El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón · Unidad 18 de 32

JORNADA SEGUNDA · 5 — parte 1

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--Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la platicación.

--Fácil es eso.

--Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...

--Siga usted, pero sin comentarios.

--No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; y antes que consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes y pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte... ¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...

--«De mis juveniles años.» Adelante.

--Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.

--¿Cuál?

--Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!

--¿Quiere usted proseguir, señor... artista?

--Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo así, conmovedor, que rinde usted á mis sentimientos. Prosigo. Este amor descomensurable que guardo en mi pecho á la patria Naturaleza, llévame á menudo á plazas y paseos para contemplar séase el firmamento estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el sol del mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted! parece que el alma se me congratula en estas contemplaciones, maísimen si me hallo en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados, que también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!...

--«Con el entusiasmo de sus juveniles años.» ¿No es esto?

--Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se corresponden nuestras concomitancias respectivas!

--Menos en un punto, señor Judas.

--¿En qué punto, mi adorado don Gedeón?

--En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de hablar, y la de usted se empeña en todo lo contrario.

--Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu, contemplando séase el firmamento estrellado...

--«Séase las estrellas del firmamento...»

--Séase el sol del mediodía.

--«Ó séase el amanecer de la mañana.»

--Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya tanta concupiscencia de pensamientos, digásmolo así, entre los dos.

--Es para ayudarle á usted á llegar pronto al fin de su discurso. Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor Judas.

--Muy señor mío y dueño: rendido á ese sentimiento, especifico así lo que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de la estrella polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la contemplaba embriagado, digásmolo así, de ansias naturales del alma, y, á la misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, á un buen volar por los aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun, si á mano viene, preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don Gedeón, que pasa ella por delante de mí.

--¿La estrella polar?

--No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para algún navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad; por otra no lo parecía. Pero ¡dónde verá el corazón paterno un pedazo de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su pecho enternecido? Entre si es no es ella, invoco su nombre con ese acento, digásmolo así, de la eternidad de una ausencia contada por años y determinada por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió su fisonomía la inocente paloma; y al conocer á su tierno padre... huyó con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita!

Al oir este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el laberíntico discurso del artista Judas.

Desconcertado como niño goloso á quien su madre sorprende robando los bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor la violencia en que se halla su ánimo.

--De manera que usted es...--dice, sin saber lo que se dice, pero con la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del compromiso.

--¡El padre de Solita!... es decir, _tu_ padre político, que _te_ abre sus tiernos brazos para estrecharte en ellos.

Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y presenta á Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en ellos.

Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared.

Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos entreabiertos:

--Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la circunflexión de _usted_. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo así, respetivo y atento.

Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que tenía delante al padre de Solita, cuando oye á éste llamarle hijo, cree que le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado á descubrir el miserable lo que estaba oculto, y, sobre todo, lo que no estaba? Hay que averiguar eso á todo trance.

Á este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo de la voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma á risa los extremos afectuosos del zapatero; ruégale que se siente, y le pregunta qué es lo que le ha inducido á creer en el parentesco á que se refiere.

El remendón se sienta y continúa hablando así:

--Viendo que Solita me negaba la paternidad, ó que no la conocía, seguí sus pasos, determinado á que no se escapara ya de mis visuales. Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar á mi corazón aquella voluntad de contemplarla de cerca? No sé las calles que corrí siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su domicilio, hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi persona: de este modo descubrí casa y piso. Llamé á la puerta. Clamar en desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás. Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y todavía á la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su padre. Pero ¡qué hija es sorda á la voz enternecida del anciano que la ha dado el sér corporal?... Solita me recibió en sus brazos á la media hora de llamarla yo á los míos. Pero la había dejado sirvienta puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no es verdad, Gedeón? motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido á su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de clarificarse á la luz del sol. Cumplió después con su anciano padre en cuanto á finezas generosas de presente; pero su padre no cumplía con su augusto deber sólo con eso. Ocurrióseme ir á tomar luces de todo á la casa en que conoció á la familia que la llevó á Puerto Rico... ¡Ay, qué señora aquélla, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo así, y tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra no más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista... Y como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan, siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí sin tropiezo...

--Y ¿qué más?--pregunta Gedeón, á punto ya de estallar como una bomba.

--Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del viaje á Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene á estrecharte entre sus brazos...

--¡Y qué más?

--Y al mismo tiempo, á decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo, á tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele y agasájale con qué se alimente y dé á sus arrugas venerables el resplandor, digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes.

--¿Nada más? Con franqueza... ¡dígamelo usted!

--¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se adivinaban nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón de desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio para finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del sustento corporal, y hasta las del necesario descanso.

--Y ¿nada más?

--Por ahora...

--Pues escucha, ¡zapatero vil, remendón indecente!--grita Gedeón con los ojos fuera de sus órbitas y los puños crispados;--ni yo te he parido, ni conozco á tu hija, ni quiero conocer á esa otra bribona que aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oirte otra palabra más.

--Pues si usted no me conoce, ni conoce á Solita--dice Judas entre admirado y malicioso,--¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo no se lo he dicho?

--Lo sé--replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos furioso,--porque... ¡porque lo huelo! ¡porque tú no puedes ser otra cosa!

Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y, arrojándolas sobre la mesa, añade:

--Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con tal que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de sacar dinero, pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo.

El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez á las monedas; y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice fingiéndose conmovido:

--Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas, como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras á un padre tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre, perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...»

Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón llama á Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con ademán resuelto:

--Enseñe usted la puerta á este hombre.

--¡Son cuentas de familia, señora!--dice Judas á Regla cuando la ve á su lado, y mirándola con cierto desdén.

En seguida se vuelve á Gedeón y le dice á media voz, pero trémulo é iracundo:

--¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos!

Después sale detrás de Regla, chancleteando con los pies y requiriendo los pingajos de su vestido.

Cuando Regla cierra la puerta de la escalera, Gedeón, que se ha colocado á dos pasos de ella, la dice:

--¿Has visto á ese hombre?... ¿Le recuerdas bien?... Pues el día en que él vuelva á entrar por ahí, sales tú por el balcón.

En seguida se encierra en su gabinete, y bufa y patea.

En su concepto, la historia contada por el zapatero ha sido compuesta por su hija, ó de acuerdo con ella.

Quiere amenazarle con aquella afrenta constante, para reducirle mejor á los propósitos que ha tenido el atrevimiento de manifestarle muchas veces. ¡Insensata! ¡Y á tanto se atreve cuando ya no le queda un solo atractivo con qué justificar el oprobio que se le quiere imponer! ¡Cuando está deseando él una disculpa para deshacerse de ese grillete que le amarra y le desuella! Pero, bien mirado, ¿qué mejor ocasión que ésta para sacudirse las pulgas? Ahora ó nunca... No la dejará en la calle abandonada: cumplirá, en tan grave trance, como quien es; pero romperá toda conexión con ella, y quedará tan libre de su peso como estaba antes de conocerla.

Y así pensando, vístese acelerado y sale hacia la calle, abotonándose el chaleco en la escalera y haciendo en el portal el nudo de la corbata.

[Ilustración]

[Ilustración]

XXI

DE ESCALERA ABAJO

No habrá dado muchos pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está bajando al portal.

Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir á una mujer en la letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los garabatos de aquel sobre.

En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la primera puerta que halla á medio cerrar. Á éstos se les da una limosna ó un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el andrajoso que acaba de salir es cosa muy distinta. Hablaba recio al despedirse, después de haber hablado largo rato con su amo; y el furor de éste, al arrojarle del gabinete, no se parece en nada al que produce en una persona decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay en la carta y qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave; tan grave, que ha sido causa de que su amo salga á la calle hecho un basilisco. Y ¿quién trajo la carta y se la entregó á la portera? ¿Por qué ésta, ó su marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para conseguirlo? Hay que averiguar todo esto, por de pronto.

Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió á ella su amo al despedir al hombre de los andrajos.

El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del _¡Triste Chactas!_ desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita; lo cual es tanto como decir que de sol á sol dura la sonata.

Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad, es un argadillo y una cotorra.

Como los unos bracea y como las otras charla delante de su marido cuando llega Regla al portal.

--¡Ay, señora Regla--la dice encarándose con ella,--qué hombres tan dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de bien!

--¿Qué pasa, señora Rita?

--Las iniquidades del alma, como quien dice.

--Pues ¡cómo ha de ser!

--De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos de la mano no son iguales. El hombre de bien, á sus quehaceres; el malhechor, á la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

--Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es, ¿qué vamos á hacerle?

--Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada.

--Pues más vale así, señora Rita.

--Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan á mí que cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto á la mesa... ¿No fuera mejor echarlas solimán de lo fino?

--También es verdad eso... ¿no le parece á usted así, tío Simón?

--_¡Cuán raaa... apida ha sido!_...--canturrea éste al oir la pregunta, mientras da los dos últimos estirones de cabo á una puntada. Y no dice más.

--Este bendito de Dios--añade su mujer,--con la sinfonía de siempre. Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de la vida... Bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado á Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir.

--Pues de ese hombre venía yo á hablar con ustedes.

--Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás.

--Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo le dejen ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el señor.

--Y será medida su palabra. Bien sabe Dios que si una vez pisó esas escaleras, no fué sin que yo se lo reprendiera á mi marido. «¡Mira, Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira que te va á comprometer... bien conocido le tienes ya...» Porque Simón le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y al otro no tiene el diablo por dónde desecharle.

Á todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción sempiterna, y bregando con la bigotera que está echando á un borceguí.

--Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo?--pregunta Regla.

--Primeramente--responde la señora Rita,--ese hombre es un borracho que mató á su infeliz mujer á palos y á pesadumbres, y dejó el oficio para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted á saberlo, señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo, como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque no le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije! ¡Qué ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que yo estaba viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el tirapié... Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se enfada hay que conjurarle como á las tormentas... Pues ¡no se atrevió, el sinvergüenza, á decirme que mirara mucho lo que hablaba con él, porque podía hacerme y acontecerme, motivado á que don Gedeón era... (¡el Señor no se ofenda de lo que voy á decir!)... pariente, señora Regla, pariente muy cercano suyo? ¡ha visto usted!... y que le había mandado llamar por persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo dudábamos le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros, y... ¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora Regla... más que el amo?... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó, y tanto nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te arregles y con él te veas...» Y entre que «esto no me parece bien,» y lo otro de «puede que tenga razón,» y yo que «no puede tenerla nunca un hombre como ese,» y este otro que «más gordas se han visto,» el pícaro fué subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es que no adentro... ¡Pero al bajar fué ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué querer convidar á este inocente nada menos que á la fonda, y ofrecerme á mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted, señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luégo bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios me lo perdone si me equivoco, aquel dinero que sonaba lo robó en el piso...