El sabor de la tierruca · Unidad 27 de 35
PRÓLOGO DE UN DRAMA · 2 — parte 1
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No creyó don Pedro Mortera cumplido su deber con tener á Pablo apaciguado y junto á sí; quiso también pronunciar el _quos ego_ de su respetabilidad indiscutible sobre aquel mar embravecido. Pronuncióle más de una vez, pero no adelantó nada. Este fracaso amilanó á los angustiados espectadores; y más se amilanaron cuando vieron tan desobedecido como don Pedro, al señor cura, que llegó inmediatamente.
--¡Esto es obra del mismo demonio!--dijo entonces una voz desconsolada.
¡Del mismo demonio!... No necesitaron oir más cuatro sujetos de los desocupados, para ponerse de acuerdo en un instante y echar á correr hacia la casuca de la Rámila.
En tanto, don Pedro Mortera, que acababa de ver á Nisco, se dirigía á él llamándole á la paz; á lo que el mozo respondió con una sonrisa, después de pegar un bofetón á su contrario. Volvía otra vez la cara hacia éste, cuando una piedra le hirió en la frente y le tendió de espaldas, sin decir Jesús. No se supo cuál fué primero, si la pedrada, la caída del herido, no en el suelo, sino en los brazos de Catalina, ó el lanzar ésta un grito como si la hubieran atravesado el corazón de una puñalada.
Vió que la sangre fluía en abundancia de la herida y pensó volverse loca.
--¡Muérame yo!--gritaba, haciendo trizas su delantal y su pañuelo para cerrar aquella brecha por donde creía ver escaparse la existencia del valiente mozo.--¡Mate Dios cien veces al traidor que te ha herido!... ¡mate otras tantas al bruto que amañó esta guerra; pero que no te mate á tí, que vales el mundo entero!... ¡Virgen María de los Dolores! ¡la mejor vela te ofrezco con la promesa de no bailar más en mi vida, si la de él conservas, aunque yo jamás la goce!
Uníase á estos gritos el vocear del contrario de Nisco, negando toda participación en la felonía; chispeaban los ojos de Pablo buscando entre la muchedumbre algo que delatara al delincuente; ordenaba don Pedro lo más acertado para bien del herido; acudían gentes aterradas á su lado; y mientras esto acontecía y se buscaba á Juanguirle entre los combatientes, las tintas de los celajes iban enfriándose; desleíanse los nubarrones, cual si sobre ellos anduvieran manos gigantescas con esfuminos colosales; una cortina gris, húmeda y deshilada, como trapo sucio, se corrió sobre los picos más altos del horizonte; brilló debajo de ella la luz sulfúrea del relámpago, y comenzaron á caer lentas, grandes y acompasadas gotas de lluvia, que levantaban polvo y sonaban en él como si fueran de plomo derretido.
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XXIV
DEUS EX MÁCHINA
Corrían, corrían los cuatro sujetos hacia casa de la bruja, y en un periquete llegaron allá. Sin detenerse á llamar á la puerta, abriéronla de un empellón, y vieron á la Rámila acurrucada junto al llar de la cocina, soplando unos carbones á los cuales estaba arrimado un pucherete cubierto con un casco de teja.
--¡Allí tiene el _unto_!--pensaron los cuatro al reparar en el puchero.
La vieja se volvió hacia ellos y se estremeció. Ni aun en son de paz entraba allí nadie que no le armara guerra. ¡Qué intenciones no llevarían aquellos hombres que atropellaban su casa en ademán airado!
--¡La gente se está matando!--dijo uno sin acercarse mucho á la Rámila, porque su miedo supersticioso podía más que el mal intento que le conducía.
--¿Qué gente?--preguntó la vieja temblando.
--La de Cumbrales.
--¿Ónde?
--En el Campo de la Iglesia.
--¿Por qué?
--Porque vinieron los de Rinconeda, acometieron, y se respondió como era debido.
--¿Y por qué no vais á separarlos?
--Allá estuvimos; pero no podemos.
--¡Muy en su punto traéis la ropa para haber hecho cosa mayor! ¿Y la Josticia?
--Panza arriba lo más de ella, y el alcalde en mucho apuro.
--¿Por qué no se hace respetar?
--Porque primero es lo otro: pa eso es de Cumbrales.
--Y vusotros, ¿de ónde sois entonces?
--¿Por qué es la pregunta?
--Porque debiérais estar ayudando á los vuestros, y no escondidos como liebres en este ujero.
--Se ha convenido allá, en vista de que ni la Josticia ni el señor cura ni don Valentín ni don Pedro Mortera pueden con aquello, en que andan en el ajo manos que no son vistas de ojos corporales... y á eso venimos.
--¿Á qué?
--Á que vaya á deshacerlo el mesmo demonio que lo amañó.
La pobre anciana, que había cobrado algunas fuerzas de espíritu en el recelo que mostraban los cuatro invasores, que permanecían agrupados cerca del que con forzada valentía llevaba la voz, se desalentó mucho al oir la última respuesta de éste y al notar cierta resolución en la actitud de los otros tres. Intentó, sin embargo, sacar el posible partido del miedo que inspiraba su mala fama, y preguntó al hombre que hablaba, con sus remedos de hechicera de teatro:
--Y ¿quién es ese demonio?
--Usté lo es.
--¡Yo?... Pedazo de bruto, si yo fuera el demonio, ¿no estuviérais ya asados los cuatro, en pena del mal querer que aquí vos trae?
Miráronse los hombres nada seguros de estar en lo cierto, y hasta recelosos de que aquel supuesto demonio, si le apuraban mucho, hiciera lo que hasta entonces no había hecho, sabe Dios por qué consideración. Uno de ellos, acaso el más bruto, se aventuró á decir:
--No alcanza tanto el poder de usté, aunque mucho sea para hacer mal.
--Pues entonces, almas de Dios, ¿á qué venís aquí?
--Á que vaya usté á deshacer aquello.
--¿Cómo he de deshacerlo?
--Con el conjuro que mejor le cuadre.
--¡Jesús me valga!--clamó entonces la pobre vieja,--¿por qué me habrá nacido á mí esta fama tan negra y desdichada!
Probó la exclamación que la Rámila perdía terreno; envalentonáronse los otros al notarlo; acercáronse más á ella, y gritó uno en tono amenazante y descompuesto:
--¡Pronto, que pa luégo es tarde!
--¡Pero, hijo, si yo no puedo hacer lo que queréis!
--¡Por buenas ó por malas!
--¡Que soy una pobre mujer sin ventura, que nunca mal hice á naide!
--¡Echarla mano!
--¡Por los clavos de Jesús!...
--¡Llevémosla arrastrando, si por sus pies no va!
--¡Miráime de rodillas pidiéndovos misericordia!
Cuando decía esto la infeliz, ya tenía encima las manazas de dos hombres que tiraban de ella y se disponían á arrastrarla.
--No hay remedio--pensó entonces entre angustias mortales:--ó arrastrada aquí si me resisto, ó arrastrada allá si voy y aquello no se calma... ¡la muerte de todas maneras!
El apego á la miserable vida la inspiró un recurso.
--Dejáime un instante, que yo pueda hablar,--dijo á los dos verdugos.
Aflojaron éstos los dedazos, y habló así la Rámila, sentada en el suelo, con los mechones grises sobre la faz amarillenta y afilada, y el mísero jubón desabrochado y roto, obra todo de aquellos bárbaros:
--¿Creéis de veras que yo soy bruja?
--Como nos hemos de morir,--la contestaron.
--¿Y estáis seguros de que mi poder basta para poner en paz á los que riñen en el Campo de la Iglesia?
--Como lo estamos de que usté fué quien armó esa guerra.
--¿Arméla desde allá?
--No, desde aquí mesmo, porque de aquí no ha salido esta tarde, por las trazas.
--Esa es la verdá, hijos míos. Dios me mate si de esta choza he salido desde que vine de misa esta mañana. Pues desde aquí tiene que ser el conjuro. Dejáime que le haga, y dirvos vusotros. Yo vos aseguro que cuando allá lleguéis, todo estará en paz.
--¡Pamemas por salvar el pellejo!
--¡Es que si no vos vais, aunque me quitéis aquí la vida aquello no acabará!
--¿Y si se nos engaña con la promesa?
--Si vos engaño, almas de Dios, con volver acá y hacerme trizas, está la deuda finiquita. ¡Á bien que naide vos ha de pedir cuentas de la fechuría!
Se miraron otra vez los cuatro, como en consulta, y entendiéronse con los ojos. Uno de ellos tomó la voz de los demás y habló así:
--Trato hecho: si al llegar al Campo de la Iglesia nusotros no está la gente en paz, llame usté á Pateta que la socorra, porque no le queda otro santo que la ampare contra la ira de todo el pueblo.
Dicho esto, salieron á buen paso. La lluvia, hasta entonces contenida, comenzaba á formalizarse; los achubascados celajes se extendían en todas direcciones, y el aire refrescaba. Sin levantarse del suelo, dió la Rámila gracias á Dios por haberla sacado con vida del primer trance, y discurrió el modo de conjurar el último y el más grave. Incorporóse después; se aliñó lo mejor que pudo; se echó otro refajo sobre la cabeza; cubrió con ceniza la mortecina lumbre, y salió de la choza. ¿Á dónde? Á donde hubiera un poco de caridad; á casa de don Pedro Mortera; á la del señor cura... á esconderse donde no la delataran si, al llegar los cuatro forajidos al Campo de la Iglesia, la batalla no se concluía.
Trancando estaba la puerta por fuera, cuando la lluvia espesó de tal modo, que la anciana tuvo necesidad de volverse á la choza mientras aquello pasaba. Pero el aguacero continuaba espesando á toda prisa; y espesando, espesando sin cesar, acortábanse los horizontes; dejaron de verse todas las montañas; después todos los montes; después los cerros; después los confines de la vega; luégo la vega misma; después la iglesia, y los árboles, y las casas... y, en fin, todo menos la braña y los cercados más próximos á la choza. Cada hondonada era un lago; cada roderón un torrente. Mirando al cielo, parecía que de él bajaban líquidos cables, gruesos y apiñados; ensordecía el ruido de aquella inmensa cascada, y el agua que rebotaba al llegar al suelo la que vertían las nubes, era otra lluvia hacia arriba, contra la que no hay defensa fuera de techado. Pero hasta entonces llovía sereno y á plomo; gustaba ver aquellos chorros infinitos cayendo rápidos, sonores é incesantes, como gusta y entretiene en el silencio de la noche la llama del hogar lamiendo las negras paredes de la chimenea.
De pronto hubo una virazón al Noroeste; rugió el vendaval arisco; llevóse por delante el diluvio; azotó con él muros y terreros; revolcó las copas de los bardales en las charcas de las callejas; tumbó cuanto el Sur de la mañana había dejado vacilante y removido; la noche anticipó media hora su venida; y la Rámila, tranquila por entonces, cerró por dentro la puerta de su choza, volvió á atizar la lumbre y se acurrucó junto á la llama sin quitarse el refajo de encima de los hombros, porque empezaba á sentirse el primer frío del invierno.
Cuando los cuatro sujetos que la habían atormentado llegaron, echando los bofes y calados hasta los huesos, á dar vista al Campo de la Iglesia, ni huellas de lo ocurrido quedaban en él. El agua corría por todas las camberas, se desbordaba en los senderos profundos, y saltaba y hervía en los llanos al impulso de la que seguía cayendo.
La gente se amontonaba en el portal de la taberna y en el de la iglesia, y toda ella era de Rinconeda: los hombres, desgreñados, rotos, sucios de fango y de verdín, con las caras borrosas, hinchadas, tintas en lodo y en sangre; las mujeres, en refajo, con las sayas vueltas sobre la cabeza. Unas y otros inmóviles, taciturnos y con los ojos fijos en las goteras del corral y el oído atento al rumor de la lluvia.
En el portal de Tablucas había gente de Cumbrales. Allí se metieron los cuatro sujetos de marras, y allí aprendieron que la pelea había cesado cuando el agua no cabía ya en canales; es decir, según se calculó en el acto, poco después que ellos salieron de la choza de la Rámila, justamente cuando ésta debió de acabar el prometido conjuro; conjuro que, sin duda, armó el temporal que estaba reinando, como se arman siempre que los demonios andan por la tierra desencadenados, ya por obra de hechicerías, ya por gracia del hisopo. Deshecha la maraña del Campo de la Iglesia, Resquemín tuvo el buen acuerdo de encerrar en la taberna á los hombres de Cumbrales que en ella se refugiaron, para separarlos de los de Rinconeda; otros corrieron á sus casas, y el resto de la gente se guareció en la de Tablucas por no mezclarse con el enemigo que _asubiaba_ en el portal de la iglesia.
--¡Y negaréis entoavía que esa mujer es el mesmo demonio!--exclamaba Tablucas, después de oir los relatos y las conjeturas de los cuatro sujetos.--¡Y no tendré yo razón para jurar que ella es quien me golpea la puerta y se planta en ese murio en fegura de perro!... ¡Y la dejestis con vida!... ¡Córcia, si soy yo que vusotros, allí finiquita hoy!... Y pué que vos pese no haberlo hecho; que la que es mala por el gusto de serlo, ¿qué no será cuando la ofenden? En éstas y otras tales, arreció el viento sin disminuir la lluvia; y como éstos son signos de durar la tormenta, y la noche se venía encima, los de Rinconeda, después de breve consulta, salieron de sus refugios y emprendieron la marcha hacia su lugar, entrando en las pozas por derecho y sin tratar de defenderse contra el diluvio que los empapaba y el viento que los embestía de frente, porque hubiera sido trabajo inútil, amén de embarazoso. ¡Cómo volvían escurridos, sucios, desaliñados, taciturnos y maltrechos aquellos mozos que, horas antes, habían venido emperejilados, alegres, sueltos y provocativos! Acaso, mientras caminaban en fila, como ratas huyendo de la inundada alcantarilla, pensaban en que sus hogares podían ser asaltados por el torrente que bajaría ya de las laderas; y este pensamiento los espoleaba. ¡Justo castigo de sus malos deseos de la mañana, cuando el Sur levantaba en vilo los tejados de Cumbrales! No iba Chiscón en aquella triste caravana, ni se le había visto en el pueblo desde mucho antes de acabarse la refriega.
Del Sevillano nadie supo dar noticias ciertas. Aseguróse por la noche en la taberna de Resquemín que había desaparecido del corro tan pronto como se armó la sarracina. Muchos temieron entonces los estragos de su navaja; pero nadie le vió entre los combatientes. Sin embargo, se afirmó, con el testimonio de Bodoques que le columbró desde lejos, que él fué quien agazapado entre unos posarmos, detrás de la pared de un huerto, hirió á Nisco con la piedra arrojada desde allí; y aun juraba Bodoques, según el narrador, que el tiro no iba al hijo del alcalde, sino á Pablo, por el modo que tuvo el Sevillano de hacer la puntería. Verosímil pareció la hazaña en quien fué capaz de presentarse en Cumbrales al frente del enemigo invasor; y bien hizo aquella noche el traidorzuelo en no aportar por la taberna, porque toda su fama tremebunda no Je hubiera librado de una mano de leña como para él solo.
Excusado es advertir que se hizo público allí el caso de la Rámila, el cual acabó de afirmar entre aquellas gentes su opinión de bruja rematada; y Dios sabe lo que hubiera sido _en caliente_, de la infeliz, á no estar la noche tan fría y tempestuosa.
Sobre el estado de Nisco se contó mucho y muy contradictorio: desde darle por muerto, hasta creerle ya sano y de pie. Á última hora entró una vecina suya en busca de vino blanco para ponérselo, con aceite y romero, en paños sobre la herida. El bravo mozo había recobrado el conocimiento y estaba fuera de todo peligro.
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XXV
MIEL SOBRE HOJUELAS
El temporal siguió reinando hasta cerca de media noche. Á esa hora se corrió el viento al Norte, cesó el agua, rasgáronse los nublados, fuéronse adelgazando por momentos; y cuando apareció el sol del nuevo día, desplegó el lujo de sus rayos en un cielo sereno, azul y limpio como el cristal de un espejo. Pero la brisa terral era fría y húmeda; los tejados de Cumbrales relucían; los bardales goteaban; las callejas eran charcos; las praderas brillaban como sartas de rica pedrería, y comenzaba á oirse por las barriadas del pueblo el _clan_, _clen_ de las herradas almadreñas de los transeuntes, entre los que apenas se veía uno sin negros cardenales ó arañazos en la cara, muestras dolorosas de la refriega del día anterior.
Á media mañana salió Pablo de su casa en dirección á la de Nisco, á cuyo lado había permanecido la noche antes con Catalina, que no se apartaba un punto de allí, hasta que el mozo se despejó y pudo conocerse la importancia de la herida.
Este suceso, desde el momento de su ocurrencia, así como el recuerdo de los que le habían precedido, traíanle caviloso é indignado por todo extremo; pero aún le mortificaba más la cola que trajo para él su intervención personal en la batalla.
No hubo modo de ocultárselo á don Juan de Prezanes; y no bien lo supo, fuése á casa de don Pedro Mortera, donde ya se hallaba éste con su hijo tranquilizando á su madre, á María y á Ana, que también estaba allí: las tres le contemplaban y le oían acongojadas y suspensas. La entrada del jurisconsulto fué airada y sombría, como celaje de tormenta. Increpó duramente al joven por haberse mezclado en un revoltijo tan indigno de un hombre de sus condiciones, y en ocasión tan reñida con calaveradas de semejante jaez. ¿Qué idea tenía de la seriedad del trance en que estaba empeñado con él, con Ana y con su propia familia? ¿Pensaba entrar con aquellos resabios de una fatal educación, por una tolerancia mal entendida, en el nuevo hogar, donde su hija debía ser reina y no mártir? Y así por el estilo.
Respondió Pablo como pudo y como lo sentía; replicó don Juan irreflexivo y cáustico; intervino don Pedro, herido por las intemperancias de su compadre, tras de apenado más que él por el suceso; enfurecióse el otro... y se armó la gorda. El resultado fué que don Juan de Prezanes salió, echando chispas, de casa de su compadre, llevándose á Ana consigo y quedándose los demás atribulados y mustios.
Así estaban las cosas cuando iba Pablo á casa de Nisco, maldiciendo la casualidad que le había hecho intervenir en la batalla, y prometiéndose, para en adelante, huir, como de la peste, de toda ocasión que pudiera acarrearle disgustos semejantes.
Y andando así, al revolver un recodo de la calleja, enfrente de la barriada en que vivía Juanguirle, se encontró tope á tope con el Sevillano. Toda la sangre del corazón sintió Pablo que le subía de un salto al cerebro cuando se vió tan cerca del traidor que, según se afirmaba ya por todos, había herido á Nisco y quizá provocado, con sus consejos á Chiscón, el conflicto del día antes. La ira le hervía en el pecho, y la indignación le impelía y le tentaba; pero el propósito que había formado le contuvo y quiso seguir su camino sin darse por enterado del encuentro. Creíase el Sevillano, como todos los bravucones de su ralea, en el imprescindible deber de medir con los ojos, con aire de perdonavidas, á todo hombre que á su lado pasara, en paz y en gracia de Dios, se entiende. Con doble motivo debía de hacerlo con Pablo, á quien detestaba por su valentía del día antes y por otras razones más; y eso hizo en aquella ocasión el matasiete de Cumbrales en cuanto notó que el joven se inmutaba y volvía la cabeza por no verle, señales de timidez y apocamiento, á juicio del jandalete; por lo que, no contento con mirarle burlón y desdeñoso, se puso en jarras delante de él y le dijo contoneándose:
--¿Tenía osté algo que ecirme, camará?
Se necesitaba ser de hielo para que una actitud, una mirada y unas palabras como aquéllas, se quedaran sin respuesta. Pablo, temblando de pies á cabeza, no de miedo, sino de ira, pero con la voluntad refrenada, se detuvo también y respondió:
--En verdad que no es poco lo que te dijera, si de decir lo que siento tratáramos ahora.
--Po míate tú: yo me peresco por platicá con loj amigo. Con que venga de ahí, que pa _ezo_ e la lengua e la boca.
--Calla la tuya y aparta á un lado, que voy de prisa.
--En el moo e abrirze camino ze conoze el temple e la prezona. Pero ya ze ve, ¡como no tenemoj ahora quien nos guarde la eparda como teníamoj ayé, no gayeamo tanto!...
--Y tú ¿qué sabes lo que pasó ayer?... ¿Dónde estuvistes?
--Librando á Cumbrale de una banduyá, con no meter en zambra la jerramienta... ¡Ayí eztuve!
--¡Como las liebres, debajo de los posarmos!
--Camará, ¿ezo e china tirá á la jeta?