El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 10 de 32
JORNADA SEGUNDA · 2 — parte 2
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Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un camarero silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada la cama, dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas ó aprovecha las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en un cubo de latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude dos manotadas y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; cuelga encima de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las habaneras, sale del cuarto, despidiéndose con un portazo que hace temblar los tabiques.
Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre uno de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de aquella estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede á hacer el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.
Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar, dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche (cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, un parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas); una jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de noche una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un velador cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo sin entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y medio, por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y frutos de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte y una butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin ha de conseguirlo, por romper la mezquina envoltura que aún la impide, aunque sólo á trechos, protestar en debida forma contra la opresora poltronería de los huéspedes.
De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y para sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el orden y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en llamar, porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que tienes aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.»
No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre _pasar_ por ellas, como él ha pasado algunas veces, y _vivir_ en ellas, como ahora vive, hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre cebadito y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su regalo.
Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha de llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.
Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con repugnancia cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca de ilusiones para el día siguiente, métese en la cama como pudiera tirarse al pozo, apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su memoria el recuerdo de Solita, que, por de pronto, le alegra un poco la imaginación, aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.
* * * * *
Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado, en su afán de mejorar de vivienda y de _establecerse á su gusto_.
Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.
Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da bastante que hacer.
Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo, le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir; pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos como de la peste.
En cuanto _á lo demás_, tanto le cansa como le deleita, si es que algo de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales despojos de las sobras de otros tiempos, ó á _similores_ del presente, que no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su libertad.
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IX
POR LAS NUBES
Ahora podemos suponer, por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre una semana de sus dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para sacudirse las morales, y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que jamás ha penetrado, para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda de explotarlas en beneficio de sus deseos y en concordancia con sus imaginaciones.
Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han de enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará por salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya hecho su presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar con disimulo maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para tantear estilos de conversación amena y por lo fino, y, sobre todo, para tomar lenguas de todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.
Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á las más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la carcoma de sus muchos años con afeites y postizos.
Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición con flemas y _pata de gallo_, y de poseer algún atractivo especial para las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.
¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo se dice, después que se muestre en semejantes alturas:
--Pues es _un señor_ que se llama Gedeón, que está bien por su casa, y que tiene horror al matrimonio.
No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y adocenado de figura.
Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre, en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por ninguna parte que se le mire.
Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado solterón si se echa á herborizar en el campo en que le suponemos colocado?
Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para marido, aun cuando él se prestara á serlo; y _las demás_, suponiendo que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya que el diablo las lleve, que las lleve en coche.
Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además es terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la _gavota_ y el _baile inglés_, y por la música del _Tancredo_, cuando hace setenta años que ni aquéllos se bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en la cuenta de que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.
Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se dice, de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él como el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas, y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que escandalice al concurso.
De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é inclinaciones.
Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por salir de él marido de la mujer más pobre y fea; y no _convertido_, sino _domado_ como una bestia; en el cual caso sería una variedad vulgarísima entre los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la especie solterona _impenitente_, como el lector y yo hemos convenido en que sea Gedeón.
En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que, en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de escribir lo que me falta de este libro.
--Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como yo?
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X
LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN
Pero lo verosímil es que, á pesar de sus propósitos, si los tiene todavía, no se resuelva á salir de sus merodeos de _escalera abajo_; porque lo que entra con el capillo, sale con la mortaja.
Á la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las águilas rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se sube, faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara á cara. La tierra llama á lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido tan milano como sus hábitos le han hecho ó su madre le parió.
Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira á su albergue triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama á sí, y que él se arroja en ella sediento y quebrantado.
Como el sueño no acude á sus párpados, entretiénese en apreciar la cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo ó del espíritu.
Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y se estremece al pensar en la asistencia que le aguarda.
Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones un contratiempo semejante.
--He aquí un caso--se dice,--en que la familia no es tan abominable como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio.
Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos que le rodean y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta senda, llega á antojársele que en toda fonda _bien montada_ hay algo de manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y hogar.--Aquellas celdas en fila, con los números sobre la puerta; aquella uniformidad de camas, de colchas, de sillas y jergones; aquel hormigueo de gentes en los interminables corredores, gentes de todas edades, procedencias y cataduras; gentes que no se conocen ni se hablan; aquellos camareros brutales, impasibles, con el eterno mandil ceñido y el sucio lienzo en la mano, como verdasca de loquero ó tohalla de _practicante_; aquel gemir en un cuarto, reir en el otro y cantar en el de más allá; ó hablar aquí en francés, en griego allí, y en un rincón de negocios, en otro de literatura, y de amor en el más obscuro; aquella campana que recorre patios y pasadizos, llamando á comer cosas que el huésped no ha pedido y no sabe si le gustarán, en una mesa muy larga y entre gentes que se enfilan en ella como mulos en pesebrera, y como éstos, sin chistar ni sonreir, engullen; el rechinar de las cerraduras por la noche al meterse cada cual en su madriguera; el ruido acompasado del huésped que se va, ó del que llega á las dos de la mañana, como el ruido de los pasos del centinela en el patio de un presidio, ó de los hombres que sacan un cadáver de la cama de un hospital para llevarle al cementerio; y, por último, el marcharse uno sin despedirse como entró sin saludar, porque el _amo_ es allí una entidad, como el Municipio ó el Estado en los hospitales, en los manicomios y en las cárceles, detalles son, con otros muchos más, en concepto de Gedeón, tan aplicables á la fisonomía de una fonda como á las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos.
Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden, como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que Dios que se los lleva.
En éstas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la sed le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el cordón de la campanilla, tira de él con ansia, y espera.
Los minutos corren y nadie viene.
Al fin oye pasos en el corredor.
--¡Ese es!--piensa.
Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto á su cuarto, y vuelve á llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no reflexiona que la campanilla á la cual corresponde el cordón de que él tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita que se halle cerca de ella una persona para que pueda saberse que _número_ es el que llama.
Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No es fresca ni está limpia; pero es abundante.
Vuelve á acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas y mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen á los lados, ó el lento taconeo del que trasnocha ó se va, ó el lastimero mayar del gato enamorado, en el desván cercano ó en el tejado vecino, el cansancio le rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina que vela á su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no más blanca que sus manos, mientras un niño de angelical sonrisa le acaricia el enardecido rostro con sus rizos de querube.
¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante sus tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando en sus espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, repulsivo é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su lugar un hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una moneda.
Después no sueña nada; se queda como un tronco. Al despertar por la mañana, se encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la soledad.
No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del mediodía, entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero le _suplica_ que mande venir un médico.
Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia.
Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del lecho.
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XI
LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE
Al cabo de dos horas se presenta el médico. Se ha necesitado una para que el camarero, después de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de otra para decidirse á llevarle á su destino.
Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada firme, pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.
Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus recientes dolores.
El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de la fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una palabra.
El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.
El médico palpa, observa y no despliega sus labios.
El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece pedirle su dictamen.
--¿Quiere usted darme algunos antecedentes?--dice al cabo el Doctor, dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera poco la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible decaimiento.
Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de satisfacer la pregunta del Doctor.
--No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo--añade éste al notar la perplejidad del enfermo;--examine usted también las vicisitudes del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata de muchas dolencias de aquél.
Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las prosáicas contrariedades que el lector conoce.
--Un poco más atrás...--replica el médico, como si hubiera dado con el rastro de lo que busca.
Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora Braulia.
--¡Más atrás todavía!--insiste el Doctor, animando al enfermo con expresiva mímica.
Gedeón se atreve á contar hasta _por qué_ se decidió á establecerse como _mozo de casa abierta_; apunta algunas consideraciones sobre su aversión al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron, y no poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno y excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega el Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de notar que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera lienzo ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se las desuellan.
Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:
--Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las, según usted creía, causas inmediatas de él.
--¿Luego no son esas las que?...
--El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la rodilla.
--¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?
--Creo que no es ese el mal que usted padece.
--¿Otro más grave, acaso?
--¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?
--No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego.
--Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha hecho usted muy malo de su vida.
--¿Por qué?
--Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.
--¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!