Entremeses selectos · Unidad 6 de 10

Unidad 6 · DICHOS, EL GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN CASTRADO, PEDRO CAPACHO, EL AUTOR,

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DICHOS, EL GOBERNADOR, BENITO REPOLLO, JUAN CASTRADO, PEDRO CAPACHO, EL AUTOR,

LA AUTORA, EL MUSICO, OTRA GENTE DEL PUEBLO Y UN SOBRINO DE BENITO, que ha de ser aquel gentil hombre que baila.

Chanfalla.— Siéntense todos: el retablo ha de estar detrás de este repostero: y la autora también, y aquí el músico. Benito.— ¿Músico es éste? Métanle también detrás del re¬ postero: que á trueque de no velle, daré por bien em¬ pleado el no oille. . ,,

Chanfalla.— No tiene vuesa merced razón, señor alcalde Repollo, de descontentarse del músico, que en verdad que es muy buen cristiano, é hidalgo de solar conocido. Gobernador.— Cualidades son bien necesarias para ser buen músico. , ,

Benito.— De solar bien podrá ser; más de sonar, abrenun¬ cio. , .

Rabelin.— Eso merece el bellaco que viene á sonar delan-

ocw

Niel señor Rabel, \en infinito; y

an gran reta-

te de... c_> 0 ' , .

Benito.— Pues por Dios que hemos visto aquí sonar a otros músicos tan...

Gobernador.— Quédese esta razón en el y en el tan del alcalde: que será proel el señor Montiel comience su obra.

Benito.— Poca balumba trae este autor blo.

Juan.— Todo debe ser de maravillas.

Chanfalla.— Atención, señores, que coi quiera que fuiste, que fabricastes ejL _ maravilloso artificio, que alcanzó el renombre de las ma¬ ravillas: por la virtud que en él se encierra, te conjuro, apremio y mando que luego incontinente muestres á es-

)o. O tú, quien atablo con tan

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tos señores algunas de las tus maravillosas maravillas, para que se regocijen y tomen placer, sin escándalo al¬ guno. Ea que ya veo que has otorgado mi petición: pues por aquella parte asoma la figura del valentísimo San¬ són, abrazado con las colunas del templo, para derriba - lie por el suelo, y tomar venganza de sus enemigos, lente valeroso caballero: tente por la gracia de Dios Padre, no hagas tal desaguisado, porque no cojas deba¬ jo y hagas tortilla tanta y tan noble gente como aquí se ha juntado. . ^

Benito.— Téngase: cuerpo de tal conmigo. Bueno sería, que en lugar de habernos venido á holgar, quedásemos aquí hechos plasta: téngase, señor Sansón, pesia á mis males que se lo ruegan buenos.

Capacho.— ¿Véisle vos, Castrado?

Juan.— ¿Pues no le había de ver? ¿Tengo yo los oios en el colodrillo? J

Capacho.— Milagroso caso es este; así veo yo á Sansón ahora, como al Gran lurco; pues en verdad que me tengo por legítimo y cristiano viejo.

Chirinos.— Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro que mató al ganapán en Salamanca; échate, hombre: échate, hombre: Dios te libre: Dios te libre.

Ciianfalla.— Echense.todos, échense todos; ucho ho, ucho • ho, ucho ho. (Echanse todos y alborótanse.) •

Benito.—E l diablo lleva en el cuerpo el torillo; sus partes tiene de hosco y de bragado: si no me tiendo me lleva de vuelo.

Juan.— Señor autor, haga, si puede, que no salgan figuras que nos alboroten; y no lo digo por mí, sino por estas mochachas, que no les ha quedado gota de sangre en el cuerpo, de la ferocidad del toro.

Castrada.— ¡ Y cómo, padre! No pienso volver en mí en tres días; ya me vi en sus cuernos, que los tiene agudos como una lesna.

Juan.— No fueras tú mi hija,, los vieras.

Gobernador. —Basta que todos ven lo que yo no veo' pero al fin habré de decir que lo veo, por la negra honrilla.

Ghirinos.— Esa P^^da de ratones, que allá va, desciende por Enea re«>é aquellos que se criaron en el arca de Noe: de elldj-tf i blancos, de ellos albarazados, de ellos jaspeados, <g tallos azules: y finalmente todos son ra¬ tones. bfe'/.,,

Castrada.— ¡jo iiY ¡ay de mí! téngame, que me arroiaré por aquellá^: «V- yjana. ¿ Ratones ? desdichada: amiga, apriétate las y: 'pies, y mira no te muerdan; y monta que lenta ° C0S ' ^° r a ^ ue l a ) que pasan de mi-

Repolla.—Y o si soy la desdichada, porque se me entran

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sin reparo alguno: un ratón moreniccame tiene asida de una rodilla; socorro venga del cielo, pues en la tierra me falta.

Benito.— Aun bien que tengo gregüescos, que no hay ratón que se me entre, por pequeño que sea.

Chanfalla.— Esta agua, que con tanta priesa se deja des¬ colgar de las nubes, es de la fuente que da origen y principio al río Jordán; toda mujer á quien tocare en el rostro, se le volverá como de' plata bruñida, y á los hombres se les volverán las barbas como de oro.

Castrada.—O yes, amiga, descubre el rostro, pues ves lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan sabroso! cúbrase pa¬ dre, no se moje.

Juan.—T odos nos cubrimos, hija.

Benito.— Por las espaldas me ha calado el agua hasta la .canal maestra.

Capacho.—Y o estoy más seco que un esparto.

Gobernador.— ¿Qué diablos puede ser esto, que aún no me ha tocado una gota, donde todos se ahogan? Más ¿si vi¬ niera yo á ser bastardo entre tantos legítimos?

Benito.— Quítenme de allí aquel músico, sino, voto á Dios, que me vaya sin ver más figura: válgate el diablo por músico aduendado, y que hace de menudear sin citóla y sin son.

Rabelín. -Señor alcalde, no tome conmigo la hincha, que yo toco como Dios ha sido servido de enseñarme.

Benito.— ¿Dios te había de enseñar, sabandija? métete tras la manta, si no por Dios que te arroje este banco.

Rabelín.—E l diablo creo que me ha traído á este pueblo.

Capacho.— Fresca es el agua del santo río Jordán, y aun¬ que me cubrí lo que pude, todavía me alcanzó un poco en los bigotes; y apostaré que los tengo rubios como un oro.

Benito.— Y aun peor cincuenta veces.

Chirinos.— Allá van hasta dos docenas de leones rapantes y de osos colmeneroSr-todo viviente se guarde, que aunque fantásticos, no dejarán de dar alguna pesadum¬ bre, y aun de hacer las fuerzas de F^rcules con espadas desenvainadas. l

JuAN.-^-Ea, señor autor, cuerpo de / ¿y agora nos quiere llenar la casa de osos y de lem |

Benito.— Mirad qué ruiseñores y calan® nos envía Tontonelo, sino leones y dragones. Señ® l:or, ó salgan fi¬ guras más apacibles, ó aquí nos itamos con las

vistas; y Dios le guíe, no pare más^B /pueblo un mo¬ mento. |®

Castrada.— Señor Benito Repollo, dej£ salir ese oso y esos leones, siquiera por nosotras, y recibiremos mucho con¬ tento.

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Juan.— Pues hija, t de antes te espantabas de los ratones, (y agora pides osos y leones?

Castrada.— Todo lo nuefó place, señor padre.

Chirinos.— Esa doncella, que agora se muestra tan galana, y tan compuesta, es la llamada Herodías, cuyo baile al¬ canzó en premio la cabeza del precursor de la vida. Si hay quien la ayude á bailar, verán maravillas.

Benito.— ¡Esta sí, cuerpo del mundo, que es figura hermo¬ sa, apacible y reluciente! Diablo, y como que se vuelve la mochacha. Sobrino Repollo, tú que sabes de acha¬ que de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de cpatro capas. \

Sobrino.— Que me place, tío Benito Repollo. (Tocan la za¬ rabanda.)

Capacho.— Toma á mi abuelo, si es antiguo el baile de la zarabanda y de la chacona.

Benito.— Ea, sobrino, ténselas tiesas á esa bellaca; pero si esta es bejlaca, ¿cómo ve estas maravillas?

Cu anfalla.— Todas las reglas tienen escepción, señor al¬ calde.

Escena IX

Suena una trompeta ó corneta dentro del teatro, y sale un FURRIER de compañías.

Furrier.— ¿Quién es aquí el señor gobernador?

Gobernador.—Y o soy, ¿qué manda usted?

Furrier.— Que luego al punto mande hacer alojamiento para treinta hombres de armas, que llegarán aquí den¬ tro de media hora, y aun antes, que ya suena la trom¬ peta; y á Dios. (Vdse.)

Escen? X

DIODOS menos el FURRIER

Benito.— Yo a / - ré que los envía el sabio Tontonelo.

Chanfalla .— k i. ¿y tal, que esta es una compañía de ca¬ ballos, quebfe,. ?a alojada dos leguas de aquí.

Benito.— Ahotro u « conozco bien á Tontonelo, y sé que vos y él sois un£c «v! andísimos bellacos, no perdonando al músico; y irív:-: Yrie os mando que mandéis á Tontonelo no tenga atré\u Aento de enviar estos hombres de ar¬ mas, que le haré dar doscientos azotes en las espaldas, que se vean unos á otros.

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Chanfalla.— Digo, señor alcalde, que°no los envía Ton-

BENmf.— Digo que los envía Tontonelo, como ha enviado las otras sabandijas, que yo he visto. .

Capacho. -Todos las hemos visto, señor Benito Repollo. Benito.— No digo yo que no, señor Pedro Capacho. No to¬ ques más, músico de entre sueños, que te romperé la cabeza.

Escena XI

DICHOS y el FURRIER

Furrier.— Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? que ya están los caballos en el pueblo. ■ , -

Benito.— ¿Qué todavía ha salido con la suya lontoneloi’ Pues yo os voto á tal,autor de humos y de embelecos, que me lo habéis de pagar.

Chanfalla. —Séanme testigos, que me amenaza el alcalde. Chirinos.— Séanme testigos, que dice el alcalde que lo que manda S. M., lo manda el sabio Tontonelo.

Benito— Atontoneleada te vean mis ojos, plega á Dios todo

Gobernador.—Y o para mí tengo que verdaderamente es¬ tos hombres de armas no deben de ser de burlas. FuRRiER.-¿De burlas habían de ser, señor gobernador? ¿está en su seso?

Juan.— Bien pudieran ser atontonelados, como esas cosas habernos visto aquí. Por vida del autor que haga salir otra vez á la doncella Herodías, porque vea este señor lo que nunca ha visto: quizá con esto le cohecharemos

para que se vaya presto del lugar.

Chanfalla. -Eso en buena hora; y veisla aquí á do vuelve, y hace de señas á su bailador que de nuevo le ayude. Sobrino.— Por mí no quéuaráy por cierto.

Benito.— Eso sí, sobrino, cánsala, cánsala; vueltas y más vueltas: vive Dios que es un azq' 'é la muchacha: al hoyo, al hoyo: á ello, á ello. w Furrier.— ¿Está loca esta gente? ¿Qu| es ésta, y qué baile y qué Tontonel Capacho.— ¿Luego no ve la doncella l 1 rrier? ¡

Furrier.— ¿Qué diablos de doncella ta Capacho.— Basta, de ex illis est (1). F Gobernador.— De ex illis est, de ex Juan.— De ellos es, de ellos, el señor Furrier; de ellos es.

* (1) De ellos es, judio convertido os, ó hijo bastardo,

zansaia; vueuu O' 'e la much; L \

)uV, hlos de i h1 ;

i n tana el s tfl te ver?

r Furrier; de ell

dos de doncella lana el señor fu-

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Furrier.—S oy del demonio que los lleve; y por Dios vivo, que si echo mano á la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la puerta.

Capacho.—B asta, de ex illis est.

Benito.— Basta, de ellos es, pues no venada.

Furrier.—C analla barretina (1), si otra vez me dicen que soy de ellos, no les dejaré hueso sano.

Benito.—N unca los confesos ni bastardos fueron valientes; y por eso no podemos dejar de decir: de ellos es, de ellos es.

Furrier.— Cuerpo de Dios con los villanos, esperad. (Mete mano día espada y acuchíllase con todos; el alcalde aporrea al Rabelejo, y la Chirinos descuelga la manta y dice:)

Chirinos.—E l diablo ha sido la trompeta y la venida de los hombres de armas: parece que los llamaron con cam¬ panilla.

Chanfalla.— El suceso ha sido extraordinario. La virtud del retablo se queda en su puntó, y mañana lo podremos mostrar al pueblo; y nosotros mismos podemos cantar el triunfo de esta batalla, diciendo: vivan Chirinos y Chanfalla.

(1) Expresión metafórica que vale lo mismo que gente soez.

Los dos habladores

Un Procurador. Un A Iguacil. , Un Escribano.