El sabor de la tierruca · Unidad 26 de 35
PRÓLOGO DE UN DRAMA · 1 — parte 3
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--¡Á mí los de josticia!--insistió el alcalde, gritando.--¡Á mí los que estén por el sosiego!... ¡Déjalo ya, Bastián!... ¡suelta tu parte, Braulio!... ¡Debajo le tienes!... ¡sin camisa y machucado está!... ¿Qué más quieres?... ¿Qué más queréis los de Cumbrales por esta vez?... ¿No me oís?... ¿No vos entregáis?... ¡Voto á briosbaco y balillo, que se han de acordar de mí los peces de Rinconeda! ¡Ellos son los rebeldes á la autoridad!... ¡á la Ley!... ¡á la Costitución!... ¡Viva Cumbrales!
Oído esto por los de Rinconeda, dijo uno de ellos al alcalde, encarándose con él y tirando al suelo al mismo tiempo la chaqueta que tenía echada sobre el hombro izquierdo:
--¡Pus nos futramos en Cumbrales, en la ley y en usté que la representa!
--¡Hola, chafandín pomposo!--le replicó Juanguirle, volviéndose al atrevido y echando el sombrero hacia el cogote, con un movimiento rápido de su cabeza.--¡Con que todo eso sois capaces de hacer?... Pues mírate tú, hombre: paso lo de mi persona, y no riñamos por lo de la Ley; ¡pero relative á lo de Cumbrales, mereciera ser yo de Rinconeda si no me pagaras el agravio!
Y con esto se fué sobre el mozo, y le alumbró dos sopapos. Contestó el de Rinconeda; quiso ayudarle el que le acompañaba; impidióselo un espectador de Cumbrales, y agarráronse también los dos; con lo que se animó bastante por aquel lado el campo de batalla.
Al mismo tiempo llegó don Valentín á todo correr, con los pábilos erizados, la gruesa caña al hombro y el sombrero bamboleándosele en la cabeza. Acometió valeroso al primer grupo, y no pudo desenredarle; acometió al segundo, y lo mismo; buscó de varios modos el cabo de aquella enmarañada madeja, y no dió con él. Al último, subióse á la altura donde había predicado el alcalde, y desde allí gritó:
--¡Nacionales!... digo, ¡convecinos!... ¡Es una mala vergüenza que mientras el perjuro amenaza vuestros hogares, malgastéis las fuerzas que la patria y la libertad os reclaman, en destrozaros como bestias enfurecidas!... ¡Convecinos!... basta de saña inútil... de valor estéril... ¡guardadlo en vuestros corazones para el enemigo común!... ¡daos el fraternal abrazo... y seguidme después!... ¡Yo os llevaré á la victoria!... ¡yo os devolveré á vuestros hogares, coronados de laurel!... ¡Os lo aseguro yo!... ¡yo, que vencí en Luchana!
Mientras así hablaba don Valentín, llegó por el extremo opuesto don Pedro Mortera buscando á su hijo.
--¡Pablo!--gritó con voz de trueno, cuando estuvo junto á él.--¡Qué haces!
Y Pablo, como movido por un resorte, se incorporó de un brinco al oir la voz que le llamaba, y dócil acudió á ella; pero sin perder de vista á Chiscón, que, al librarse del suplicio en que le había tenido como clavado el valiente joven, se alzaba á duras penas, derrengado y maltrecho, con la faz cárdena y monstruosa. Sentía el vencimiento como una afrenta, y más pensaba en meterse donde no le viera nadie, que en buscar un desquite en buena ley; en buena ley, porque es de advertir que el coloso de Rinconeda no era traidor ni capaz de una villanía, aunque, por efecto de su rudeza, no se ahogara con escrúpulos de otro género; era, en suma, de los que querían, llegado el caso,
«Jugar en injusto juego; pero jugar lealmente.»