Estados Unidos · Unidad 10 de 22
Inicio — parte 10
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
Los resultados de esta curación moral son extraños e inexplicables. Las mujeres entran en delirio, se tuercen y revuelcan por el suelo, echando espumarajos; lloran los hombres y aprietan los puños, hasta que, al fin, un himno religioso, entonado en coro, empieza, lentamente, a dulcificar aquellas santas amarguras; la razón recobra su imperio, la conciencia se aquieta y tranquiliza, y una profunda melancolía se pinta en los semblantes, mezclada de síntomas de bondad moral, como si hubiese robustecídose el sentimiento de lo justo con aquel vomitivo aplicado al espíritu. Los profanos que han presenciado estas escenas en las campañas, atribuyen aquellos efectos singulares de la palabra a la excitación que producen sobre el cerebro las ideas elevadas, en personas que por la monotonía de la vida aislada que llevan, pasan meses enteros sin experimentar emoción alguna de placer ni de dolor. Es aquel un drama entre Dios y la criatura, cuyas peripecias tienen despierto al auditorio que es la parte más activa de la representación. Acaso el cerebro tiene movimientos y revoluciones como otros órganos del cuerpo humano también. Pero en todo caso el habitante del Far West en nada se parece al bárbaro pastor o al labrador de nuestras campañas, pues que está abundantemente preparado para oir la palabra divina por la lectura de la Biblia y por los comentarios teológicos de los divinistas. Pero lo que de todo esto importa para mi objeto, es que mediante los ejercicios religiosos, las disidencias teológicas y los pastores ambulantes, aquella grande masa humana vive toda en fermentación, y la inteligencia de los más apartados habitantes de los centros se conserva despierta, activa, y con sus poros abiertos para recibir toda clase de cultura. A semejanza de una cuba, que no importa la calidad del líquido que encierre, se mantiene ajustada y apta para servir; mientras que si se le deja vacía, las duelas se tuercen, los arcos se aflojan y queda con la acción del tiempo y las fluctuaciones de la intemperie, inutilizada para siempre.
Pero abra Vd. paso, todavía para un elemento civilizador, el más activo que mantiene la vida en aquellos pueblos, religioso, político, industrial, lleno del espíritu antiguo de las colonias, como, asimismo, accesible a todos los progresos de la inteligencia moderna, el descendiente de los viejos peregrinos, el heredero de sus tradiciones de resignación y de endurecimiento al trabajo manual, el elaborador de las grandes ideas sociales y morales que constituyen la nacionalidad norteamericana, el habitante, en fin, de los Estados de la Nueva Inglaterra, Maine, New Hampshire, Massachusetts, etc. He aquí la raza bramínica de los Estados Unidos. Como los bramanes descendiendo de las montañas del Himalaya, los habitantes de aquellos antiguos Estados, se diseminan hacia el Oeste de la Unión, educando con su ejemplo y sus prácticas a los pueblos nuevos que surgen sin pericia y sin ciencia sobre la faz de la tierra apenas desmontada. Recuerda Vd. que los peregrinos eran ciento cincuenta sabios, pensadores, fanáticos, entusiastas, políticos, emigrados y probados por todas las calamidades que pueden caer sobre los hombres; recuerda Vd., sin duda, que no quisieron que con ellos se embarcase un sirviente al alejarse de las costas de la Europa, resueltos como estaban a labrar la tierra con sus propias manos y no reconocer desigualdades sociales en la nueva patria que iban a buscar en la América: recuerda Vd., que se sentaron todos debajo de una encina de donde hoy está Boston, y después de dar gracias al Dios de Israel por su feliz arribo, discutieron las leyes que se darían para gloria de Jehová y su libertad personal; recuerda Vd., por fin, que esos hombres en aquella época establecieron escuelas públicas, obligando a cada padre, tutor o patrón de niños, a darles educación elemental para el espíritu y un oficio manual para el sustento del cuerpo. Pues bien, los hijos de aquella escogida porción de la especie humana, son aun hoy los mentores y los directores de las nuevas generaciones. Créese que más de un millón de familias descienden, en toda la Unión de aquella noble estirpe. Ellos han impreso en la fisonomía del yankee aquella plácida bondad que se nota en la clase más educada. Ellos llevan a toda la Unión la aptitud manual que hace de un norteamericano una maestranza ambulante; la energía férrea para luchar con las dificultades y vencerlas; y la aptitud moral e intelectual que lo pone al nivel, si no en la línea superior, a lo mejor de la especie humana. Estos emigrantes del Norte disciplinan las poblaciones nuevas, les inyectan su espíritu en los mítines que presiden y provocan; en las escuelas, en los libros, en las elecciones y en la práctica de todas las instituciones norteamericanas. Las grandes empresas de colonización y ferrocarriles, los bancos y las sociedades, ellos las inician y llevan a cabo. Así es que la barbarie producida por el aislamiento de los bosques, y la relajación de las prácticas republicanas, introducidas por los emigrantes, encuentran en los descendientes de los puritanos y peregrinos un dique y un astringente. Hay, pues, flujo y reflujo, entre estas dos fuerzas contrarias; y por más que fuera rápida la dilatación de la Unión y la mezcla y yuxtaposición de los pueblos, ellos acabarían, al fin, por dar homogeneidad al todo y conservarle el tipo original y nuevo, tradicional y progresivo que distingue a aquel pueblo. ¿Sucede cosa igual en el resto del mundo en formas tan perceptibles y constantes?
Acaso, creerá Vd. que aquellos instrumentos de pulimento y purificación nacional, a fuer de herederos de las antiguas creencias de los peregrinos, mantienen la inmovilidad de las ideas y constituyen una secta aparte. Bajo el aspecto religioso, los Estados Unidos presentan el mismo espectáculo que las costumbres, y que la superficie de la tierra. En ninguna parte del mundo puede decirse con más propiedad que Dios está hecho a imagen y semejanza de los hombres. Los norteamericanos tienen de Dios las ideas elevadas que de su esencia nos han transmitido los hebreos por medio del cristianismo; pero las sectas religiosas y las prácticas se adaptan allí a la inteligencia popular, descienden a una especie que llamaría fetichismo si tuviese por símbolos ídolos o manitúes; y se eleva hasta la filosofía pura, el deísmo, sin perder su carácter profundamente religioso, y aun sin salir de las grandes fórmulas morales del cristianismo. Como en todos los pueblos eminentemente religiosos, hay hoy en este momento en los Estados Unidos, santos, profetas, enviados de Dios, descensión y ascensión visible del Espíritu Santo, y comunión entre el cielo y la tierra. Hay religiones nuevas, que están naciendo y prometiendo absorber toda la tierra; los mormones, son de ayer, y sus inspirados y pontífices hacen milagros; testigo de ello que durante mi residencia en los Estados Unidos, un profano descubrió que la luz pálida que arrojaba el semblante del santo varón, procedía de una fricción que se había dado con fósforo. El venerable pontífice no se dió por vencido, diciendo que todos los milagros habían sido preparados así, ni sufrió en lo menor la fe y fervor de los creyentes, que hoy ascienden a más de ciento cincuenta mil.
Hay religiones danzantes, y los fieles, después de haber oído la oración del pastor, se lanzan a bailar hasta que el numen del baile se despierta, y el cuerpo se lanza a hacer cabriolas frenéticas, e indescriptibles. Entonces créese iluminado el paciente, que cae al fin extenuado y demente. Como he visto en el baile Mabille, de París, a la Reina Pomaré, la Rigolette, y otras celebridades hacer diabluras, no me dejo atrapar fácilmente por estas manifestaciones del Espíritu Santo. Sobre estas capas inferiores del culto en los Estados Unidos descuellan disidencias cristianas más respetables, tales como baptistas, metodistas, presbiterianos, congregacionalistas, cristianos, episcopalistas, luteranos, alemanes reformados, católicos romanos, amigos, universalistas, unitarios y otras sectas, entre las cuales yo incluiría los deístas puros; pues, tal es el espíritu religioso y tolerante de aquel país, que la negación de toda religión, lo que nosotros llamamos la impiedad, forma una secta aparte contra la cual nadie levanta la voz. Como una muestra de las proporciones que guardan estas divisiones, apuntaré que los baptistas tienen 1.130 iglesias y 4.907 pastores; los episcopalistas 950 iglesias, servidas por 849 pastores; los católicos 912 iglesias con 545 sacerdotes; los unitarios 200 iglesias con 174 pastores, guardando todos los demás una proporción descendente, según su colocación.
He dicho tolerante en el sentido genuíno que los americanos dan a esta palabra. Las sectas religiosas, forman en los Estados Unidos verdaderas cofradías y naciones religiosas, no obstante estar entremezcladas en las ciudades y en los campos. El médico, el escribano, el proveedor de carne, el boticario de la casa, y aun el botero, han de ser de la misma creencia de quien lo ocupa. Hay guerra sorda, proselitismo, en este sentido. Pero la tolerancia se muestra en la impasibilidad con que un metodista oiría contradecir sus dogmas por un católico y viceversa; porque en los Estados Unidos los católicos que profesan por dogma la intolerancia religiosa, son como aquellos tigres sin uñas ni dientes que solemos criar en las casas. No se ha oído hasta ahora que un católico haya mordido a nadie en Estados Unidos, donde hallan muy buena la libertad religiosa de que disfrutan a sus anchas, no sin salvar almas todos los años de los engaños falaces del tentador.
Este caos religioso, aquellas cien verdades contradictorias están, a su vez, sufriendo una elaboración, lenta, es verdad, pero segura, ascendente. Mientras la barbarie mormónica hace sus progresos la filosofía religiosa de los descendientes de los peregrinos viene de alto abajo descendiendo hasta las profundidades de la sociedad, acercando las distancias que separan todas las disidencias, echando entre ellas blandas ligaduras que concluyen por estrecharlas, y que terminarán al fin en absorberlas en el unitarismo, secta nueva, panteísta, en cuanto admite todas las disidencias y respeta todos los bautismos, por cuyo intermedio se ha transmitido la gracia, y elevándose a regiones más encumbradas, desprendiéndose de toda interpretación religiosa, concluye por reunir en un sólo abrazo a judíos, mahometanos y cristianos, prescindiendo de milagros y ministerios, como cosas que no cuadran con la forma orgánica que Dios ha dado al espíritu humano, y clasificándolos en el número de las figuras de la retórica. La moral del cristianismo como expresión y regla de la vida humana, como punto de reunión asequible y aceptable por todas las naciones, he aquí el único dogma que admiten, como la virtud y la humanidad el único culto y la única práctica que prescriben a los creyentes.
Esta filosofía religiosa se extiende con rapidez en los seis Estados de Nueva Inglaterra, tiene su centro en Boston, la Atenas norteamericana, y como propagadores a los hombres más sabios de los Estados.
Como Vd. ve, el espíritu puritano ha estado en actividad durante dos siglos, y marcha a darse conclusiones pacíficas, conciliadoras, obrando siempre el progreso sin romper en guerra con los hechos existentes, trabajándolos sin destruirlos violentamente, como lo emprendió la filosofía nacida del catolicismo en el siglo XVIII, y que tan poco camino ha hecho. Si recuerda el espíritu religioso que campea en los escritos de Franklin, notará que estas manifestaciones tienen antecedentes en la filosofía de buen sentido que inició aquel grande hombre práctico.
Concluyo de todo esto, mi buen amigo, en una cosa que hará pararse los pelos de horror a los buenos yanquis, y es que marchan derecho a la unidad de creencias y que un día no muy remoto la Unión presentará al mundo el espectáculo de un pueblo católico devoto, sin forma religiosa aparente, filósofo sin abjurar el cristianismo, exactamente como los chinos han concluído por tener una religión sin culto, cuyo grande apóstol es Confucio, el moralista que con el auxilio de su razón dió con el axioma: No hagas lo que no quieras que te hagan a ti mismo, añadiéndole este sublime corolario: y “sacrifícate por la masa”.
Si tal sucediera, y debe suceder, cuán grande y fecundo habrá de ser para la humanidad el experimento hecho en aquella porción que dará por resultado la dignificación del hombre por la igualdad de derechos, la elevación moral por la desaparición de las sectas religiosas que ahora lo subdividen, enérgico por las facultades físicas, y eminentemente civilizado por la apropiación a su existencia y bienestar de todos los progresos de la inteligencia humana. Norteamericano es el principio de la tolerancia religiosa que está inscripto en todas las constituciones y pasado ya a axioma vulgar; en Norte América fué por primera vez pronunciada esta palabra que debía restañar la sangre que la humanidad ha derramado a torrentes, y venido destilando hasta nosotros desde los primeros tiempos del mundo. Católicos, cuáqueros, calvinistas, todas estas variantes de una misma fe, venían a las colonias norteamericanas, a yuxtaponerse, sin mezclarse, prevaleciendo los odios que había engendrado la lucha en la Europa. Los padres peregrinos eran los más celosos exclusivistas, porque habían atravesado el mundo, dice Bancroft, para gozar el privilegio de vivir por sí mismos. La guerra religiosa, la persecución había ya estallado entre aquellos miserables restos de un naufragio común, despedazándose entre sí, en lugar de prestarse mutuo auxilio y amparo para resistir a la desgracia. Perseguían en Europa los anglicanos a los disidentes; los católicos a los herejes; quemaban a porfía la Inquisición y Calvino, papas y reyes, mahometanos y cristianos, de manera que usted no sabía adónde darse vuelta sin riesgo de que lo hiciesen _biftec_. En Febrero de 1631, llegó a América un joven maestro lleno del espíritu de Dios, y dotado de preciosos dones. Llamábase Rogerio Williams. Tenía entonces poco más de treinta años; pero su alma había madurado ya una doctrina que le aseguró la inmortalidad, al mismo tiempo que su aplicación ha dado paz religiosa al mundo americano. Era puritano y venía huyendo de la persecución de la Inglaterra; pero sus agravios personales no habían sido parte a obscurecer su clara inteligencia. La profundidad de su espíritu le había descubierto la naturaleza de la intolerancia, y él, sólo él, llegó al principio que es su único remedio efectivo. Anunció su principio bajo la simple proposición de santidad de conciencia. El magistrado civil podía reprimir el crimen, pero jamás dar reglas a la opinión; castigar los delitos, pero nunca violar la libertad del alma. Esta nueva contenía en sí misma una reforma completa de la jurisprudencia teológica, borrando del código de las leyes el delito de felonía por no conformidad; extinguiendo las hogueras que por tanto tiempo había tenido encendidas la persecución; derogando toda ley que hiciese obligatoria la observancia religiosa; aboliendo los diezmos y toda contribución forzosa para el sostén de la iglesia; dando igual protección a toda forma de fe religiosa, sin permitir que la autoridad del gobierno civil se alistase contra la mezquita del musulmán, contra el altar del adorador del fuego, la sinagoga judía, o la catedral romana.
Los principios de Roger Williams lo pusieron en perpetua lucha con el clero y gobierno de Massachussetts. Williams no pactaba con la intolerancia, porque decía: la doctrina de la persecución por causas de conciencia es evidente y lamentablemente contraria a la doctrina de Cristo Jesús.
Los magistrados insistían en exigir la presencia de todo hombre en el oficio divino, Williams reprobaba la ley, mirando como una abierta violación de los derechos de un hombre compelerlo a unirse con aquellos de creencia diversa; arrastrar al templo a los incrédulos o mal querientes, era santificar la hipocresía. Una alma incrédula, añadía, está muerta en pecado, y forzar al indiferente en una creencia a entrar en otra, es como mudar de mortajas a un cadáver. Nadie debe ser obligado a adorar, por mantener una creencia, sin su propio consentimiento.
Qué, le contestaban los puritanos, ¿el trabajador no merece su salario?--Que se lo pague el que lo ocupa, replicaba el heresiarca de la tolerancia. Su perspicacia le hizo desde entonces prever la influencia de sus principios en el gobierno de las sociedades. En los últimos días de su vida confirmó sus primeras ideas diciendo: “será un acto de misericordia y de justicia para las naciones esclavizadas romper el yugo de la opresión del alma, como es de fuerza obligatoria, hacer que todos y cada interés y conciencia preserven la libertad y la paz comunes”[4].
¡Y la luz fué! Desde Williams acá unos más pronto, otros más de mala gana y refunfuñando, han tenido que apagar sus tizoncitos y dejarse de esa bufonada de mal género que consiste en quemar hombres para mayor honra y gloria de Dios.
No tengo con qué acabar cuando yo entro en el campo de la teología; me vuelvo yankee como usted ve, y hasta gangoso me pongo al leer estos razonamientos. Pero mal que le pese, tengo aún que apuntar una de las fuerzas de regeneración, propaganda y auxilio al moroso que tienen en movimiento la inteligencia en Norte América y fuerzan a marchar adelante a los rezagados. Su origen y su forma es religiosa, si bien sus efectos se hacen sentir en todos los aspectos sociales. Hablo del espíritu de asociación religiosa y filantrópica, que pone en actividad millares de voluntades para la consecución de un fin laudable y consagra caudales gigantescos a la prosecución de su obra. En este punto el norteamericano se ha creado necesidades espirituales tan dispendiosas e imprescindibles como las del cuerpo mismo, y esta provisión de necesidades del ánimo, aquel tiempo, trabajo y dinero empleado en dejar satisfecho un deseo, una preocupación, muestra cuán activa es la vida moral de aquel pueblo. ¿Quién pudiera ser más infatigable propagandista que el católico exclusivo para quien no hay salvación fuera de la iglesia, y está en posesión de una verdad, de que ve a tantos millares de sus semejantes extraviados? Preguntadle al clero más intolerante cuánto dinero gasta de su bolsillo para proseguir la reducción de los infieles, la moralización de las masas. Poquísimo, por desgracia, y ese poco no es debido al sentimiento religioso que lo anima, sino a las cualidades personales y a las predisposiciones de ánimo del que se consagra a las obras de propaganda y filantropía. ¿A quién le ha ocurrido en la América española intentar una cruzada contra la borrachera? En Estados Unidos se cuentan ya por millares los propagandistas celosos de la templanza, y por cientos de miles los que han subscripto la obligación de no probar licores, hasta que la raza humana se cure de esta enfermedad que desbarata toda economía y destruye toda moralidad.
El norteamericano satisface deberes, y llena necesidades de su corazón y de su espíritu con su dinero; y si hubiera de formar su presupuesto anual de gastos diría 100 en comer y vestir, 20 en propagar las buenas ideas religiosas, 10 para obras de filantropía, 50 para fines políticos, 20 para civilización de los bárbaros. Así distribuída la inversión del fruto del trabajo, se permite la libertad de mostrarse egoísta, duro e interesado.