El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 17 de 32

JORNADA SEGUNDA · 4 — parte 3

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Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea hablarle.

Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo reverencias á Gedeón.

Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio crecer, y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, como si quisieran enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen del enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.

No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y la falta absoluta de vergüenza.

En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de los mil de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios cárdenos, mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como gorra ó cosa que lo parece después de haber sido sombrero.

--¿Qué busca usted aquí?--le pregunta Gedeón en tono duro y ademán airado.

--Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar adelante; y eso he hecho,--responde el hombre con voz cavernosa.

Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas, por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse frente á frente los otros dos personajes de esta escena.

--¡Conque es usted don Gedeón?--pregunta el haraposo.

--Lo soy, ¿y qué?--responde el preguntado, con voz y gesto de repugnancia.

--¡Pues vengan esos cinco!--exclama el hombre de los andrajos. Y avanza resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano y se la estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara, contraída por el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas hediondas ocultas por el bardal.

Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza sucia; y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está sentado.

El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y se sienta también.

--Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,--dice al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su chaqueta.

--¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!--grita Gedeón hecho una lumbre y poniéndose de pie.--¿Qué es lo que viene usted buscando aquí? ¡Pronto!

--¡Calma, amigo mío, calma!--replica el otro con mucha sorna,--que no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos solamente lo que hay que ver. El asunto que me aproxima á esta casa, no se manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin oirme... Hágame usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda franqueza... y permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer detrimento de las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.

Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.

--Mire usted, hombre--replica Gedeón dejándose caer en la butaca:--si me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy capaz hasta de escucharle sentado.

--De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.

--Pues vaya usted cumpliendo su promesa.