El Capital · Capítulo real 5 de 6
Capitulo IV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 5 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
Segunda sección
La transformación del dinero en capital.
Capítulo IV
Transformación del dinero en capital.
I.—Fórmula general del capital.
La circulación de las mercancías es el punto de partida del capital. Las condiciones históricas en que aparece son la producción de mercancías y su extensa circulación, el comercio. El comercio y el mercado universales inauguran en el siglo XVI la era moderna del capital.
Si hacemos abstracción del contenido material de la circulación de mercancías, del cambio de los diferentes valores de uso, y consideramos sólo las formas económicas que este proceso origina, como su producto último encontramos el dinero. Este producto último de la circulación de las mercancías es la primera forma de aparición del capital.
En todas partes la Historia muestra desde luego al capital poniéndose frente á la propiedad territorial bajo la forma de dinero, como fortuna en dinero, capital mercantil y capital usurario . No es necesaria, sin embargo, la historia retrospectiva del origen del capital, para reconocer el dinero como su primera forma de aparición. La misma historia se pasa diariamente á nuestra vista. Todo nuevo capital entra siempre como dinero por primera vez en la escena, es decir, en el mercado, mercado de los productos, del trabajo ó de la moneda, dinero que por determinados procesos debe transformarse en capital.
El dinero como dinero y el dinero como capital no se distinguen desde luego sino por su distinta forma de circulación.
La forma inmediata de la circulación de las mercancías es M—D—M, transformación de mercancía en dinero y retransformación del dinero en mercancía, vender para comprar. Pero junto á ella encontramos otra específicamente distinta, la forma D—M—D, transformación de dinero en mercancía y retransformación de la mercancía en dinero, comprar para vender. El dinero que describe en su movimiento esta última circulación se transforma en capital, se hace capital y es ya, por su destino, capital.
Examinemos más de cerca la circulación D—M—D. Ésta recorre dos fases opuestas, lo mismo que la circulación simple de las mercancías. En la primera fase, D—M, compra, el dinero se transforma en mercancía; en la segunda fase, M—D, venta, la mercancía se retransforma en dinero. Pero la unidad de ambas fases es el movimiento de conjunto que cambia dinero por mercancía y la misma mercancía otra vez por dinero, que compra mercancías para venderlas, ó que, si prescindimos de las diferencias formales entre compra y venta, con el dinero compra mercancía y con la mercancía compra dinero . El resultado final de todo el proceso es el cambio de dinero por dinero, D—D. Si compro en 100 libras esterlinas 2.000 libras de algodón, y vendo en 110 libras esterlinas las mismas 2.000 libras de algodón, he cambiado en definitiva 100 libras esterlinas por 110 libras esterlinas, dinero por dinero.
Ahora bien; salta á la vista que el proceso de la circulación D—M—D sería absurdo y vacío, si por medio de él se quisiera cambiar sumas iguales de dinero, por ejemplo, 100 libras esterlinas por 100 libras esterlinas. Mucho más simple y seguro sería el método del atesorador que guarda sus 100 libras esterlinas en lugar de entregarlas á los peligros de la circulación. Por otra parte, que el comerciante venda en 110 libras esterlinas el mismo algodón que compró en 100, ó tenga que darlo por 100 ó aun por 50 libras esterlinas, su dinero en cualquier caso habrá descrito un movimiento propio y original, completamente distinto del de la circulación simple de las mercancías, por ejemplo, en manos del campesino que vende trigo y con el dinero así obtenido compra vestidos. Desde luego tenemos, pues, que caracterizar las diferencias de forma entre las circulaciones D—M—D y M—D—M. Y así encontraremos también la diferencia de substancia que hay detrás de esas diferencias de forma.
Veamos primero lo que es común á ambas formas.
Ambos movimientos se descomponen en las mismas dos fases opuestas, M—D, venta, y D—M, compra. En cada una de las dos fases están frente á frente los mismos dos elementos objetivos, mercancía y dinero, y dos personas con los mismos disfraces económicos, un comprador y un vendedor. Cada uno de los dos movimientos es la unidad de las mismas fases opuestas, y en ambos casos esta unidad se realiza mediante tres contratantes, de los cuales el uno sólo vende, el otro sólo compra; pero el tercero compra y vende alternativamente.
Lo que, sin embargo, distingue desde luego los dos movimientos M—D—M y D—M—D es la sucesión inversa de las mismas fases opuestas de la circulación. La circulación simple de las mercancías principia en la venta y termina en la compra; la circulación del dinero como capital principia en la compra y termina en la venta. En aquélla, la mercancía es el punto de partida y de terminación del movimiento; en ésta lo es el dinero. En la primera forma, el dinero es el intermediario; en la otra, por el contrario, lo es la mercancía.
En la circulación M—D—M el dinero se transforma al fin en mercancía que sirve de valor de uso. El dinero es, pues, gastado definitivamente. En la forma opuesta D—M—D, por el contrario, el comprador gasta el dinero para recibir dinero como vendedor. Al comprar la mercancía, arroja dinero á la circulación para volver á extraerlo por la venta de la misma mercancía. No suelta el dinero sino con la astuta intención de volver á agarrarlo. No hace sino adelantarlo .
En la forma M—D—M la misma pieza de moneda cambia dos veces de lugar. El vendedor la recibe del comprador y paga con ella á otro vendedor. El proceso total, que empieza en la entrada de dinero por mercancía, termina en la salida de dinero por mercancía. En la forma D—M—D es al revés. Lo que en ella cambia dos veces de lugar no es la misma pieza de moneda, sino la misma mercancía. El comprador la recibe de manos del vendedor y la pasa á manos de otro comprador. Así como en la circulación simple de las mercancías el doble cambio de lugar de la misma pieza de moneda tiene por resultado su paso definitivo de unas manos á otras, el doble cambio de lugar de la misma mercancía tiene en esta por resultado la vuelta del dinero á su punto de partida.
El reflujo del dinero á su punto de partida no depende de que la mercancía sea vendida más cara de lo que fué comprada. De esta circunstancia sólo depende la magnitud de la suma de dinero que «Cuando se compra una cosa para volver á venderla, la suma así empleada se llama dinero adelantado; cuando se la compra para no venderla, se le puede considerar gastado.» ( James Steuart , Works etc. edited by General Sir James Steuart, his son , Londres, 1801, vol. 1, pág. 274.) refluye. El fenómeno mismo del reflujo tiene lugar así que la mercancía comprada es vuelta á vender, es decir, desde que el círculo D—M—D ha sido descrito por completo. Esta es, pues, una diferencia comprobable por los sentidos entre la circulación del dinero como capital y su circulación como simple dinero.
El círculo M—D—M está completo tan pronto como la venta de una mercancía trae dinero que la compra de otra mercancía sustrae en seguida. Si á pesar de eso hay reflujo del dinero á su punto de partida, no es sino por la renovación ó repetición del proceso total. Si vendo en 3 libras esterlinas una cuartilla de trigo y con esas 3 libras compro vestidos, he gastado definitivamente las 3 libras. No tengo nada más que ver con ellas. Son del comerciante en vestidos. Si ahora vendo otra cuartilla de trigo, vuelvo á tener dinero; pero no á consecuencia de la primera transacción, sino á consecuencia de su repetición. El dinero se aleja otra vez de mí, así que termino la segunda transacción, volviendo á comprar. En la circulación M—D—M el gasto del dinero no tiene, pues, nada que ver con su reflujo. En D—M—D, por el contrario, el reflujo del dinero es determinado por la especie misma de su gasto. Sin ese reflujo, la operación ha fallado ó el proceso se ha interrumpido, inconcluso, porque falta su segunda fase, la venta que completa la compra y cierra el ciclo.
El círculo M—D—M tiene por punto inicial una mercancía y por punto final otra mercancía que sale de la circulación y cae en el consumo. El consumo, la satisfacción de necesidades, en una palabra, el valor de uso, es, pues, su objeto final. El círculo D― M—D, por el contrario, tiene el dinero por punto inicial y vuelve á él á su terminación. Su motivo y objeto determinante es, pues, el valor de cambio en sí mismo.
En la circulación simple de las mercancías, ambos extremos tienen la misma forma económica. Ambos son mercancías. Ambos son también mercancías de la misma magnitud de valor. Pero son valores de uso cualitativamente distintos, por ejemplo, trigo y vestidos. El trueque de productos, el cambio de las materias diversas en que se manifiesta el trabajo social, constituye la esencia del movimiento. En la circulación D—M—D es distinto. Á primera vista parece vacía de sentido, porque es tautológica. Ambos extremos tienen la misma forma económica. Ambos son dinero, y, por lo tanto, no son valores de uso cualitativamente diferentes, pues el dinero es precisamente la figura transformada de las mercancías en que se disipan sus valores de uso particulares. Cambiar primero 100 libras esterlinas por algodón, para después volver á cambiar el mismo algodón por otras 100 libras, es decir, indirectamente dinero por dinero, algo por algo igual, parece una operación tan absurda como sin objeto . En general, una suma de dinero no se puede distinguir de otra suma de dinero sino por su magnitud. La esencia del proceso D—M—D no se debe, pues, á diferencia alguna cualitativa de sus extremos, pues ambos son dinero, sino solamente á su diferencia cuantitativa. Al fin se saca más dinero de la circulación que el que se arrojó en ella al principio. El algodón comprado en 100 libras esterlinas es revendido, por ejemplo, en 100+10 libras esterlinas, ó 110 libras esterlinas. La forma completa de este proceso es, pues, D—M—D', en que D' = D + ∆D, es decir, igual á la suma originariamente adelantada, más un aumento. Este aumento ó exceso sobre el valor primitivo lo designo—supervalía ( surplus value ). El valor primitivamente adelantado, no sólo se conserva, pues, en la circulación, sino que varía en ella de magnitud, se agrega una supervalía, ó se valoriza. Y este movimiento lo transforma en capital.
Es posible también que en M—D—M los dos extremos M, M, por ejemplo, el trigo y los vestidos, sean magnitudes de valor cuantitativamente diferentes. El campesino puede vender su trigo por más de su valor, ó comprar los vestidos por menos del suyo. Puede, á su vez, ser presa del comerciante en vestidos. Pero semejante diferencia de valor es puramente accidental en esta forma de circulación. Ella no pierde todo sentido, como el proceso D—M—D, cuando ambos extremos, el trigo y los vestidos, por ejemplo, son equivalentes. La igualdad de su valor es más bien en este caso una condición de la marcha normal.
La repetición ó renovación de la venta para comprar, como el proceso mismo, encuentra medida y objetivo en un fin que está fuera de él, el consumo, la satisfacción de necesidades determinadas. En la compra para la venta, por el contrario, el principio y el fin son lo mismo, dinero, valor de cambio, y ya por eso el movimiento es sin fin. Es cierto que de D ha salido D + ∆D, de las 100 libras esterlinas, 100 + 10. Pero consideradas sólo cualitativamente, 110 libras esterlinas son lo mismo que 100 libras esterlinas, á saber: dinero. Y consideradas cuantitativamente, 110 libras esterlinas son una suma de valor limitada, como 100 libras esterlinas. Si las 110 libras esterlinas fueran gastadas como dinero, cesarían en su papel, dejarían de ser capital. Sustraídas á la circulación, se petrifican como tesoro, y no aumentarán en un céntimo, aunque estén hasta el día del juicio final. Si se trata, pues, de la valorización del valor, la misma necesidad hay de valorizar 110 que 100 libras esterlinas, puesto que ambas sumas son expresiones limitadas del valor de cambio, y ambas tienen, por lo tanto, la misma inclinación á aumentar de magnitud para aproximarse á la riqueza en general. Es cierto que por un momento el valor de 100 libras esterlinas, primitivamente adelantado, se distingue de la supervalía de 10 libras esterlinas que brota de él en la circulación; pero esta diferencia se disipa en seguida. Al fin del proceso, el valor originario de 100 libras esterlinas no sale de un lado y la supervalía de 10 libras esterlinas del otro. Lo que resulta es un valor de 110 libras esterlinas, que se encuentra exactamente en la misma forma para principiar el proceso de valorización las que primitivas 100 libras esterlinas. Al fin del movimiento el dinero sale otra vez como su principio . El fin de cada círculo en que se ejecuta la compra para la venta constituye, pues, por sí mismo el principio de un nuevo círculo. La circulación simple de las mercancías —la venta para la compra— conduce á un fin ajeno á la circulación, la apropiación de valores de uso, la satisfacción de necesidades. La circulación del dinero como capital es, por el contrario, el fin de sí misma, pues la valorización del valor no existe sino dentro de ese movimiento siempre renovado. El movimiento del capital no tiene, pues, medida .
Como agente consciente de este movimiento, el poseedor de dinero pasa á ser capitalista. Su persona, ó más bien su bolsillo, es el punto de partida y el punto de retorno del dinero. El contenido objetivo de aquella circulación —la valorización del valor— es su fin subjetivo, y sólo en tanto que la creciente apropiación de la riqueza abstracta es el motivo único de sus operaciones, funciona él como capitalista ó capital personificado, dotado de voluntad y de conciencia. No hay, pues, que ver nunca en el valor de uso el fin inmediato del capitalista . Ni tampoco en la ganancia aislada, sino en el incesante movimiento de la ganancia . Esta tendencia absoluta al enriquecimiento, esta apasionada caza del valor , es común al capitalista y al atesorador; pero mientras el atesorador no es sino el capitalista maniático, el capitalista es el atesorador racional. El aumento incesante de valor que busca el atesorador, empeñándose en salvar el dinero de la circulación , lo consigue, más hábil, el capitalista entregándolo siempre de nuevo á la circulación .
Las formas autónomas, las formas moneda, que el valor de las mercancías toma en la circulación simple, se limitan á mediar en el cam bio de las mercancías y desaparecen en el resultado final del movimiento. En la circulación D—M—D, por el contrario, ambas, la mercancía y la moneda, no funcionan sino como modos diversos de existencia del valor mismo, la moneda como su modo de existencia general, la mercancía como su modo de existencia particular y, por decirlo así, disfrazada . El valor pasa constantemente de una forma á otra, sin perderse en ese movimiento, y se transforma así en un sujeto automático. Fijando las formas particulares de aparición que al valorizarse toma alternativamente el valor en el círculo de su vida, se obtienen estas interpretaciones: el capital es dinero, el capital es mercancía . Pero en realidad el valor es aquí el sujeto de un proceso en que, cambiando constantemente las formas de dinero y mercancía, varía su misma magnitud: como supervalía, se separa de sí mismo; como valor primitivo, se valoriza á sí mismo. Pues el movimiento en que da supervalía es su movimiento propio, y su valorización, por lo tanto, valorización de sí mismo. Porque es valor, ha adquirido la cualidad oculta de dar valor. Da crías vivas, ó al menos pone huevos de oro.
Como sujeto de un proceso semejante, en que él ya toma, ya abandona, la forma de moneda y de mercancía, pero se conserva y se estira, el valor necesita ante todo una forma independiente por medio de la cual comprobar su propia identidad. Y esta forma sólo la posee en el dinero. Éste constituye por eso el punto inicial y el punto final de todo proceso de valorización. Era de 100 libras esterlinas, y ahora es de 110 libras esterlinas, y así sucesivamente. Pero el dinero mismo no figura aquí sino como una forma del valor, pues éste tiene dos. Sin tomar la forma de mercancía, el dinero no pasa á ser capital. El dinero no asume, pues, aquí una actitud hostil para la mercancía, como en el atesoramiento. El capitalista sabe que todas las mercancías, por mezquina que sea su apariencia ó por mal que huelan, en la fe y en la verdad son por dentro judíos circuncidados, son dinero, y además maravillosos medios para del dinero hacer más dinero.
Si en la circulación simple el valor de las mercancías adquiere, frente á su valor de uso, á lo sumo, la forma independiente de moneda, se presenta ahora repentinamente como una substancia dotada de movimiento, que marcha por sí misma, para la cual son simples formas la mercancía y la moneda. Pero aun más. En lugar de pre sentar relaciones de mercancía, entra él ahora, por decirlo así, en una relación privada consigo mismo. Como valor originario se distingue de sí mismo como supervalía, como Dios padre de Dios hijo, y ambos son de la misma edad y forman en realidad una misma persona, pues sólo por la supervalía de 10 libras esterlinas las 100 libras esterlinas adelantadas pasan á ser capital, y así que llegan á serlo, así que está engendrado el hijo, y el padre por el hijo, la diferencia entre ellos desaparece y ambos son uno: 110 libras esterlinas.
El valor pasa, pues, á ser valor progresivo, dinero progresivo, y, como tal, capital. Sale de la circulación, vuelve á entrar, se conserva y se multiplica en ella, vuelve á salir aumentado y principia siempre de nuevo el mismo círculo . D—D', dinero que engendra dinero — money which begets money —, tal es la descripción del capital que hacen sus primeros intérpretes, los mercantilistas.
Comprar para vender, ó, más bien, comprar para vender más caro, D—M—D', parece ser una forma propia solamente de una especie de capital, el capital comercial. Pero también el capital industrial es dinero que se transforma en mercancía, por la venta de la cual se convierte en más dinero. Los actos que acaso tienen lugar entre la compra y la venta, fuera de la esfera de la circulación, no modifican en nada esta forma del movimiento. Por fin, en el capital puesto á interés, la circulación D—M—D' se presenta abreviada, reducida á su resultado, sin intermediario, en estilo lapidario, por decirlo así, como D—D', como dinero que es igual á más dinero, como valor que es mayor que sí mismo.
D—M—D' es, pues, en realidad, la fórmula general del capital, como aparece inmediatamente en la esfera de la circulación.
II.—Contradicciones de la fórmula general.
La forma de circulación en que el dinero se convierte en capital contradice todas las leyes que hemos desarrollado anteriormente sobre la naturaleza de la mercancía, del valor, de la moneda y de la circulación misma. Lo que la distingue de la circulación simple de las mercancías es el orden inverso en que se suceden los mismos dos procesos opuestos, la venta y la compra. ¿Y cómo semejante diferencia, puramente de forma, podría hechizar estos procesos en su misma naturaleza?
Más aún. Esa inversión no existe sino para uno de los tres amigos de negocios que comercian entre sí. Como capitalista, compro mercancía á A y la vendo á B, mientras que como simple poseedor de mercancías vendo mercancía á B y compro después mercancía á A. Para A y B esa diferencia no existe. Ellos no se presentan sino como comprador ó vendedor de mercancía. Frente á ellos, yo mismo no soy, una y otra vez, sino un simple poseedor de dinero ó de mercancía, comprador ó vendedor, y en uno y otro caso me presento ante la persona del uno sólo como comprador, y ante la del otro sólo como vendedor, para el uno sólo como dinero, para el otro sólo como mercancía, para ninguno de los dos como capital ó capitalista, ni como representante de cosa alguna que sea más que dinero ó mercancía, ó pueda ejercer otra acción que la del dinero ó de la mercancía. Para mí, la compra á A y la venta á B constituyen una serie. Pero la conexión de esos dos actos no existe sino para mí. A no se cuida de mi transacción con B, ni B de mi transacción con A. Si acaso quisiera demostrarles el especial mérito que he contraído al invertir la serie, ellos me probarían que yo me equivoco en eso y que la transacción total no empezó en una compra y terminó en una venta, sino que, por el contrario, empezó en una venta y terminó en una compra. En realidad, mi primer acto, la compra, desde el punto de vista de A fué una venta, y mi segundo acto, la venta, desde el punto de vista de B fué una compra. No contentos con eso, A y B declararán que la serie entera era una farsa superflua. A venderá directamente á B la mercancía, y B la comprará directamente de A. La transacción entera se reduce así á un acto parcial de la circulación ordinaria, simple venta desde el punto de vista de A, simple compra desde el de B. Invirtiendo la serie no nos hemos elevado, pues, arriba de la esfera de la circulación simple de las mercancías, y debemos más bien mirar si, por su naturaleza, ella permite la valorización de los valores que entran en juego, es decir, la formación de supervalía.
Consideremos una forma del proceso de la circulación en que éste se manifiesta como simple cambio de mercancías. Así sucede siempre que ambos poseedores de mercancías compran mercancías el uno del otro y sus créditos recíprocos se compensan en el día del pago. El dinero sirve entonces como moneda de cuenta, para expresar en sus precios los valores de las mercancías; pero no se presenta objetivamente frente á las mercancías mismas. En tanto que se trata del valor de uso, es claro que ambos cambistas pueden ganar. Ambos enajenan mercancías que les son inútiles como valores de uso, y adquieren mercancías que necesitan para su uso. Y esta ventaja puede no ser la única. A, que vende vino y compra trigo, produce quizá más vino que el que B, cultivador de trigo, podría producir en el mismo tiempo de trabajo, y B más trigo que el que A, vinicultor, en el mismo tiempo de trabajo podría producir. Por el mismo valor de cambio, A adquiere, pues, más trigo y B más vino que si cada uno de los dos, sin cambio, tuviera que producir vino y trigo para sí mismo. Con relación al valor de uso, puede, pues, decirse que «el cambio es una transacción en que ganan ambas partes» . Con el valor de cambio no sucede lo mismo. «Un hombre que posee mucho vino y no tiene trigo, trata con otro hombre que posee mucho trigo y no tiene vino, y cambian entre ellos un valor de 50 en trigo por un valor de 50 en vino. Este cambio no aumenta el valor de cambio para uno ni para otro, pues ya antes del cambio cada uno de ellos poseía un valor igual al que ha conseguido por medio de esa operación.» La cosa no varía cuando aparece el dinero entre las mercancías como medio de circulación y los actos de la compra y de la venta se separan visiblemente . El valor de las mercancías se manifiesta en sus precios, antes de que ellas entren en la circulación, como condición previa de ésta, y no como su resultado .
Considerada en abstracto, es decir, prescindiendo de circunstancias que no provienen de las leyes inmanentes de la circulación simple de las mercancías, no tiene lugar en ésta, aparte del reemplazo de un valor de uso por otro, nada más que un simple cambio de forma de la mercancía. El mismo valor, es decir, la misma cantidad de trabajo social materializado queda en manos del mismo poseedor de mercancías: primero, en la figura de su mercancía; después, en la del dinero en que ella se transforma, y, finalmente, en la de la mercancía en que ese dinero vuelve á transformarse. Este cambio de forma no implica modificación alguna de la magnitud del valor. Pero el cambio por que pasa en este proceso el valor de la mercancía misma, se limita á un cambio de su forma moneda. Ella existe primero como precio de la mercancía ofrecida en venta; después, como una suma de dinero, expresada ya, sin embargo, en el precio, y, por fin, como precio de una mercancía equivalente. En y por sí mismo, este cambio de forma está tan lejos de implicar una variación del valor, como el cambio de un billete de 5 libras en soberanos, medios soberanos y chelines. En tanto, pues, que la circulación de las mercancías no implica sino un cambio de forma de su valor, implica, cuando el fenómeno se pasa con pureza, un cambio de equivalentes. Por eso la misma Economía vulgar, aunque ni sospecha lo que es el valor, cuando quiere estudiar el fenómeno en su integridad, supone que la oferta y la demanda se compensan, es decir, que su efecto se anula. Por lo tanto, si con relación al valor de uso ambos cambistas pueden ganar, los dos no pueden ganar en valor de cambio. Por el contrario, es el caso de decir: «Donde hay igualdad no hay ganancia.» Es cierto que pueden venderse mercancías á precios que se separan de sus valores; pero esta separación aparece como un trastorno de la ley del cambio de las mercancías . En su forma pura, este es un cambio de equivalentes, y no es, por lo tanto, un medio de enriquecerse en valor .
Las tentativas de presentar la circulación de las mercancías como fuente de supervalía, ocultan, pues, casi siempre, un quid pro quo , una confusión del valor de uso y el valor de cambio. Condillac dice, por ejemplo: «Es falso que en los cambios se dé valor igual por valor igual. Al contrario, cada uno de los contratantes da siempre uno menor por uno mayor..... En efecto; si siempre se cambiase un valor por otro igual, no habría ganancia alguna para ninguno de los contratantes. Ahora bien; los dos ganan, ó al menos deberían ganar. ¿Por qué? El valor de las cosas consiste sólo en su relación con nuestras necesidades. Lo que para el uno es más, para el otro es menos, y viceversa..... No se supone que ofrecemos en venta cosas indispensables para nuestro consumo..... Queremos dar una cosa inútil para nosotros, á fin de adquirir una que nos es necesaria; queremos dar menos por más..... Siempre que cada una de las cosas cambiadas era igual en valor á la misma cantidad de dinero, era natural pensar que en el cambio se da valor igual por valor igual..... Pero hay que tomar en cuenta otra consideración, á saber: si ambos cambiamos una cosa superflua por algo necesario.» Como se ve, no sólo confunde Condillac el valor de uso y el valor de cambio, sino que á una sociedad de desarrollada producción mercantil atribuye, con verdadera puerilidad, un estado en que el productor produce sus propios medios de subsistencia y no echa á la circulación sino lo excede que á sus propias necesidades, lo que le es superfluo . Sin embargo, el argumento de Condillac es á menudo repetido por los economistas modernos, sobre todo cuando se trata de presentar la forma desarrollada del cambio de mercancías, el comercio, como productivo de supervalía. «El comercio—se dice, por ejemplo agrega valor á los productos, pues los mismos productos tienen más valor en manos del consumidor que en manos del productor, y debe, por lo tanto, ser considerado estrictamente como acto de producción.» Pero no se pagan dos veces las mercancías, una vez su valor de uso, y otra su valor. Y si el valor de uso de la mercancía es más útil al comprador que al vendedor, ¿no es su forma moneda más útil al vendedor que al comprador? Lo mismo podría entonces decirse que el comprador ejecuta estrictamente un «acto de producción» al transformar en dinero las medias del comerciante, por ejemplo.
Si se cambian mercancías, ó mercancias y dinero, de igual valor de cambio, es decir, equivalentes, es evidente que nadie saca de la circulación más valor que el que puso en ella. No se forma entonces supervalía alguna. Pero el proceso de la circulación de las mercancías, en su forma pura, implica el cambio de equivalentes. Sólo que en la realidad las cosas no marchan con tanta pureza. Supongamos, pues, cambio de no-equivalentes.
En el mercado no hay, en todo caso, sino poseedores de mercancías, unos enfrente de otros, y el poder que ellos ejercen los unos sobre los otros no es sino el poder de sus mercancías. La diversidad material de las mercancías es el motivo material del cambio y pone á los poseedores de mercancías en una dependencia recíproca, pues mientras ninguno de ellos tiene en sus manos el objeto de sus propias necesidades, cada uno tiene el de las de otro. Además de esta diversidad material de sus valores de uso, hay otra diferencia entre las mercancías, la diferencia entre su forma natural y su forma transformada, entre mercancía y moneda. Y así distínguense sólo los poseedores de mercancías como vendedores, poseedores de mercancías, y compradores, poseedores de dinero.
Supongamos ahora que, por un privilegio inexplicable cualquiera, sea dado al vendedor vender la mercancía arriba de su precio, en 110, cuando vale 100, es decir, con un aumento nominal de precio de 10 por 100. El vendedor guarda, pues, una supervalía de 10. Pero después de ser vendedor pasa él á ser comprador. Se le presenta ahora como vendedor un tercer poseedor de mercancía que á su vez goza del privilegio de vender la mercancía 10 por 100 más cara. Nuestro hombre ha ganado 10 como vendedor para perderlos como comprador . Todo viene á parar en que todos los poseedores de mercancías se las venden entre sí 10 por 100 arriba de su valor; lo que es completamente lo mismo que si vendieran las mercancías por sus valores. El efecto de semejante encarecimiento nominal de las mercancías en general es el mismo que si los valores de las mercancías fueran apreciados en plata, por ejemplo, en lugar de en oro. Se inflarían los nombres monetarios, es decir, los precios de las mercancías, pero sus relaciones de valor permanecerían sin variar.
Supongamos, por el contrario, que el comprador tenga el privilegio de comprar las mercancías abajo de su valor. Ya no necesitamos recordar que el comprador se hace otra vez vendedor. Era vendedor antes de hacerse comprador. Él ha perdido ya 10 por 100 como vendedor, antes de ganar 10 por 100 como comprador . Todo queda otra vez como antes.
La formación de supervalía y, por lo tanto, la transformación del dinero en capital, no se explica, pues, porque el vendedor venda las mercancías arriba de su valor ni porque el comprador las compre abajo de su valor .
El problema no se simplifica absolutamente introduciendo de contrabando en él consideraciones extrañas, como dice, por ejemplo, el coronel Torrens: «La demanda efectiva consiste en el poder y la inclinación (!) de los consumidores, que el cambio sea mediato ó inmediato, de dar por las mercancías cierta porción de todos los componentes del capital, mayor que la que cuesta su producción.» Productores y consumidores no se enfrentan en la circulación sino como vendedores y compradores. Afirmar que la supervalía surge para los productores de que los consumidores pagan las mercancías arriba de su valor, no es sino disfrazar esta simple proposición: los poseedores de mercancías tienen, como vendedores, el privilegio de vender demasiado caro. El vendedor ha producido él mismo la mercancía ó representa á sus productores; pero el comprador ha producido también él mismo la mercancía que se expresa en su dinero ó representa á sus productores. Frente al productor está, pues, otro productor. Lo que los distingue es que el uno compra y el otro vende. No nos hace adelantar ni un paso que el poseedor de mercancías, bajo los nombres de productor y de consumidor, las venda y las pague, respectivamente, demasiado caras .
Los representantes consecuentes de la ilusión de que la supervalía proviene de un alza nominal de precio, ó del privilegio del vendedor de vender la mercancía demasiado cara, suponen, por lo tanto, una clase que compra sin vender, es decir, que consume sin producir. Desde el punto de vista á que hemos llegado, que es el de la circulación simple, la existencia de una clase semejante es inexplicable aún. Pero anticipémonos. El dinero con que una clase semejane compra constantemente tiene que afluir constantemente á ella de los poseedores de mercancías, sin cambio, gratis, á un título legal ó forzoso cualquiera. Vender á esta clase las mercancías en más de su valor no significa sino escamotearle en parte el dinero que se le ha dado de balde . Así, las ciudades del Asia Menor pagaban en dinero un tributo anual á la antigua Roma. Con ese dinero, Roma les compraba mercancías, pagándolas demasiado caras. Los asiáticos desplumaban á los romanos, sustrayendo una parte del tributo á los conquistadores por medio del comercio. Pero, con todo, los despojados eran los asiáticos, porque se les pagaba siempre sus mercancías con su propio dinero. Este no es un método de enriquecimiento ó de formación de supervalía.
Mantengámonos, pues, dentro de los límites de la circulación de mercancías, en que el vendedor es comprador y el comprador vendedor. La dificultad proviene quizá para nosotros de hemos considerado á las personas, no individualmente, sino como categorías personificadas.
Supongamos que A, poseedor de mercancías, es bastante astuto para engatusar á sus colegas B ó C, mientras que éstos, á pesar de su buena voluntad, no consiguen la revancha. A vende vino por valor de 40 libras esterlinas á B, y adquiere en cambio trigo por valor de 50 libras esterlinas. A ha transformado en 50 sus 40 libras esterlinas, ha hecho más dinero de una cantidad menor, y ha transformado su mercancía en capital. Miremos más de cerca. Antes del cambio había 40 libras esterlinas de vino en manos de A y 50 libras esterlinas de trigo en las de B, valor total de 90 libras esterlinas. Después del cambio, el valor total es el mismo de 90 libras esterlinas. El valor circulante no ha aumentado en un átomo; su distribución entre A y B ha variado. De un lado figura como aumento de valor lo que del otro como disminución; de un lado como más, lo del otro que como menos. El mismo cambio habría tenido lugar si A, sin la forma encubridora del cambio, hubiera robado á B directamente las 10 libras. Es evidente que ningún cambio en la distribución de los valores circulantes puede aumentar la suma de ellos, lo mismo que un judío no puede aumentar en un país la masa de los metales preciosos vendiendo en una guinea un ochavo del tiempo de la reina Ana. La totalidad de la clase capitalista de un país no puede sacar ventaja de sí misma .
Por más que se vuelva y se revuelva, el resultado es el mismo. Si se cambia equivalentes no se produce supervalía, y si se cambia no-equivalentes, tampoco se produce supervalía . La circulación ó el cambio de mercancías no crea valor alguno .
Se comprende así por qué en nuestro análisis de la forma fundamental del capital, de la forma en que determina la organización económica de la sociedad moderna, dejamos en un principio completamente de lado sus figuras populares y, por decirlo así, antediluvianas, de capital comercial y capital usurario.
La forma D—M—D', comprar para vender más caro, aparece con toda su pureza en el capital comercial propiamente dicho. Todo su movimiento se pasa, sin embargo, dentro de la esfera de la circulación. Pero como es imposible explicar por la circulación misma la transformación de dinero en capital, la formación de supervalía, el capital comercial aparece como imposible en tanto que se cambian equivalentes , y, por lo tanto, no puede derivar sino del doble apro vechamiento de los productores de mercancías, compradores y vendedores, por el comerciante, que se interpone entre ellos como un parásito. En este sentido dice Franklin: «La guerra es rapiña; el comercio, bribonería.» Para no explicar la valorización del capital comercial por el simple despojo de los productores de mercancías, se requiere una larga serie de términos intermediarios que todavía nos faltan por completo, pues no suponemos más que la circulación de las mercancías y sus simples elementos.
Lo que es cierto del capital comercial, lo es más aún del capital usurario. Los términos extremos del capital comercial, el dinero que se arroja al mercado y el dinero aumentado que se saca de él, tienen al menos como intermediarios la compra y la venta, el movimiento de la circulación. En el capital usurario, la forma D—M—D' se reduce á los extremos D-D'; sin término medio, dinero que se cambia por más dinero, forma contradictoria con la naturaleza de la moneda, y, por lo tanto, inexplicable desde el punto de vista del cambio de mercancías. Por eso dice Aristóteles: «Como la Crematística es doble, la una perteneciente al comercio, la otra á la Económica, esta última necesaria y loable, la primera basada sobre la circulación y justamente reprobada (pues ella no reposa sobre la Naturaleza, sino sobre el despojo recíproco), la usura es así odiada con toda razón, porque en ella el dinero es la fuente de adquisición y no es usado para aquello á cuyo fin ha sido inventado. Pues se originó para el cambio de mercancías, mientras que el interés del dinero hace más dinero. De ahí también su nombre ( τόκος , interés y nacido). Pues los nacidos son semejantes á los generadores. Pero el interés es dinero de dinero; así, que de todas las maneras de adquirir es la que más contraría á la Naturaleza.»
En el curso de nuestra investigación encontraremos al capital comercial y al capital usurario como formas derivadas, y veremos al propio tiempo por qué aparecen en la Historia antes que la forma fundamental moderna del capital.
Hemos visto que la supervalía no puede provenir de la circulación, y que en su formación tiene que pasarse algo detrás de ésta, que no es visible en ella misma . Pero ¿puede la supervalía provenir de otra parte que de la circulación? La circulación es la suma de to das las relaciones mercantiles de los poseedores de mercancías. Fuera de ella, el poseedor de mercancías no está en relación sino con su propia mercancía. En lo que toca al valor de ésta, la relación se limita á que ella contiene una cantidad de su propio trabajo medida según leyes sociales determinadas. Esta cantidad de trabajo se expresa en la magnitud del valor de su mercancía y, como la magnitud del valor, se expresa en moneda de cuenta, en un precio, por ejemplo, de 10 libras esterlinas. Pero su trabajo no se expone en el valor de la mercancía y en un excedente sobre su propio valor, en un precio de 10 y al propio tiempo en un precio de 11, en un valor que es mayor que sí mismo. El poseedor de mercancías puede formar valores con su trabajo; pero no valores que se valoricen. Puede elevar el valor de una mercancía agregando nuevo valor al valor existente por medio de nuevo trabajo, por ejemplo, el del cuero, haciendo de éste botines. La misma materia tiene entonces más valor, porque contiene una cantidad mayor de trabajo. Los botines tienen, pues, más valor que el cuero; pero el valor del cuero permanece como era. No se ha valorizado, no se ha agregado una supervalía durante la fabricación de los botines. Es imposible, pues, que fuera de la esfera de la circulación, sin entrar en contacto con otros poseedores de mercancías, el productor de mercancías valorice valor y transforme así dinero ó mercancía en capital.
El capital no puede, pues, nacer de la circulación, ni puede tampoco no nacer de ella. Tiene á la vez que nacer y no nacer en ella.
Hemos obtenido, pues, un doble resultado.
Hay que explicar la transformación del dinero en capital sobre la base de las leyes inmanentes de la circulación de las mercancías, tomando el cambio de equivalentes como punto de partida . Nuestro poseedor de dinero, que como capitalista se encuentra todavía en el estado de crisálida, tiene que comprar las mercancías en su valor, venderlas en su valor y, sin embargo, sacar más dinero al fin del proceso que el que puso en él. Su transformación en mariposa tiene que pasarse y no puede pasarse en la esfera de la circulación. Tales son las condiciones del problema. Hic Rhodus, hic salta!
III.—Compra y venta de la fuerza de trabajo.
La variación de valor del dinero que ha de transformarse en capital no puede pasarse en el dinero mismo, pues como medio de compra y medio de pago, él no realiza sino el precio de la mercancía que compra ó paga, mientras que persistiendo en su forma propia se petrifica como magnitud invariable de valor . Tampoco puede provenir la variación del segundo acto de la circulación, la reventa de la mercancía, pues este acto vuelve simplemente á transformar la mercancía de la forma natural en la forma dinero. La variación tiene, pues, que referirse á la mercancía comprada en el primer acto, D-M; pero no á su valor, pues se cambia equivalentes y la mercancía es pagada en su valor. La variación no puede provenir, pues, sino de su valor de uso como tal, es decir, de su consumo. Para sacar valor del consumo de una mercancía, nuestro poseedor de dinero tendría que ser tan feliz que encontrara en el mercado, dentro de la esfera de la circulación, una mercancía cuyo mismo valor de uso poseyese la peculiar cualidad de ser fuente de valor, cuyo consumo real fuera, pues, materialización de trabajo y, así, creación de valor. Y el poseedor de dinero encuentra en el mercado una mercancía específica semejante: el poder de trabajo ó la fuerza de trabajo.
Entendemos por fuerza de trabajo ó poder de trabajo el conjunto de las facultades físicas y psíquicas que existen en el cuerpo de un sér humano, en su personalidad viva, y que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de una especie cualquiera.
Para que el poseedor de dinero encuentre en el mercado como mercancía la fuerza de trabajo, es preciso, sin embargo, que se llenen varias condiciones. En y por sí mismo, el cambio de mercancías no implica más relaciones de dependencia que las resultantes de su propia naturaleza. Esto supuesto, la fuerza de trabajo no puede aparecer como mercancía en el mercado sino en tanto y porque es ofrecida ó vendida por su propio poseedor. Para que su poseedor la venda como mercancía, tiene que poder disponer de ella y que ser, por lo tanto, libre propietario de su poder de trabajo, de su persona . Él y el poseedor de dinero se encuentran en el mercado y se relacionan entre sí, en un pie de igualdad, como poseedores de mercancías, distinguiéndose sólo en que el uno es comprador y el otro vendedor; ambos son, pues, personas iguales desde el punto de vista jurídico. Para que esta relación se mantenga es necesario que el propietario de la fuerza de trabajo no la venda siempre sino por un tiempo determinado, pues si la vende en globo, una vez por todas, se vende entonces él mismo y se transforma así de libre en esclavo, de poseedor de mercancías en mercancía. Como persona, tiene él que comportarse constantemente para con su fuerza de trabajo como para con su propiedad, y, por lo tanto, su mercancía, lo que no puede sino entregándola siempre al comprador sólo transitoriamente, por un tiempo determinado, y no renunciando, pues, á su propiedad al enajenarla .
La segunda condición esencial para que el poseedor de dinero encuentre la fuerza de trabajo como mercancía en el mercado es que el poseedor de ésta, en lugar de poder vender mercancías en que se haya materializado su trabajo, tenga más bien que ofrecer en venta, como mercancía, su misma fuerza de trabajo, que no existe sino en su cuerpo viviente.
Para que alguien venda mercancías distintas de su fuerza de trabajo, tiene, naturalmente, que poseer medios de producción, por ejemplo, materias primas, instrumentos de trabajo, etc. No puede hacer botines sin cuero. Necesita además medios de vida. Nadie, ni siquiera un músico del porvenir, puede vivir de los productos del porvenir, ni tampoco de valores de uso cuya producción no está aca bada, y lo mismo que el primer día de su aparición en la escena del mundo, el hombre tiene cada día que consumir antes de producir y mientras produce. Si los productos son producidos como mercancías, tienen que ser vendidos después de producidos, y sólo después de la venta pueden satisfacer las necesidades del productor. Al tiempo de producción se agrega el tiempo necesario para la venta.
Para la transformación del dinero en capital es necesario, pues, que el poseedor de dinero encuentre en el mercado de las mercancías al trabajador libre, libre en el doble sentido de que, como persona libre, dispone de su fuerza de trabajo como de su mercancía, y que, por otra parte, no tiene otras mercancías que vender, está libre y desembarazado de todas las cosas necesarias para la realización de su fuerza de trabajo.
Al poseedor de dinero no le interesa la cuestión de por qué ese trabajador libre se le presenta en la esfera de la circulación, pues él encuentra el mercado del trabajo como una sección especial del mercado de las mercancías. Y, por el momento, á nosotros no nos interesa más que á él. Teóricamente, nos atenemos al hecho, como el poseedor de dinero, prácticamente. Una cosa es clara, sin embargo. La Naturaleza no produce por un lado poseedores de dinero ó de mercancías, y por el otro simples poseedores de las propias fuerzas de trabajo. Esta relación no es de orden natural, ni tampoco es común, en el orden social, á todos los períodos históricos. Ella misma es evidentemente el resultado de un desarrollo histórico previo, el producto de muchas revoluciones económicas, de la destrucción de toda una serie de formaciones más antiguas de la producción social.
También las categorías económicas que antes hemos considerado llevan el sello de la Historia. La existencia del producto como mercancía importa determinadas condiciones históricas. Si ha de ser mercancía, el producto no puede ser producido como medio inmediato de subsistencia para el productor mismo. Si hubiéramos investigado más acerca de las circunstancias bajo las cuales todos ó, al menos, la mayoría de los productos toman la forma de mercancía, habríamos encontrado que eso sólo sucede sobre la base de un modo de producción completamente especial, la producción capitalista. Semejante investigación no entraba, sin embargo, en el análisis de la mercancía. La producción y la circulación de mercancías pueden tener lugar aunque la parte de por mucho mayor de la masa de los productos, destinada inmediatamente al consumo propio, no se transforme en mercancía, y el proceso social de la producción esté, pues, todavía lejos de ser dominado en todo su ancho y profundidad por el valor de cambio. La presentación del producto como mercancía implica una división del trabajo tan desarrollada dentro de la sociedad, que ya esté realizada la separación entre valor de uso y valor de cambio, que solamente empieza en el comercio de trueque inmediato. Pero ese estadio de desarrollo es común á las formaciones económico-sociales históricamente más diversas.
Y si consideramos el dinero, éste implica cierta altura del cambio de mercancías. Las formas especiales del dinero, simple equivalente de mercancías, ó medio de circulación, ó medio de pago, tesoro y moneda universal, según la diversa amplitud y el predominio relativo de una u otra función, indican alturas muy diversas del proceso social de la producción. Según la experiencia, sin embargo, para la formación de todas esas formas basta una circulación de mercancías relativamente poco desarrollada. Con el capital es otra cosa. Sus condiciones históricas de existencia no son completamente las de la circulación de mercancías y de moneda. Sólo se forma donde el poseedor de medios de producción y de vida encuentra en el mercado al trabajador libre como vendedor de su fuerza de trabajo; y esta condición histórica encierra todo un mundo. El capital anuncia, pues, desde luego, una época del proceso social de la producción .
Hay que examinar más de cerca esa peculiar mercancía, la fuerza de trabajo. Como todas las otras mercancías, ella tiene un valor . ¿Cómo se le determina?
El valor de la fuerza de trabajo, como el de toda otra mercancía, es determinado por el tiempo de trabajo necesario para la producción y reproducción de ese artículo especial. En tanto que es valor, la fuerza de trabajo misma no representa sino una cantidad determinada de trabajo social medio en ella materializado. La fuerza de trabajo no existe sino como aptitud del individuo vivo. Su producción supone, pues, la existencia de éste. Existiendo el individuo, la producción de la fuerza de trabajo consiste en su propia reproducción ó conservación. Para su conservación, el individuo necesita cierta suma de medios de vida. El tiempo de trabajo necesario para la producción de la fuerza de trabajo se resuelve, pues, en el tiempo de trabajo necesario para la producción de esos medios de vida, ó el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de vida necesarios para la subsistencia de su poseedor. La fuerza de trabajo no se realiza, sin embargo, sino por su exteriorización, no se manifiesta sino en el trabajo. Pero su manifestación, el trabajo, es el gasto de cierta cantidad de músculo, nervio, cerebro, etc., que tiene que ser repuesta. Este aumento de gasto exige un aumento de entrada . El propietario de la fuerza de trabajo, después de haber trabajado hoy, tiene que poder repetir mañana el mismo proceso en las mismas condiciones de salud y de fuerza. La suma de los medios de subsistencia tiene, pues, que alcanzar para mantener al individuo que trabaja en su estado de vida normal. Las mismas necesidades naturales, como alimento, vestido, calefacción, habitación, etc., varían según las particularidades climatéricas y demás particularidades naturales de un país. Por otra parte, la extensión de las necesidades llamadas naturales, así como el modo de satisfacerlas, es también un producto histórico, y depende, por lo tanto, en gran parte del grado de civilización de un país, y, entre otras cosas, esencialmente de las condiciones, costumbres y exigencias de vida bajo las cuales se ha formado la clase de los trabajadores libres . Á diferencia de las otras mercancías, la determinación del valor de la fuerza de trabajo comprende, pues, un elemento histórico y moral. Para un país y una época determinados, el monto de los medios necesarios de subsistencia es también determinado, en término medio.
El propietario de la fuerza de trabajo es mortal. Para que su aparición en el mercado sea, pues, continua, como lo exige la continua transformación de dinero en capital, el vendedor de la fuerza de trabajo tiene que eternizarse, «como todo individuo vivo se eterniza, por la reproducción» . Las fuerzas de trabajo que el desgaste y la muerte sustraen al mercado, tienen que ser reemplazadas constantemente, á lo menos por un número igual de nuevas fuerzas de trabajo. La suma de los medios de subsistencia necesarios para la producción de la fuerza de trabajo comprende, pues, los medios de subsistencia para los reemplazantes, es decir, para los hijos del trabajador, á fin de que esta raza de peculiares poseedores de mercancía se eternice en el mercado .
Para modificar la naturaleza humana general, de manera que adquiera habilidad y presteza en una rama determinada del trabajo, y pase á ser fuerza de trabajo desarrollada y especial, se requiere una educación, que á su vez cuesta una suma más ó menos grande de mercancías equivalentes. Según el carácter más ó menos complicado de la fuerza de trabajo, varía su costo de educación. Estos costos de aprendizaje, que para la fuerza de trabajo ordinaria son mínimos, entran, pues, en el monto de los valores gastados en su producción.
El valor de la fuerza de trabajo es el valor de una determinada suma de medios de subsistencia, y, por lo tanto, también varía con el valor de estos medios de subsistencia, es decir, con la magnitud del tiempo de trabajo que exige su producción.
Una parte de los medios de vida, por ejemplo, alimentos, combustible, etc., se consumen día á día, y tienen que ser repuestos diariamente. Otros medios de vida, como vestidos, muebles, etc., tardan más en gastarse, y no hay que reemplazarlos, por lo tanto, sino á más largos intervalos. Hay que comprar ó pagar ciertas mercancías diariamente; otras, cada semana, cada trimestre, etc. Pero de cualquier modo que se reparta al año la suma de esos gastos, tiene que ser cubierta por la entrada diaria media. Si la masa de las mercancías diariamente necesarias para la producción de la fuerza de trabajo es = A, la de las necesarias una vez por semana = B, la de las necesarias cada tres meses = C, etc., el término medio diario de esas mercancías sería = + 365A + 52B + 4C + etc / 365 . Supongamos que esa masa de mercancías necesarias para el día medio encierre seis horas de trabajo social; la mitad de un día de trabajo social medio se materializa entonces diariamente en la fuerza de trabajo, ó se requiere medio día de trabajo para la producción diaria de la fuerza de trabajo. Esa cantidad de trabajo necesario para su producción diaria forma el valor diario de la fuerza de trabajo ó el valor de la fuerza de trabajo diariamente reproducida. Si una masa de oro de 3 chelines, ó l escudo, representa medio día de trabajo social medio, 1 escudo es el precio correspondiente al valor diario de la fuerza de trabajo. Si su poseedor la vende por 1 escudo al día, su precio de venta es igual á su valor, y, según nuestra suposición, ávido de transformar su escudo en capital, el poseedor del dinero paga ese valor.
El límite último ó mínimo del valor de la fuerza de trabajo está constituído por el valor de una masa de mercancías, sin cuyo consumo diario el portador de la fuerza de trabajo, el hombre, no puede renovar el proceso de su vida, es decir, por el valor de los medios de subsistencia materialmente indispensables . Si el precio de la fuerza de trabajo baja á ese mínimo, está por debajo de su valor, pues así ella no puede conservarse ni desarrollarse sino en una forma mezquina. Ahora bien; el valor de toda mercancía es determinado por el tiempo de trabajo necesario para producirla de calidad normal.
Es un sentimentalismo extraordinariamente barato encontrar grosera esta determinación del valor de la fuerza de trabajo, que fluye de la misma naturaleza de las cosas, y lamentarse acaso como Rossi: «Concebir el poder de trabajo haciendo abstracción de los medios de subsistencia de los trabajadores durante la obra de la producción, es concebir un ente de razón. Quien dice trabajo, quien dice poder de trabajo, dice á la vez trabajadores y medios de subsistencia, obrero y salario.» Quien dice poder de trabajo no dice trabajo, como quien dice poder digestivo no dice tampoco digerir. Para este último proceso, como se sabe, hace falta algo más que un buen estómago. Quien dice poder de trabajo no hace abstracción de los medios de vida necesarios para su subsistencia. El valor de aquél expresa más bien el valor de éstos. Si no se vende, de nada sirve al trabajador, y entonces éste siente, como una cruel necesidad natural, que su poder de trabajo ha exigido para su producción una cantidad determinada de medios de subsistencia y que la exige siempre de nuevo para su reproducción. Él descubre entonces, con Sismondi, «que poder de trabajo..... es nada, cuando no es vendido» .
La naturaleza peculiar de esta mercancía específica, la fuerza de trabajo, trae consigo que al cerrarse el contrato entre el comprador y el vendedor, su valor de uso no pasa, en realidad, todavía á manos del comprador. Su valor, como el de toda otra mercancía, estaba determinado antes de que ella entrara en la circulación, pues una cantidad determinada de trabajo social había sido gastada para la producción de la fuerza de trabajo; pero su valor de uso consiste sólo en la ulterior manifestación de fuerza. La enajenación de la fuerza y su exteriorización real, es decir, su existencia como valor de uso, no son, pues, simultáneas. Pero cuando se trata de mercancías cuyo valor de uso es formalmente enajenado por la venta antes de que tenga lugar su paso real al comprador, la moneda del comprador funciona casi siempre como medio de pago. En todos los países de producción capitalista la fuerza de trabajo no es pagada sino después que ha funcionado ya durante el término fijado en el contrato de compra, por ejemplo, al fin de cada semana. En todas partes el trabajador adelanta, pues, al capitalista el valor de uso de la fuerza de trabajo; él la deja consumir por el comprador antes de recibir su precio en pago; en todas partes, pues, el trabajador hace crédito al capitalista. Que este crédito no es ninguna ilusión, lo demuestra, no sólo la pérdida ocasional del salario en caso de bancarrota del capitalista , sino también una serie de efectos más durables . Pero nada cambia en la naturaleza del cambio mismo de mercancías porque el dinero funcione como medio de compra ó como medio de pago. El precio de la fuerza de trabajo es fijado por contrato, aunque no se realiza sino más tarde, como el precio de alquiler de una casa. La fuerza de trabajo está vendida, aunque no sea pagada sino más tarde. Conviene, sin embargo, para una concepción pura de la relación, suponer por el momento que el poseedor de la fuerza de trabajo recibe inmediatamente, cada vez que la vende, el precio estipulado por contrato.
Conocemos ahora cómo se determina el valor que el poseedor de dinero paga al poseedor de esta mercancía peculiar, la fuerza de tra bajo. El valor de uso que aquél recibe en cambio no se muestra sino en el uso real, en el proceso del consumo de la fuerza de trabajo. El poseedor de dinero compra en el mercado todas las cosas necesarias para ese proceso, como materia prima, etc., y paga su precio completo. El proceso del consumo de la fuerza de trabajo es al propio tiempo el proceso de producción de mercancía y de supervalía. El consumo de la fuerza de trabajo, como el de toda otra mercancía, se pasa fuera del mercado ó de la esfera de la circulación. Juntos con el poseedor de dinero y el poseedor de fuerza de trabajo, abandonamos, pues, esa esfera ruidosa, superficial y á la vista de todo el mundo, para seguirlos al sitio oculto de la producción, en cuyo umbral está escrito: No admittance except on business . Allí veremos, no sólo cómo produce el capital, sino cómo se produce el capital mismo. Tiene que descubrirse, por fin, el secreto de la elaboración de supervalía.
La esfera de la circulación ó del cambio de mercancías, dentro de cuyos límites se compra y se vende la fuerza de trabajo, era en realidad un verdadero Edén de los derechos naturales del hombre. Lo único que en ella reina es libertad, igualdad, propiedad y Bentham. ¡Libertad!, pues el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo, de la fuerza de trabajo, no son movidos sino por su libre voluntad. Hacen un contrato, como personas libres, iguales en derechos. El contrato es el resultado final, en que se dan sus voluntades una común expresión legal. ¡Igualdad!, pues ellos no se relacionan entre sí sino como poseedores de mercancías, y cambian equivalente por equivalente. ¡Propiedad!, pues cada uno sólo dispone de lo suyo. ¡Bentham!, pues para cada uno de los dos no se trata sino de sí mismo. El único poder que los junta y los relaciona es su egoísmo, su ventaja particular, sus intereses privados. Y precisamente porque cada uno no se cuida sino de sí mismo, y ninguno del otro, debido á una armonía preestablecida, ó bajo los auspicios de la más ingeniosa providencia, todos ejecutan la obra de su ventaja recíproca, de la utilidad común, del interés general.
Al salir de esta esfera de la circulación simple ó del cambio de mercancías, de donde el librecambista vulgar saca opiniones, conceptos y medida para juzgar la sociedad del capital y del trabajo asalariado, parece que ya se transformaran algo las fisonomías de nuestras dramatis personæ . El antiguo poseedor de dinero va delante como capitalista; el poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su trabajador; el uno, atareado y sonriendo con aire de importancia; el otro, temeroso y reacio, como quien lleva al mercado su propio pellejo y no puede esperar sino una cosa, que lo curtan.
↑ Los dos proverbios franceses, a « Nulle terre sans seigneur » y « L'argent n'a pas de maitre », expresan claramente el contraste entre el poder de la propiedad territorial, basado en relaciones personales de vasallaje y dominio, y el poder impersonal del dinero.
↑ «Con dinero se compran mercancías y con mercancías se compra dinero.» ( Mercier de la Riviére , L'ordre naturel et essentiel des sociétés politiques , pág. 543.)
↑ «Cuando se compra una cosa para volver á venderla, la suma así empleada se llama dinero adelantado; cuando se la compra para no venderla, se le puede considerar gastado.» ( James Steuart , Works etc. edited by General Sir James Steuart, his son , Londres, 1801, vol. 1, pág. 274.)
↑ «No se cambia dinero por dinero», grita Mercier de la Rivière á los mercantilistas (ob. cit., pág. 468). En una obra que trata ex professo del «comercio» y de la «especulación», se lee: «Todo comercio consiste en el cambio de cosas de distinta especie; y la ventaja [¿para el comerciante?] resulta precisamente de esa diversidad. Cambiar una libra de pan por una libra de pan no ofrecería ventaja alguna... De ahí el ventajoso contraste entre el comercio y el juego, que sólo es un cambio de dinero por dinero.» ( Th. Corbet , An Inquiry into the Causes and Modes of the Wealth of Individuals, or the Principles of Trade and Speculation explained , Londres, 1841, pág. 5.) Aunque Corbet no ve que D—D, cambio de dinero por dinero, es la forma de circulación característica, no sólo del capital comercial, sino de todo capital, admite á lo menos que esta forma es común á una especie de comercio, la especulación, y al juego; pero viene después MacCulloch y encuentra que comprar para vender es especular, y suprime así toda diferencia entre la especulación y el comercio. «Toda transacción en que un individuo compra productos para venderlos otra vez, es de hecho una especulación.» ( MacCulloch , A Dictionary practical etc. of Commerce , Londres, 1847, pág. 1.058.) Mucho más ingenuo es Pinto, el Píndaro de la Bolsa de Amsterdam: «El comercio es un juego (sentencia tomada de Locke), y no es con mendigos con quienes se puede ganar. Si durante largo tiempo se ganara en todo y con todos, sería necesario devolver voluntariamente la mayor parte de la ganancia para volver a empezar el juego.» ( Pinto , Traité de la Circulation et du Crédit , Amsterdam, 1771, pág. 231.)
↑ «El capital se divide..... en el capital primitivo y la ganancia, el acrecentamiento del capital..... aunque en la práctica esta ganancia se hace en seguida capital y se pone en movimiento con éste.» ( F. Engels , Umrisse zu einer Kritik der Nationalœekonomie , en los Deutsch-Franzœosische Jahrbücher , editados por Arnoldo Ruge y Carlos Marx, Paris, 1844, pag. 99.)
↑ Aristóteles opone la Económica á la Crematística. Su punto de partida es la Económica. En tanto que es arte de adquirir, ella se limita a procurar los bienes necesarios para la vida y útiles para el hogar ó para el Estado. «La verdadera riqueza ( ὁ ὰληϑεινὸς πλοῦτος ) consiste en valores de uso de esa clase, pues la cantidad de esta especie de propiedad que basta para la buena vida no es ilimitada. Pero hay otra especie del arte de adquirir, llamada sobre todo y con razón Crematística, á consecuencia de la cual la riqueza y la propiedad parecen no tener límites. El comercio de mercancías ( ἡ καπηλικη quiere decir textualmente comercio por menor, y Aristóteles toma esta forma porque en ella predomina el valor de uso) no pertenece por naturaleza á la Crematística, pues en él el cambio no se refiere sino á lo necesario para ellos mismos (el comprador y el vendedor).» Por eso, explica él después, la forma primitiva del comercio de mercancías fué el comercio de trueque; pero con su extensión apareció necesariamente el dinero. Con la invención de la moneda, el trueque tuvo necesariamente que hacerse καπηλικὴ , comercio de mercancías, y éste, en contradicción con su tendencia primitiva, se constituyó en Crematística ó arte de hacer dinero. La Crematística se distingue ahora de la Económica en que «para ella la circulación es la fuente de la riqueza ( ποιητικὴ χρημάτων ..... διὰ χρημάτων διαβολῆς ). Y ella parece girar alrededor del dinero, pues el dinero es el principio y el fin de esta especie de cambio ( τὸ γὰρ νόμισμα στοιχεῖον καὶ πέρας τῆς ὰλλαγῆς ὲστίν ). Por eso también, la riqueza que busca la Crematística es ilimitada. Pues como todo arte cuyo fin no es un medio, sino un objetivo último, es ilimitado en su tendencia, porque siempre trata de aproximarse más á él, mientras que las artes que sólo buscan medios para los fines no son ilimitadas, pues su mismo fin les pone límites, la Crematística es ilimitada en sus fines, pues su fin es el enriquecimiento absoluto. La Económica tiene un límite, la Crematística no..... la primera busca algo distinto del dinero mismo, la otra su aumento..... La confusión de ambas formas, que se tocan recíprocamente, induce á algunos á considerar la conservación y el aumento del dinero al infinito como fin último de la Económica.» ( Aristóteles , De Rep ., ed. Bekker, l. I , c. 8 y 9 passim .)
↑ «Las mercancías (en el sentido de valores de uso) no son el objeto último del capitalista comerciante..... El dinero es su objeto último.» ( Th. Chalmers , On Politic. Econ. etc ., segunda edición, Londres, 1832, pág. 166.)
↑ «El mercader casi no tiene en cuenta el lucro hecho, sino que mira siempre al futuro.» ( A. Genovesi , Lezioni di Economia civile (1765), edición de los economistas italianos, por Custodi, parte moderna, t. VIII , pág. 139.)
↑ «La inextinguible pasión por la ganancia, la auri sacra fames , caracteriza siempre al capitalista.» ( Macculloch , The Principles of Polit. Econ ., Londres, 1830, página 179.) Esa penetración no impide, naturalmente, que el mismo MacCulloch y sus consortes, en las dificultades teóricas, por ejemplo, al tratar del exceso de producción, hagan del mismo capitalista un buen ciudadano que no se cuida sino del valor de uso y que tiene una verdadera hambre canina de botines, sombreros, huevos, indianas [ calicoes , en la República Argentina] y otras especies muy familiares de valores de uso.
↑ « Σώζειν » es una de las expresiones características de los griegos para designar el atesoramiento. « To save » significa también salvar y ahorrar.
↑ « Questo infinito che le cose non hanno in progresso, hanno in giro .» ( Galiani .)
↑ «No es la materia lo que hace el capital, sino el valor de esas materias.» ( J.—B. Say . Traité d'Econ. Polit ., tercera edición, París, 1817, t. I , pág. 428.)
↑ «El numerario (!) empleado con fines productivos es capital.» ( Macleod , The Theory and Practice of Banking , Londres, 1855, vol. 1, cap. 1.) «El capital es mercancía.» ( James Mill , Elements of Polit. Econ ., Londres, 1821, pág. 74.)
↑ «Capital..... valor permanente que se multiplica sin cesar.» ( Sismondi , Nouveaux Principes de l'Econ. polit ., t. 1, pág. 90.)
↑ «El cambio es una transacción admirable en la cual los dos contratantes ganan siempre (!).» ( Destutt de Tracy , Traité de la Volonté et de ses effets , Paris, 182, página 68.) Este libro ha aparecido después bajo el título de Traité d'Economie politique .
↑ Mercier de la Riviere , ob. cit., pág. 544.
↑ «Que uno de estos dos valores sea dinero, ó que ambos sean mercancías usuales, nada más indiferente en sí.» ( Mercier de la Riviere , ob. cit., pág. 543.)
↑ «No son los contratantes quienes deciden del valor; éste está fijado antes del convenio.» ( Le Trosne , ob. cit., pág. 906.)
↑ «Donde hay igualdad no hay lucro.» ( Galiani , Della Moneta , en Custodi, parte moderna, t. IV , pág. 244.)
↑ «El cambio se hace desventajoso para una de las partes cuando alguna cosa extraña viene á disminuir ó á aumentar el precio: entonces la igualdad es lastimada, pero la lesión procede de esta causa y no del cambio.» ( Le Trosne , ob. cit., pág. 904.)
↑ «El cambio es por su naturaleza un contrato de igualdad que se hace de valor por valor igual. No es, pues, un medio de enriquecerse, puesto que se da tanto como se recibe.» ( Le Trosne , ob. cit., pág. 903.)
↑ Condillac , Le Commerce et le Gouvernement (1776), ed. Daire, y Molinari , en las Mélanges d'Economie politique , París, 1817, pág. 267.)
↑ Le Trosne responde, por lo tanto, con mucha razón á su amigo Condillac: «En la sociedad formada no hay excedente de ningún género.» Al propio tiempo lo embroma diciéndole que «si ambos cambistas reciben igualmente más por igual- mente menos, ambos reciben lo mismo». Como Condillac no tiene aún ni la más ligera sospecha acerca de la naturaleza del valor de cambio, el señor profesor Guillerino Roscher le hace patrono de sus propios conceptos infantiles. Véase su obra Die Grundlagen der Nationalekonomie , tercera edición, 1858.
↑ S. P. Newman , Elements of Polit. Econ. , Andover y Nueva York, 1835, pág. 175.
↑ «Por el aumento del valor nominal del producto..... los vendedores no se enriquecen..... pues lo que ganan como vendedores lo gastan precisamente en calidad de compradores.» ( The Essential Principles of the Wealth of Nations , etc., Londres, 1797, pág. 66.)
↑ «Si uno es forzado á dar por 18 libras una cantidad de producto que vale 24, cuando emplee ese mismo dinero en comprar, tendrá igualmente por 18 lo que se pagaba 24.» ( Le Trosne , ob. cit., pág. 897.)
↑ «Cada vendedor no puede, pues, llegar á encarecer habitualmente sus mercancías sino sometiéndose también á pagar habitualmente más caras las mercancías de los otros vendedores, y por la misma razón cada consumidor no puede pagar habitualmente menos caro lo que compra sino sometiéndose también á una disminución semejante del precio de cosas que vende.» ( Mercier de la Riviére , ob. cit., pág. 555.)
↑ R. Torrens , An Essay on the Production of Wealth , Londres, 1821, pág. 349.)
↑ «La idea de que los consumidores pagan las ganancias es, seguramente, muy absurda. ¿Quiénes son los consumidores?» ( G. Ramsay , An Essay on the Distribution of Wealth , Edimburgo, 1836, pág. 184.)
↑ «Cuando un hombre necesita demanda, ¿le recomienda el Sr. Malthus que pague á alguna otra persona para que le tome sus mercancías?», pregunta indignado un ricardiano á Malthus, que, como su discípulo el clérigo Chalmers, glorifica, desde el punto de vista económico, la clase de simples compradores ó consumidores. Véase An Inquiry into those principles respecting the Nature of Demand and the Necessity of Consumption, lately advocated by Mr. Malthus , etc., Londres, 1821, pág. 55.
↑ Destutt de Tracy, aunque—quizá porque—es membre de l'Institut , era de la opinión contraria. Los capitalistas industriales, dice, obtienen sus ganancias por este medio: «Ellos venden todo más caro que lo que ha costado producirlo. ¿Y á quién venden? Primero, entre ellos mismos.» (Ob. cit., pág. 239.)
↑ «El cambio que se hace de dos valores iguales no aumenta ni disminuye la masa de los valores subsistentes en la sociedad. El cambio de dos valores desiguales..... no cambia en nada tampoco la suma de los valores sociales, aunque agrega á la fortuna de uno lo que quita á la fortuna de otro.» ( J.-B. Say , ob. cit., t. 1, págs. 434-435.) Say, que naturalmente no se cuida de las consecuencias de esa sentencia, la toma casi textualmente de los fisiócratas. El ejemplo siguiente muestra cómo aprovechaba él las obras de éstos, que en su tiempo estaban agotadas, para aumentar su propio «valor»: la sentencia más famosa de M. Say, « On n'achète des produits qu'ave des produits » (ob. cit., t. 11, pág. 438), suena en el original fisiocrático « Les productions ne se paient qu'avec les productions ». ( Le Trosne , ob. cit., pág. 899.)
↑ «El cambio no confiere valor alguno á los productos.» ( F. Wayland , The Elements of Pol. Econ. , Boston, 1853, pág. 168.)
↑ «Bajo la regla invariable de equivalentes, el comercio seria imposible.» ( G. Opdyke , A Treatise on Polit. Economy , Nueva York, 1851, pág. 69.) «La diferencia entre valor real y valor de cambio está basada en un hecho, á saber que el valor de una cosa es distinto del equivalente que en el comercio se da por ella; es decir, que ese equivalente no es tal equivalente.» ( F. Engels , ob. cit., pág. 96.)
↑ Benjamin Franklin , Work , vol. II , ed. Sparks, en Positions to be examined concerning National Wealth .
↑ Arist ., ob. cit., c. 10.
↑ «En el estado ordinario del mercado, la ganancia no proviene del cambio. Si no hubiera existido antes, no podría existir tampoco después de esta transacción.» ( Ramsay , ob. cit., pág. 184.)
↑ Según las explicaciones precedentes, el lector comprende que esto sólo significa lo siguiente: La formación de capital tiene que ser posible aun cuando el precio de la mercancía sea igual al valor de la mercancía. No se la puede explicar por la separación entre los precios y los valores de las mercancías. Si en realidad los precios se separan de los valores, hay que reducirlos primero á estos últimos, es decir, hay que prescindir de esa circunstancia accidental para poder observar en toda su pureza el fenómeno de la formación del capital sobre la base del cambio de mercancías, y no ser confundido en su observación por circunstancias accesorias lo trastornen, ajenas á su marcha propia. Se sabe, por lo demás, que esta reducción no es en manera alguna un simple procedimiento científico. Las constantes oscilaciones de los precios del mercado, sus alzas y sus bajas, se compensan y se anulan recíprocamente, y se reducen por sí mismas al precio medio como á su regla interna. Esta sirve de guía, por ejemplo, al comerciante ó al industrial en toda empresa que se extienda á largo plazo. El sabe, pues, que si se considera en su conjunto un largo período, las mercancías no se venden en realidad ni abajo ni arriba, sino por su precio medio. Si el pensamiento desinteresado tuviera, pues, para él algún interés, tendría que plantearse como sigue el problema de la formación del capital: ¿Cómo puede formarse el capital, si el precio medio regula los precios, es decir, si en última instancia los regula el valor de la mercancía? Digo «en última instancia» porque los precios medios no coinciden directamente con las magnitudes del valor de las mercancías, como creen Adam Smith, Ricardo, etc.
↑ «En la forma de dinero..... el capital no produce ganancia alguna.» ( Ricardo , Princ. of Pol. Econ ., pág. 267.)
↑ En enciclopedias sobre la antigüedad clásica puede leerse el desatino de que en el mundo antiguo el capital estaba completamente desarrollado, «sólo que faltaban el trabajador libre y la institución del crédito». El mismo Sr. Mommsen cae de un quid pro quo en otro en su Historia Romana .
↑ Por eso varias legislaciones fijan un máximo para el contrato del trabajo. Los códigos de todos los pueblos en que el trabajo es libre reglamentan las condiciones de rescisión del contrato. En varios paises, particularmente en Méjico (antes de la guerra civil americana, también en los territorios separados de Mejico, y de hecho en las provincias danubianas hasta los tiempos de Kusa), la esclavitud está disfrazada bajo la forma de peonaje . Por medio de adelantos, á deducir del trabajo, y que se transmiten de generación en generación, no sólo el trabajador, sino su familia, pasan á ser de hecho propiedad de otras personas y de sus familias. Juárez había abolido el peonaje . El titulado emperador Maximiliano lo introdujo de nuevo por un decreto que en la Cámara de Representantes de Washington fué denunciado con razón como un decreto para el restablecimiento de la esclavitud en Méjico.
«Puedo enajenar por un tiempo limitado el uso de las habilidades y posibilidades de actividad particulares de mi cuerpo y de mi espíritu, porque por esa limitación ellas conservan una relación externa respecto de mi totalidad y de mi generalidad. Enajenando todo mi tiempo concretado por el trabajo, y la totalidad de mi producción, haría de lo substancial de ellas, mi actividad y realidad general, mi personalidad, la propiedad de otro.» ( Hegel , Philosophie des Rechts , Berlin, 1840, pág. 104, §. 67.)
↑ Lo que caracteriza, pues, la época capitalista es que la fuerza de trabajo adquiere para el mismo trabajador la forma de una mercancía que le pertenece, y, por lo tanto, su trabajo la de trabajo asalariado. Por otra parte, la forma mercancía de los productos del trabajo no se generaliza sino á partir de este momento.
↑ «El valor de un hombre, como de todas las otras cosas, es su precio, es decir, tanto como se daría por el uso de su poder.» ( Th. Hobbes , Leviathan , en Works , edición Molesworth, Londres, 1839-44, vol. 1, pág. 76.)
↑ En la antigua Roma, el villicus , ecónomo que estaba á la cabeza de los esclavos agrícolas, recibía por eso «una ración menor que la de los siervos, porque su trabajo era más liviano». ( Th. Mommsen , Rœm. Geschichte , 1856, pág. 810.)
↑ Compárese Overpopulation and its Remedy , Londres, 1846, por W. Th. Thornton .
↑ Petty .
↑ «Su precio natural (el del trabajo)..... consiste en una cantidad tal de cosas necesarias y útiles para la vida, como, según la naturaleza del clima y las costumbres del país, son necesarias para sostener al trabajador y permitirle criar bastante familia para que no disminuya en el mercado la oferta de trabajo.» ( R. Torrens , An Essay on the external Corn Trade , Londres, 1815, pág. 62.) La palabra trabajo está aquí equivocadamente puesta en lugar de fuerza de trabajo.
↑ Rossi , Cours d'Econ. polit ., Bruselas, 1842, pág. 370.
↑ Sismondi , Nouv. Princ. , etc., t. 1, pág. 112.
↑ «Todo trabajo es pagado después que ha cesado.» ( An Inquiry into those Principles respecting the Nature of Demand , etc., pág. 104.) «El crédito comercial ha debido comenzar en el momento en que el obrero, primer artesano de la producción, ha podido, por medio de sus economías, esperar el salario de su trabajo hasta el fin de la semana, de la quincena, del mes, del trimestre, etc.» ( Ch. Ganilh , Des Systèmes de l'Econ. polit. , segunda edición, París, 1821, t. 1, pág. 150.)
↑ «El obrero presta su industria»; pero agrega Storch con sutileza: «no arriesga nada», excepto «perder su salario..... El obrero no transmite nada de material.» ( Storch , Cours d'Econ. polit. , San Petersburgo, 1815, t. II , pág. 37.)
↑ Un ejemplo. En Londres hay dos clases de panaderos, los full priced , que venden el pan por su valor integro, y los undersellers , que lo venden por menos de ese valor. Estos últimos forman las tres cuartas partes de la totalidad de los panaderos (pág. XXXII del Report del comisionado del Gobierno H. S. Tremenheere sobre las Grievances complained of by the journeymen bakers , etc., Londres, 1862). Esos undersellers venden, casi sin excepción, pan adulterado por la mezcla de alumbre, jabón, cal, polvo de piedra del Derbyshire y otros ingredientes igualmente agradables, nutritivos y sanos. (Véase el Libro Azul antes citado y el informe del Committee of 1855 on the Adulteration of Bread , y el del Dr. Hassall, Adulterations Detected , segunda edición, Londres, 1862.) Sir John Gordon declaró ante el Comité de 1855 que, á consecuencia de esas falsificaciones, el pobre, que vive de dos libras de pan por día, no recibe en realidad ahora ni la cuarta parte de la materia nutritiva, aparte de los malos efectos sobre su salud». Como razón por la cual «una parte muy grande de la clase trabajadora», aunque conoce muy bien las falsificaciones, acepta el alumbre, el polvo de piedra, etc., indica Tremenheere (l. c., pág. XLVIII ) que para ellos es una necesidad tomar el pan como lo encuentran en la tienda de comestibles ó se lo ofrece el panadero». Como no se les paga sino al fin de la semana de trabajo, no pueden «pagar el pan consumido por sus familias sino al fin de la semana»; y agrega Tremenheere, citando declaraciones de testigos: «Es notorio que el pan preparado con esas mezclas se hace expresamente para esta clase de clientes.» (« It is notorious that bread composed of those mixtures, is made expressly for sale in this manner .») «En muchos distritos agricolas ingleses [pero más aún en los escoceses] se pagan los salarios cada dos semanas, y aun mensualmente. Siendo pagado á tan largos plazos, el trabajador rural tiene que comprar sus mercancías á crédito..... Tiene que pagar más altos precios, y está de hecho atado á la tienda, que lo exprime. Por ejemplo, en Horningsham in Wilts, donde el salario es por meses, le cuesta 2 chelines 4 peniques la misma cantidad de harina que en las otras partes vale 1 chelín y 10 peniques.» (« Sixth Report» on «Public Health» by «The Medical Officer of the Privy Council », etc., 1864, pág. 264.) «Los impresores de telas de Paisley y Kilmarnock (Escocia Occidental) impusieron por medio de una huelga, en 1853, el acortamiento del plazo de pago de un mes á catorce días.» ( Reports of the Inspectors of Factories for 31st. Oct ., 1853, pág. 34) Como una muestra más desarrollada del crédito que el trabajador abre al capitalista, puede considerarse el método de muchos propietarios ingleses de minas de carbón, que no pagan á los trabajadores hasta el fin del mes, y en el intervalo les hacen adelantos, a menudo en mercancías, por las que les obligan á pagar un precio más alto que el corriente ( Trucksystem ). «Es una práctica común entre los dueños de minas de carbón pagar una vez al mes y adelantar dinero á sus trabajadores al fin de cada semana intermediaria. El dinero se da en la tienda (es decir, en la tommy-shop ó tienda al por menor, perteneciente al patrón); los hombres lo toman de un lado y lo entregan del otro.» ( Children's Employment Commission, III Report , Londres, 1861, pág. 38, n. 192.)