Estados Unidos · Unidad 9 de 22
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Cuando el especulador es un Estado, el pícaro se presenta más desfachatado. El Estado agencia capitales en Inglaterra para abrir caminos de hierro, los obtiene y realiza su empresa; pero como es un Estado naciente del Oeste, donde la población y la riqueza no son grandes, los peajes no producen por largos años el interés del dinero, el Estado deudor promete, aplaza de hoy a mañana el pago sinceramente, miente, en seguida, por necesidad, se enfada de que le estén exigiendo, y últimamente, un día amanece de mal humor, pone a la puerta al acreedor importuno, y le declara en sus propias barbas, y a la faz de todo el mundo, que _repudia_ la deuda, es decir que no paga. ¿Demandarlo? ¿Ante quién? He aquí el primer pícaro que se presenta en el mundo, que no conoce juez en la tierra; el pueblo soberano. El Presidente, el Congreso, el Juez supremo nada pueden contra esta clase de bellacos. El gobierno mismo del Estado nada puede; ni la clase culta y por tanto con vergüenza, porque emanando el poder del voto de la muchedumbre ignorante y bribona, no acepta esta contribución nueva para pagar la deuda contraída. Así se han conducido Mississipi, Illinois, Indiana, Michigan, Arkansas y algunos otros más. ¡Qué bulla han metido los banqueros en Londres con aquella magnífica muestra de la más insigne felonía! Y, ¿qué remedio?
Aquí principia el reverso de la medalla. Los diarios de Europa hacen llover como sobre Sodoma y Gomorra el fuego de la execración universal, y los Estados alzados se ríen con insolencia de tales bravatas. Mas en los Estados que no han participado del crimen, principia una reacción en nombre de la dignidad nacional, del honor de la Unión mancillado, y los delincuentes soberanos empiezan a ponerse serios. Una línea de circunvalación se establece en torno de ellos, y desde allí la opinión pública los fulmina a mansalva. La clase ilustrada de los Estados que han _repudiado_ las deudas siente la indignidad del procedimiento; pero ¿qué hacer contra la mayoría que lo sostiene? Un diario entra tímidamente en la cuestión; copia como por incidente algún artículo censorio. Desde luego reconoce que dadas las circunstancias en que el Estado se halló, y la insolencia de los ingleses, hizo perfectamente bien, y les ha dado una lección severa, para que en adelante respeten mejor la dignidad de un Estado soberano (tramposo). Pero las circunstancias empiezan a cambiar felizmente la propiedad se desarrolla rápidamente. ¿No convendría, _to repeal_ la _repudiación_? ¿Al menos reconsiderar el asunto, arbitrar medios, etc.?
El pueblo soberano oye ya sin enojarse. Al día siguiente le insinúan ideas de honor, sentimientos de generosidad, hasta que al fin la opinión pública se forma, la reprobación excitada afuera halla ecos en el Estado, un sentimiento de vergüenza apunta en los semblantes; voces enérgicas se levantan en la minoría del Congreso, el movimiento se generaliza, y el Estado criminal vuelve sobre sus pasos, entabla negociaciones con los banqueros defraudados, y concluye por reconocer por legítima la deuda del capital, y ofrece un 60 por ciento de los intereses. Otro Estado, no habiendo podido terminar el canal en que invirtió los capitales, pide que se le den las sumas necesarias para llevarlo a cabo, y pagará todo. Un Estado, en fin, permanece inerte en despecho del clamoreo universal, porque es muy pobre, muy apartado, y no se admire usted, muy bruto.
Esto último requiere explicaciones.
GEOGRAFIA MORAL
Había pintado el plan iconográfico de la viabilidad de los Estados Unidos, que si no es la base de la prosperidad de aquel país, es su instrumento, como los dedos del hombre son los fieles ejecutores de su pensamiento. Hay, también, una geografía moral en aquel país, cuyas facciones principales necesito señalar. Conocido el suelo, verá usted las corrientes civilizadoras que llevan a todos los extremos de la Unión la mejora, la luz y el progreso moral.
Conoce usted la historia y la colocación de los trece Estados primitivos de la Unión americana. Dos siglos habían depositado allí las grandes ideas políticas y religiosas que la Inglaterra había arrojado sucesivamente de su seno. Bancroft ha hecho el inventario de esas ideas, colocándolas cada una en la localidad que ocuparon desde su establecimiento, con los peregrinos en la Nueva Inglaterra, con los cuáqueros en la Pensilvania, con los católicos en el Maryland. Aquella colonización fué menos de hombres que se trasladaban de un país a otro, que de ideas políticas y religiosas que pedían aire y espacio para explayarse. Sus frutos han sido la república americana, frutos muy anteriores a la revolución francesa. La declaración de los derechos del hombre hecha por el Congreso de los Estados Unidos en 1776, es la primera página de la historia del mundo moderno, y todas las revoluciones políticas que se seguirán en la tierra, un comentario de aquellos simples dogmas del sentido común.
La declaración de la independencia fué como aquel creced y multiplicaos de Dios a los hebreos. Desde entonces las ideas y los hombres se pusieron en marcha hacia el interior; la república empezó a parir _territorios_ que se convertían luego en _Estados_, como un pólipo que echa al costado de su tronco nuevas ramas. Observe el movimiento de las repúblicas sudamericanas desde su independencia adelante, y verá cuán notable es la diferencia. Chile subdivide sus antiguas provincias, pero sin aumentar ni el territorio poblado, ni el número de sus ciudades. Las antiguas Provincias Unidas del Río de la Plata ven desmembrarse su territorio, y de sus fragmentos constituirse estados raquíticos y absurdos, mientras que las provincias que aún quedan llevando el nombre argentino, se despueblan de día en día, extinguiéndose sus antiguos planteles de ciudades como luces que se apagan. Maine tenía, por ejemplo, en 1790, 96.000 habitantes; 151.000 en 1800; 228.705 en 1810; 400.000 en 1830; 501.793 en 1840. Nueva York tenía 340.120 en 1790; 586.766 en 1800; 959.949 en 1810; 1.372.812 en 1820; 1.918.608 en 1830; 2.428.921 en 1840.
Pero a este movimiento de concentración se añade otro de dilatación. Mississipi aparece en 1800 con 8.850 habitantes; en 1840, contaba ya 375.651. Arkansas no suena hasta 1820, en que presenta una población de 14.273 habitantes; en 1840 tiene cerca de cien mil. Indiana contaba en 1810, 4.762; treinta años después, 685.866. Ultimamente Ohio, que en 1800 registró una población de 40.365, contaba en 1840 un acrecentamiento de más de millón y medio. Asómbrese usted de este diluvio de hombres que los primeros colonos en un desierto ven llegar y establecerse en los alrededores. Me han mostrado un hombre que no era viejo, el cual había visto nacer, desenvolverse y crecer uno de aquellos grandes estados. ¿De dónde salen estos hombres, desde que ya no hay Deucaliones que los produzcan tirando piedras hacia atrás? La inmigración europea figura en segundo plano en estas sucesivas inmigraciones, por más que aparentemente sea su número muy considerable. Los Estados viejos o adultos engendran a los que van apareciendo. El _indian hater_, odiador del indio, va adelante, esparciendo los miembros de esta singular secta instintiva, que tiene por único dogma perseguir al salvaje, por único apetito el exterminio de las razas indígenas. Nadie lo ha mandado; él va solo al bosque con su rifle y sus perros a dar caza a los salvajes, ahuyentarlos y hacerles abandonar las cacerías de sus padres. Detrás vienen los _squatters_, misántropos que buscan la soledad por morada, el peligro por emociones, y el trabajo de desmontar por solaz. Siguen a distancia los _pioneers_ abriendo las selvas, sembrando la tierra y diseminándose en una grande esfera. Vienen en seguida los empresarios capitalistas con emigrantes por peones, y fundando ciudades y aldeas según que los accidentes del terreno lo aconsejan. Sobre estos cuadros viene en seguida a colocarse la inmigración propietaria, mecánica, industrial, joven, que se desprende de los Estados antiguos a buscar y crear la fortuna.
En esta expansión de la población norteamericana se muestran grados de civilización muy marcados, desapareciendo casi del todo en los extremos, al oeste por la diseminación de los habitantes y la rudeza de las ocupaciones campestres, al sur por la presencia de los esclavos, y por las tradiciones españolas o francesas. Medio siglo bastaría para que la barbarie incurable de nuestras campañas argentinas se mostrase en las extremidades de la Unión, si los elementos vivos de regeneración que encierra aquel país no constituyesen un flujo y reflujo que tiene en actividad toda la masa, y evita que las partes lejanas o aisladas se estagnen y degeneren.
¡La inmigración europea es allí un elemento de barbarie, quién lo creyera! El europeo, irlandés o alemán, francés o español, salvo las excepciones naturales, sale de las clases menesterosas de Europa, ignorante de ordinario, y siempre no avezado a las prácticas republicanas de la tierra. ¿Cómo hacer que el inmigrante comprenda de un golpe aquel complicado mecanismo de instituciones municipales, provinciales y nacionales, y más que todo, que se apasione como el yankee por cada una de ellas, y las crea ligadas con su existencia y como parte de su ser, de tal manera que si descuidara ocuparse de ellas y de los intereses a que se ligan, temería que su vida y su conciencia estaban a un tiempo en peligro? ¿Cómo habituarlo al _meeting_ a que a cada instante recurre el pueblo para expresar _his sentiment;_ y una vez expresado, una vez votados una serie de _and to be further resolved_, sentir aquel desahogo y como descargo de un peso que experimenta el norteamericano, como si hubiera producido un hecho, o desvanecido la opinión que combate? Así es que los extranjeros son en los Estados Unidos la piedra de escándalo, y la levadura de corrupción que se introduce anualmente en la masa de la sangre de aquella nación tan antiguamente educada en las prácticas de la libertad. El partido _whig_, que es la parte más racional de la nación, ha intentado muchas veces poner trabas a la inmigración, y sobre todo prolongar por muchos años el aprendizaje, que requiere el uso de los derechos políticos. El partido nativista, hoy extinto, trató de crear una especie de fanatismo nacional, parecido, aunque por motivos contrarios, a nuestro _americanismo_; pero disiparon luego el interés de cada Estado naciente los primeros nubarrones de preocupación que empezaban a levantarse. Los Estados antiguos podían prescindir de los extranjeros, pues que ya estaban densamente poblados y ofrecen poco aliciente a los advenedizos. No así los estados del oeste, que pusieron desde entonces en pública subasta la ciudadanía, bajando a porfía los años de residencia y excusando requisitos para obtenerla.
Contra esta relajación de la disciplina de los mayores y la más sensible que trae la diseminación de la población de las campañas, la organización social de aquel país tiene medios eficacísimos y que ya hubieran producido sus resultados, si no fuese una obra interminable mientras continúen llegando _i barbari_ de Europa por centenas de miles, y hayan acres de bosques por descuajar por millares de millones. Estas fuerzas de atracción, depuración y pulimento, son tan importantes que me permitirá usted irlas enumerando.
La posta diaria es la que más sensiblemente obra. La posta sonará a las puertas de cada aldea lejana y depositará en ella, en algún papel público, un tópico de conversación, y una noticia de las novedades de la Unión. Usted concibe que es imposible barbarizarse donde la posta, como una gotera diaria, está disolviendo toda indiferencia nacida del aislamiento. No olvide que esta posta recorre 134.000 millas, y que en partes tiene por auxiliar el telégrafo.
Paso por alto la influencia civilizadora e irritante de la prensa periódica.
El juicio por jurados llama a los hombres de las campañas a cada instante a reunirse, para juzgar causas criminales, y el payo juez oye la acusación y la defensa, pesa las razones, compulsa leyes, se habitúa a su mecanismo y juzga con toda seguridad de conciencia. El hábito del jurado ha creado el crimen civil, impune, horrible, que se llama la _Ley de Lynch_. Como Jesús decía: “Donde quiera que estaréis reunidos tres en mi nombre, yo estaré con vosotros”, la _Lynch’s law_ ha dicho al yankee de los bosques: “Donde quiera que os reunáis siete en nombre de la voluntad del pueblo, la justicia será con vosotros”. Guárdese usted en el Far-West o en los Estados de esclavos de encontrarse con siete hombres reunidos y provocar sus pasiones. Será usted colgado por aquellos jueces, más terribles y más arbitrarios que los jueces invisibles de los tribunales secretos de la Alemania antigua. La ley lo permite, y aquellas conciencias torvas quedan exentas de todo remordimiento, ni más ni menos que el inquisidor español que veía arder la víctima que con sus ardides había llevado a la hoguera; así la religión y la democracia caen en el crimen cuando se exageran sus principios y sus objetos.
No ejerce menor influencia civilizadora la elección de presidente. El norteamericano hace cincuenta elecciones al año. Derrotado en el consejo de instrucción pública, se echa con el mismo ardor en la de sacristán de su capilla; si pierde allí, espera con redoblado encarnizamiento la de _attorney_, la de diputados para su Estado o la de gobernador. No lo exalta menos la que requiere la renovación de las cámaras, e incuba un año entero su ojeriza contra un candidato para la presidencia y su amor por otro. Entonces la Unión se agita por sus cimientos; los _squatters_ salen de los bosques como sombras evocadas por un conjuro. La suerte de cada uno de aquellos galápagos, está comprometida en el éxito; amenaza no sobrevivir al triunfo del candidato _whig_, cual si dijéramos retrógrado; y si el escrutinio deja burladas sus esperanzas, aprieta los puños se alejan en dirección a su morada, jurando desquitarse en la elección de pastor de su doctrina.
La elección de presidente es, pues, el único vínculo que une entre sí a todos los extremos de la Unión, la preocupación nacional única que conmueve a un tiempo a todos los hombres y a todos los Estados. La lucha electoral, es, por tanto, un despertador, una escuela y un estimulante que hace revivir la vida adormecida por las distancias y la rudeza del trabajo.
Pero el mayor de todos los reactivos constitúyelo el sentimiento religioso. Pasma, sin duda, a un católico tibio que llega de nuestros países ver la escala extensa y elevada en que la religión obra, en medio de aquella extrema libertad. Desde luego la Biblia está en toda la Unión, desde el _loghouse_ del bosque hasta los hoteles de las grandes ciudades, obrando en bien y en mal, los efectos de su lectura diaria. Digo en mal, porque el apego a la letra del texto produce consecuencias desastrosas en los ánimos estrechos. Sábese que en la nueva Inglaterra rigieron por mucho tiempo las leyes de Moisés; tal era y es aún la idea de la perfección inmaculada de cada frase y de cada versículo de la Biblia. A bordo de un buque se hablaba de las maravillas del cloroformo. Un médico aseguraba que podía aplicarse sin peligro a los alumbramientos.--¿Y usted lo aplicará a su mujer? preguntaba un puritano presente.--¿Por qué no?--Pues yo no lo haría, replicó seriamente el interlocutor.--Eso depende del grado de confianza de cada uno en su eficacia.--No, señor; el Génesis dice: parirá la mujer con dolores; y usted contraría la voluntad de Dios. Como se ve, la cuestión del cloroformo era mirada por el lado de la conciencia, y medida su bondad en el cartabón de la Biblia.
El acento nasal de los yanquis, más pronunciado en el interior, viéneles de la lectura cotidiana de la Biblia; pero en despecho de estos pequeños inconvenientes, produce, por otra parte, resultados inmensos. La historia aunque trunca, los preceptos de la moral, las frases evangélicas, se pegan a la mente del lector; y la plática del pastor se refiere cual comentario a aquellos puntos que el oyente conoce y sobre cuya significación su ruda mente pedía esclarecimientos. La lluvia de la palabra cae entonces sobre terreno abierto y sediente, y no como la de nuestros predicadores ordinarios, que la arrojan al viento en las plazas públicas, condimentándolas no pocas veces con groserías para que sirvan éstas de mordiente al caer sobre las naturalezas brutas del pueblo. La polémica de las sectas da más animación y actualidad a estas lecturas, y la vida entera de un hombre no basta para penetrar en los misterios que encierra en inmenso catálogo su libro sagrado. Sesenta y siete colegios de teología difunden por toda la Unión la ciencia religiosa, mientras que alcanzan apenas a diez los consagrados a las leyes, produciendo, sin embargo, un número de más de veinte mil abogados. El número de obras originales sobre aquel punto es tres veces mayor en los Estados Unidos que el de otras consagradas a investigaciones de la ciencia. Esta peculiaridad nacional hará de aquel pueblo una entidad aparte en el mundo moderno.
Para mantener el fuego sagrado, hay en viaje permanente por las campañas remotas, millares de pastores viajeros, que pasan toda su vida en misión; hombres rudos y enérgicos que llevan a todas partes la agitación, despiertan los ánimos, excitándolos a la contemplación de las verdades eternas. Son éstos verdaderos ejercicios espirituales, como los de los católicos; más espirituales aún, pues, sin amedrentarlos con las penas del infierno, el pastor o los pastores reunidos en un mitin religioso, al aire libre o en algún galpón improvisado, sacuden las embotadas inteligencias de los campesinos, les presentan la imagen de Dios en formas grandiosas, inconcebibles; y cuando el estimulante ha producido su efecto, envían a las mujeres al bosque de un lado y a los hombres del otro, para que mediten a sus solas, se encuentren en presencia de sí mismos viendo su nada, su desamparo y sus defectos morales.