El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 16 de 32
JORNADA SEGUNDA · 4 — parte 2
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Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la cara del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable ratonero, no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le es antipático Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su madre.
Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no ignora que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de amar, y que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha dado, ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la causa de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al perro ratonero.
Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á su lado, aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le trajera.
Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con dejar que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos del mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene herederos forzosos: ¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un pobre le conquiste una parte de su corazón, y con ella un pedazo de su caudal?
Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á Regla los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar el corazón de su amo.
[Ilustración]
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XVIII
LA GRAN BATALLA
Así las cosas, va rodando el tiempo.
Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo, temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va perdiendo en el cariño de éste.
Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un tirano.
Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á ello le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.
Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la alimaña.
Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones. Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, impunemente, ó, lo que es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo.
Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su gusto.
Y la ocasión, al fin, se le presenta.
Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la calle por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste tiene los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga su hijo alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos imaginables si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en pegar con engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no menearse de allí.
Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, sus piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está enfrente de él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara delante de sus ojos cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!»
Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto todavía _por dentro_, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede ser otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que le impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le convenga.
Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza.
¡La paliza sobre todo!
En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha visto?
Hay que aclarar este misterio á todo trance.
Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye ruido de pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis tiene para rato con el sueño que está echando en su colchón del gabinete, acércase al reló, dejando para después de la batalla, si el estado de las cosas lo permite, el desarmar el barómetro y el filtro del comedor, la maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras maravillas que hay en el gabinete.
El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo que _debe_, obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea; por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse con desembarazo.
Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, brega de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le devuelve el ánimo para continuar la tarea.
Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh delicia! _allá dentro_ hay una como hebillita que se menea á un lado y á otro. Es preciso ver qué resistencia opone á su mano... ¡Rich! Algo se ha roto, y el columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan sobre la esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí, oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un chasquido metálico; luego un _rischssss_ interminable, como ruido de puchero que _se va_ sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio, siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los cadáveres.
Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta, como supone él que podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y se acerca de puntillas al gabinete.
Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á rodearse de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria ha derramado por el mundo.
Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, los estuches de carey, el barquito, ó _junco_ filipino, de especias ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos candelabros de alabastro y metal dorado.
Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo. Puede, impunemente, partirle de un varazo.
Entra y cierra la vidriera.
El ratonero no se mueve.
El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma sus medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda describir sin tropiezo el arco necesario.
La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas; afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás del cogote, y... ¡zás!
Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo.
Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada ardiente y rechinantes los colmillos.
Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y uno en Adonis.
Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la vara y hacer presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban; y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama; y la vara siempre detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde viaje, pues cuando no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más de un varazo en el camino, huye el desventurado perro á refugiarse en la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte Merto la salvadera, creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de haber pringado arriba libros y papeles.
Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace prorrumpir en una interjección brutal.
Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este bárbaro me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la respuesta que se pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces, desatentado, arrójase á la papelera, y se encarama en ella, delante de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue, no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente destacado, le larga un verdascazo á la media vuelta, que no solamente alcanza á Adonis á todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro, aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos.
El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no ya una interjección, sino una blasfemia.
Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama, hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que, entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime tembloroso, como niño después de una azotina.
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XIX
POST NÚBILA PHŒBUS
Qué le sucede á Regla cuando vuelve á casa, y después de hallar en la cama á su hijo y de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus desatinadas respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto por los cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre varazo y denuesto.
Puede igualmente alcanzársele al propio lector, que Regla, tras este desahogo feroz, echa á Merto de casa, antes de que á ella torne su amo y la acuse, con el diablejo delante, de haber correspondido indignamente á sus condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si yo no se lo digo, es que Regla, al proceder así, ha calculado que se anticipa á cumplir los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al conocer la catástrofe estuviera aún á su lado el autor de ella; que su amo ha de agradecerle este rasgo de previsión; que el olvido del pecado será tanto más pronto cuanto más lejos se halle del ofendido el pecador, y que hasta puede llegar el día en que el mismo Gedeón solicite la vuelta del hijo revoltoso al lado de su madre.
Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su amo en el camino, por las calles más extraviadas.
Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.
Pero su amo llega antes que ella.
Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los despedazados cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la planta; y más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que le dé explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, si no es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y le lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.
--¡Merto!... ¿no es verdad?--exclama al fin Gedeón, entre iracundo y triste, fijando su vista en la de Adonis.
Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; muévela arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera decir:
--Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió todo esto!
--¡Preciso es convenir--exclama Gedeón, dándose por enterado,--en que no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!
En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. Refiere á su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el causante, llorando cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y como debe lamentarse; y como todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el delincuente está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para implorar un poco de misericordia para Merto, y reducir á su madre á que renuncie á sus manifestados propósitos de marcharse de la casa, en castigo que ella misma se impone, de su mala correspondencia á los favores recibidos de un amo tan generoso y tan bueno.
Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.
Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas ni el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras secas. ¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha sucedido! ¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan comedida!
Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de quererle mucho, también le pregunta por Merto.
Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la _ruega_ Gedeón que trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el chico haya _tomado sentimiento_ por lo que se le ha castigado, y llegue á adquirir una enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por malo que sea un chico, vale su vida... para su madre, se entiende, bastante más que los cuatro monigotes destrozados en su gabinete.
Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.
--Pues si está arrepentido--dice Gedeón á Regla, antes de la semana,--perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez acá. ¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, poniéndome serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y juiciosos?
Pero Regla sigue implacable.
--Nadie sabe como yo--responde, con todas las necesarias salvedades de respeto,--lo que á ese chico le conviene.
Probablemente estará Regla en lo cierto.
Todas estas conversaciones tienen lugar durante la comida ó el almuerzo de Gedeón, y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y es de ver qué gestos hace el ratonero cada vez que el nombre del aborrecido rival llega á sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se abate cuando la cara de su dueño no se frunce ni amontona al hablar del pícaro que á él le deslomó!
Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón sus propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle á su lado.
--¡La morcilla antes que eso!--debe de pensar el ratonero, si tal lee.
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XX
UN INCIDENTE
La escena representa otra vez el gabinete de Gedeón.
Éste se halla repantigado en la butaca contigua á la mesa de escribir, y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de gusto que le da el suave manoseo de su amo.
Si es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que Gedeón está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su criada en no traer todavía á Merto á su lado.
Transcurre largo rato así.
Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón; dícele que la ha subido la portera, y se va.
Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés á Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un novelista _elegante_; abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero con la más desastrosa ortografía, que yo no quiero copiar:
«Querido Gedeón: Como hace semana y media que no te veo, te escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas á verme, pues hay dos casos muy graves de que tengo que enterarte.
Tuya de corazón, más que nunca,
SOLITA.»
Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la firmante se refiere, cuando se atreve á molestarle con aquella misiva. Por largas que hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita quebrantar las prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle en su casa con esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.