Facundo · Unidad 32 de 43
CAPÍTULO PRIMERO — parte 3
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En diez años se habrá visto escrito en la República Argentina treinta millones de veces: _¡Viva la Confederación! ¡Viva el ilustre Restaurador! ¡Mueran los salvajes unitarios!_, y nunca el cristianismo ni el mahometismo multiplicaron tanto sus símbolos respectivos, la cruz y la creciente, para estereotipar la creencia moral en exterioridades materiales y tangibles. Todavía era preciso afinar aquel dicterio de _unitario_; fué primero lisa y llanamente _unitarios_, más tarde los _impíos_ unitarios, favoreciendo con eso las preocupaciones del partido ultracatólico que secundó su elevación. Cuando se emancipó de ese pobre partido, y el cuchillo alcanzó también a la garganta de curas y canónigos, fué preciso abandonar la denominación de impíos; la casualidad suministró una coyuntura.
Los diarios de Montevideo empezaron a llamar _salvaje_ a Rosas; un día la _Gaceta_ de Buenos Aires apareció con esta agregación al tema ordinario: muera los _salvajes_ unitarios; repitiólo la mazorca, repitiéronlo todas las comunicaciones oficiales, repitiéronlo los gobernadores del interior, y quedó consumada la adopción. «Repita usted la palabra _salvaje_--escribía Rosas a López--hasta la saciedad, hasta aburrir, hasta cansar. Yo sé lo que digo, amigo.» Más tarde se le agregó _inmundos_, más tarde _asquerosos_, más tarde, en fin, don Baldomero García decía en una comunicación al Gobierno de Chile, que sirvió de cabeza de proceso a Bedoya, que era aquel emblema y aquel letrero «una señal de conciliación y de paz», porque todo el sistema se reduce a burlarse del sentido común.
La unidad de la República se realiza a fuerza de negarla; y desde que todos dicen federación, claro está que hay unidad. Rosas se llama encargado de las Relaciones Exteriores de la República, y sólo cuando la fusión está consumada y ha pasado a tradición, a los diez años después, don Baldomero García en Chile cambia aquel título por el de Director Supremo de los asuntos de la República.
He aquí, pues, la República unitarizada, sometida toda ella al arbitrio de Rosas; la antigua cuestión de los partidos de ciudad desnaturalizada; cambiado el sentido de las palabras, e introducido el régimen de la estancia de ganados en la administración de la República más guerrera, más entusiasta por la libertad y que más sacrificios hizo para conseguirla.
La muerte de López le entregaba a Santa Fe, la de los Reinafé a Córdoba, la de Facundo a las ocho provincias de la falda de los Andes. Para tomar posesión de todas ellas, bastáronle algunos obsequios personales, algunas cartas amistosas y algunas erogaciones del erario. Los auxiliares acantonados en San Luis recibieron un magnífico vestuario, y sus sueldos empezaron a pagarse de las cajas de Buenos Aires.
El padre Aldao, a más de una suma de dinero, empezó a recibir su sueldo de general de mano de Rosas, y el general Heredia, de Tucumán, que; con motivo de la muerte de Quiroga, escribía a un amigo suyo: «¡Ay, amigo! ¡No sabe lo que ha perdido la República con la muerte de Quiroga! ¡Qué porvenir, qué pensamiento tan grande de hombre! Quería constituir la República y llamar a todos los emigrados para que contribuyesen con sus luces y saber a esta grande obra»; el general Heredia recibió un armamento y dinero para preparar la guerra contra el _impío unitario_ Santa Cruz, y se olvidó bien pronto del cuadro grandioso que Facundo había desenvuelto a su vista en las conferencias que con él tuvo antes de su muerte.
Una medida administrativa que influía sobre toda la nación vino a servir de ensayo y manifestación de esta fusión unitaria y dependencia absoluta de Rosas. Rivadavia había establecido correos que de ocho en ocho días llevaban y traían la correspondencia de las provincias a Buenos Aires, y uno mensual a Chile y otro a Bolivia, que daban el nombre a las dos líneas generales de comunicación establecidas en la República. Los Gobiernos civilizados del mundo ponen hoy toda solicitud en aumentar a costa de gastos inmensos los correos no sólo de ciudad a ciudad, día por día y hora por hora, sino en el seno mismo de las grandes ciudades, estableciendo estafetas de barrio, y entre todos los puntos de la tierra por medio de las líneas de vapores que atraviesan el Atlántico o costean el Mediterráneo, porque la riqueza de los pueblos, la seguridad de las especulaciones de comercio, todo depende de la facilidad de adquirir noticias.
En Chile vemos todos los días, o los reclamos de los pueblos para que se aumenten los correos, o bien la solicitud del Gobierno para multiplicarlos por mar o por tierra. En medio de este movimiento general del mundo para acelerar las comunicaciones de los pueblos, don Juan Manuel Rosas, para mejor gobernar sus provincias, suprime los correos, que no existen en toda la República hace catorce años. En su lugar establece chasques de gobierno, que despacha él cuando hay una orden o una noticia que comunicar a sus subalternos.
Esta medida horrible y ruinosa ha producido, sin embargo, para su sistema, las consecuencias más útiles. La expectación, la duda, la incertidumbre, se mantienen en el interior; los gobernadores mismos se pasan tres o cuatro meses sin recibir un despacho, sin saber sino de oídas lo que en Buenos Aires ocurre. Cuando un conflicto ha pasado, cuando una ventaja se ha obtenido, entonces parten los chasques al interior conduciendo cargas de _Gacetas_, partes y boletines, con una carta al amigo, al compañero y gobernador, anunciándole que los _salvajes unitarios_ han sido derrotados, que la Divina Providencia vela por la conservación de la República.
Ha sucedido en 1843, que en Buenos Aires las harinas tenían un precio exorbitante y las provincias del interior lo ignoraban; algunos que tuvieron noticias privadas de sus corresponsales, mandaron cargamentos que les dejaron pingües utilidades. Entonces las provincias de San Juan y Mendoza, en masa, se movieron a especular sobre las harinas. Millares de cargas atraviesan la Pampa, llegan a Buenos Aires, y encuentran... que hacía dos meses que habían bajado de precio, hasta no costear ni los fletes. Más tarde se corre en San Juan que las harinas han tomado valor en Buenos Aires; los cosecheros suben el precio; suben las propuestas; se compra el trigo por cantidades exorbitantes; se acumula en varias manos, hasta que al fin una árrea que llega descubre que no ha habido alteración ninguna en la plaza, que ella deja su carga de harina porque no hay ni compradores. ¡Imagináos, si podéis, pueblos colocados a inmensas distancias, ser gobernados de este modo!
Todavía en estos últimos años las consecuencias de sus tropelías le han servido para consumar su obra unitaria. El Gobierno de Chile, despreciado en sus reclamaciones sobre males inferidos a sus súbditos, creyó oportuno cortar las relaciones comerciales con las provincias de Cuyo. Rosas aplaudió la medida y se calló la boca. Chile le proporcionaba lo que él no se había atrevido a intentar, que era cerrar todas las vías de comercio que no dependiesen de Buenos Aires. Mendoza y San Juan, La Rioja y Tucumán, que proveían de ganados, harina, jabón y otros ramos valiosos a las provincias del norte de Chile, han abandonado este tráfico. Un enviado ha venido a Chile, que esperó seis meses en Mendoza, hasta que se cerrase la cordillera, y que hasta aquí hace tres que no ha hablado una palabra de abrir el comercio.
Organizada la República bajo un plan de combinaciones tan fecundas en resultados, contrájose Rosas a la organización de su poder en Buenos Aires, echándole bases duraderas. La campaña lo había empujado sobre la ciudad; pero abandonando él la estancia por el Fuerte, necesitando moralizar esa misma campaña como propietario y borrar el camino por donde otros comandantes de campaña podían seguir sus huellas, se consagró a levantar un ejército, que se engrosaba de día en día, y que debía servir a contener la República en la obediencia y a llevar el estandarte de la santa causa a todos los pueblos vecinos.
No era sólo el ejército la fuerza que había sustituído a la adhesión de la campaña y a la opinión pública de la _ciudad_. Dos pueblos distintos de razas diversas vinieron en su apoyo. Existe en Buenos Aires una multitud de negros, de los millares quitados por los corsarios durante la guerra del Brasil. Forman asociaciones según los pueblos africanos a que pertenecen, tienen reuniones públicas, caja municipal, y un fuerte espíritu de cuerpo que los sostiene en medio de los blancos.
Los africanos son conocidos por todos los viajeros como una raza guerrera, llena de imaginación y de fuego, y aunque feroces cuando están excitados, dóciles, fieles y adictos al amo o a los que los ocupa. Los europeos que penetran en el interior del Africa toman negros a su servicio, que los defiende de los otros negros, y se exponen por ellos a los mayores peligros.
Rosas se formó una opinión pública, un pueblo adicto en la población negra de Buenos Aires, y confió a su hija doña Manuelita esta parte de su gobierno. La influencia de las negras para con ella, su favor para con el Gobierno, han sido siempre sin límites. Un joven sanjuanino estaba en Buenos Aires cuando Lavalle se acercaba en 1840; había pena de la vida para el que saliese del recinto de la ciudad. Una negra vieja que en otro tiempo había pertenecido a su familia y había sido vendida en Buenos Aires, lo reconoce; sabe que está detenido: «Amito--le dice--, ¿cómo no me había avisado? En el momento voy a conseguirle pasaporte.--¿Tú?--Yo, amito; la señorita Manuelita no me lo negará.» Un cuarto de hora después la negra volvía con el pasaporte firmado por Rosas, con orden a las partidas de dejarlo salir libremente.
Los negros ganados así para el Gobierno ponían en manos de Rosas un celoso espionaje en el seno de cada familia, por los sirvientes y esclavos, proporcionándole, además, excelentes e incorruptibles soldados de otro idioma y de una raza salvaje. Cuando Lavalle se acercó a Buenos Aires, el Fuerte y Santos Lugares estaban llenos, a falta de soldados, de negras entusiastas vestidas de hombre para engrosar las fuerzas. La adhesión de los negros dió al poder de Rosas una base indestructible. Felizmente, las continuas guerras han exterminado ya la parte masculina de esta población, que encontraba su patria y su manera de gobernar en el amo a quien servía. Para intimar la campaña, atrajo a los fuertes del Sur algunas tribus salvajes, cuyos caciques estaban a sus órdenes.
Asegurados estos puntos principales, el tiempo irá consolidando la obra de organización unitaria que el crimen había iniciado, y sostenían la decepción y la astucia. La República así reconstruída, sofocado el federalismo de las provincias, y por persuasión, conveniencia o temor, obedeciendo todos sus gobiernos a la impulsión que se les da desde Buenos Aires, Rosas necesita salir de los límites de su Estado para ostentar afuera, para exhibir a la luz pública la obra de su ingenio. ¿De qué le ha servido absorberse las provincias si al fin había de permanecer, como el doctor Francia, sin brillo en el exterior, sin contacto ni influencia sobre los pueblos vecinos? La fuerte unidad dada a la República sólo es la base firme que necesita para lanzarse y producirse en un teatro más elevado, porque Rosas tiene conciencia de su valer y espera una nombradía imperecedera.
Invitado por el Gobierno de Chile, toma parte en la guerra que este Estado hace a Santa Cruz. ¿Qué motivos le hacen abrazar con tanto ardor una guerra lejana y sin antecedentes para él? Una idea fija que lo domina desde mucho antes de ejercer el Gobierno supremo de la República, a saber: la reconstrucción del antiguo virreinato de Buenos Aires.
No es que por entonces conciba apoderarse de Bolivia, sino que, habiendo cuestiones pendientes sobre límites, reclama la provincia de Tarija; lo demás lo darán el tiempo y las circunstancias. A la otra orilla del Plata también hay una desmembración del virreinato: la República Oriental. Allí Rosas halla medios de establecer su influencia con el gobierno de Oribe, y si no obtiene que no lo ataque la Prensa, consigue al menos que el pacífico Rivadavia, los Agüero, Varelas y otros unitarios de nota sean expulsados del territorio oriental.
Desde entonces la influencia de Rosas se encarna más y más en aquella República, hasta que al fin el ex presidente Oribe se constituye en general de Rosas, y los emigrados argentinos se confunden con los nacionales en la resistencia que oponen a esta conquista disfrazada con nombres especiosos. Más tarde, y cuando el doctor Francia muere, Rosas se niega a reconocer la independencia del Paraguay, siempre preocupado de su idea favorita: la reconstrucción del antiguo virreinato.
Pero todas estas manifestaciones de la Confederación Argentina no bastan a mostrarlo en toda su luz; necesítase un campo más vasto, antagonistas más poderosos, cuestiones de más brillo, una potencia europea, en fin, con quien habérselas y mostrarle lo que es un Gobierno americano original, y la fortuna no se esquiva esta vez para ofrecérsela.
La Francia mantenía en Buenos Aires, en calidad de agente consular, un joven de corazón y capaz de simpatías ardientes por la civilización y la libertad. M. Roger está relacionado con la juventud literata de Buenos Aires, y mira, con la indignación de un corazón joven y francés, los actos de inmoralidad, la subversión de todo principio de justicia y la esclavitud de un pueblo que estima altamente. Yo no quiero entrar en la apreciación de los motivos ostensibles que motivaron el bloqueo de Francia, sino en las causas que venían preparando una coalición entre Rosas y los agentes de los Poderes europeos. Los franceses, sobre todo, se habían distinguido ya desde 1828 por su decisión entusiasta por la causa que sostenían los antiguos unitarios. M. Guizot ha dicho en pleno Parlamento que sus conciudadanos son muy entrometidos; yo no pondré en duda autoridad tan competente; lo único que aseguraré es que, entre nosotros, los franceses residentes se mostraron siempre franceses, europeos y hombres de corazón; si después en Montevideo se han mostrado lo que en 1828, eso probará que en todos tiempos son entrometidos, o bien, que hay algo en las cuestiones políticas del Plata que les toca muy de cerca.
Sin embargo, yo no comprendo cómo concibe M. Guizot que en un país cristiano, en que los franceses residentes tienen sus hijos y su fortuna, y esperan hacer de él su patria definitiva, han de mirar con indiferencia el que se levante y afiance un sistema de gobierno que destruye todas las garantías de las sociedades civilizadas, y abjura todas las tradiciones, doctrinas y principios que ligan aquel país a la gran familia europea.
Si la escena fuese en Turquía o en Persia, comprendo muy bien que serían entrometidos por demás los extranjeros que se mezclasen en las querellas de los habitantes; entre nosotros, y cuando las cuestiones son de la clase de las que allí se ventilan, hallo muy difícil creer que el mismo M. Guizot conservase cachaza suficiente para no desear siquiera el triunfo de aquella causa que más de acuerdo está con su educación, hábitos e ideas europeas. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que los europeos, de cualquier nación que sean, han abrazado con calor un partido, y para que esto suceda, causas sociales muy profundas deben militar para vencer el egoísmo natural al hombre extranjero; más indiferentes se han mostrado siempre los americanos mismos.
La _Gaceta_ de Rosas se queja hasta hoy de la hostilidad puramente personal de Purvis y otros agentes europeos que favorecen a los enemigos de Rosas aun contra las órdenes expresas de sus Gobiernos. Estas antipatías personales de europeos civilizados, más que la muerte de Bacle, prepararon el bloqueo. El joven Roger quiso poner el peso de la Francia en la balanza en que no alcanzaba a pesar bastante el partido europeo civilizado que destruía Rosas, y M. Martigny, tan apasionado como él, lo secundó en aquella obra más digna de esa Francia ideal que nos ha hecho amar la literatura francesa, que de la verdadera Francia, que anda arrastrándose hoy día tras de todas las cuestiones de hechos mezquinos y sin elevación de miras.
Una desavenencia con la Francia era para Rosas el bello ideal de su Gobierno, y no sería dado saber quién agriaba más la discusión, si M. Roger con sus reclamos, su deseo de hacer caer aquel tirano bárbaro, o Rosas, animado de su ojeriza contra los extranjeros y sus instituciones, trajes, costumbres e ideas de gobierno. «Este bloqueo--decía Rosas frotándose las manos de contento y entusiasmo--va a llevar mi nombre por todo el mundo, y la América me mirará como el defensor de su independencia.» Sus anticipaciones han ido más allá de lo que él podía prometerse, y sin duda que Mehemet-Alí ni Abdel-Kader gozan hoy en la tierra de una nombradía más sonada que la suya.
En cuanto a Defensor de la Independencia Americana, título que él se ha arrogado, los hombres ilustrados de América empiezan hoy a disputárselo, y acaso los hechos vengan tristemente a mostrar que sólo Rosas podía echar a la Europa sobre la América y forzarla a intervenir en las cuestiones que de este lado del Atlántico se agitan. La triple intervención que se anuncia es la primera que ha tenido lugar en los nuevos Estados americanos.
El bloqueo francés fué la vía pública por la cual llegó a manifestarse sin embozo el sentimiento llamado propiamente _americanismo_. Todo lo que de bárbaros tenemos; todo lo que nos separa de la Europa culta, se mostró desde entonces en la República Argentina organizado en sistema y dispuesto a formar de nosotros una entidad aparte de los pueblos de procedencia europea. A la par de la destrucción de todas las instituciones que nos esforzamos por todas partes en copiar a la Europa, iba la persecución al frac, a la moda, a las patillas, a los peales del calzón, a la forma del cuello del chaleco y al peinado que traía el figurín; y a estas exterioridades europeas se sustituía el pantalón ancho y suelto, el chaleco colorado, la chaqueta corta, el poncho, como trajes nacionales, eminentemente americanos, y este mismo don Baldomero García que hoy nos trae a Chile el _Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos unitarios_, como «signo de conciliación y de paz», fué botado a empujones del Fuerte un día en que, como magistrado, acudía a un besamanos, por tener el salvajismo asqueroso e inmundo de presentarse con frac.
Desde entonces la _Gaceta_ cultiva, ensancha, agita y desenvuelve en el ánimo de sus lectores el odio a los europeos, el desprecio de los europeos que quieren conquistarnos. A los franceses los llama _titiriteros tiñosos_; a Luis Felipe, _guarda chanchos_ unitario, y a la política europea, _bárbara_, _asquerosa_, _brutal_, _sanguinaria_, _cruel_, _inhumana_. El bloqueo principia y Rosas escoge medios de resistirlo, dignos de una guerra entre él y Francia. Quita a los catedráticos de las Universidades sus rentas; a las escuelas primarias de hombres y de mujeres, las dotaciones cuantiosas que Rivadavia les había asignado; cierra todos los establecimientos filantrópicos; los locos son arrojados a las calles, y los vecinos se encargan de encerrar en sus casas a aquellos peligrosos desgraciados.