Hombres y glorias de América · Unidad 28 de 33

CAPÍTULO XII. — parte 11

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Pedro Mártir abrazó en España la carrera eclesiástica, fué nombrado capellán de la reina, se puso al frente de una especie de academia ambulante de enseñanza de los nobles españoles, que mudaba de lugar siguiendo á la corte de Valladolid á Zaragoza, á Barcelona y otras capitales, y recibió el título oficial de "maestro de los caballeros de mi corte en las artes liberales" con treinta mil maravedises de sueldo. "Amamanté en mis pechos" dice una de las epístolas "á casi todos los principales de Castilla". La expresión que así traducida no dejará de parecer grotesca, lo es mucho más en latín: _suxerunt mea litteraria ubera_. Con los que menciona en sus cartas puede formarse larga lista de personajes por él educados, desde un duque de Braganza hasta otro de Villahermosa primo del rey, incluyendo varios Mendozas y Girones y Fajardos, los primeros nombres del país, en aquellos días en que la aristocracia era todavía un poder en la realidad y en la apariencia.

En medio de la corte y con el favor de los soberanos hallóse, pues, Pedro Mártir de Anglería en la más ventajosa posición para conocer y juzgar con acierto los sucesos políticos, y no podían éstos menos de ser muy importantes, dados el país, la fecha, las circunstancias, cuando acababan los reyes Católicos de constituír y robustecer en ese extremo occidental del mundo una monarquía militar destinada á ejercer influencia preponderante en Europa por más de cien años, una hegemonía indisputable, como la que ejerce en nuestros días el imperio alemán. Gustábale infinito escribir cartas, tenía corresponsales en toda Europa, y principalmente en Italia, que recibían y leían con avidez sus noticias: de ahí el gran bulto del Epistolario. Era testigo presencial de muchos de los sucesos de que hablaba, y los más de ellos, á partir sobre todo de la muerte de la reina, despertaban por sí mismos dramático interés: primero las borrascosas relaciones entre Fernando el Católico y su yerno el archiduque Felipe; luego la muerte prematura, inesperada de éste; la locura de su mujer doña Juana; el viaje fantástico del cadáver de Felipe el Hermoso á través de media España, desde Miraflores hasta Granada, con la esposa demente sin cesar al lado del carro fúnebre, acampando á veces por las noches la comitiva en lugares solitarios, á la luz incierta de las antorchas sacudidas por el viento. Después la regencia famosa del inflexible cardenal Cisneros, los desmanes y la irrefrenable codicia de los flamencos que entraron con el joven rey Carlos en España, y por último, sin contar otros sucesos anteriores y posteriores, la guerra de las Comunidades de Castilla, durante la cual residió Pedro Mártir en Valladolid, en el centro mismo de la rebelión, tratando de mediar entre los levantados y el gobierno. Ese italiano del Renacimiento se asimiló los sentimientos de la nueva patria y, junto con muchos de los más sinceros y mejores españoles del siglo XVI, nutrió vigorosa antipatía contra los extranjeros del norte venidos á la sombra del nuevo rey á explotar la nación. Nótanse á menudo en sus cartas claras señales de buena voluntad hacia el movimiento municipal, á pesar de que tan marcadamente iba contra la aristocracia. No le inspira sentimiento alguno de satisfacción, no escribe una palabra de triunfo sobre la derrota infausta de Villalar y, sin embargo, ni tuvo nunca confianza ni creyó capaces á los jefes del levantamiento, á quienes trató muy de cerca, de vencer las dificultades de la situación. Don Pedro Girón le pareció un ambicioso vulgar atento sobre todo á ser duque de Medina-Sidonia, lo que es muy cierto; Juan de Padilla, un regidor envanecido que se cree "magno pretor" de un magno ejército con tribunos y centuriones, lo cual es sobradamente injusto; y dice por último de doña María Pacheco, usando una de esas expresiones extrañamente originales que en él abundan, que era el marido de su marido, _maritum mariti_.

El testimonio de Pedro Mártir por consiguiente tal como se encuentra consignado en el _Opus epistolarum_ es de bastante valor histórico. Verdad es que varios escritores, el insigne Ranke primero, luego el grave historiador inglés Hallam y otros, lo acusan de numerosos descuidos, de errores de fecha y aun de palpables imposturas; pero Prescott, que lo estudió detenidamente para sus obras sobre los Reyes Católicos y sobre la conquista de Méjico, lo defiende de esos cargos y sostiene en general su veracidad.

Ello no tiene suma importancia; acerca de los sucesos de la historia de la península á que alude ó que juzga, hay otras autoridades igualmente contemporáneas, y no es difícil depurarlas y hacer la contraprueba. Para nosotros el gran valor de sus escritos reside en lo que atañe á la historia de América; entre americanistas el nombre del autor de las _Décadas_ sobre el Nuevo mundo, _De orbe novo_ y _De rebus oceanicis_, es de un interés excepcional, y constantemente se citan, se estudian y estudiarán esos trabajos, así como aquellas de sus epístolas contenidas en el _Opus_, referentes á asuntos de América.

La lástima es el corto número de esas cartas; son unas treinta, apenas el cuatro por ciento de la suma total, las que refieren episodios del descubrimiento de las Américas. En esa época no había periódicos para propagar con rapidez las noticias interesantes, y á nadie fué dado mejor que á Pedro Mártir desempeñar ese servicio por medio de sus corresponsales que eran tan numerosos como distinguidos, por lo general personajes eminentes, empezando por el mismo Sumo Pontífice, que recibían y trasmitían á otros las palpitantes novedades de sus cartas. En Barcelona se hallaba cuando acudió Colón á presentarse en la capital del principado ante los Reyes Católicos y darles cuenta verbal de los maravillosos resultados de ese primer viaje en que encontró la América buscando el Asia al través del océano. Relata Anglería el memorable acaecimiento en una carta fechada "Barcelona, día de los idus de Mayo" y dirigida á José Borromeo. En varias otras escritas ese mismo año de 1493 comunica á diversas personas detalles interesantísimos, recogidos, como es muy posible, de los labios del mismo Colón. "Activo reporter" le llama con exactitud, por esos informes comunicados á tantas personas, Justin Winsor en la _Historia crítica y narrativa de América_. Mariéjol por su parte también lo llama "el gacetero del Descubrimiento".

Ambos calificativos merecen aplicársele como expresión de elogio sin sombra alguna de menosprecio, porque además de las cartas hay que agradecerle las Décadas, colección de fragmentos trazados al compás de la marcha de los descubrimientos y agrupados de diez en diez, trabajo que comenzó casi inmediatemente después de la vuelta del Almirante y continuó hasta la muerte del narrador en 1536. Todos esos trozos manuscritos circulaban uno á uno, pasaban de mano en mano buscados y leídos con devorante interés. El papa León X recibió directamente algunos de ellos, y con orgullo recuerda Pedro Mártir en una de las epístolas que Su Santidad, rodeado de la mayor parte de los cardenales, había leído después de comer en alta voz, sin temor de fatigarse demasiado á pesar del estado de su salud, toda la relación que le había enviado sobre el paso del istmo y la primera aparición del Océano Pacífico ante los españoles deslumbrados. De esa manera,--escribe M. Mariéjol, no obstante la desproporción entre los dos términos de su _rapprochement_,--si un italiano sondeó las profundidades del mar de Occidente, otro italiano fué el heraldo anunciador de tan prodigiosas hazañas. Ya en ese camino pudo recordar con oportunidad que otro italiano también iba á dar poco después su nombre al mundo salido de esas profundidades.

En los últimos años de su existencia ocupó la posición más ventajosa para saber, antes y mejor que nadie, toda especie de noticias sobre lo que acaecía en el nuevo mundo. El emperador Carlos V lo hizo entrar en su Consejo Real, lo nombró después vocal y secretario del de Indias, y entre sus otras dignidades eclesiásticas figura la de abad "con uso de mitra y autoridad episcopal en la isla de Santiago é Jamayca". Esto explica la excelencia de sus informes y el valor permanente de las Décadas, que serán siempre una de las fuentes de la historia primitiva de América.

Escribió únicamente en latín, un latín bárbaro á veces, necesitando con frecuencia crear términos nuevos para las cosas nuevas que tenía que contar. Aunque no carecía de ciertas prendas de escritor, su latinidad no llegó ni con mucho á la corrección y naturalidad de otros prosistas latinos del siglo XVI, como por ejemplo Luis Vives, ni muchísimo menos al lenguaje ciceroniano de sus célebres compatriotas Bembo ó Paulo Manucio. Bien se ve en los pasajes citados en este volumen, traducidos, además, con fidelidad y con elegancia.

Las Décadas no son relaciones descarnadas ni áridas compilaciones de documentos ó noticias oficiales. M. Mariéjol las llama "el manual del descubrimiento y la conquista", merecedor de aplauso general porque tiene pinturas amables al mismo tiempo que graves disquisiciones. El autor es hombre de estado y de letras juntamente. Honra á la elevación natural de sus sentimientos y á su perspicacia que desaprobase desde esa época, antes que el mismo Padre Las Casas, el horrible y destructor sistema de colonización iniciado por los conquistadores. Para dar de ello muestra basta aquí recordar las palabras tan curiosas como trágicamente sugestivas con que en una ocasión reanuda su trabajo interrumpido: "Desde la fecha en que suspendí mis Décadas nada se ha hecho más que dar y recibir la muerte, matar y ser matado", _trucidare ac trucidari_.

El trabajo de M. Mariéjol es sólo deficiente en la parte bibliográfica, aspecto de su asunto que de propósito no examina, quizás no sea la costumbre tratarla en estos discursos universitarios, y merecería, sin embargo, el serlo, pues las primeras ediciones no se encuentran con facilidad, sobre todo la de la Década primera impresa sin permiso del autor en Sevilla, 1511. Los ejemplares con las ocho reunidas de la primera edición en Alcalá, 1530, son raros; las bibliotecas que á cada instante se fundan en los Estados Unidos las buscan siempre y han hecho subir su precio, porque los ejemplares así colocados raras veces vuelven á aparecer en venta pública. No sé de más traducciones que la inglesa de Edem y Locke, 1553-1612. J. Winsor dice en su Historia, ya citada, que un descendiente de Anglería, llamado Juan Pablo Martir y Rizo, tenía concluído el manuscrito de una traducción al castellano. Pero no se imprimió, y probablemente á estas horas estará perdido.

JOSÉ MARÍA HEREDIA

Y LA

ANTOLOGÍA DE POETAS HISPANO-AMERICANOS

DE LA

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

Desde que la Real Academia Española combinando, cual viene haciéndolo desde hace mucho tiempo, sus funciones naturales de árbitro en puntos de lengua y de gramática con las tareas de activa casa editora de libros, anunció el proyecto de publicar una antología en cuatro gruesos volúmenes de poetas hispanoamericanos, muchos en América pensaron que el intento, excelente, quizás, como simple negocio de librería, podía con suma facilidad torcerse y resultar estéril, si no ponía la Academia particular cuidado de proceder en la elección de las materias y en la apreciación de los autores con amplia imparcialidad, con íntima simpatía, colocándose cuidadosamente dentro de la misma atmósfera moral, sobre el mismo terreno en que nacieron y vivieron los artistas cuyas obras forman la colección, porque es evidente que las antologías deben tener por fin dar idea breve y completa del carácter de las producciones de un autor, de un país ó de una región, olvidando divergencias de juicio, resentimientos políticos, agravios reales ó imaginarios, nacidos de las circunstancias especialísimas en que España y las Américas durante tantos siglos se han encontrado. A pesar de las dificultades del caso contaban algunos que este mismo sería el parecer de la Academia, porque la Antología por su contenido debía en realidad ser un libro para mercados americanos, y porque en España, según afirmaba con natural amargura doña Emilia Pardo Bazán, al poner término definitivo á su _Nuevo Teatro Crítico_, nadie actualmente compra libros de cierto precio, y con muy raras excepciones ningún autor notable vive allí holgadamente de los productos de su pluma.

La Academia confió la ejecución de la empresa á don Marcelino Menéndez y Pelayo. Literariamente juzgando, no podía darse elección más acertada; la profunda y vasta erudición del escogido, su acendrado buen gusto, la transparente elegancia de su estilo, la facilidad de su pluma lo designaban entre todos los académicos como el más apto para el caso. Pero mirada bajo otro aspecto la elección no parecía igualmente feliz. En la lucha de partidos de su país figura el Sr. Menéndez entre los conservadores más netos, entre los que profesan opiniones que hoy no dominan en países hispanoamericanos, salvo en Colombia; pero esto no era de suponerse que alterase en manera alguna su imparcialidad. El mal estaba en la cruel intransigencia con que hasta ahora había sostenido en todos sus escritos su españolísimo sentir en cuestiones ya puramente históricas, pero que del modo más directo atañen á los americanos.

Hablando en esta obra del distinguido literato argentino Juan María Gutiérrez, que por los años de 1846 compiló en Valparaíso la mejor de todas las antologías de poetas de América que hasta el presente se conocen, aunque ya muy atrasada como por la fecha se comprende, descubre y reprueba en él un "antiespañolismo furioso que fué exacerbándose con los años", del cual nació, siempre según el Sr. Menéndez y Pelayo, un entusiasmo fanático por todas las cosas americanas, que lo arrastra á defender lo mediano y hasta lo malo.

Si esto piensa y dice de Gutiérrez el Sr. Menéndez, ¿qué hubiera pensado y dicho Gutiérrez, si hubiese vivido bastante para leer todo lo que el Sr. Menéndez ha escrito sobre la misma materia?

El insigne crítico argentino nunca de seguro dijo contra España cosa alguna tan dura, tan injusta, tan agresiva como las que contra América ha creído oportuno estampar el eminente crítico español. El supuesto fanatismo de Gutiérrez jamás llegó hasta el extremo de usar frases parecidas á las siguientes, que una vez emplea don Marcelino, al tratar de enumerar las causas de la decadencia de su nación en el siglo XVII. He aquí la segunda de esas causas: "La colonización del Nuevo Mundo, en el cual sembramos á manos llenas religión, ciencia y sangre, para recoger más tarde cosecha de ingratitudes y de deslealtades, _propia fruta de aquella tierra_". Es el caso de exclamar: ¡_in cauda venenum_! Aunque todavía más exacto sería decir que la cláusula entera, rica de veneno, lo deja escapar al fin en alto surtidor, como agua de copiosa fuente. Fué lanzada la frase en el ardor de una polémica, pero reimpresa en libro dos años después; y sólo en 1887, al salir la tercera edición de la obra titulada _Ciencia Española_ reapareció la cláusula privada de las cinco últimas palabritas, completa y flamante por lo demás.

No bastó, sin embargo, esa ocasión para dar salida á todo lo que el vigoroso polemista tenía que decir sobre América y sobre el conjunto de sus hijos; cinco años después de la fecha de esa discusión memorable, en el tomo tercero de la _Historia de los Heterodoxos españoles_, impreso en Junio de 1882, hallamos estas otras líneas:

"Los mismos americanos confiesan que en la oda _A la vacuna_ y en los papeles oficiales de Quintana aprendieron aquello de los _tres siglos de opresión_ y demás fraseología filibustera, de la cual los criollos, hijos y legítimos descendientes de los susodichos _opresores_, se valieron, no ciertamente para restituir el país á los _oprimidos_ indios, sino para alzarse _heroicamente_ contra la madre patria, cuando ésta se hallaba en lo más empeñado de una guerra extranjera"[71].

[71] Todas las palabras en bastardilla se encuentran así en el original, por temor sin duda de que pudiera alguien equivocar el sentido y no penetrar la ironía, pero ésta se impone por sí misma sin necesidad de auxilio tipográfico. Lo que no parece tan claro es lo de los mismos americanos que no habían oído hablar de los siglos de opresión, antes que Quintana se los revelase. Mas como no se dice quienes son ni dónde lo dijeron, podemos ahora prescindir de ellos.

Más adelante todavía, en 1886, se aparta una vez de su camino en el tomo quinto de la _Historia de las Ideas estéticas en España_, para encomiar una estrofa de la oda _A las nobles Artes_ del duque de Frías, que presenta como "la protesta contra los separatistas americanos" y especialmente encarece á título de obra "de incomparable belleza". La estrofa en resumen no es más que el desleimiento espumante y altisonante de un truísmo, de una verdad de Perogrullo, y viene á significar que si la América al obtener su independencia creyó expeler á España grandemente se equivocaba, pues allí estaría siempre la religión llevada por España y la cruz misma plantada en la Alhambra y la lengua de Cervantes etc., etc. Todo ello bien sabido, pero olvidando que esa religión y esa cruz y esa lengua no la inventaron ni llevaron el duque de Frías ni sus contemporáneos, sino españoles que fueron igualmente antepasados de ellos y de los americanos, y que á esas buenas cosas tienen unos y otros idéntico derecho, según la constante legislación de España, como directos descendientes; y para desheredarlos así, tan en absoluto, se requeriría el fallo de un tribunal superior, la historia ó la posteridad, no el de las partes mismas contendientes, y tan á raíz de lo sucedido.

Empero, todo esto, á pesar de lo amargo y de lo injusto, puede pasar como "propia fruta" del "tiempo y no de España", y pues el autor con estar muy lejos todavía de acercarse á la ancianidad ha templado mucho la forma en que expresa sus convicciones,--sin renegar por supuesto de una sola de ellas,--como lo prueban las notas y alteraciones de la tercera edición citada de la _Ciencia Española_, era fundadamente de creerse que _deposta l'usata minaccia_, para usar una frase de Manzoni, pudiera muy bien hoy escoger y juzgar las poesías de la nueva Antología con perfecta imparcialidad.

El tomo primero, dedicado á poetas de Méjico y de la América central únicamente, nos dejó llenos de dudas, aunque sin motivos bien claros para formular juicio adverso ó favorable. Pero el segundo, en que se penetra desde la primera página en el temblante y, para un español no muy sereno, peligroso campo de la literatura cubana, descorrió el velo y nos sumió en el más doloroso desengaño.

Vamos, pues, á examinar brevemente lo que en esta antología se dice y se hace respecto á las poesías de José María Heredia, porque tanto el autor como las composiciones nos parecen injustamente tratados, influído á nuestro juicio el Sr. Menéndez y Pelayo de la manera más lastimosa por motivos ajenos á la literatura, por consideraciones de política y de mal entendido patriotismo.