corazón, y llena de alegría prorumpió en gritos infantiles. — ¡Padre, padre ya veo!

El mono, impresionado con la alegría de su ama, dejó la colgadura, y se presentó ante Aurora lleno de curiosidad: y la niña, que no habia visto jamás un ser humano, por una lamentable confusión, cayó á los piés del orangután exclamando.

; Padre mió!

IV.

Llegó por fin el dia de la vista de la causa : la cabeza de partido distaba una media legua de la aldea, cuyos habitantes habían abandonado sus casas para asistir á aquel acto interesante. La sala estaba llena de gente y el patio del juzgado : el maestro de escuela, que era de los que se quedaban en el patio, lamentaba que no se verificasen los juicios en la plaza pública como en los tiempos clásicos, lo cual hubiera permitido á todos disfrutar del espectáculo.

Aurora, que era ya una tuerta muy graciosa, se habia obstinado en no abandonar á su padre, y estaba junto al acusado sentada en una silla. La viuda de Tomás, pálida y enlutada, presenciaba también la imponente ceremonia, sin apartar la vista de Aurora, que más parecía atender á los variados rostros de los concurrentes, á las

ondulaciones de la multitud y á los accidentes exteriores, que á la lectura del proceso.

El oculista estaba inquieto , y el monótono relato de la causa le sonaba como un rezo de agonía.

La voz acompasada y cadenciosa del lector, las fórmulas y digresiones judiciales y lo voluminoso del legajo, martirizaban á los espectadores, que, viendo volver folios y fólios sin esperanza de que aquello concluyese, cerraban los párpados con resignación c(>mo si aguardasen dormidos la sentencia.

Un suceso inesperado trocó el silencio en verdadera confusión y los ronquidos en exclamaciones de sorpresa.

— ¡Se ha vuelto loca! decian unos.

— ¡Pobre mujer , cuánto le queria! exclamaban otros. — No se ha visto una causa tan extraña, añadian los

curiales.

El juez daba campanillazos inútiles para restablecer el órden, consiguiéndolo únicamente cuando salieron de la sala la hija del médico y la viuda de la víctima, y cuando el público se cansó de hacer ruido.

El incidente habia sido rápido ; un acceso momentáneo de locura: una alucinación extraña de Lucía, la cual no habia apartado un solo instante su vista de Aurora, y que de repente , nerviosa y sollozando , se levantó de su asiento, y dirigiéndose á la hija de Ojeda, gritó con voz desgarradora :

— ¡Infame ! ¡ infame ! Ese ojo negro que luces fué de mi marido: reconozco su brillo y su mirada.

Ojeda veia su secreto cada vez más público: sehabian registrado los rincones de su casa: el fiscal iba de un