El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 9 de 32

JORNADA SEGUNDA · 2 — parte 1

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Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la doncella que esperaba.

Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y ¡oh sorpresa embriagadora y confortativa! la doncella que ya vino, y le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita, que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita, que le cuenta lo poco afortunada que ha sido en amos desde que, bien á su pesar, tuvo que salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no tiene nada que referir á éste con la lengua, parece decirle con los incitantes ojos, á cada plato que le sirve:--«Vamos, hombre, atrévete conmigo, que aquí no corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la criada de tu pupilera; somos dos transeuntes que hacemos juntos un alto y nos arreglamos con lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin desautorizarte... ¡Mira que de estas gangas no las encuentra cada día, ni tan á mano, un solterón medio aburrido y desalentado como tú, y que sólo vive, como perro achacoso, de lo que le cae en la boca!»

No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice con los ojos, ó si es Gedeón quien se lo imagina, _ex abundantia cordis_; pero es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que no desperdicia las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de su comida ya ha puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es Solita juez que sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones. Antes da muestras de sutil ingenio y experta travesura; y resistencias hace, aunque sin enojos, que ponen á Gedeón fuera de quicio.

De todas maneras, esta peripecia viene á interrumpir sabrosísimamente la abrumadora monotonía de la vida de nuestro solterón, y á hacerle llevadera la existencia en aquella posada que empezaba ya á parecerle presidio. En adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y todas las de volver á su albergue...

Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigorosamente necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante. El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla conocido en su propia casa, como otros las vuelven á ver en medio de la calle, ó en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué parajes.

Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para determinados _solitarios_, y de su mancomunidad de debilidades, se hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión; pues en Dios y en mi ánima aseguro, á más de lo que ya tengo dicho, que va poniendo á Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los obstáculos.

Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se eternizan; sus vueltas á casa no tienen número, y no le tienen tampoco las veces que se le ocurre ponerse malo á las altas horas de la noche, para que Solita le lleve el vaso de agua ó la taza de te.

Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con la doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heróica tarea, que no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas y pasillos murmurando no sé qué letanías en que todo se canta menos alabanzas á su huésped, cuando él está departiendo con la doncella.

La cual, sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y desabrimientos de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora Braulia por idénticos, aunque no tan notorios motivos.

--¡Si piensan _algunos_ que mi casa es un cuartel, chasco se llevan!--grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)

Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se equivoca, pues que la oye decir en seguida, con acento meloso, y á la parte de allá de las vidrieras del gabinete:

--En esta habitación estará usted como en la suya propia; precisamente la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no es, propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que á usted le envía.

La misma ó parecida relación que le hizo á él.

--Pues mire usted, patrona--contesta en la sala una voz sonora y retumbante,--la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y todo el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro que debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada.

--En cuanto á eso, caballero militar--replica doña Ambrosia notoriamente sulfurada,--entienda usted que esta casa ni es posada ni es mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no necesita aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación de hospedarle á usted á su lado.

--¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya _á la empinada_ la hija de su madre!

--¡Caballero!

--Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua.

--Ni yo le he faltado á usted...

--Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene usted, señora? ¿Sí ó no?

--¡Eso es injuriarme!

--¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no?

--¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está tratando?

--Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.

--¡Es que tiene usted unas cosas!...

--¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!

--¡Y unas demasías!...

--En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.

Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido sibilante, como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, vuelve á oirse la voz del hombre de la sala, que grita:

--¡Ruiz!... ¡Ruiz!

--¡Presente, mi capitán!--responde desde el pasadizo otra voz de hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de sable, indican que acude al llamamiento.

--¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?

--Ahí quedan, mi capitán.

--Traételos.

Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz:

--Aquí está el maletín.

--¿Y lo demás?

--¿Lo demás, mi capitán?...

--¡Lo demás, sí!

--Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...

--¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes en la cocina?

--No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?

--Ahí, en el _arzón trasero_ de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo lejos de las monturas.

--Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los _bastos_ tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por encima!...

--¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?...

--Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo que rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí á mi capitán...

--Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!

--Siempre á la orden, mi capitán.

Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que la montura del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á colocarse en la cama _de respeto_ de la _sala de recreo_ de los huéspedes de doña Ambrosia.

Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso.

Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se le presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por el riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta _cuartelera_ que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba enderezada, como lo va sospechando.

Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa de pasar y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y marchándose el segundo á _zagalear_ las bestias y á dormir á su lado, reina el sosiego en la casa y ronca Gedeón.

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VII

VARIAS CATÁSTROFES

Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y su asistente.

¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán! por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura... Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y comiendo y almorzando.

Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á rancho y le suena á cuartel.

Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se disculpa con Gedeón.

--Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará... Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios sentimientos...

Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley, por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.

Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa del gabinete.

En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean en calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres que se asoman á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de aceituna á los hombres que pasan por la calle.

De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se hunde la tierra.

Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor en esto de _establecerse á su gusto_, suspira por el capitán, que le parece un ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito.

Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más tolerable.

Dos horas le dura la _arrancada_, como dicen los marinos, ó la _velocidad inicial_, según la culta jerga científica; dos horas que invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado, vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.

Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita, con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.

En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con Gedeón.

--¡Ay, señorito!--le dice entre sollozos,--¡qué mala estrella es usted para mí!

--Pues ¿qué sucede, hija mía?--pregúntala Gedeón hecho unas mieles.

--Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra.

--¡Por mí, alma de Dios!

--Sí, señor, por usted.

--¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.

--Ya usted me comprende.

--Pues no comprendo una palabra.

--¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?

--Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi pesar, créalo usted.

--Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora; y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.

--¿De mí?

--Y de mí: de los dos.

--¡Ah, grosera, incivil y menguada!

--¡También usted!

--Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la cultura, la suavidad y la...!

--Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa, venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo salía del gabinete, de servirle á usted.

--¡Y no me ha dicho usted nada!

--¿Para qué?

--Para que yo estrangulara á esa tarasca.

--Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al ponerles la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro huésped que al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo, díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro verdades al oído y á despedirme en seguida.

--¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza... Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?

Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano libre, y responde con voz lenta y no muy firme:

--Por de pronto... á casa de una amiga.

--¿Y después?

--Después... adonde me quieran.

--Entonces, no se mueva usted de aquí.

--Ya sabe usted en qué sentido hablo.

--También usted en el que yo la replico.

--La necesidad me obliga á servir.

--Porque usted quiere.

--¡Qué bromas gasta usted!

--No en este momento.

--Me parece que más claras...

--Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...

--¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?

--¡Muchísimo más!

--¡Pues tendrá que oir!

--¡Cosa buena, Solita!

--Como de usted.

--Ya se ve que sí.

--Pues si usted lo asegura...

--Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.

--¿Ahora, de repente?

--Hace días.

--¿Y qué?

--Que si quisiera usted conocerle...

--Si me interesa en algo...

--De punta á cabo.

--Pues usted dirá.

--Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?

--Bastante.

--En ese caso, andando hablaremos.

--Como usted guste.

--Pues vamos andando.

Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á obscuras cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo cuando de él se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre la otra, como la _f_ sobre la _i_.

* * * * *

Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual falta ya el único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!

Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco una cortinilla de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus amigos, con las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como _juego_, _cargo_, _me retiro_, _entrés_, etc., etc.

--Vamos--piensa Gedeón,--lo que faltaba.

Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en la sala un vocerío tremendo; y sobre si _muerto_ ó si vivo; sobre si _el salto_ ó si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres botellazos y cincuenta blasfemias.

Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos, empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de cordel.

Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y notando que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.

--¡Señora!--le dice.--¡Ésta es la casa de _Tócame-Roque_!

--¡Más honrada y más decente que la que merece el muy descortés!--respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos inyectados de sangre.

--¡Esto es un burdel!--añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una firmeza que la desesperan más.

--¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no velar, como velo, por la buena moral!

--Que lo digan los de la sala.

--¡Yo no puedo preverlo todo!

--Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí.

--¡Cómo!...

--Negándome que aquí se admite al primero que llega.

--¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de huéspedes!

--En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.

--¡Caballero!

--Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz.

--Cuando usted guste.

--Ahora mismo.

--Naturalmente. Como se largó _ella_...

--¡Señora!...

--Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de acuerdo.

Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente, y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje.

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VIII

DE MAL EN PEOR

¿Adónde vamos con esto?--le preguntan.

--Á la fonda.

--¿Á cuál de ellas?

--Á la más cara,--responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras en dinero.

Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado y resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa, detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído por baúles amontonados y camareros sin educación.

--¿Adónde vamos?--pregunta á éstos la acémila delantera.

--Adentro se lo dirán á ustedes,--responde el menos soez de los preguntados.

Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre gordo que, al verlos, empuña la manezuela de una de las puertas de la ringlera, y les dice:

--Aquí.

Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de una bujía colocada entre uno y otro.

--Perdón,--exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra media cubierta de jabón.

Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo otra puerta:

--Aquí es.

Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira, mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el fondo de aquel misterio inexplorado.

Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo, ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada á que han llegado los cuatro:

--¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!

--¡Boum!--le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.

--¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está desocupado?

--¡El _dusiantos trantiunoooo_!...--vuelve á responderle la voz.

--Es en el otro piso, caballero--dice el hombre gordo á Gedeón.--Es enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras.

Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo el hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno de ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo entra y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles rotos y puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una basura, y la pared con lamparones.