El Capital · Capítulo real 2 de 6

Capítulo I

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 7 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

LIBRO PRIMERO

El proceso de producción del Capital.

Primera sección

Mercancía y moneda.

Capítulo PRIMERO

La mercancía.

I.—Los dos factores de la mercancía: valor de uso y valor (substancia del valor, magnitud del valor).

La riqueza de las sociedades en que reina el modo capitalista de producción se presenta como una «inmensa acumulación de mercancías» , y cada mercancía como su forma elemental. Nuestra investigación principia, por lo tanto, en el análisis de la mercancía.

La mercancía es, en primer lugar, un objeto exterior, una cosa que por sus propiedades satisface necesidades humanas de una clase cualquiera. La naturaleza de estas necesidades, ya provengan, por ejemplo, del estómago ó de la fantasía, no cambia en nada el asunto . Tampoco se trata aquí de cómo la cosa satisface la necesidad humana, si inmediatamente, como objeto de consumo, ó indirectamente, como medio de producción.

Toda cosa útil, como el hierro, el papel, etc., puede ser considerada desde dos puntos de vista: en su calidad y en su cantidad. Todo objeto es un conjunto de muchas propiedades, y puede por eso ser útil de diferentes modos. Descubrir estos diferentes modos de utilizar las cosas es obra de la Historia . Lo es también la invención de medidas sociales para la cantidad de las cosas útiles. La diversidad de las medidas de las mercancías proviene, en parte, de la naturaleza variada de los objetos que han de medirse y, en parte, de la convención.

La utilidad de una cosa le da su valor de uso . Pero esa utilidad no flota en el espacio. Las propiedades del cuerpo de la mercancía la determinan, y no existe sin él. El cuerpo mismo de la mercancía, como hierro, trigo, diamante, etc., es, por consiguiente, un valor de uso, el cual no depende del mayor ó menor trabajo que cuesta al hombre apropiarse sus cualidades útiles. Cuando se trata de valores de uso, se les supone siempre en cantidad determinada, como una docena de relojes, una vara de tela, una tonelada de hierro, etc. Los valores de uso de las mercancías son el objeto de un estudio especial: la técnica mercantil . El valor de uso se realiza sólo en el uso ó consumo. Los valores de uso forman la materia de la riqueza, cualquiera que sea la forma social de ésta. En la forma social que tenemos que examinar, ellos son al mismo tiempo los portadores materiales del valor de cambio.

El valor de cambio se presenta desde luego como la relación cuantitativa, la proporción en que se cambian entre sí valores de uso de especies diferentes , proporción que continuamente varía, según el tiempo y los lugares. El valor de cambio parece por eso algo accidental y completamente relativo, y un valor de cambio inmanente, propio de la mercancía ( valeur intrinsèque ), una contradictio in adjecto . Veamos esto más de cerca.

Una mercancía particular, una cuartilla de trigo, por ejemplo, se cambia con x betún, ó con y seda, ó con z oro, etc.; en una palabra, se cambia con otras mercancías en las proporciones más variadas. El trigo tiene, pues, no uno solo, sino diversos valores de cambio. Pero como x betún es, lo mismo que y seda y z oro, etc., el valor de cambio de una cuartilla de trigo, x betún, y seda, z oro, etc., tienen que poder reemplazarse y ser valores de cambio iguales entre sí. De donde resulta: 1.º, que los valores de cambio de una mercancía expresan una igualdad, y 2.º, que el valor de cambio en general sólo puede ser el modo de expresión, la forma de aparición de un contenido distinto de él.

Tomemos ahora dos mercancías; por ejemplo, trigo y hierro. Cualquiera que sea su relación de cambio, se la puede siempre representar por una ecuación, en la cual una determinada cantidad de trigo es considerada igual á cierta cantidad de hierro, por ejemplo: 1 cuartilla de trigo = a kilogramos de hierro. ¿Qué significa esta ecuación? Que algo común de la misma magnitud existe en dos cosas diferentes, en 1 cuartilla de trigo y también en a kilogramos de hierro. Ambas son, pues, iguales á una tercera que, por sí misma, no es ni la una ni la otra. Cada una de las dos, en tanto que es valor de cambio, tiene, pues, que ser reducible á esa tercera.

Un sencillo ejemplo geométrico lo hará comprender. Para determinar y comparar la superficie de todas las figuras rectilíneas, se las descompone en triángulos. El triángulo es, á su vez, reducido á una expresión completamente distinta de su figura visible: la mitad del producto de su base por su altura. Así, los valores de cambio de las mercancías deben ser reducidos á algo que les es común, de lo cual representan una cantidad más ó menos grande.

Ese algo que les es común no puede ser una propiedad geométrica, física, química, ni otra propiedad natural alguna de las mercancías. En general, sus propiedades corporales sólo entran en cuenta en tanto que les dan utilidad y las hacen valores de uso. Mas, por otra parte, la relación de cambio de las mercancías está evidentemente caracterizada por la abstracción de sus valores de uso. En esta relación, un valor de uso vale exactamente tanto como cualquiera otro, si está en la conveniente proporción. Ó como dice el viejo Barbon: «Una especie de mercancía es tan buena como otra, si su valor de cambio es igual. No existe diferencia ni distinción posible entre cosas de igual valor de cambio.» Como valores de uso, las mercancías son, ante todo, de distinta cualidad; como valores de cambio, sólo pueden diferir en cantidad, y no contienen ni un átomo de valor de uso.

Ahora bien; si se prescinde del valor de uso de las mercancías, sólo les queda una propiedad, la de ser productos del trabajo. Pero el producto del trabajo ya se nos ha transformado también en las manos. Si hacemos abstracción de su valor de uso, hacemos también abstracción de los componentes corporales y de las formas que le dan ese valor de uso. Ya no es más una mesa, ó una casa, ó hilo, ú otra cosa útil cualquiera. Todas sus cualidades sensibles se han desvanecido. Ya no es más, tampoco, el producto del trabajo de carpintería, ó de albañilería, ó de hilandería ó de otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo desaparece el carácter útil de los trabajos representados por ellos, así como las diversas formas concretas de esos trabajos; ya no se distinguen, todos se reducen á trabajo humano igual, á trabajo humano abstracto.

Consideremos ahora el residuo de los productos del trabajo. De ellos no ha quedado nada más que un mismo fantasma de objetividad, una pulpa de trabajo humano indistinto, es decir, el gasto de fuerza humana de trabajo, sin consideración á la forma de ese gasto. Esas cosas sólo dicen que en su producción se ha gastado fuerza humana de trabajo, se ha amontonado trabajo humano. Como cristales de esta substancia social que les es común, ellas son valores.

En la relación de cambio de las mercancías hemos visto que su valor de cambio es algo completamente independiente de su valor de uso. Haciendo abstracción del valor de uso de los productos del trabajo, se obtiene su valor, como acaba de determinarse. Lo común á todas las mercancías, que se manifiesta en la relación de cambio ó valor de cambio, es, pues, su valor. La investigación ulterior nos conducirá de nuevo al valor de cambio como la expresión ó forma de aparición necesaria del valor, al que, sin embargo, hay que considerar primero independientemente de esa forma.

Un valor de uso sólo tiene, pues, valor porque hay trabajo humano abstracto hecho cosa ó materializado en él. ¿Cómo medir ahora la magnitud de su valor? Por la cantidad de la «substancia constituyente del valor», del trabajo en él contenida. La cantidad de trabajo se mide, á su vez, por su duración, y el tiempo de trabajo tiene su escala de fracciones de tiempo determinadas, como hora, día, etc.

Podría parecer que, si el valor de una mercancía es determinado por la cantidad de trabajo gastado en su producción, cuanto más perezoso ó inhábil fuera un hombre, tanto más valiosa sería su mercancía, porque tanto más tiempo necesitaría él para elaborarla. Pero el trabajo que constituye la substancia de los valores es trabajo humano igual, gasto de la misma fuerza humana de trabajo. La fuerza de trabajo de la sociedad entera, que se manifiesta en el conjunto de los valores de las mercancías, vale como una misma fuerza humana de trabajo, aunque consiste en innumerables fuerzas individuales de trabajo. Cada una de estas fuerzas individuales de trabajo es igual á cada una de las demás, en tanto que posee el carácter de una fuerza social media de trabajo, y funciona como tal, es decir, no emplea en la producción de una mercancía sino el tiempo de trabajo medio necesario, ó tiempo de trabajo socialmente necesario. El tiempo de trabajo socialmente necesario es el tiempo de trabajo exigido para producir un valor de uso en las condiciones normales de la producción para una sociedad dada, y con el término medio social de habilidad é intensidad del trabajo. Por ejemplo: después de la introducción del telar á vapor en Inglaterra, bastó quizá la mitad del trabajo que antes para transformar en tejido una cantidad dada de hilo. Para esta transformación; el tejedor á mano siguió necesitando el mismo tiempo de trabajo que antes; pero el producto de una hora de su trabajo individual ya no representó más que media hora de trabajo social, y su valor bajó, por lo tanto, á la mitad del que tenía anteriormente.

Lo que determina la magnitud del valor de un objeto útil es, pues, solamente la cantidad de trabajo ó el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlo . Cada mercancía particular vale, en general, como ejemplar medio de las de su especie . Tienen, por lo tanto, igual magnitud de valor las mercancías que contienen cantidades iguales de trabajo ó que pueden ser producidas en el mismo tiempo de trabajo. El valor de una mercancía es al valor de toda otra mercancía como el tiempo de trabajo necesario para la producción de la una es al tiempo de trabajo necesario para la producción de la otra. «Como valores, todas las mercancías no son más que masas determinadas de tiempo de trabajo coagulado.»

La magnitud del valor de una mercancía sería, por consiguiente, constante, si el tiempo de trabajo necesario para producirla fuera siempre el mismo. Pero este último varía con todo cambio de la fuerza productiva del trabajo. La fuerza productiva del trabajo depende de muchas circunstancias, entre otras, de la habilidad media de los trabajadores, del grado de desarrollo de la Ciencia y su aplicabilidad técnica, de la combinación social del proceso de la producción, de la extensión y eficacia de los medios de producción y de condiciones naturales. La misma cantidad de trabajo da, por ejemplo, 8 bushels de trigo en un buen año, y sólo 4 en uno malo. La misma cantidad de trabajo da más metal en las minas ricas que en las pobres, etc. Los diamantes son muy raros en la corteza terrestre, y encontrarlos cuesta, término medio, mucho tiempo de trabajo, y por eso en poco volumen representan mucho trabajo. Jacob duda de que el oro haya nunca pagado su valor total. Esto es más cierto todavía del diamante. Según Eschwege, el producto entero de las minas de diamantes del Brasil durante ochenta años no había alcanzado todavía en 1823 el precio del producto medio de las plantaciones brasileñas de café y azúcar durante año y medio, aunque representaba mucho más trabajo y, por lo tanto, más valor. En minas más ricas, la misma cantidad de trabajo daría más diamantes y el valor de éstos bajaría. Si se consiguiera con poco trabajo transformar el carbón en diamante, el valor de éste podría llegar á ser inferior al del ladrillo. En general, cuanto mayor es la fuerza productiva del trabajo, tanto menor es el tiempo de trabajo necesario para producir un artículo, tanto menor es la masa de trabajo cristalizada en él y tanto menor es su valor. Por el contrario, cuanto menor es la fuerza productiva del trabajo, tanto mayor es el tiempo de trabajo necesario para fabricar un artículo y tanto mayor es su valor. La magnitud del valor de una mercancía varía, pues, en razón directa de la cantidad é inversa de la fuerza productiva del trabajo en ella realizado.

Una cosa puede ser valor de uso sin ser valor. Este es el caso cuando su utilidad para el hombre no se obtiene por el trabajo, como el aire, la tierra virgen, las praderas naturales, la madera silvestre, etcétera. Una cosa puede ser útil y producto del trabajo humano, sin ser mercancía. Quien satisface su necesidad con su propio producto, crea valor de uso, pero no mercancía. Para producir mercancía, no sólo tiene que producir valor de uso, sino valor de uso para otros, valor de uso social. [Y no simplemente para otros. En la Edad Media, el campesino producía grano para pagar el tributo al señor feudal y el diezmo al cura; pero en ninguno de los dos casos era el trigo mercancía, aunque había sido producido para otros. Para ser mercancía, el producto tiene que ser transmitido por el cambio á aquel á quien le sirve como valor de uso.] Finalmente, ninguna cosa puède ser valor sin ser objeto de uso. Si es inútil, también es inútil el trabajo contenido en ella, no se cuenta como trabajo y no constituye valor.

II.—Doble carácter del trabajo representado en las mercancías.

En un principio se nos ha presentado la mercancía como algo doble: valor de uso y valor de cambio. Después hemos visto que también el trabajo, desde que se expresa en valor, no posee ya los mismos caracteres que como generador de valores de uso. Yo he sido el primero en demostrar críticamente esta doble naturaleza del trabajo contenido en la mercancía . Como la comprensión de la Economía política gira sobre este punto, debe ser más aclarado.

Tomemos dos mercancías, un vestido y diez metros de tela, y supongamos que el primero tiene doble valor que la segunda, de manera que si 10 metros de tela = x , el vestido = 2 x .

El vestido es un valor de uso que satisface una necesidad especial. Para producirlo se necesita una especie determinada de actividad productiva, determinada por su fin, su proceder operatorio, su objeto, sus medios y sus resultados. Al trabajo cuya utilidad se manifiesta en el valor de uso de su producto, ó en que su producto es un valor de uso, lo llamamos simplemente trabajo útil, y desde este punto de vista se le considera siempre con relación á su efecto útil.

Así como el vestido y la tela son valores de uso cualitativamente diferentes, son también cualitativamente diferentes los trabajos del sastre y del tejedor que les dan existencia. Si esos objetos no fueran valores de uso cualitativamente diferentes y, por consiguiente, productos de trabajos útiles cualitativamente diferentes, no podrían ser mercancías el uno respecto del otro. No se cambia vestido por vestido, un valor de uso por el mismo valor de uso.

En el conjunto de los distintos valores de uso ó mercancías aparece un conjunto igualmente variado de trabajos útiles, diferentes por su género, especie, familia, variedad: una división social del trabajo. Esta es condición indispensable de la producción de mercancías, aunque la producción de mercancías no es inversamente indispensable para la división social del trabajo. En la antigua comunidad de la India, el trabajo estaba socialmente dividido, sin que sus productos fueran mercancías. Un ejemplo más inmediato: en cada fábrica el trabajo está sistemáticamente dividido, pero no porque los trabajadores cambien entre sí sus productos individuales. Sólo los productos de trabajos privados é independientes el uno del otro se comportan entre sí como mercancías.

Queda, pues, entendido en el valor de uso de toda mercancía se encierra un trabajo útil determinado. Los valores de uso no se com portan entre sí como mercancías sino cuando encierran trabajos útiles cualitativamente diferentes. En una sociedad cuyos productos toman en general la forma de mercancías, es decir, en una sociedad de productores de mercancías, esa diferencia cualitativa de los trabajos útiles, ejecutados como ocupaciones privadas de productores independientes, llega á constituir un sistema muy ramificado de división social del trabajo.

Para el vestido es, por otra parte, indiferente que lo use el sastre ó uno de sus clientes. En ambos casos sirve como valor de uso. No cambia en nada tampoco la relación entre el vestido y el trabajo que lo produce la circunstancia de que la sastrería sea una profesión especial, una rama independiente de la división social del trabajo. Antes de que nadie fuera sastre, y durante miles de años, el hombre se ha hecho ropas, donde la necesidad de vestirse le obligó á ello. Pero la existencia de un vestido de tela, de todo elemento de riqueza material no dado por la Naturaleza, ha sido siempre necesariamente el resultado de una actividad productiva especial que apropia substancias naturales especiales á especiales necesidades del hombre. Como creador de valores de uso, como trabajo útil, el trabajo es, pues, independientemente de todas las formas sociales, una condición indispensablé de la existencia humana, una eterna necesidad natural para la circulación material entre el hombre y la Naturaleza, para la vida humana.

Los valores de uso, vestido, tela, etc., en una palabra, los cuerpos de las mercancías son combinaciones de dos elementos: materia natural y trabajo. Si se quita el conjunto de diversos trabajos útiles contenidos en el vestido, la tela, etc., queda siempre un residuo material, que existe en la Naturaleza sin intervención del hombre. En la producción, el hombre sólo puede proceder como la Naturaleza misma, es decir, cambiando solamente las formas de las materias . Más aún. En este mismo trabajo de transformación es continuamente ayudado por las fuerzas naturales. El trabajo no es, pues, la fuente única de los valores de uso que produce, de la riqueza material. El trabajo es su padre, como dice William Petty, y la tierra su madre.

Pasemos ahora de la mercancía como objeto de uso á la mercancía como valor.

Hemos supuesto que el vestido tiene un valor doble que la tela. Pero esta no es más que una diferencia cuantitativa que por lo pronto no nos interesa. Nos recuerda que si el valor de un vestido es doble del de 10 metros de tela, 20 metros de tela valen tanto como un vestido. Como valores, el vestido y la tela son cosas de la misma substancia, expresiones objetivas de un trabajo igual. Pero el trabajo del sastre y el del tejedor son cualitativamente diferentes. Hay, sin embargo, estados sociales en los cuales la misma persona hace alternativamente de sastre y de tejedor, y en que, por consiguiente, estos dos diversos modos de trabajar sólo son modificaciones del trabajo del mismo individuo, y aun no funciones especiales y fijas de individuos distintos, exactamente como el vestido que nuestro sastre hace hoy y el pantalón que hará mañana, son simples variaciones del mismo trabajo individual. Notamos además á primera vista que en nuestra sociedad capitalista, según las oscilaciones de la demanda de trabajo, cierta cantidad de trabajo humano se ofrece alternativamente como trabajo de sastre ó como trabajo de tejedor. Este cambio de forma del trabajo no se hace sin desperdicio, pero tiene que hacerse. Prescindiendo del carácter determinado y útil del trabajo, éste es siempre un gasto de fuerza humana. Hacer vestidos y tejer, aunque son actividades productivas cualitativamente distintas, son ambas un gasto productivo de cerebro, músculos, nervios, manos, etcétera, humanos, y en este sentido son ambas trabajo humano. Son sólo dos formas distintas de gastar la fuerza humana de trabajo. Para ser gastada en tal ó cual forma, la fuerza humana de trabajo tiene que estar más ó menos desarrollada. Pero el valor de la mercancía expresa simplemente trabajo humano, gasto de trabajo humano en general. Ahora bien; así como en la sociedad burguesa un general ó un banquero desempeñan un gran papel, y el simple hombre, por el contrario, uno muy mezquino , así sucede también con el trabajo humano. Es un gasto de la fuerza simple de trabajo que todo hombre ordinario, sin desarrollo especial, posee en su organismo corporal. El trabajo medio simple varía de carácter en los diversos países y épocas, pero es siempre determinado en una sociedad dada. El trabajo más complicado no es sino una potencia del trabajo simple ó, más bien, trabajo simple multiplicado , de manera que una pequeña cantidad de trabajo complicado es igual á una cantidad mayor de trabajo simple. La experiencia nos enseña que esa reducción se hace continuamente. Por complicado que sea el trabajo que produce una mercancía, el valor de ésta la iguala al producto del trabajo simple, y no representa, por lo tanto, sino una cantidad determinada de trabajo simple . Las diversas proporciones en que las diversas especies de trabajo se reducen á trabajo simple, como á su unidad de medida, son fijadas por un proceso social sin que lo sepan los productores, á quienes les parecen provenir de la tradición. Para simplificar, en lo que sigue consideraremos toda especie de fuerza de trabajo como fuerza de trabajo simple, evitándonos así la pena de la reducción.

Lo mismo, pues, que en los valores vestido y tela se hace abstracción de la diferencia de sus valores de uso, en los trabajos representados por esos valores se hace abstracción de la diferencia de sus formas útiles: la confección de vestidos y el tejido. Así como los valores de uso vestido y tela son combinaciones de actividades productivas especiales con paño é hilo, y los valores vestido y tela, por el contrario, simples pulpas iguales de trabajo, así también los trabajos contenidos en estos valores valen, no por su relación productiva con el paño y el hilo, sino sólo como gastos de fuerza humana de trabajo. El trabajo del sastre y el del tejedor forman los valores de uso vestido y tela precisamente por sus cualidades distintas; pero son la substancia del valor del vestido y de la tela sólo en tanto que se hace abstracción de su cualidad especial y ambos tienen la misma cualidad: la de trabajo humano.

Pero el vestido y la tela no son únicamente valores en general, sino valores de magnitud determinada, y, según hemos supuesto, vale el vestido dos veces lo que 10 metros de tela. ¿De dónde viene esta diferencia de la magnitud de su valor? De que la tela sólo contiene la mitad del trabajo contenido en el vestido, de modo que para producir este último hay que gastar la fuerza de trabajo durante doble tiempo que para producir la primera.

Si, pues, en cuanto al valor de uso, el trabajo contenido en la mercancía sólo vale cualitativamente, en cuanto á la magnitud del valor sólo vale cuantitativamente, y después de reducido á trabajo humano sin calificación. Se trata allí del cómo y para qué del trabajo; aquí, del cuánto, del tiempo que dura. Como la magnitud del valor de una mercancía no representa más que la cantidad del trabajo contenido en ella, todas las mercancías, en cierta proporción, tienen que ser valores iguales.

Si la fuerza productiva de todos los trabajos útiles necesarios para la producción de un vestido no cambia, la magnitud del valor de los vestidos aumenta con su número. Si un vestido representa x días de trabajo, dos vestidos representan 2 x , y así sucesivamente. Pero admitamos que el trabajo necesario para la producción aumente al doble ó disminuya á la mitad. En el primer caso, un vestido tiene tanto valor como antes dos vestidos; en el segundo, dos vestidos tienen tanto valor como antes tenía uno solo, aunque en ambos casos un vestido preste los mismos servicios que antes y el trabajo útil en él contenido sea siempre de la misma calidad. Pero la cantidad de trabajo gastado en su producción ha variado.

Una cantidad mayor de valor de uso forma por sí misma mayor riqueza material; dos vestidos, más que uno. Con dos vestidos se puede vestir á dos hombres; con uno, sólo á un hombre. Sin embargo, á la masa creciente de la riqueza material puede corresponder un descenso simultáneo de la magnitud de su valor. Este movimiento antagónico resulta del doble carácter del trabajo. La eficacia de un trabajo útil y concreto en un tiempo dado es lo que se llama su fuerza productiva. El trabajo útil es, pues, una fuente más ó menos rica de productos en la medida en que sube ó baja su fuerza productiva. Una variación de la fuerza productiva, por el contrario, no toca en nada por sí misma el trabajo representado en el valor. Como la fuerza productiva es propia de la forma concreta y útil del trabajo, ella, naturalmente, no puede influir más sobre el trabajo, una vez que se hace abstracción de su forma útil. Cualquiera que sea, pues, la fuerza productiva, un mismo trabajo da siempre, en tiempos iguales, la misma magnitud de valor. Pero da en el mismo tiempo cantidades diferentes de valores de uso: más, cuando la fuerza productiva aumenta; menos, cuando disminuye. El mismo cambio de la fuerza productiva que aumenta la fecundidad del trabajo y la masa de los valores de uso que proporciona, disminuye, pues, la magnitud del valor de la masa así aumentada, si acorta el tiempo total de trabajo necesario para su producción; é inversamente.

Todo trabajo es, por una parte, gasto de fuerza humana de trabajo, en el sentido fisiológico, y á este título de trabajo humano igual ó abstracto constituye el valor de las mercancías. Todo trabajo es, por otra parte, gasto de fuerza humana de trabajo en forma determinada especial, y á este título de trabajo concreto útil produce valores de uso .

III.—Forma del valor o valor de cambio.

Las mercancías vienen al mundo en forma de valores de uso ó cuerpos-mercancías, como hierro, tela, trigo, etc. Esta es su prosaica forma natural. Sin embargo, sólo son mercancías porque son dobles: objetos de uso y al mismo tiempo portadores de valor. Sólo se presentan, pues, como mercancías ó poseen la forma de mercancías en tanto que tienen una doble forma: forma natural y forma de valor.

La objetividad del valor de las mercancías se distingue de la viuda Hurtig en que no se sabe dónde encontrarla. En directo contraste con la grosera objetividad sensible del cuerpo de las mercancías, no hay ni un átomo de materia en la objetividad de su valor. Por más que se vuelva y revuelva una mercancía, no se la comprende como cosa de valor. Si recordamos, sin embargo, que las mercancías sólo poseen objetividad de valor como expresiones de la misma unidad social, trabajo humano, y que la objetividad de su valor es, por lo tanto, puramente social, comprenderemos también que esa objetividad sólo aparezca en la relación social de mercancía con mercancía. Nuestro punto de partida ha sido, en realidad, el valor de cambio ó la relación de cambio de las mercancías, para llegar al valor, escondido en ella. Ahora tenemos que volver á esta forma de aparición del valor.

Todo el mundo sabe, aunque no sepa nada más, que las mercancías poseen una forma común de valor, que hace el más notable contraste con las variadas formas naturales de sus valores de uso: la forma moneda. Se trata ahora de hacer lo que la Economía burguesa no ha ensayado jamás: demostrar el génesis de esta forma moneda, es decir, seguir el desarrollo de la expresión de valor contenida en la relación de valor de las mercancías, desde su bosquejo más simple y poco aparente, hasta la deslumbrante forma moneda. Con eso resolveremos al mismo tiempo el enigma de la moneda.

La relación más simple de valor es evidentemente la relación de valor de una mercancía con otra mercancía distinta y única, cualquiera que ella sea. La relación de valor de dos mercancías da, pues, la expresión más simple de valor para una mercancía.

A.— Forma simple particular ó accidental del valor .

x mercancía A = y mercancía B, ó x mercancía A vale y mercancía B

(20 metros de tela = 1 vestido, ó 20 metros de tela valen 1 vestido)

1.— Los dos polos de la expresión del valor: forma relativa del valor y forma de equivalente .

El misterio de toda forma de valor está en esta forma simple. En su análisis, pues, se encuentra propiamente la dificultad.

Dos mercancías distintas, A y B, y en nuestro ejemplo tela y vestido, desempeñan aquí dos papeles evidentemente distintos: la tela expresa su valor en el vestido, y el vestido sirve de materia de esta expresión. La primera mercancía desempeña un papel activo; la segunda, uno pasivo. El valor de la primera mercancía es expuesto como valor relativo; ella se encuentra en la forma relativa del valor. La segunda mercancía funciona como equivalente ó se encuentra en la forma de equivalente.

Forma relativa y forma equivalente son elementos correlativos é inseparables, recíprocamente dependientes; pero al mismo tiempo son extremos que se excluyen ú oponen entre sí, es decir, polos de la misma expresión de valor. Se distribuyen entre las diversas mercancías que la expresión del valor relaciona entre sí. Yo no puedo expresar en tela el valor de la tela. 20 metros de tela = 20 metros de tela no es una expresión de valor. La igualdad dice más bien, por el contrario: 20 metros de tela no son sino 20 metros de tela, una cantidad determinada del valor de uso tela. El valor de la tela sólo puede ser expresado, pues, relativamente, es decir, en otra mercancía. La forma relativa del valor de la tela implica entonces que otra mercancía cualquiera se encuentra frente á ella en la forma equivalente. Esta otra mercancía, por otra parte, que figura como equivalente, no puede encontrarse al mismo tiempo en la forma relativa de valor. Ella no expresa su valor, sino da la materia para la expresión del valor de otra mercancía.

La expresión 20 metros de tela = 1 vestido, ó 20 metros de tela valen 1 vestido, incluye, es cierto, la recíproca: 1 vestido = 20 me tros de tela, ó 1 vestido vale 20 metros de tela. Pero para expresar relativamente el valor del vestido, tengo que invertir la igualdad y, así que lo haga, la tela pasa á ser equivalente en lugar del vestido. Una misma mercancía no puede, pues, presentarse al mismo tiempo en ambas formas en la misma expresión de valor. Las dos formas se excluyen más bien poláricamente.

Que una mercancía se encuentre en la forma relativa del valor ó en la opuesta forma equivalente, depende exclusivamente de su lugar en la expresión del valor, es decir, de que sea la mercancía cuyo valor se expresa ó sea la mercancía en que se expresa valor.

2. La Forma Relativa Del Valor .

a.— Contenido de esta forma .

Para averiguar cómo la expresión simple del valor de una mercancía está en la relación de valor de dos mercancías, hay que considerar primero esta última prescindiendo completamente de su lado cuantitativo. Casi siempre se procede á la inversa, y se ve en la relación de valor sólo la proporción en que cantidades determinadas de dos especies de mercancías se compensan entre sí. Se olvida que las magnitudes de cosas distintas sólo son cuantitativamente comparables después de reducidas á la misma unidad. Sólo como expresiones de la misma unidad son ellas magnitudes homónimas y comensurables .

Que 20 metros de tela = 1 vestido, ó = 20, ó = x vestidos, es decir, que una cantidad dada de tela valga muchos ó pocos vestidos, siempre una proporción semejante implica que la tela y los vestidos, como magnitudes de valor, son expresiones de la misma unidad, cosas de la misma naturaleza. Tela = vestido es la base de la ecuación.

Pero las dos mercancías cualitativamente equiparadas no desempeñan el mismo papel. Sólo el valor de la tela es expresado. ¿Y cómo? Comparándola con el vestido como su «equivalente» ó algo que es «cambiable» con ella. El vestido entra en esta relación sólo como forma de existencia del valor, pues sólo como tal es él lo mismo que la tela. Por otra parte, el propio valor de la tela aparece en la ecuación ó recibe en ella una expresión autónoma, pues sólo como valor se la puede relacionar con el vestido como su equivalente ó cosa cambiable con ella. Así, el ácido butírico es un cuerpo distinto del formiato de propilo. Los dos consisten, sin embargo, en los mismos ele mentos químicos: carbono (C), hidrógeno (H) y oxígeno (O), y en la misma proporción de C H O . Si se igualara ahora el formiato de propilo al ácido butírico en una ecuación, el formiato de propilo figuraría en ella, primero, simplemente como forma de existencia de C H O , y en segundo lugar significaría que también el ácido butírico se compone de C H O . La ecuación del formiato de propilo y del ácido butírico expresaría, pues, la substancia química de éste como diferente de su forma corporal.

Al decir: como valores, todas las mercancías son simples pulpas de trabajo humano, nuestro análisis las reduce á la abstracción valor, sin darles forma alguna de valor, distinta de sus formas naturales. Sucede de otro modo en la relación de valor de una mercancía con otra. Su carácter de valor resalta aquí por su propia referencia á la otra mercancía.

Al igualar como cosa de valor, por ejemplo, el vestido á la tela, se iguala el trabajo contenido en el primero al trabajo contenido en la segunda. Hacer el vestido es, por cierto, un trabajo concreto distinto del de tejer la tela. Pero al igualarse al tejido el trabajo de sastrería, queda reducido de hecho á lo realmente igual en ambos trabajos: á su carácter común de trabajo humano. Es un modo indirecto de decir que también el tejido, en tanto que teje valor, no se distingue en nada del trabajo del sastre; es decir, es trabajo humano abstracto. Sólo la expresión de equivalencia de mercancías distintas hace aparecer el carácter específico del trabajo creador de valor, reduciendo de hecho los distintos trabajos contenidos en las distintas mercancías á lo que les es común: á trabajo humano en general .

No basta, sin embargo, expresar el carácter específico del trabajo en que consiste el valor de la tela. La fuerza de trabajo humana en estado líquido, ó trabajo humano, crea valor, pero no es valor. Se hace valor en estado de coagulación en la forma de cosa. Para expresar el valor de la tela como masa amorfa de trabajo humano, hay que expresarlo como una «objetividad» realmente distinta de la tela, y que le es común con otra mercancía. El problema ya está resuelto.

En la relación de valor con la tela, figura el vestido como su cualitativamente igual, como cosas de la misma naturaleza, porque es un valor. Figura, pues, en ella como una cosa en que se manifiesta valor ó que en su forma natural palpable representa valor. Ahora bien; el vestido, el cuerpo de la mercancía vestido, es un simple valor de uso. Un vestido expresa tan poco valor como cualquier pedazo de tela. Esto prueba solamente que, dentro de la relación de valor con la tela, el vestido significa más que fuera de ella, de la misma manera que muchos hombres significan más dentro de un traje galoneado que fuera de él.

Para producir el vestido se ha gastado de hecho fuerza humana de trabajo en forma de trabajo de sastrería. Hay, pues, trabajo humano acumulado en él. Desde este punto de vista, es el vestido «portador de valor», aunque no se transparente esta propiedad suya por gastado que esté. Y en la relación de valor de la tela él no figura sino, desde este punto de vista, como valor encarnado, como cuerpo-valor. Aunque se presente abotonado, la tela ha reconocido en él un alma hermana llena de valor. Pero el vestido no puede, frente á ella, representar valor, sin que al mismo tiempo el valor tome para ella la forma de un vestido. Así, el individuo A no puede comportarse para con el individuo B como con una majestad, sin que para A la majestad tome al mismo tiempo la forma corporal de B, y cambie por eso de rasgos fisonómicos, cabellos y muchas otras cosas con cada nuevo padre de la patria.

En la relación de valor en que el vestido constituye el equivalente de la tela, figura, pues, la forma vestido como forma de valor. El valor de la mercancía tela es así expresado en el cuerpo de la mercancía vestido; el valor de una mercancía, en el valor de uso de otra. Como valor de uso, la tela es una cosa visiblemente distinta del vestido; como valor, es su igual y tiene el aspecto exterior de un vestido, y así ella recibe una forma de valor distinta de su forma natural. Su propiedad de ser valor aparece en su igualdad con el vestido, como la naturaleza carneruna del cristiano en su igualdad con el cordero de Dios.

Como se ve, todo lo que nos dijo antes el análisis del valor de la mercancía lo dice ahora la misma tela, desde que entra en relación con otra mercancía, el vestido. Sólo que ella expresa sus pensamientos en el único lenguaje que le es familiar, el lenguaje de las mercancías. Para decir que el trabajo, en su propiedad abstracta de trabajo humano, constituye su propio valor, dice que el vestido, en tanto que vale lo mismo que ella, en tanto que es valor, consiste en el mismo trabajo que la tela. Para decir que su sublime objetividad de valor difiere de su cuerpo rígido y filamentoso, dice que el valor tiene el aspecto de un vestido y que, por consiguiente, como cosa de valor, ella misma se parece al vestido como un huevo á otro. Nótese de paso que, además del hebreo, el lenguaje de las mercancías tiene muchos otros dialectos, más ó menos correctos. La palabra alemana werthsein expresa, por ejemplo, menos netamente que el verbo latino valere , valer , valoir , que la igualación de la mercancía B con la mercancía A es la expresión propia del valor de la mercancía A. ¡Paris vaut bien une messe!

Por medio de la relación de valor, la forma natural de la mercancía B se hace la forma de valor de la mercancía A, ó el cuerpo de la mercancía B espejo del valor de la mercancía A . Al referirse la mercancía A á la mercancía B, como cuerpo-valor, como materialización de trabajo humano, ella hace del valor de uso B el material de su propia expresión de valor. El valor de la mercancía A, así expresado en el valor de uso de la mercancía B, posee la forma del valor relativo.

b.— Determinación cuantitativa de la forma relativa del valor .

Toda mercancía, cuyo valor debe ser expresado, es un objeto de uso en cantidad determinada: 15 cuartillas de trigo, 100 libras de café, etc. Esta cantidad dada de mercancía contiene una cantidad determinada de trabajo humano. La forma del valor no tiene, pues, que expresar sólo valor en general, sino valor cuantitativamente determinado ó magnitud de valor. En la relación de valor de la mercancía A con la mercancía B, de la tela con el vestido, la mercancía vestido no es igualada á la mercancía tela solamente como cuerpo-valor en general, sino una determinada cantidad de tela, por ejemplo, 20 metros de tela, á una cantidad determinada del cuerpo-valor ó equivalente, á 1 vestido.

La ecuación «20 metros de tela = 1 vestido, ó 20 metros de tela valen 1 vestido» supone que 1 vestido contiene exactamente tanta substancia del valor como 20 metros de tela, que ambas cantidades de mercancías cuestan, por lo tanto, igual cantidad de trabajo ó un tiempo igual de trabajo. Pero el tiempo de trabajo necesario para la producción de 20 metros de tela ó de 1 vestido varía con todo cambio en la fuerza productiva del trabajo de tejer ó de hacer ropa. Hay que investigar ahora más de cerca el influjo de esos cambios sobre la expresión relativa del valor.

I.—El valor de la tela varía mientras el valor del vestido permanece constante. Si se duplica el tiempo de trabajo necesario para la producción de la tela, á consecuencia, por ejemplo, del empobrecimiento cada vez mayor del terreno que da el lino, se duplica su valor. En lugar de 20 metros de tela = 1 vestido, tendríamos 20 metros de tela = 2 vestidos, porque ahora 1 vestido sólo contiene la mitad del tiempo de trabajo contenido en 20 metros de tela. Si, por el contrario, disminuye á la mitad el tiempo de trabajo necesario para la producción de la tela, por ejemplo, gracias á telares perfeccionados, su valor baja á la mitad, y, según eso, 20 metros de tela = ½ vestido. El valor relativo de la mercancía A, es decir, su valor expresado en la mercancía B, sube y baja, pues, en razón directa del valor de la mercancía A, si el de la mercancía B queda constante.

II.—El valor de la tela permanece constante mientras el valor del vestido varía. Si en este caso se duplica el tiempo de trabajo necesario para la producción del vestido, á causa, por ejemplo, de una mala cosecha de lana, en lugar de 20 metros de tela = 1 vestido, tenemos 20 metros de tela = 1/2 vestido. Si, por el contrario, el valor del vestido baja á la mitad, 20 metros de tela = 2 vestidos. Si el valor de la mercancía A queda constante, su valor relativo, expresado en la mercancía B, sube ó baja en razón inversa del cambio de valor de B.

Comparando los diversos casos comprendidos en I y II, resulta que la misma variación de magnitud del valor relativo puede provenir de causas completamente opuestas. Así, de 20 metros de tela = 1 vestido resulta: 1.º, la ecuación 20 metros de tela = 2 vestidos, ya porque el valor de la tela se duplica, ya porque el valor de los vestidos baja á la mitad, y 2.º, la ecuación 20 metros de tela = ½ vestido, ya porque el valor de la tela baja á la mitad, ya porque el valor del vestido sube al doble.

III.—Las cantidades de trabajo necesarias para la producción de la tela y del vestido pueden variar simultáneamente en el mismo sentido y en la misma proporción. En este caso, 20 metros de tela = 1 vestido, como antes, de cualquier modo que varíen sus valores. Se descubre su variación de valor comparándolas con una tercera mercancía cuyo valor permanece constante. Si los valores de todas las mercancías subieran ó bajaran simultáneamente y en la misma proporción, sus valores relativos no experimentarían variación. Se reconocería la variación real de su valor en que el mismo tiempo de trabajo daría ahora una cantidad de mercancías mayor ó menor.

IV.—Los tiempos de trabajo respectivamente necesarios para la producción de la tela y del vestido, y, por lo tanto, sus valores, pueden variar simultáneamente en la misma dirección, pero en grado desigual, ó en dirección contraria, etc. La influencia de todas esas. posibles combinaciones sobre el valor relativo de una mercancía se deduce de la simple aplicación de los casos I, II y III.

Las variaciones reales de la magnitud del valor no se reflejan, pues, ni directa ni completamente en su expresión relativa ó en la magnitud del valor relativo. El valor relativo de una mercancía puede variar, aunque su valor quede constante. Su valor relativo. puede permanecer constante, aunque su valor cambie, en fin, las variaciones simultáneas de su magnitud de valor y de la expresión relativa de esa magnitud pueden muy bien no corresponderse .

3.— La forma de equivalente .

Ya se ha visto: al expresar su valor la mercancía A (la tela) en el valor de uso de la mercancía B (el vestido), distinta de ella, imprime á esta última una forma de valor propia, la de equivalente. La mercancía tela pone en evidencia su carácter de valor en el que vestido, sin tomar una forma de valor distinta de su forma corporal, le es equivalente. La tela expresa, pues, su propio carácter de valor en el hecho de que el vestido es inmediatamente cambiable con ella. La forma de equivalente para una mercancía es, por lo tanto, aquella en que es inmediatamente cambiable con otra mercancía.

Cuando una mercancía, como vestidos, sirve de equivalente á otra mercancía, como tela, y recibe así la propiedad característica de ser inmediatamente cambiable con ella, no se sabe con eso absolutamente la proporción en que vestidos y tela se cambian entre sí. Como la magnitud del valor de la tela está dada, esa proporción depende de la magnitud del valor de los vestidos. Que el vestido sea expresado como equivalente y la tela como valor relativo, ó, inversamente, la tela como equivalente y el vestido como valor relativo, la magnitud del valor del vestido es determinada siempre por el tiempo de trabajo necesario para su producción, con independencia, pues, de su forma de valor. Pero así que la mercancía vestido toma en la expresión del valor el sitio del equivalente, la magnitud de su valor no es expresada absolutamente como magnitud de valor. Ella figura en la ecuación del valor simplemente como cantidad determinada de una cosa.

Por ejemplo: 40 metros de tela valen ¿qué? 2 vestidos. Porque la mercancía vestido desempeña aquí el papel de equivalente, y el valor de uso vestido figura frente á la tela como cuerpo-valor, basta una cantidad determinada de vestidos para expresar una cantidad determinada del valor tela. Dos vestidos pueden, pues, expresar la magnitud del valor de 40 metros de tela; pero nunca podrían expresar su propia magnitud de valor, la magnitud del valor de los vestidos. La apreciación superficial del hecho de que el equivalente posee siempre en la ecuación del valor simplemente la forma de una cantidad de una cosa, de un valor de uso, ha conducido á Bailey, así como á muchos de sus predecesores y sucesores, á ver equivocadamente en la expresión del valor sólo una relación cuantitativa. La forma de equivalente de una mercancía no contiene, al contrario, ninguna determinación cuantitativa de valor.

La primera particularidad que ofrece á nuestra consideración la forma de equivalente es esta: el valor de uso se hace forma de manifestación de su contrario, el valor.

La forma natural de la mercancía se hace forma de valor. Pero, notabene , ese quid pro quo sólo tiene lugar para una mercancía B (vestido, ó trigo, ó hierro, etc.) dentro de la relación de valor en que otra mercancía cualquiera A (tela, etc.) entra con ella. Como ninguna mercancía puede referirse á sí misma como equivalente, ni servirse de su propia forma natural para expresar su propio valor, tiene que referirse á otra mercancía como equivalente, ó hacer de la forma natural de otra mercancía su propia forma de valor.

Esto nos lo hará comprender el ejemplo de una medida que se aplica á los cuerpos-mercancías como cuerpos-mercancías, es decir, como valores de uso. Un pilón de azúcar, como es un cuerpo, es pesado y tiene, por lo tanto, peso, aunque no se puede ver ni tocar el peso de un pilón de azúcar. Tomamos entonces diversos pedazos de hierro cuyo peso está determinado de antemano. La forma corporal del hierro, considerada en sí misma, está tan lejos de ser forma de aparición del peso, como la del pilón de azúcar. Sin embargo, para expresar el peso del pilón de azúcar, lo ponemos en una relación de peso con el hierro. En esta relación figura el hierro como un cuerpo que no representa nada más que peso. Cantidades de hierro sirven, pues, como medida de peso del azúcar y representan frente al cuerpo azúcar una simple forma de peso, la forma de aparición del peso. El hierro sólo desempeña este papel en la relación que con él tiene el azúcar ú otro cuerpo cualquiera, cuyo peso se trata de averiguar. Si ambas cosas no fueran pesadas, no podrían entrar en esa relación ni la una servir para la expresión del peso de la otra. Poniéndolas en la balanza, vemos efectivamente que como peso ambas son lo mismo y, por lo tanto, en una proporción determinada, son también del mismo peso. Así como el cuerpo hierro, frente al pilón de azúcar, sólo representa peso, en nuestra expresión del valor el cuerpo vestido, frente á la tela, sólo representa valor.

Pero aquí termina la analogía. En la relación de peso del pilón de azúcar, el hierro representa una propiedad natural común á ambos cuerpos: su peso; mientras que en la expresión del valor de la tela, el vestido representa una propiedad sobrenatural de ambas cosas: su valor, algo puramente social.

Al expresar el carácter de valor de una mercancía, por ejemplo, de la tela, como algo completamente distinto de su cuerpo y de sus propiedades, por ejemplo, como igual á un vestido, la forma relativa del valor muestra que en ella está oculta una relación de orden social. Sucede lo contrario con la forma de equivalente; ésta consiste precisamente en que un cuerpo-mercancía, como el vestido, expresa valor tal cual es y posee, pues, por naturaleza, forma de valor. Es cierto que esto no es exacto sino dentro de la relación de valor en que la mercancía tela se refiere á la mercancía vestido como equivalente . Pero como las propiedades de una cosa no resultan de su relación con otras cosas, sino que en esa relación simplemente se manifiestan, el vestido parece poseer su forma de equivalente, su propiedad de cambio posible inmediato, tan naturalmente como su propiedad de ser pesado ó de conservar el calor. De ahí lo enigmático de la forma de equivalente, que no atrae la mirada burguesamente grosera del economista sino cuando se le presenta acabada: en la moneda. Después, aquél trata de disipar el carácter místico del oro y la plata, reemplazándolos disimuladamente con otras mercancías menos deslumbradoras y salmodiando siempre con nuevo placer el catálogo de toda la plebe de mercancías que en su tiempo han desempeñado el papel de equivalente. Él no sospecha que la más simple expresión del valor, como 20 metros = 1 vestido, da ya á resolver el enigma de la forma de equivalente.

El cuerpo o de la mercancía que sirve de equivalente figura siempre como encarnación de trabajo humano abstracto y es siempre el producto de un trabajo útil y concreto determinado. Este trabajo concreto pasa, pues, á ser expresión de trabajo humano abstracto. Si el vestido, por ejemplo, figura como simple realización, así, el trabajo de sastrería, que de hecho se realiza en él, figura como simple forma de realización de trabajo humano abstracto. En la expresión del valor de la tela, la utilidad del trabajo del sastre no está en que hace vestidos, sino en que hace un cuerpo que deja ver que es valor, es decir, pulpa amorfa de trabajo, que no se distingue absolutamente del trabajo objetivizado en el valor de la tela. Para convertirse en espejo del valor, el trabajo de sastrería no tiene que reflejar más que su propiedad abstracta de ser trabajo humano.

Tanto haciendo ropas como tejiendo se gasta fuerza humana de trabajo. Ambas formas de trabajo poseen, por lo tanto, la propiedad general de trabajo humano y pueden por eso en casos determinados, por ejemplo, en la producción de valor, no entrar en consideración sino desde ese punto de vista. Nada de esto es misterioso; pero en la expresión del valor de la mercancía la cosa se pone al revés. Por ejemplo, para expresar que el tejido no constituye el valor de la tela, en su forma concreta de tejido, sino en su propiedad general de trabajo humano, se pone frente á él el trabajo del sastre, el trabajo concreto que produce el equivalente de la tela como la forma palpable de realización de trabajo humano abstracto.

La segunda particularidad de la forma de equivalente es, pues, que el trabajo concreto pasa á ser la forma de su opuesto: el trabajo humano abstracto.

Pero este trabajo concreto, el del sastre, al figurar como simple expresión de trabajo humano indistinto, posee la forma de la igualdad con otro trabajo, el trabajo contenido en la tela, y, por lo tanto, aunque es trabajo privado, como todo otro trabajo productor de mercancías, es trabajo en forma inmediatamente social. Precisamente por eso se presenta en un producto que es inmediatamente cambiable con otra mercancía. La tercera particularidad de la forma de equivalente es, pues, que trabajo privado pasa á ser la forma de su opuesto: trabajo en forma inmediatamente social.

Estas dos últimas particularidades de la forma de equivalente son aún más comprensibles si nos remontamos al gran investigador que ha analizado primero la forma del valor, como tantas otras formas del pensamiento, de la sociedad y de la Naturaleza. Nos referimos á Aristóteles.

Desde luego dice claramente Aristóteles que la forma moneda de la mercancía sólo es un grado ulterior de desarrollo de la forma simple del valor, es decir, de la expresión del valor de una mercancía en otra mercancía cualquiera, pues dice: «5 colchones = 1 casa» (« Κλίυαι πέντε ἀντὶ οἰκίας ») «no es distinto» de «5 colchones tanto dinero» (« Κλίυαι πέντε ἀντὶ...ὁσου αἱ πέντε κλίυαι »).

El ve, además, que la relación de valor que encierra esta expresión de valor implica, por su parte, que la casa es equiparada cualitativamente al colchón, y que sin esta igualdad de esencia esas dos cosas tan diferentes para nuestros sentidos no serían comparables entre sí como magnitudes comensurables. «El cambio —dice— no puede ser sin la igualdad ni la igualdad sin la comensurabilidad» (« οὔτ’ ἰσότης μὴ οὔσης συμμετρίας »). Pero aquí él titubea y renuncia á analizar más la forma del valor. «Pero en verdad es imposible (« τῇ μέν οὖν ἀληθείᾳ ἀδύνατον ») que cosas tan distintas sean comensurables»; es decir, cualitativamente iguales. Esa igualación sólo puede ser algo extraño á la naturaleza de las cosas, sólo un «recurso para la necesidad práctica».

El mismo Aristótéles nos dice, pues, en qué escollo tropieza su análisis: en la falta del concepto del valor. ¿Qué es lo igual, es decir, la substancia común á ambos, que en la expresión del valor del colchón representa para él la casa? Eso «no puede en verdad existir», dice Aristóteles. ¿Por qué? Frente al colchón, la casa representa algo igual, en tanto que representa lo que hay de realmente igual en ambos. Y esto es: trabajo humano.

Pero Aristóteles no podía ver en la forma del valor que en los valores-mercancías todos los trabajos están expresados como trabajo humano igual y, por lo tanto, como equivalentes, porque la sociedad griega reposaba sobre el trabajo de esclavos y tenía así por base natural la desigualdad de los hombres y de sus fuerzas de trabajo. El secreto de la expresión del valor, la igualdad y validez igual de todos los trabajos, por y en tanto que son trabajo humano en general, sólo puede ser descifrado cuando el concepto de la igualdad humana tiene ya la solidez de un prejuicio popular. Ahora bien; esto no es posible sino en una sociedad en que la forma general del producto del trabajo es la de mercancía, y en que la relación de los hombres entre sí como poseedores de mercancías es también la relación social predominante. El genio de Aristóteles brilla precisamente en que descubre una relación de igualdad en la expresión del valor de las mercancías. La sociedad en que vivía fué el obstáculo histórico que le impidió encontrar en qué consiste «en verdad» esa relación de igualdad.

4. Conjunto de la forma simple del valor .

La forma simple del valor de una mercancía está contenida en su relación de valor con otra mercancía distinta ó en la relación de cambio con la misma. El valor de la mercancía A es expresado cualitativamente por la propiedad que tiene la mercancía B de ser inmediatamente cambiable con la mercancía A. Es expresado cuantitativamente por la condición de ser cambiable una cantidad determinada de la mercancía B con la cantidad dada de la mercancía A. En otras palabras: el valor de una mercancía es expresado por sí mismo al exponerse como «valor de cambio». Si al principio de este capítulo, siguiendo la manera vulgar, dijimos que la mercancía es valor de uso y valor de cambio, en el sentido estricto esto era falso. La mercancía es valor de uso ú objeto de uso y «valor». Ella manifiesta su doble carácter así que su valor adquiere una forma propia de aparición, distinta de su forma natural, la del valor de cambio, y nunca posee esta forma, considerada aisladamente, sino en la relación de cambio ó de valor con otra mercancía distinta de ella. Comprendido esto, ese modo de decir no causa ningún perjuicio y sirve para abreviar.

Nuestro análisis ha probado que la forma del valor ó la expresión del valor de la mercancía surge de la naturaleza de este valor y no, por el contrario, el valor y la magnitud del valor de su modo de expresión como valor de cambio. Este es, sin embargo, el error, tanto de los mercantilistas y sus modernos entusiastas, Ferrier, Ganilh, etcétera , como también de sus antípodas, los modernos commisvoyageurs librecambistas, como Bastiat y consortes. Los mercantilistas insisten acerca del lado cualitativo de la expresión del valor y, por lo tanto, sobre la forma de equivalente de la mercancía, que tiene en la moneda su forma acabada; los modernos mercachifles del libre cambio, que á toda costa tienen que deshacerse de su mercancía, por el contrario, se fijan sobre todo en el lado cuantitativo de la forma relativa del valor. Para ellos no existe, por consiguiente, valor ni magnitud del valor de la mercancía fuera de su expresión por la relación de cambio, es decir, fuera del cartel del precio corriente del día. El escocés MacLeod, cuya misión es adornar eruditamente el enredo de ideas de Lombard-Street, es la hermosa síntesis de los supersticiosos mercantilistas y de los ilustrados mercachifles del libre cambio.

Considerando de cerca la expresión del valor de la mercancía A contenida en su relación de valor con la mercancía B, hemos visto que dentro de ella la forma natural de la mercancía A sólo figura como forma de valor de uso, y la forma natural de la mercancía B sólo como forma del valor. El contraste interno entre valor de uso y valor, oculto en la mercancía, se manifiesta en un contraste externo, es decir, en la relación entre dos mercancías, de las cuales, aquella cuyo valor debe ser expresado figura inmediatamente sólo como valor de uso, y, por el contrario, la otra en que se expresa valor, sólo como valor de cambio. La forma simple del valor de una mercancía es, pues, la forma simple de aparición del contraste de valor de uso y valor contenido en ella.

En todos los estados sociales, el producto del trabajo es objeto de uso; pero sólo una época de desarrollo históricamente determinada que presenta el trabajo gastado en la producción de una cosa de uso como su propiedad «objetiva», es decir, como su valor, transforma el producto del trabajo en mercancía. Se sigue de ahí que la forma simple del valor de la mercancía es al mismo tiempo la forma mercancía simple del producto del trabajo, y que el desarrollo de la forma mercancía coincide con el desarrollo de la forma valor.

Á primera vista se advierte la insuficiencia de la forma simple del valor, forma embrionaria que sólo por una serie de metamorfosis llega á ser la forma precio.

Cualquiera que sea la mercancía B en que se exprese el valor de A, la forma simple del valor no hace más que distinguir el valor de la mercancía A de su propio valor de uso, y la pone así en relación de cambio con una sola y única especie de mercancía, distinta de ella, en lugar de representar su igualdad cualitativa y proporcionalidad cuantitativa con todas las otras mercancías. Á la forma simple del valor relativo de una mercancía corresponde la forma de equivalente única de otra mercancía. Así, en la expresión relativa del valor de la tela, el vestido sólo posee forma de equivalente ó es sólo inmediatamente cambiable con relación á esta especie única de mercancía: la tela.

La forma simple del valor se transforma, sin embargo, por sí sola en una forma más completa. Por medio de ésta, el valor de una mercancía A es también expresado sólo en una especie distinta de mercancía; pero es completamente indiferente de qué especie es esta segunda mercancía, vestido, hierro, trigo, etc. Según, pues, entre en relación de valor con esta ó aquella especie de mercancía, resultan diversas expresiones simples del valor de una misma y única mercancía . El número de sus posibles expresiones de valor no está li mitado sino por el número de las especies de mercancías distintas de ella. La expresión aislada de su valor se transforma así en la serie de las expresiones simples de su valor, que se puede siempre alargar.

B.— Forma total ó desarrollada del valor .

z mercancía A = u mercancía B ó = v mercancía C = w mercancía D ó = x mercancía E ó = etc.

(20 metros de tela = 1 vestido ó = 10 libras de té ó = 40 libras de café ó = 1 fanega de trigo ó = 2 onzas de oro ó = ½ tonelada de hierro ó = etc.)

1.— La forma desarrollada del valor relativo.

El valor de una mercancía, de la tela, por ejemplo, es ahora expresado en otros innumerables elementos del mundo de las mercancías. Todo otro cuerpo-mercancía se hace espejo del valor de la tela , y así aparece éste verdaderamente por primera vez como pulpa amorfa de trabajo humano indistinto; pues el trabajo que lo constituye está ahora expresamente representado como trabajo al cual equivale todo otro trabajo humano, cualquiera que sea su forma natural, ya se encarne en vestidos, ó en trigo, ó en hierro, ó en oro, etcétera. Por su forma de valor, la tela no está así ahora en relación social sólo con otra única mercancía, sino con todas las mercancías. Al mismo tiempo, la serie interminable de sus expresiones demuestra que para el valor de las mercancías es indiferente la forma especial del valor de uso en que se presenta.

En la primera forma, 20 metros de tela = 1 vestido, puede ser un hecho accidental que esas dos mercancías sean cambiables en una proporción cuantitativa determinada. En la segunda forma, por el contrario, resalta desde luego una circunstancia que la determina, esencialmente distinta de todo simple accidente. El valor de la tela es siempre el mismo, ya se le exprese en vestido, ó en hierro, ó en café, etc., en innumerables mercancías distintas pertenecientes á los poseedores más diversos. La relación accidental de dos poseedores individuales de mercancías desaparece. Se hace evidente que el cambio no regula la magnitud del valor de las mercancías, sino que ésta regula las relaciones de cambio.

2.— La forma especial de equivalente.

Toda mercancía, vestido, té, trigo, hierro, etc., figura en la expresión del valor de la tela como equivalente, y así como cuerpo-valor. La forma natural determinada de cada una de estas mercancías es ahora una forma especial de equivalente, junto con muchas otras. De la misma manera, las distintas especies de trabajos útiles y concretos contenidos en las diversas mercancías valen ahora como otras tantas formas especiales de realización ó aparición de trabajo humano en general.

3.— Defectos de la forma total ó desarrollada del valor.

La expresión relativa del valor de la mercancía es, en primer lugar, imperfecta, porque su serie no termina nunca. La cadena en que una ecuación de valor se agrega á otra, se puede prolongar que dé siempre por la adición de toda nueva especie de mercancía material para una nueva expresión del valor. En segundo lugar, forma un abigarrado mosaico de expresiones del valor sucesivas y diversas. Si se expresa, como tiene que hacerse, el valor relativo de cada mercancía en esta forma desarrollada, la forma relativa del valor de cada mercancía es una serie interminable de expresiones del valor, distinta de la expresión relativa del valor de toda otra mercancía. Los defectos de la forma desarrollada del valor relativo se reflejan en la forma de equivalente que le corresponde. Como la forma natural de cada especie particular de mercancía es aquí una forma de equivalente especial, junto á otras innumerables formas especiales de equivalente, todas las formas de equivalente son limitadas y se excluyen entre sí. Así también la especie de trabajo concreto y útil contenido en cada mercancía equivalente especial no es más que una forma especial y no una forma última del trabajo humano. Es cierto que éste tiene su forma de manifestación completa ó total en el conjunto de esas formas particulares; pero así no tiene ninguna forma única de manifestación.

La forma desarrollada del valor relativo sólo consiste en una suma de simples ecuaciones ó expresiones del valor relativo de la primera forma, como 20 metros de tela = 1 vestido 20 metros de tela = 10 libras de té; etc.

Pero cada una de estas ecuaciones contiene la ecuación idéntica inversa: 1 vestido = 20 metros de tela 10 libras de té = 20 metros de tela; etc.

En realidad, cuando un hombre cambia su tela con otras muchas mercancías y expresa así el valor de ella en una serie de otras mercancías, los poseedores de las otras muchas mercancías tienen también necesariamente que cambiarlas con la tela y expresar así los valores de sus distintas mercancías en la misma mercancía: la tela. Invirtamos, pues, la serie: 20 metros de tela = 1 vestido ó = 10 libras de té ó = etc., es decir, expresemos la recíproca contenida en la serie, y tendremos:

C.— Forma general del valor .

1.— Cambio de carácter de la forma del valor.

Ahora las mercancías expresan sus valores: 1.º, de una manera simple, porque los expresan en una mercancía única, y 2.º, de una manera uniforme, porque los expresan en la misma mercancía. Su forma de valor es simple y común, y así, general.

Las formas I y II sólo alcanzaban á expresar el valor de una mercancía como algo distinto de su valor de uso ó cuerpo-mercancía.

La primera forma daba ecuaciones de valor, como: 1 vestido = 20 metros de tela, 10 libras de té = ½ tonelada de hierro, etc. El valor del vestido es expresado como igual á tela, el valor del té como igual á hierro, etc.; pero igual á tela é igual á hierro, expresiones del valor del vestido y del té, difieren tanto entre sí como tela y hierro. Evidentemente, esta forma no se presenta en la práctica sino en épocas muy primitivas, cuando en cambios accidentales ú ocasionales los productos del trabajo se transforman en mercancías.

La segunda forma distingue más completamente que la primera el valor de una mercancía de su valor de uso, pues en ella el valor del vestido, por ejemplo, se presenta frente á su forma natural en todas las formas posibles, como igual á tela, igual á hierro, igual á té, etc., como cualquier otra cosa, menos como igual á vestido. Por otra parte, esta forma excluye directamente toda expresión común del valor de las mercancías, pues en la expresión del valor de cada una de ellas aparecen todas las otras sólo en la forma de equivalentes. La forma desarrollada del valor se presenta de hecho desde que un producto del trabajo, el ganado, por ejemplo, es cambiado, no por excepción, sino ya por costumbre, con otras distintas mercancías.

La forma general expresa los valores mercantiles en una misma mercancía separada de todas las otras, por ejemplo, en tela, y expresa así los valores de todas las mercancías por su igualdad con la tela. Como igual á tela, el valor de toda mercancía es ahora distinto, no sólo de su propio valor de uso, sino de todo valor de uso, y por eso mismo expresado como lo que es común á ella y á toda otra mercancía. Esta forma es la primera que refiere realmente las mercancías entre sí como valores ó las presenta recíprocamente como valores de cambio.

Las dos formas anteriores expresan el valor de una mercancía, sea en una sola mercancía distinta, sea en una serie de muchas otras mercancías. En ambos casos es, puede decirse, asunto privado de cada mercancía el darse una forma de valor, y ella lo realiza sin intervención de las otras mercancías. Éstas desempeñan frente á ella simplemente el papel pasivo de equivalente. La forma general del valor, por el contrario, es el resultado de la obra común del conjunto de las mercancías. Una mercancía adquiere su expresión general de valor sólo cuando todas las otras mercancías expresan su valor en el mismo equivalente; lo que tiene que hacer también toda nueva especie de mercancía que se presente. Y así se ve que la objetividad del valor de las mercancías, al ser la simple «existencia social» de estas cosas, sólo puede ser expresada por su relación social de conjunto, y que su forma de valor tiene que ser socialmente válida.

Como iguales á la tela, aparecen ahora todas las mercancías, no sólo como valores en general, cualitativamente iguales, sino al mismo tiempo como magnitudes de valor cuantitativamente comparables. Al reflejar sus magnitudes de valor en un mismo material, la tela, esas magnitudes de valor refléjanse entre sí recíprocamente. Por ejemplo: 10 libras de té = 20 metros de tela, y 40 libras de café = 20 metros de tela; de donde: 10 libras de té: 40 libras de café, ó 1 libra de café contiene sólo 1 / 4 , de la substancia del valor, ó sea el trabajo, contenida en 1 libra de té.

La forma general del valor relativo de las mercancías en general imprime á la mercancía equivalente, la tela, que se separa de todas las otras, el carácter de equivalente general. La forma natural propia de ésta es el aspecto común del valor de todas, y la tela es por eso inmediatamente cambiable con todas las otras mercancías. Su forma corporal pasa por la encarnación visible de todo trabajo humano. El tejido, trabajo privado que produce la tela, adquiere al mismo tiempo forma social general, la forma de igualdad con todos los otros trabajos. Las innumerables ecuaciones en que consiste la forma general del valor igualan sucesivamente el trabajo realizado en la tela á todo trabajo contenido en otra mercancía, y hacen así del tejido la forma general de manifestación del trabajo humano. De modo que el trabajo contenido en el valor de las mercancías no se representa sólo negativamente, como trabajo despojado de todas las formas concretas y propiedades útiles del trabajo real, sino que su carácter positivo se afirma explícitamente, como la reduccción de todos los trabajos reales al carácter común de trabajo humano, al gasto de fuerza humana de trabajo.

La forma general del valor, que presenta los productos del trabajo como simples pulpas amorfas de trabajo humano indistinto, muestra en su misma estructura que ella es la expresión social del mundo de las mercancías. Así revela ella que dentro de este mundo el carácter general humano del trabajo constituye su carácter social específico.

2.— Relación de desarrollo de la forma relativa del valor y de la forma de equivalente.

Al grado de desarrollo de la forma relativa del valor corresponde el grado de desarrollo de la forma de equivalente. Pero, nótese bien, el desarrollo de la forma de equivalente es sólo expresión y resultado del desarrollo de la forma relativa del valor.

La forma simple ó aislada del valor de una mercancía hace de otra mercancía el equivalente único. La forma desarrollada del valor relativo, esa expresión del valor de una mercancía en todas las otras mercancías, les imprime la forma de equivalentes diversos y especiales. En fin, una mercancía especial adquiere la forma de equivalente general porque todas las otras mercancías la toman como material de su forma unitaria y general de valor.

Pero en el mismo grado en que se desarrolla la forma del valor en general, se desarrolla también el contraste entre sus dos polos: la forma relativa del valor y la forma de equivalente.

La primera forma (A) —20 metros de tela = 1 vestido— contiene ya este contraste, pero no lo fija. Según se lea la ecuación, hacia adelante ó hacia atrás, cada una de las dos mercancías extremas, la tela y el vestido, se encuentra igualmente, ya en la forma relativa del valor, ya en la forma de equivalente. En ella todavía es difícil retener la oposición entre los dos polos.

En la forma B sólo puede desarrollar su valor relativo total una mercancía, á la vez que adquiere la forma desarrollada del valor relativo por y en tanto que todas las otras mercancías se encuentran frente á ella en la forma de equivalente. Aquí ya no se pueden invertir los dos términos de la ecuación del valor —como 20 metros de tela = 1 vestido ó = 10 libras de té ó 10 = libras de té ó = 1 fanega de trigo, etc.— sin cambiar el carácter del conjunto de ellas y pasarlas de la forma total á la forma general del valor.

En fin, la forma C y última da al conjunto de las mercancías una forma general y social del valor relativo por y en tanto que excluye de la forma de equivalente general á todas las mercancías, excepto una. Una mercancía, la tela, se encuentra, por consiguiente, en forma inmediatamente cambiable con todas las otras mercancías ó en forma inmediatamente social, por y en tanto que todas las otras mercancías no se encuentran en esa forma .

La mercancía que figura como equivalente general está, por el contrario, excluída de la forma unitaria y general del valor relativo. Si la tela, es decir, una mercancía cualquiera que esté en la forma de equivalente general, tomara parte al mismo tiempo en la forma general del valor relativo, tendría que servirse á sí misma de equivalente. Obtendríamos así: 20 metros de tela = 20 metros de tela, tautología que no expresa valor ni magnitud del valor. Para expresar el valor relativo del equivalente general hay que invertir la forma C. El no posee forma alguna de valor relativo común con otras mercancías, sino que su valor relativo se expresa en la serie interminable de todas las otras mercancías. Y así la forma desarrollada del valor relativo, ó forma B, se nos presenta ahora como la forma específica del valor relativo de la mercancía equivalente.

3.— Transición de la forma general del valor á la forma moneda.

La forma de equivalente general es una forma del valor en general. Puede, pues, recaer en una mercancía cualquiera. Por otra parte, una mercancía sólo se encuentra en la forma de equivalente general (forma C) por y en tanto que es excluída como equivalente por todas las otras mercancías. Y la forma unitaria del valor relativo no adquiere estabilidad objetiva y validez social general sino á partir del momento en que esa exclusión se limita definitivamente á una especie determinada de mercancía.

La mercancía especial con cuya forma natural se identifica socialmente la forma de equivalente, pasa, pues, á ser mercancía-moneda ó funciona como moneda. En el mundo de las mercancías ella tendrá la función social específica y, así, el monopolio social de desempeñar el papel de equivalente general. Una mercancía determinada, el oro, ha conquistado históricamente ese lugar de preferencia entre las mercancías que en la forma B figuraban como equivalentes especiales de la tela, y en la forma C expresaban juntas su valor relativo en tela. Pongamos, pues, en la forma C la mercancía oro en lugar de la mercancía tela, y tendremos:

D.— Forma moneda .

En el paso de la forma A á la forma B, y de la forma B á la forma C, se verifican cambios esenciales. Por el contrario, la forma D no se distingue de la forma C sino en que ahora el oro posee la forma de equivalente general, en lugar de la tela. El oro es en la forma D lo que la tela era en la forma C: equivalente general. El progreso sólo consiste en que la forma de equivalente general está ahora definitivamente identificada por la costumbre social con la forma natural específica de la mercancía oro.

El oro no se presenta como moneda frente á las otras mercancías sino porque ya estaba enfrente de ellas como mercancía. Lo mismo que todas las otras mercancías, funcionaba también como equivalente, sea como equivalente único en actos aislados de cambio, sea como equivalente especial al lado de otras mercancías equivalentes. Poco á poco pasó á funcionar como equivalente general en límites más ó menos amplios. Una vez que ha conquistado el monopolio de ese puesto en la expresión del valor de las mercancías, pasa á ser mercancía-moneda, y sólo desde el momento en que él ya ha llegado á ser mercancía-moneda, la forma D se distingue de la forma C, ó la forma general del valor se ha transformado en la forma moneda.

La expresión simple relativa del valor de una mercancía, por ejemplo, de la tela, en la mercancía que funciona ya como moneda, por ejemplo, en oro, es la forma precio. La «forma precio» de la tela es, por lo tanto: 20 metros de tela = 2 onzas de oro ó, si 2 libras esterlinas es el nombre monetario de 2 onzas de oro, 20 metros de tela = 2 libras esterlinas.

La dificultad del concepto de la forma moneda se limita á la concepción de la forma de equivalente general, esto es, de la forma general del valor, de la forma C. La forma C se resuelve á su vez en la forma B, en la forma desarrollada del valor, y el elemento constituyente de ésta es la forma A: 20 metros de tela = 1 vestido ó x mercancía A = y mercancía B. La forma simple de la mercancía es, por lo tanto, el germen de la forma moneda.

IV.—El carácter fetichista de la mercancía y su secreto.

A primera vista, una mercancía parece una cosa trivial y que se comprende por sí misma. De su análisis resulta que es una cosa endiablada, llena de sutilezas metafísicas y de reticencias teológicas. Como valor de uso, no hay nada de misterioso en ella, desde el punto de vista de que sus propiedades satisfacen necesidades humanas ó de que posee esas propiedades sólo como producto del trabajo humano. Es evidente que el hombre, por medio de su actividad, modifica la forma de las materias naturales para hacerlas útiles. Se modifica, por ejemplo, la forma de la madera, cuando de ella se hace una mesa. Sin embargo, la mesa siempre es madera, un objeto ordinario sensible. Pero desde que se presenta como mercancía, se transforma en una cosa sensible y superior á los sentidos. La mesa ya no descansa sólo por sus pies en el suelo, sino que se pone de cara ante todas las otras mercancías, y en su cabeza de palo nacen fantasías mucho más asombrosas que si se pusiera á bailar .

El carácter místico de la mercancía no surge, pues, de su valor de uso, ni proviene tampoco del contenido de las determinaciones del valor; pues, en primer lugar, por variados que sean los trabajos útiles ó actividades productivas, es una verdad fisiológica que son funciones del organismo humano, y que toda función semejante, cualesquiera que sean su contenido y su forma, es esencialmente un gasto de cerebro, nervios, músculos, órganos de los sentidos, etc., humanos. En segundo lugar, lo que sirve de base para la determinación de la magnitud del valor, la duración de ese gasto, ó la cantidad del trabajo, es visiblemente distinta de la calidad del trabajo. El tiempo de trabajo que cuesta la producción de los alimentos ha tenido interesar á los hombres en todos los estados, aunque no que igualmente en los distintos períodos de desarrollo . Finalmente, desde que los hombres trabajan, de un modo cualquiera, los unos para los otros, su trabajo adquiere también una forma social.

¿De dónde proviene, pues, el carácter enigmático del producto del trabajo así que toma la forma de mercancía? Evidentemente, de esta misma forma. La igualdad de los trabajos humanos adquiere la forma de la igual objetividad del valor de los productos del trabajo, la medida del gasto de fuerza humana de trabajo por su duración adquiere la forma de la magnitud del valor de los productos del trabajo; finalmente, las relaciones de los productores, en que se manifiestan esas determinaciones sociales de sus trabajos, adquieren la forma de una relación social de los productos del trabajo.

Lo misterioso de la forma mercancía está, pues, simplemente en que ella refleja ante el hombre los caracteres sociales de su propio trabajo, como caracteres objetivos de los productos mismos del trabajo, como propiedades sociales naturales de estas cosas, y así también la relación social de los productores con el trabajo total como una relación social de objetos independiente de los productores. Por este quid pro quo , los productos del trabajo pasan á ser mercancías, cosas sensibles y superiores á los sentidos, cosas sociales. Así la impresión luminosa de un objeto sobre el nervio óptico no se manifiesta como excitación subjetiva del mismo nervio óptico, sino como forma objetiva de una cosa exterior al ojo. Pero en la visión la luz pasa realmente de una cosa, el objeto externo, á otra cosa, el ojo. Es una relación física entre cosas físicas. La forma mercancía y la relación de valor de los productos del trabajo en que ella se manifiesta no tienen, por el contrario, absolutamente nada que hacer con la naturaleza física de esos productos y las relaciones reales que de ella resultan. Una relación social determinada de los hombres mismos toma aquí para ellos la forma fantasmagórica de una relación de cosas. Por eso, para encontrar una analogía tenemos que refugiarnos en la nebulosa región del mundo religioso. En él, los productos del cerebro humano parecen formas dotadas de vida propia, que están en relación entre sí y con los hombres. Lo mismo pasa en el mundo de las mercancías con los productos de la mano del hombre. Esto es lo que llamo el fetichismo adherido á los productos del trabajo desde que se les produce como mercancías, y que es por eso inseparable de la producción de mercancías.

Este carácter fetichista del mundo mercantil proviene, como lo ha mostrado ya el precedente análisis, del carácter social peculiar del trabajo que produce mercancías.

En general, los objetos de uso sólo se hacen mercancías porque son productos de trabajos privados independientes entre sí. El conjunto de esos trabajos privados constituye el trabajo social total. Como los productores sólo entran en contacto social por el cambio de los productos de su trabajo, sólo también dentro de ese cambio aparecen los caracteres sociales específicos de sus trabajos privados. Ó bien los trabajos privados se manifiestan en realidad como partes del trabajo social total sólo por las relaciones en que el cambio pone á los productos del trabajo y, por su intermedio, á los productores. Las relaciones sociales de sus trabajos privados se presentan por eso á los productores como lo que son, es decir, no como relaciones sociales inmediatas de las personas en sus trabajos mismos, sino más bien como relaciones sociales de las cosas.

No es sino en el cambio donde los productos del trabajo adquieren una igual objetividad social de valor, independiente de su objetividad de uso, diversa para los sentidos. Esta división del producto del trabajo en cosa útil y cosa de valor, se manifiesta prácticamente, una vez que el cambio ha adquirido ya suficiente extensión é importancia, en que se producen cosas útiles para el cambio, y, por lo tanto, el carácter de valor de las cosas es tomado en cuenta ya en el momento de su producción. Desde este momento, los trabajos privados de los productores adquieren de hecho un doble carácter social. Por una parte, como trabajos útiles determinados, tienen que satisfacer una necesidad social determinada y confirmarse así como partes del trabajo total, del sistema de la división social del trabajo que se desarrolla naturalmente. Ellos no satisfacen, por otra parte, las múltiples necesidades de los productores mismos sino en tanto que cada trabajo útil privado especial es cambiable con toda otra especie de trabajo privado útil, es decir, le equivale. La igualdad toto cœlo de trabajos distintos sólo puede consistir en una abstracción de su desigualdad real, en su reducción al carácter común de gasto de fuerza humana de trabajo, á trabajo humano abstracto. Este doble carácter social de los trabajos privados se refleja en el cerebro de los productores bajo las formas que aparecen prácticamente en el cambio de los productos, á saber: el carácter útil social de sus trabajos privados, en la forma de que el producto del trabajo tiene que ser útil, y esto para otros—el carácter social de la igualdad de los distintos trabajos, en la forma del carácter de valor, común á esas cosas materialmente distintas, los productos del trabajo.

Los hombres no refieren, pues, los productos del trabajo unos á otros como valores, porque esos objetos sean para ellos simples cubiertas materiales de trabajo humano igual. Por el contrario, al igualar sus diversos productos como valores en el cambio, igualan sus diversos trabajos como trabajo humano. No lo saben, pero lo hacen . El valor no lleva, pues, escrito en la frente lo que es. El valor transforma más bien todo producto del trabajo en un jeroglífico social. Los hombres tratan después de descifrar el jeroglífico, de entrar en el secreto de su propio producto social, pues la determinación de los objetos de uso como valores es un producto social, con el mismo título que el lenguaje. El descubrimiento científico ulterior de que los productos del trabajo, como valores, son simples expresiones materiales del trabajo humano gastado en su producción, hace época en la historia de la Humanidad, pero no suprime absolutamente la apariencia objetiva del carácter social del trabajo. Lo que sólo es cierto para esta forma especial de producción, la producción de mercancías, á saber que el carácter social específico de los trabajos privados independientes entre sí consiste en su igualdad como trabajo humano y toma la forma del carácter de valor de los productos del trabajo, les parece á los comprometidos en las relaciones de la producción mercantil, antes y después de ese descubrimiento, tan absolutamente cierto como que la descomposición científica del aire en sus elementos no altera su forma gaseosa, como forma corporal física.

Lo que interesa desde luego prácticamente á los que cambian mercancías es la cuestión de cuánto obtendrán por su propio producto, es decir, en qué proporciones se cambian los productos. Una vez que estas proporciones han alcanzado cierta fijeza habitual, parecen resultar de la naturaleza de los productos del trabajo, de manera que, por ejemplo, una tonelada de hierro y dos onzas de oro valen lo mismo, como una libra de oro y una libra de hierro, á pesar de sus propiedades físicas y químicas diferentes, pesan lo mismo. En realidad, el carácter de valor de los productos del trabajo se afirma sólo en su manifestación como magnitudes de valor. Estas últimas varían constantemente, con independencia de la voluntad, previsión y conducta de los que cambian. Su propio movimiento social tiene para ellos la forma de un movimiento de cosas que los maneja, en lugar de manejarlo ellos. Es preciso que la producción mercantil se haya desarrollado por completo para que de la misma experiencia se desprenda esta vista científica: que los trabajos privados ejecutados independientemente los unos de los otros, pero todos vinculados entre sí como ramas naturales de la división social del trabajo, son permanentemente reducidos á su medida social proporcional, porque en las accidentales y siempre oscilantes relaciones de cambio de sus productos, el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción se impone con violencia como ley natural reguladora, lo mismo que la ley de la pesantez, cuando á uno se le derrumba la casa encima . La determinación de las cantidades de valor por el tiempo de trabajo es por eso un secreto oculto bajo los movimientos aparentes de los valores relativos de las mercancías. Su descubrimiento suprime la apariencia de la determinación simplemente accidental de las magnitudes de valor de los productos del trabajo, pero de ninguna manera su forma objetiva.

La reflexión sobre las formas de la vida humana y, por consiguiente, su análisis científico, sigue en general un camino opuesto al desarrollo real. Principia post festum con los resultados hechos del proceso del desarrollo. Las formas que imprimen á los productos del trabajo el sello de mercancías, y que, por lo tanto, se sobreentienden en la circulación de mercancías, poseen ya la fijeza de formas naturales de la vida social, antes de que los hombres traten de darse cuenta, no del carácter histórico de estas formas, que para ellos pasan ya más bien por invariables, sino de su contenido. Así, sólo fué el análisis de los precios de las mercancías lo que condujo á la determinación de las magnitudes de valor y la expresión común de las mercancías en moneda lo que trajo la fijación de su carácter de valor. Pero precisamente esta forma acabada, la forma moneda, del mundo mercantil es lo que oculta el carácter social de los trabajos privados, y así, las relaciones sociales de los trabajadores privados, en lugar de revelarlos. Cuando digo que vestidos, botines, etc., se refieren á tela como á la encarnación general de trabajo humano abstracto, salta á la vista la extravagancia de esta expresión; pero cuando los productores de vestidos, botines, etc., refieren esas mercancías á tela —ó á oro y plata, lo que no cambia en nada la cosa— como equivalente general, la relación de sus trabajos privados con el trabajo social total se les presenta precisamente en esa forma extravagante.

Formas semejantes constituyen precisamente las categorías de la Economía burguesa. Son formas de pensamiento socialmente válidas, y, por lo tanto, objetivas, para las relaciones de la producción mercantil, modo social de producción históricamente determinado. Todo el misticismo del mundo mercantil, toda la magia y fantasmagoría que envuelven los productos del trabajo sobre la base de la producción de mercancías, desaparecen, pues, tan pronto como pasamos á otras formas de producción.

Puesto que la Economía política gusta de las robinsonadas , veamos primero á Robinsón en su isla. Aunque modesto por naturaleza, tiene que satisfacer diversas necesidades y, por lo tanto, ejecutar diversos trabajos útiles, fabricar herramientas, hacer muebles, domesticar llamas, pescar, cazar, etc. No hablamos de rezar y de otras cosas semejantes, porque nuestro Robinsón se divierte con ellas y las considera como reposo. Á pesar de la variedad de sus funciones productivas, él sabe que éstas no son sino formas diversas de actividad del mismo Robinsón, es decir, modos diversos de trabajo humano. La necesidad misma le obliga á distribuir su tiempo exactamente entre sus diversas funciones. Que una tome más espacio que otra en su actividad total, depende de la mayor ó menor dificultad que él tiene que vencer para obtener el efecto útil buscado. La experiencia se lo enseña, y nuestro Robinsón, que ha salvado del naufragio reloj, libro mayor, tinta y pluma, como buen inglés, pronto principia á llevar el libro de él mismo. Su inventario contiene una lista de los objetos útiles que posee, de las diversas operaciones necesarias para su producción y, finalmente, del tiempo de trabajo que á él le cuestan por término medio cantidades determinadas de esos diversos productos. Todas las relaciones entre Robinsón y las cosas que constituyen la riqueza que él mismo se ha creado, son aquí tan simples y transparentes, que el mismo Sr. M. Wirth las entendería sin mucha fatiga mental. Y sin embargo, ellas contienen todas las determinaciones esenciales del valor.

Transportémonos ahora de la clara isla de Robinsón á la oscura Edad Media europea. En lugar del hombre independiente, encontramos aquí á todo el mundo dependiendo: siervos y señores de la tierra, vasallos y señores feudales, laicos y clérigos. La dependencia personal caracteriza tanto las relaciones sociales de la producción material como las esferas de la vida que reposan sobre ella. Pero los trabajos y productos no necesitan tomar una forma fantástica distinta de su realidad, precisamente porque la base social está constituída por relaciones personales de dependencia. Entran en el mecanismo social como servicios y trabajos naturales. La forma natural del trabajo, su especialidad, y no como en la producción mercantil, su generalidad, es aquí su forma inmediatamente social. La prestación personal se mide por el tiempo tan bien como el trabajo que produce mercancías; pero todo siervo sabe que ella es una cantidad determinada de su fuerza personal de trabajo gastada al servicio de su señor. El diezmo que se entrega al cura es más claro que la bendición del cura. Como quiera que se juzgue de los disfraces de carácter con que en esa sociedad se presentan los hombres, las relaciones sociales de las personas aparecen en sus trabajos como sus relaciones personales propias y no como relaciones sociales de las cosas, de los productos del trabajo.

Para considerar el trabajo común, es decir, inmediatamente socializado, no necesitamos retroceder á su forma primitiva, que encontramos en el umbral de la historia de todos los pueblos civilizados . La industria rústica y patriarcal de una familia de campesinos, que para sus propias necesidades produce trigo, ganado, hilo, tela, vestidos, etc., es un ejemplo más próximo. Esas diversas cosas son para la familia productos diversos de su trabajo, pero no se comportan entre sí como mercancías. Los diversos trabajos generadores de esos productos, agricultura, ganadería, hilar, tejer, hacer ropas, etc., son en su forma natural funciones sociales, porque son funciones de la familia, que posee su propia división natural del trabajo tan bien como la producción mercantil. Las diferencias de sexo y de edad, así como las condiciones naturales del trabajo, que varían con las estaciones del año, regulan su distribución en el seno de la familia y el tiempo de trabajo de cada uno de sus miembros. El gasto de las fuerzas individuales de trabajo, medido por su duración, aparece naturalmente aquí como la determinación social de los trabajos mismos, porque las fuerzas individuales de trabajo no funcionan sino como órganos de la fuerza común de trabajo de la familia.

Figurémonos por fin, para variar, una unión de hombres libres, que trabajan con medios de producción comunes y gastan conscientemente sus muchas fuerzas individuales de trabajo como una fuerza social. Todo lo establecido respecto del trabajo de Robinsón se repite aquí, pero socialmente, no individualmente. Todos los productos del trabajo de Robinsón eran productos exclusivamente suyos y, por consiguiente, objetos de uso inmediato para él. El producto total de la unión es un producto social. Una parte de este producto vuelve á servir como medio de producción, y se conserva social; pero otra parte es consumida por los miembros de la unión y, por consiguiente, tiene que ser distribuída entre ellos. El modo de esta distribución variará según la especie del organismo social de producción y el grado correspondiente de desarrollo histórico de los productores. Para la comparación con la producción mercantil, supongamos que la parte que toca á cada productor sea determinada por su tiempo de trabajo. El tiempo de trabajo desempeñaría entonces un papel doble. Su metódica distribución social regula la exacta proporción de las diversas funciones de trabajo á las diversas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo sirve como medida de la parte individual del productor en el trabajo común y, así, de la parte que le toca en la porción del producto común destinada al consumo. Las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y sus productos del trabajo quedan aquí simples y transparentes, tanto en la producción como en la distribución.

Para una sociedad de productores de mercancías, cuya relación social general consiste en mirar sus productos como mercancías, es decir, como valores, y relacionar entre sí en esa forma objetiva sus trabajos privados como trabajo humano igual, la más apropiada forma de religión es el Cristianismo, con su culto del hombre abstracto, sobre todo en su desarrollo burgués, el Protestantismo, el Deísmo, etcétera. En los modos de producción del Asia antigua, y antiguos en general, la transformación del producto en mercancía, y así la existencia del hombre como productor de mercancías, desempeña un papel subalterno, que aumenta, sin embargo, en importancia á medida que las comunidades entran en el estadio de su disolución. Pueblos propiamente comerciales sólo existen en los los intersticios del mundo antiguo, como los dioses de Epicuro ó como judíos en los poros de la sociedad polaca. Aquellos viejos organismos sociales de producción son mucho más simples y transparentes que la sociedad burguesa; pero reposan sobre la falta de madurez del individuo humano, no desprendido todavía del cordón umbilical que le une á otros con lazos naturales de parentesco, ó sobre relaciones inmediatas de dominación y de servidumbre. Su razón de ser está en el bajo grado de desarrollo de la fuerza productiva del trabajo y en las limitadas relaciones de los hombres entre sí y con la Naturaleza, que á ese grado corresponden. Las antiguas religiones son el reflejo ideal de esa estrechez real. En general, la reproducción religiosa del mundo real no puede desaparecer sino cuando las condiciones de la vida práctica presenten día por día á los hombres relaciones racionales y transparentes, de ellos entre sí y con la Naturaleza. La figura de la vida social, es decir, del proceso material de la producción, se despoja de su místico y nebuloso velo sólo cuando, como obra de hombres libres asociados, está bajo su inspección metódica y consciente. Para eso se necesita, sin embargo, una base material de la sociedad ó una serie de condiciones materiales de existencia, que son á su vez el resultado natural de un largo y doloroso desarrollo histórico.

La Economía política ha analizado, es cierto, el valor y la magnitud del valor, aunque incompletamente , y ha descubierto el contenido oculto de esas formas. Pero nunca se ha preguntado por qué ese contenido toma esta forma, por qué el trabajo se manifiesta en el valor y la medida del trabajo, según su duración, en la magnitud del valor de su producto . Fórmulas en cuya frente está escrito que pertenecen á una formación social en que el proceso de producción domina á los hombres, y no todavía el hombre al proceso de la producción, son para su conciencia burguesa tan naturalmente necesarias como el mismo trabajo productivo. Por eso ella trata á las formas preburguesas del organismo social de la producción como los Padres de la Iglesia á las religiones precristianas .

Hasta qué punto es engañada una parte de los economistas por el fetichismo inherente al mundo mercantil ó por la apariencia objetiva de las determinaciones sociales del trabajo, lo muestra la fastidiosa é insípida querella acerca del papel de la Naturaleza en la formación del valor de cambio. Como el valor de cambio es un modo social determinado de expresar el trabajo unido á una cosa, no puede contener más materia natural que el curso del cambio, por ejemplo.

La forma mercancía es la más general y menos desarrollada de la producción burguesa, por lo cual aparece temprano, aunque no de la misma manera dominante y característica que hoy día, y por eso su carácter fetichista parece todavía relativamente fácil de traslucirse. En las formas más concretas desaparece aún esta apariencia de simplicidad. ¿De dónde provienen las ilusiones del sistema mercantilista? En el oro y la plata él no ha visto que, como moneda, representan una relación social de producción, sino objetos naturales con peculiares propiedades sociales. ¿Y no es palpable el fetichismo de la Economía moderna, que, dándose importancia, se ríe del sistema mercantilista así que trata del Capital? ¿Cuánto tiempo ha desapareció la ilusión fisiocrática de que la renta de la tierra brota de la tierra misma y no de la sociedad?

Pero no nos anticipemos y contentémonos con un ejemplo más, relativo á la forma mercancía misma. Si las mercancías pudieran hablar, dirían: nuestro valor de uso puede interesar á los hombres; á nosotras, como cosas, no nos importa; pero lo que nos toca como cosas es nuestro valor. Nuestro propio comercio como objetos-mercancías lo prueba. No nos relacionamos entre nosotras sino como valores de cambio. Oigase ahora cómo habla el economista desde el alma de la mercancía: «El valor (valor de cambio) es una propiedad de las cosas, la riqueza (valor de uso) del hombre. En este sentido, valor implica necesariamente cambio, riqueza no.» «La riqueza (valor de uso) es un atributo del hombre; el valor, un atributo de las mercancías. Un hombre ó una comunidad son ricos; una perla ó un diamante son valiosos..... Una perla ó un diamante tienen valor como perla ó diamante.» Hasta ahora ningún químico ha descubierto valor de cambio en la perla ó el diamante. Los economistas descubridores de esta substancia química, que tienen una pretensión especial de ser profundos, opinan, sin embargo, que el valor de uso de las cosas es independiente de sus propiedades materiales, mientras que su valor les pertenece como cosas. Lo que les confirma en esta opinión es la circunstancia singular de que el valor de uso de las cosas se realiza para el hombre sin el cambio, es decir, en la relación inmediata del hombre con la cosa, y su valor, por el contrario, sólo en el cambio, es decir, en un proceso social. Quién no se acuerda aquí del buen Dogberry enseñando al guardián nocturno Seacoal: «Ser un hombre bien parecido—dice— es un don de las circunstancias; pero leer y escribir viene de naturaleza.»

↑ Karl Marx , Zur Kritik der Politischen Oekonomie , Berlín, 1859, pág. 4.

↑ «El deseo implica necesidad; es el apetito de la mente, y tan natural como el hambre al cuerpo..... La mayor parte (de las cosas) tienen valor porque proveen á las necesidades del espíritu.» ( Nicolás Barbon , A Discourse on coining the new money lighter, in answer to Mr. Locke's Considerations... etc ., Londres, 1696, páginas 2 y 3.)

↑ «Tienen una virtud intrínseca (esta es la expresión específica de Barbon para el valor de uso) las cosas que en todas partes tienen la misma virtud, como la del imán de atraer el hierro.» (Ob. cit., pág. 16.) Esta propiedad del imán es útil solamente desde que por su medio se descubrió la polaridad magnética.

↑ «El valor natural de las cosas consiste en su propiedad de satisfacer las necesidades ó servir las conveniencias de la vida humana,» ( John Locke , Some Considerations on the Consequences of the Lowering of Interest , 1691; Works, ed.; Londres, 1777, vol. II , pág. 28.) En los escritores ingleses del siglo XVII se encuentra todavía la palabra worth para expresar el valor de uso y value para el valor de cambio, siguiendo el genio de una lengua que prefiere expresar la cosa inmediata en términos germánicos y la refleja en latinos.

↑ En la sociedad burguesa domina la fictio juris de que todo comprador conoce todas las mercancías.

↑ «El valor consiste en la relación de cambio que se encuentra entre tal cosa y tal otra, entre tal medida de una producción y tal medida de otra.» ( Le Trosne , De l'Intérét Social, Physiocrates ; ed. Daire; Paris, 1846, pág. 889.)

↑ «Nada puede tener un valor intrinseco» ( N. Barbon , ob. cit., pág. 16), ó como dice Butler : « The value of a thing Is just as much as it will bring .»

↑ «Una especie de mercancía es tan buena como otra, si el valor es igual. No hay diferencia ni distinción entre cosas de igual valor..... Cien libras esterlinas en plomo ó hierro valen tanto como cien libras esterlinas en plata ú oro.» ( N. Barbon , ob. cit., págs. 53 y 7.)

↑ Nota de la segunda edición .—«Su valor (el de los objetos útiles), cuando se los cambia, es regulado por la cantidad de trabajo necesariamente requerido y comúnmente empleado para producirlos.» ( Some Thoughts on the Interest of Money in general, and particularly in the Public Funds ... etc., Londres, pág. 36.) Este notable escrito anónimo del siglo pasado no tiene fecha. De su contenido se deduce, sin embargo, que apareció durante el reinado de Jorge II, hacia 1739 ó 1740.

↑ «Todas las producciones de un mismo género no forman propiamente más que una masa, cuyo precio se determina en general y sin considerar las circunstancias particulares.» ( Le Trosne , ob. cit., pág. 893.)

↑ K. Marx , ob. cit., pág. 6.

↑ Nota de la cuarta edición .—[Intercalo lo que va entre paréntesis, porque por su omisión se incurre muy frecuentemente en el error de creer que para Marx es mercancía todo producto consumido por quien no lo produce. F. E .]

↑ Ob. cit., págs. 12, 13 y passim .

↑ «Todos los fenómenos del Universo, sean producidos por la mano del hombre ó por las leyes universales de la Física, no nos dan idea de creación actual, sino únicamente de una modificación de la Materia. Reunir y separar son los dos únicos elementos que descubre el ingenio humano analizando la idea de la reproducción, y es tanto una reproducción de valor (valor de uso, aunque aquí Verri, en su polémica con los fisócratas, no sabe bien él mismo de qué especie de valor habla) y de riquezas que, en el campo, la tierra, el aire y el agua se transformen en grano, como que la mano del hombre transforme en terciopelo la secreción glutinosa de un insecto, ovvero alcuni pezzetti di metallo si organizzino a formare una ripetizione .» ( Pietro Verri , Meditazione sulla Economia politica [impreso por primera vez en 1773], en la edición de los economistas italianos de Custodi, parte moderna, t. XV , pág. 22.)

↑ Compárese Hegel , Philosophie des Rechts , Berlín, 1840, pág. 250, § 190.

↑ El lector debe notar que aquí no se trata del salario ó valor que recibe el trabajador por una jornada de trabajo, sino del valor de la mercancía en que se realiza esta jornada de trabajo. La categoría del salario no existe todavía en el punto en que estamos de nuestra exposición.

↑ Nota de la segunda edición . Para probar «que sólo el trabajo es la medida real y definitiva en que se puede apreciar y comparar el valor de todas las mercancías en todos los tiempos», dice A. Smith: «Cantidades iguales de trabajo, en todos los tiempos y lugares, pueden ser consideradas de igual valor para el trabajador. En su estado ordinario de salud, fuerza y ánimo, y con su grado ordinario de habilidad y destreza, tiene él siempre que dar la misma porción de su comodidad, de su libertad y de su felicidad.» ( Wealth of Nations , L. I , cap. V .) A. Smith confunde aquí (no en todas partes) la determinación del valor por la cantidad de trabajo gastada en la producción de la mercancía con la determinación del valor de las mercancías por el valor del trabajo, y trata por eso de demostrar que cantidades iguales de trabajo tienen siempre el mismo valor. Por otra parte, él sospecha que el trabajo, en tanto que representa el valor de las mercancías, sólo es contado como gasto de fuerza de trabajo; pero concibe este gasto sólo como un sacrificio de reposo, libertad y felicidad, y no al mismo tiempo como actividad normal de la vida. Es cierto que él tiene á la vista al trabajador asalariado moderno.—El predecesor anónimo de A. Smith, citado en la nota 1 de la pág. 25 , dice mucho más exactamente: «Un hombre se ha ocupado durante una semana en producir esta cosa necesaria á la vida..... y quien le da alguna otra en cambio no puede estimar mejor lo que es su apropiado equivalente que calculando lo que le cuesta á él exactamente igual labor y tiempo: lo que, en efecto, no es más que cambiar la labor de un hombre en una cosa durante cierto tiempo, por la labor de otro hombre en otra cosa durante el mismo tiempo.» (Ob. cit., pág. 39.)

Nota de la cuarta edición .—[La lengua inglesa tiene la ventaja de poseer dos palabras distintas para estos dos diversos aspectos del trabajo. El trabajo, cualitativamente determinado, que crea valor de uso, se llama work , en oposición á labour ; el trabajo que crea valor, y sólo se mide cuantitativamente, se llama labour , en oposición á work . Véase la nota de la traducción inglesa, pág. 14. F. E .]

↑ Los pocos economistas que, como S. Bailey, se han ocupado del análisis de la forma del valor, no han podido llegar á resultado alguno, primero, porque confunden la forma del valor y el valor, y, en segundo lugar, porque bajo el grosero influjo del burgués práctico, no se fijan desde un principio más que en la determinación cuantitativa. « The command of quantity..... constitutes value .» ( Money and its Vicissitudes , Londres, 1837, pag. 11.) Autor, S. Bailey .

↑ Nota de la segunda edición .— Uno de los primeros economistas que, después de William Petty, ha estudiado la naturaleza del valor, el célebre Franklin, dice: «Como el comercio en general no es más que el cambio de un trabajo por otro, en trabajo es como mejor se aprecia el valor de todas las cosas.» ( The Works of B. Franklin, etc., edited by Sparks , Boston, 1836, vol. II , pág. 267.) Franklin no se da cuenta de que al apreciar «en trabajo» el valor de todas las cosas hace abstracción de la diversidad de los trabajos cambiados, y los reduce así á trabajo humano igual. Pero lo que él no sabe, lo dice. Primero habla de «un trabajo», después «del otro trabajo» y al último de «trabajo» sin designación especial, como substancia del valor de todas las cosas.

↑ En cierto sentido sucede con el hombre como con la mercancía. Como no viene al mundo con un espejo, ni tampoco como filósofo á lo Fichte, «yo soy yo», el hombre se refleja primero en otro hombre. Sólo refiriéndose al hombre Pablo como á su igual, refierese el hombre Pedro á si mismo, como hombre, y así, para él, Pablo de pies á cabeza, en su individualidad corporal, es la forma de aparición del género hombre.

↑ Empleo aquí la expresión «valor» para significar valor cuantitativamente determinado, magnitud de valor, como ya lo he hecho incidentalmente en algunos puntos.

↑ Nota de la segunda edición .— Esta incongruencia entre la magnitud del valor y su expresión relativa, ha sido explotada por la Economía vulgar con su habitual penetración. Por ejemplo: «Admitid que A baja porque B, con la cual se cambia, sube, aunque no por eso A cueste menos trabajo, y vuestro principio general del valor se derrumba..... Admitiendo que el valor de B baja con relación á A porque el valor de A sube con relación á B, se quita toda base al gran principio enunciado por Ricardo de que el valor de una mercancía es siempre determinado por la cantidad de trabajo incorporado á ella, pues si una variación en el costo de A modifica, no sólo su propio valor en relación con B, con la cual se cambia, sino también el valor de B relativamente al de A, aunque ningún cambio se ha verificado en la cantidad de trabajo exigida para la producción de B, cae, no sólo la doctrina que asegura que la cantidad de trabajo gastada en un articulo regula su valor, sino también la doctrina de que los costos de producción de un artículo regulan su valor.» ( J. Broadhurst , Political Economy , Londres, 1842, págs. 11-14.)

El Sr. Broadhurst podría decir con la misma razón: considérese la serie de fracciones 10 / 20 , 10 / 50 , 10 / 100 ; el número 10 permanece invariable, y sin embargo, su magnitud proporcional, su magnitud relativamente á los denominadores 20, 50, 100, disminuye constantemente. Así cae el gran principio según el cual la magnitud de un número entero es regulada por el número de las unidades contenidas en él.

↑ Así en otro terreno. Este hombre, por ejemplo, es rey sólo porque otros hombres se comportan con él como súbditos, é, inversamente, éstos creen ser súbditos porque él es rey.

↑ F. C. A. Ferrier (Subinspector de Aduanas), Du Gouvernement considéré dans ses rapports avec le commerce , París, 1805, y Charles Ganilh , Des Systèmes de l'Economie politique , segunda edición, París, 1821.

↑ En Homero, por ejemplo, el valor de una cosa es expresado en una serie de cosas distintas.

↑ Por eso se habla del valor vestido de la tela, cuando se lo expresa en vestidos, ó de su valor trigo, cuando en trigo, etc. Toda expresión semejante quiere decir que es su valor lo que aparece en los valores de uso vestidos, trigo, etc. «Denotando el valor de todo artículo su relación de cambio, podemos hablar de él como.... valor trigo, valor tela, etc., según el artículo con que se le compara, y entonces hay mil diversas especies de valor, tantas especies de valor como articulos existen, y todas son igualmente reales é igualmente nominales.» « A Critical Dissertation on the Nature, Measure and Causes of Value: chiefly in reference to the writings of Mr. Ricardo and his followers. By the Author of Essays on the Formation etc. of Opinions , Londres, 1825, pág. 39.) S. Bailey, autor de ese escrito anónimo, que en su tiempo hizo mucho ruido en Inglaterra, se figura haber destruído todo concepto determinado del valor con esa indicación de las abigarradas expresiones del valor de una misma mercancía. Por lo demás, á pesar de sus pocos alcances, él ha puesto al descubierto los defectos de la teoría de Ricardo, como lo prueba la animosidad con que le ha atacado la escuela de Ricardo, por ejemplo, en la Westminster Review .

↑ En la mercancia inmediatamente cambiable con todas las otras nada indica que es una forma de mercancía opuesta á la forma no inmediatamente cambiable, y tan inseparable de ésta como la positividad de un polo magnético de la negatividad del otro. Puede alguien, por lo tanto, imaginarse que es posible poner á todas las mercancías al mismo tiempo el sello de inmediatamente cambiables, como puede imaginarse que es posible hacer papas á todos los católicos. Para el pequeño burgués, que ve el nec plus ultra de la libertad humana y de la independencia individual en la producción de mercancías, sería, naturalmente, muy deseable verse exento de los inconvenientes de esta forma, sobre todo de que las mercancías no sean inmediatamente cambiables. La pintura de esta utopia de tendero es el socialismo de Proudhon, que, como en otra parte lo he mostrado, no tiene siquiera el mérito de la originalidad, pues ha sido desarrollado mucho antes y mejor por Gray, Bray y otros. Esto no impide que semejante sabiduría cunda hoy en ciertos círculos con el nombre de ciencia. Jamás una escuela ha abusado más que la de Proudhon de la palabra ciencia, pues « Begriffe fehlen , Da stellt zur rechten Zeit ein Wort sich ein ».

↑ Recuérdese que China y las mesas empezaron á danzar cuando todo el resto del mundo parecía estar quieto— pour encunrager les autres .

↑ Entre los antiguos germanos se calculaba la extensión de un morgen de tierra por el trabajo de un día, y por eso el morgen era llamado tagwerk (también tagwanne ) ( jurnale ó jurnalis , terra jurnalis , jurnalis ó diornalis ), mannwerk , mannskraft , mannsmaad , mannshauet , etc. Véase Georg Ludwig von Maurer , Einleitung zur Geschichte der Mark-, Hof-, u. s. w. Verfassung , Munich, 1659, pág. 129.

↑ Por eso, cuando dice Galiani «el valor es una relación entre personas» — « la ricchezza è una ragione tra due persone »- debía haber agregado: relación oculta bajo la cubierta de las cosas. ( Galiani , Della Moneta , pág. 220, vol. III de la colección de los Scrittori classici italiani di Economia politica , por Custodi, parte moderna, Milán, 1801.)

↑ «¿Qué pensar de una ley que sólo puede cumplirse por revoluciones periódicas? No es sino una ley natural basada en la inconsciencia de los que la sufren.» ( Friedrich Engels , Umrisse zu einer Kritik der Nationalœkonomie , en Deutsch-franzdesische Jahrbücher , editado por Arnold Ruge y Karl Marx; París, 1844.)

↑ Tampoco á Ricardo le falta su robinsonada. «Al pescador y al cazador primitivos los hace ya cambiar pescado y caza, como poseedores de mercancías, en proporción al tiempo de trabajo realizado en esos valores de cambio. En esta ocasión incurre en el anacronismo de que el pescador y el cazador primitivos, para calcular sus instrumentos de trabajo, consultan las tablas de anualidades usadas en la Bolsa de Londres en 1817. Los «paralelogramos del Sr. Owen» parecen ser la única forma de sociedad que él conocía, fuera de la burguesa.» ( Karl Marx , Zur Kritik... etc ., págs. 38-39.)

↑ «Es un prejuicio ridículo, recientemente propagado, que la forma de la propiedad común primitiva es especialmente eslava, ó aun exclusivamente rusa. Esta es la forma primitiva que podemos demostrar entre los romanos, germanos y celtas, de la cual todavía hoy encontramos toda una carta modelo, con muestras diversas, entre los indos, aunque en parte sólo en ruinas. Un estudio más completo de las formas asiáticas de la propiedad común, y especialmente de las de la India, demostraría cómo de las diversas formas de la propiedad común primitiva se derivan formas diversas de su disolución. Así, por ejemplo, se pueden derivar los diversos tipos originales de la propiedad privada romana y germánica de formas diversas de la comunidad inda.» ( Karl Marx , Zur Kritik... etc ., pág. 10.)

↑ La insuficiencia del análisis de la magnitud del valor por Ricardo —y es el mejor— se verá en los libros tercero y cuarto de esta obra. Pero en lo que se refiere al valor en general, la Economía política clásica no distingue en ninguna parte expresamente y con clara conciencia el trabajo representado en el valor, del mismo trabajo en tanto que lo representa el valor de uso de su producto. Ella hace, en realidad, la distinción, porque considera al trabajo unas veces cuantitativamente y otras veces cualitativamente. Mas no se le ocurre que la diferencia simplemente cuantitativa de los trabajos supone su unidad ó igualdad cualitativa, es decir, su reducción á trabajo humano abstracto. Ricardo, por ejemplo, se declara de acuerdo con Destutt de Tracy, cuando éste dice: «Puesto que es cierto que nuestras facultades físicas y morales son nuestra sola riqueza original; que el empleo de esas facultades, el trabajo en general, es nuestro solo tesoro primitivo, y que es siempre de ese empleo de donde nacen todas las cosas que llamamos riquezas..... es también cierto que todos esos bienes no hacen más que representar el trabajo que les ha dado origen, y que, si tienen un valor, ó aun dos distintos, ellos no pueden sacar esos valores sino del valor del trabajo de que emanan,» ( Ricardo , The principles of Pol. economy , tercera edición, Londres, 1821, pág. 334.) Notemos solamente que Ricardo atribuye á Destutt su propio modo de ver, que es más profundo. Lo que en realidad dice Destutt es, por una parte, que todas las cosas que constituyen la riqueza «representan el trabajo que las ha creado»; pero, por la otra, que ellas toman sus «dos distintos valores» (valor de uso y valor de cambio) del «valor del trabajo». Destutt cae así en la simpleza de la Economía vulgar, que supone el valor de una mercancía (el trabajo en este caso) para determinar después el valor de las otras mercancías. Ricardo le hace decir que tanto el valor de uso como el valor de cambio representan trabajo (no valor del trabajo). Pero él mismo distingue tan poco el doble carácter del trabajo, que está doblemente representado, que en todo el capítulo Valor y riqueza: sus propiedades distintivas , se debate penosamente con las trivialidades de un J.—B. Say. Por eso al fin es muy grande su asombro de que Destutt concuerde con él sobre el trabajo como fuente de valor y, sin embargo, armonice por otro lado con Say sobre el concepto del valor.

↑ Uno de los defectos fundamentales de la Economía política clásica es el de no haber conseguido nunca descubrir en el análisis de la mercancía, y especialmente del valor de la mercancía, la forma del valor que lo hace precisamente valor de cambio. Sus mejores representantes, como A. Smith y Ricardo, tratan de la forma del valor como de algo completamente indiferente ó ajeno á la naturaleza de la mercancía misma. Eso no es solamente porque el análisis de la magnitud del valor absorbe toda su atención. El motivo es más profundo. La forma valor del producto del trabajo es la forma más abstracta y también más general del modo burgués de producción, que ella caracteriza históricamente como una especie particular de producción social. Si equivocadamente se la toma por la forma natural eterna de produccion social, el lado específico de la forma valor pasa necesariamente inadvertido, y, por lo tanto, el de la forma mercancía, el de la forma moneda y el de la forma capital, etc., de un desarrollo ulterior. Por eso, economistas que concuerdan por completo en la medida de la magnitud del valor por el tiempo de trabajo, tienen las ideas más abigarradas y contradictorias acerca de la moneda, es decir, de la forma acabada del equivalente general. Esto resulta, por ejemplo, al ocuparse de los Bancos, donde no acaban nunca las definiciones y los lugares comunes acerca de la moneda. Por eso surgió como antagonista un sistema mercantilista restaurado (Ganilh y otros) que ve en el valor sólo la forma social ó, más bien, sólo su apariencia sin substancia.—Hago notar, una vez por todas, que entiendo por Economía política clásica toda Economía que, á partir de W. Petty, investiga la intima conexión de las relaciones burguesas de producción, en oposición á la Economía vulgar, que vaga dentro de la sola apariencia, rumiando siempre el material proporcionado mucho antes por la Economia científica, con fines de aclaración de los más groseros fenómenos para el consumo burgués, y que, por lo demás, se limita á sistematizar y á proclamar pedantescamente como verdades eternas las ideas triviales con que se complacen los agentes de la producción burguesa acerca de su propio mundo, para ellos el mejor de los mundos posibles.

↑ «Los economistas tienen una singular manera de proceder. Para ellos no hay más que dos clases de instituciones: las del Arte y las de la Naturaleza. Las instituciones del Feudalismo son instituciones artificiales; las de la Burguesía son instituciones naturales. Se parecen en esto á los teólogos, que establecen también dos clases de religiones. Toda religión que no es la de ellos, es una invención de los hombres, mientras que su propia religión es una emanación de Dios.—Ha habido, pues, Historia; pero ya no la hay.» ( Karl Marx , Misère de la Philosophie, réponse á la Philosophie de la Misère par M. Proudhon , 1847, pág. 113.) Es verdaderamente gracioso el Sr. Bastiat al figurarse que los antiguos griegos y romanos vivieron solamente del robo. Si durante muchos siglos se vive del robo, preciso es que haya siempre algo que robar ó que el objeto del robo se reproduzca continuamente. Parece, pues, que también los griegos y los romanos tenían un proceso de producción y, por lo tanto, una Economía, que constituía la base material de su mundo, exactamente como la Economía burguesa la del mundo actual. ¿O supone acaso Bastiat que un modo de producción basado en la esclavitud es un sistema de robo? Se colocaría entonces en terreno peligroso. Si un gigante del pensamiento como Aristóteles se equivocó en su apreciación de la esclavitud, ¿por qué un economista enano, como Bastiat, habría de acertar en su apreciación del trabajo asalariado?—Aprovecho la ocasión para contestar brevemente á una objeción que me ha sido hecha por un periódico germano-americano al aparecer mi obra Zur Kritik der Politischen Œkonomie , 1859. Según ese periódico, mi opinión de que el modo determinado de producción y las relaciones de producción que siempre corresponden á él; en una palabra, «la estructura económica de la sociedad es la base real sobre la cual se levanta el edificio jurídico y político, y á la cual corresponden determinadas formas de conciencia social»; que «el modo de producción de la vida material domina en general el proceso de la vida social, política é intelectual»;—que todo eso es exacto para el mundo actual, en que dominan los intereses materiales, pero no para la Edad Media, en que dominaba el Catolicismo, ni para Atenas y Roma, en que dominaba la Política. Desde luego es extraño que alguien se complazca en suponer que otro cualquiera ignora esos modos de decir, universalmente conocidos, acerca de la Edad Media y del mundo antiguo. Lo que es claro es que la Edad Media no pudo vivir del Catolicismo ni el mundo antiguo de la Política. El modo como la una y el otro ganaron su vida, explica, por el contrario, por qué en aquélla dominaba el Catolicismo y en éste la Política. Basta, por lo demás, conocer un poco la historia de la República romana para saber que la historia de la propiedad raíz es su secreto. Por otra parte, Don Quijote ha expiado ya su ilusión de creer á la Caballería andante compatible con todas las formas económicas de la sociedad.

↑ « Value is a property of things, riches of man. Value, in this sense, necessarily implies exchanges, riches do not .» ( Observations on some verbal disputes in Pol. Econ., particularly relating to value and to supply and demand , Londres, 1821, pág. 16.)

↑ « Riches are the attribute of man, value is the attribute of commodities. A man or a community is rich, a pearl or a diamond is valuable..... A pearl or a diamond is valuable as a pearl or diamond .» ( S. Bailey , ob. cit., pág. 165.)

↑ El autor de las Observations y S. Bailey acusan á Ricardo de haber hecho del valor de cambio, que es sólo relativo, algo absoluto. Por el contrario, él ha reducido la relatividad aparente que poseen como valores de cambio, por ejemplo, los diamantes y las perlas, á la verdadera relación oculta tras de la apariencia, á su relatividad como simples expresiones de trabajo humano. Si los partidarios de Ricardo han contestado á Bailey de una manera grosera, pero no concluyente, es debido á que no han encontrado en Ricardo explicación alguna sobre la conexión íntima entre el valor y la forma del valor ó valor de cambio.