Cuentos · Unidad 7 de 58
Unidad 7 · FERNANDEZ BKEMON.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
FERNANDEZ BKEMON.
momento á otro á iluminar con gas lo más oscuro de su alma, para ofrecer su conciencia en espectáculo.
Desde que el ministerio público empezó la acusación, el oculista no podia reposar sobre su asiento : vibraban sus nervios como cuerdas de guitarra : sus dedos se movían convulsos como la sacra mano del médium , cuando sirve de amanuense á un espíritu elevado. El tormento era intolerable , pero subió de punto cuando el fiscal exhaló de sus labios este trozo, de elocuencia :
«¿Esperaremos para condenar á Ojeda á que se encuentre el cadáver de la víctima ? No cometerá el asesino la torpeza de abrirnos su sepulcro : en vano buscaremos éste en la fragosidad de aquel bosque intrincado, elegido hábilmente para cementerio : el cadáver está pudriéndose en aquel laberinto de troncos: acaso cada tronco es una lápida: jamas la justicia podrá desenterrar aquellos huesos para unirlos á la causa.
» Pero ¿ acaso necesitamos el cadáver? ¿No tenemos su mortaja? ¿ Qué otra sig'nificacion tiene la camisa ensangrentada, con las iniciales marcadas por la viuda de Tomás? ¿No hemos encontrado un ojo humano, reliquia de la víctima, que los médicos afirman se arrancó recientemente? ¿Qué, señores, no es nada lo del ojo? Pues ese ojo nos pide justicia suplicante : ese ojo prueba el asesinato ante los ojos de la ley. »
Los pocos cabellos de Ojeda estaban erizados : el oculista no pudo resistir más , y pidió la suspensión de la vista para hacer revelaciones importantes.
Habia tenido una idea luminosa : acusar á Lázaro y denunciar á la justicia su escondite.
— Así sabré á lo ménos, se decia, si están vivos ó muertos.
^No conozco á Tomás, declaraba Ojeda, y copiaba el escribano, pero Lázaro me parece persona sospechosa: creo que el verme hacer experimentos en algunos animales, le haya decidido á experimentar por su cuenta en algún viajero extraviado. Tiene costumbres silvestres, y me hablaba'á menudo de' esa cueva.
Lázaro, entre tanto, se bailaba en una situación desesperada.
Después de haber asistido y salvado de la muerte á Tomás, á fuerza de constancia , de sobriedad y de trabajo y en medio de grandes recaídas, acababa de perder en un instante el fruto de tan ímprobas tareas. Aquel mismo dia le habia dado de alta, completamente sano , después de haberle probado el ojo de cristal.
— ¡Maldito sea el juego ! habia dicho Tomás al colocárselo.
— Bien puedes estar arrepentido de ese vicio, respondió Lázaro: la vista no se paga con dinero. No se debe cambiar un ojo aunque le diesen á uno cuatro piernas.
— I Qué dirá mi mujer- al verme tuerto! — Se alegrará probablemente. — ¡Eh!
— El ojo nuevo te sienta mejor que el tuyo propio. Lázaro estaba impaciente por tener noticias de su amo :