Hombres y glorias de América · Unidad 29 de 33
CAPÍTULO XII. — parte 12
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Impórtanos, sin embargo, advertir ante todo que no tenemos la pretensión de negar al coleccionador y prologuista de la Antología el derecho de abrigar las opiniones de que son eco las frases citadas, tomadas de tres obras distintas escritas en momentos diferentes de su brillante carrera de historiador literario; es él sin disputa muy dueño de profesarlas y pregonarlas, y si nos producen el efecto de ser ó exageradas ó falsas, acaso proviene sólo de que nos colocamos en terreno diametralmente opuesto. Nos aventuramos á discutirlas, porque se trata de una antología hispanoamericana ordenada é impresa en Madrid bajo la égida de la Real Academia Española, la cual tiene en varios países de América hijuelas oficialmente reconocidas y con las que vive en frecuente correspondencia; porque una empresa de este género debe ser, como el ordenador mismo lo declara de antemano, _obra de paz y concordia_, y el que ha emitido todas esas sentencias injustas y desdeñosas no parecía especialmente preparado ni á la paz ni á la concordia. Si se tratara en cambio de componer una historia de los separatistas americanos, lo haría sin resquicio de duda con tanta habilidad, tanta riqueza de datos y tanta energía como desplegó en la de los heterodoxos españoles, y no habría entonces chocado tanto hallar que trata al ilustre Andrés Bello, al patriarca de las letras en América, como á un simple _filibustero_ cubano, según su vocablo favorito; que desmenuza la _Alocución á la poesía_ para aislar una á una las "injurias rimadas contra España" que encuentra más débilmente escritas, citarlas con fruición y añadir con triunfante satisfacción que tales versos "dignos de alternar con los dísticos del Padre Isla" parecen á los españoles "justo castigo de un malo y descastado impulso".
Si tanta indignación, tanto resto de orgullo lastimado y mal cicatrizado puede persistir, cuando los sucesos y los versos que sobre ellos se escribieron datan de muchísimo tiempo atrás, no es de extrañar que se aplique á la isla de Cuba, (todavía sometida al yugo, y _ognor fremente_, cuando se preparaba y publicaba la Antología) mayor severidad, ninguna benevolencia.
José María Heredia es el más notable poeta cubano, uno de los muy primeros de toda la América en el siglo XIX, malogrado en la flor de su vida, á los treinta y seis años no cumplidos, edad, no hay que olvidarlo, en la cual ni Bello había escrito las _Silvas americanas_ ni Olmedo el _Canto á Junín_. Para Heredia reserva el Sr. Menéndez su mayor crueldad, suprimiendo todos los versos patrióticos, las poesías filibusteras, como gusta de llamarlas, enamorado siempre del oprobioso adjetivo. De Bello al menos suprime únicamente la tercera parte de la _Alocución_ para citar sólo algunas líneas en la introducción acompañadas del sangriento insulto literario de equipararlas á las aleluyas del Padre Isla; de Heredia rechaza en masa cuanto se alza contra el poder de España, pero no prescinde de incluir algo en la Introducción, dos cuartetas en que cree descubrir malévola apología del asesinato político; es decir, calla lo mejor é insiste sobre lo peor, para declamar en seguida sobre su _maléfica influencia_ y los _odios fratricidas cuya semilla esparció_, como si el insigne lírico, que nació en Diciembre de 1803 y murió en Mayo de 1839, pudiera ser el responsable y único propagador del pernicioso virus separatista.
Basta leer en el índice los títulos de las trece composiciones escogidas entre las de Heredia para quedar estupefacto. Brillan realmente por su ausencia, como se traduce ingeniosamente en francés la frase célebre de Tácito, nunca más exacta que en el presente caso, varias de las mejores que produjo el poeta. Faltan nada menos que la incomparable epístola _A Emilia_, el _Himno del desterrado_, la vigorosa segunda parte de la oda á Bolívar, los tristes y tan hondamente amargos _Desengaños_, poesías que ofrecen por sí solas la imagen más brillante y cabal de todo su genio, de toda su vida. Sin ellas y otras que por razones idénticas se han pasado por alto, no es posible formar juicio exacto de lo que fué y lo que vale el poeta cubano. Después de echarlas deliberadamente á un lado se inserta en compensación la pálida oda _A la Religión_ y los mal llamados _Ultimos Versos_, medianísimos éstos, casi sin valor literario, pero en la preferencia inesperada obedece el colector á sentimientos personales, así como es esclavo de preocupaciones políticas al recusar las otras.
"Heredia es, ante todo, poeta de sentimiento melancólico y de exaltación imaginativa" dice, por cierto esta vez sin la precisión y claridad ordinarias de su estilo, pues eso de "exaltación imaginativa" parece bien vago y nebuloso, designado como rasgo principal de un poeta cuyos escritos tan profundamente se resienten, como él mismo dijo, "de la rara volubilidad de su suerte", cuyos sufrimientos fueron muy reales y nada tuvieron de ilusorios. Pero en la definición falta precisamente el Heredia de las poesías americanas reunidas por él bajo la rúbrica de "patrióticas" en la edición de Toluca, 1832, que son la prueba irrecusable, decisiva, de que no había nacido exclusivamente para la elegía, como afirma en seguida Menéndez. "Para dar con los himnos de nuestra libertad hay que buscarlos en Heredia" ha dicho muy bien Merchán en sus _Estudios Críticos_. Heredia en efecto es el Tirteo cubano, poeta de acción, poeta _civil_, lleno de arranque, de movimiento y de energía. Los lamentos elegíacos que á veces se oyen en medio de sus más arrebatadas y vigorosas composiciones no debilitan el encumbrado vuelo lírico, porque como brotan de lo más íntimo del corazón, como se manifiestan siempre con penetrante y comunicativa sinceridad, como surgen naturalmente de su triste situación de desterrado y de la triste situación de la isla esclavizada, añaden notas profundas y patéticas al himno magnífico de la anhelada redención.
Unas líneas de los _Reisebilder_ asaltan mi memoria, cuando considero bajo ese aspecto al poeta de los himnos patrióticos: "La poesía, escribe Heine, ha sido únicamente para mí el medio de lograr un fin sacrosanto, nunca me ha importado mucho la gloria de mis versos y quisiera que colocasen, no una corona de laurel, sino una espada, sobre mi tumba, porque he sido un buen soldado en la guerra de la emancipación de la humanidad". No sé si en esto, como en casi todo lo que en prosa escribió Heine, hay fuerte dosis de ironía, pero Heredia pudo decirlo de sí mismo con perfecta exactitud. Nadie buscó el aplauso popular menos movido por vanidad de artista; nadie tampoco empleó sus talentos con más altos y generosos propósitos y nadie mereció tanto, á pesar de no haber tomado parte en ninguna lucha armada, que depositasen sobre su sepulcro las insignias de los guerreros, porque fué buen soldado en la lucha por la libertad de su patria, porque sus versos repetidos de boca en boca durante los muchos años de guerra, de ruina y de dolor que ha costado la emancipación de Cuba, han sido la voz que alienta en el combate, la voz que conforta en la adversidad; y cuando en los momentos más crueles se pregonaba amenazando catástrofes inminentes la superioridad en número y recursos militares del poderoso enemigo, venían consoladores á la mente los dos versos últimos del Himno célebre:
¡Cuba! al fin te verás libre y pura Como el aire de luz que respiras, Cual las ondas hirvientes que miras De tus playas la arena besar.
Aunque viles traidores le sirvan, Del tirano es inútil la saña, Que no en vano entre Cuba y España Tiende inmenso sus olas el mar.
La profecía no se había realizado, no parecía próxima á realizarse, cuando el docto académico redactaba su erudita y poco equitativa Introducción y cuando con escándalo copiaba de _La Estrella de Cuba_, otra canción patriótica, juvenil, compuesta á los diez y nueve años y bastante desigual, las dos cuartetas ya mencionadas, por descubrir en ellas que el poeta "en su frenesí revolucionario de 1823 no retrocedía ni aun ante la idea del asesinato político". Helas aquí:
¡Oh piedad insensata y funesta! ¡Ay de aquél que es humano y conspira! Largo fruto de sangro y de ira Cogerá de su mísero error...
* * * * *
De traidores y viles tiranos Respetamos clementes la vida, Cuando un poco do sangre vertida Libertad nos brindaba y honor.
Háblase en estos versos de lucha, de sangre, de muerte, como inevitables condiciones para afirmar el honor, para conquistar la libertad, pero no ofrecen fundamento para creer que envuelvan la apología del asesinato político, á pesar de que el poeta tenía entonces la edad en que casi todos los estudiantes ponen en lo más alto del firmamento de los héroes á Marco Bruto ó á Carlota Corday. Siempre en Cuba se ha creído que se referían al asalto de un puesto de guardia mal defendido en la ciudad de Matanzas. No lo sabemos, pero quizás la piedad y la justicia mismas no hubieran retrocedido ante "un poco de sangre vertida", si hubiese podido ahorrar los torrentes que habían de correr por los patíbulos, que habían de teñir de rojo los caminos de un extremo al otro de la isla.
Engolfado en estos pensamientos cree oportuno el Sr. Menéndez y Pelayo traer á colación, para ponerlo enfrente de esas cuartetas revolucionarias, como palinodia cantada por el poeta de 1823, la carta que el desterrado escribió en 1836 pidiendo al general Tacón, gobernador de la isla, permiso de volver y vivir al lado de su anciana madre y sus hermanas, de quienes estaba hacía trece años separado, que amaba entrañablemente, que no olvidaba un momento, como de sobra saben cuantos han leído sus versos, pues las recuerda é invoca con suma frecuencia. Muchas cosas habían pasado en España en esos trece años; indultos, amnistías, cambios de régimen,--primero con motivo de las bodas últimas de Fernando, luego de su muerte,--proclamación de su hija, advenimiento de un gobierno liberal, parlamentario, que habían abierto las puertas de la patria á todos los emigrados y condenados políticos. Pero en Cuba nada había cambiado: gobernada en 1836 más despóticamente que nunca por Tacón, militar intolerante, suspicaz, terco, rutinero, que contenía con mano de hierro y facultades ilimitadas el menor esfuerzo para aliviar la carga opresiva. Heredia llevaba más de diez años de residencia en Méjico, allí se había naturalizado y era magistrado de su Audiencia, cuando su salud ya vacilante, el clima de la capital que era contrario á su padecimiento y el deseo de ver la familia lo decidieron á solicitar de Tacón el permiso de entrar en su país. Para prevenir las sospechas del procónsul y evitar una segunda negativa, pues ya lo había solicitado una vez en balde, agregó en la carta lo que era la verdad: que tenía muy modificadas sus opiniones con motivo de "las calamidades y miserias" que estaba presenciando en Méjico, por lo cual consideraría un crimen cualquiera tentativa de trasplantar esos males á Cuba. Alma impresionable de poeta que los acontecimientos afligen y amoldan como cera blanda, no pudo sin inmenso desaliento contemplar el penoso espectáculo que ofrecía Méjico al mundo en aquel período pasando sin cesar de la anarquía á la dictadura, de la dictadura á la anarquía, á la merced de ambiciosos de pobre estofa, capaces de todos los atentados, como él decía del general Santa Ana.
En cualquiera otra parte de Europa ó América un desterrado político de esa importancia, de tanto talento y prestigio, que pide él mismo licencia de volver á su patria en semejantes condiciones, hubiera sido acogido con los brazos abiertos, agasajado como preciosa adquisición. El general Tacón, que consideraba á todo hijo de América como enemigo personal, y gobernó la isla durante cuatro años con esa indestructible convicción por norma de conducta, otorgó trabajosamente una licencia improrrogable de dos meses con expresa recomendación de pasarlos en el seno de la familia y reembarcarse al fenecer el plazo perentorio determinado. El gran poeta, enfermo, pues ya lo minaba la dolencia pulmonar que había de arrebatarlo dos años después, fué recibido de la manera humillante que relata un testigo mayor de toda excepción, el inglés Kennedy, representante del gobierno británico[72].
[72] Kennedy, _Modern poets and Poetry of Spain_. 1 vol. London 1852. Págs. 265 á 290.
Llegó en Noviembre y partió en Enero, otra vez hacia el destierro. Cuantos lograron verlo y hablarle en Matanzas y la Habana le oyeron francamente expresarse en el mismo sentido que se había dirigido á Tacón en la carta, desengañado, lacerado en lo más íntimo por el desgobierno, el desorden inextricable en que Méjico convulsivamente se agitaba. Su vista, disminuida por la suma de crueles infortunios, por el mal que lentamente y sin reposo devoraba sus entrañas, no tenía fuerza para elevarse y divisar más allá de las escenas contemporáneas que lo angustiaban un lejano, más risueño porvenir.
Al transcribir el colector el párrafo de la carta añade que lo hace "_por más que duela_ á los separatistas cubanos, que sólo podrán desvirtuar su fuerza suponiendo en Heredia una doblez y falsía indigna de su buen nombre é impropia de su carácter franco y arrebatado". No es probable que haya hoy nadie interesado en desvirtuar la fuerza de las palabras del poeta, ni mucho menos dudar de su franqueza y veracidad indiscutibles. Si existiesen aun "separatistas cubanos", es muy probable que se contentaran con hacer notar que los agentes de la metrópoli perseguían en Cuba con el mismo ensañamiento á los que se ponían en contra y á los que se declaraban en su favor, pues en uno y otro caso sufrió Heredia idéntico tratamiento; lo cual, si se necesitara nueva prueba, demuestra porque fueron año tras año acumulándose agravios y rencores hasta terminar las cosas... del modo como terminaron.
El ardiente, arrebatado patriotismo de Heredia desfalleció al final de su vida: no cabe duda de ello en vista de la carta á Tacón, que publicaron multitud de periódicos, cuando el gobierno español, no hace muchos años, la exhumó de los archivos[73], y no pueden ya prescindir de ella sus nuevos biógrafos. Así lo hizo el malogrado Elías Zerolo en su edición de las poesías[74].
[73] He aquí el texto del párrafo de la carta en cuestión, tal como se encuentra en la _Antología_: "Es verdad que ha doce años la independencia de Cuba era el más ferviente de mis votos, y que por conseguirla habría sacrificado gustoso toda mi sangre; pero las calamidades y miserias que estoy presenciando hace ocho años han modificado mucho mis opiniones, y vería como un crimen cualquiera tentativa para trasplantar á la feliz y opulenta Cuba los males que afligen al continente americano". El documento puede leerse íntegro en el apéndice al tomo I de los _Anales de la guerra de Cuba_ por D. Antonio Pirala. Madrid, 1895. Pág. 835.
[74] Poesías líricas de José María Heredia con prólogo de Elías Zerolo. París. Garnier Hermanos, 1893.
La Antología de la Real Academia salió á luz unos cuantos años antes de lo que hubiera debido. Si el eminente literato que la ordenó, que inserta íntegro en el tomo III el _Canto á Junín_ de Olmedo en el cual las invectivas contra España exceden en violencia á todas las composiciones de Heredia, hubiese acometido su tarea un poco después, cuando ya Cuba separada de España era dueña de sus destinos, habría probablemente medido por un rasero á todos, y aunque en los prólogos consignase sus reservas, como lo hace respecto de Bello, Olmedo y algunos otros, siempre por lo menos habría procedido _nullo discrimine_ en la elección de las composiciones y habría versos patrióticos no solamente de Heredia sino de Milanés, de Zenea y los demás en la nueva crestomatía.
Pero su innegable agudeza crítica permanece hasta el fin nublada á nuestro parecer por consideraciones políticas, no otorga sin atenuaciones el título de primer lírico cubano á Heredia, sin agregarle estas líneas: "A lo sumo la Avellaneda, que más pertenece á la literatura general española que á la particular de la isla, podrá disputarle, y _en mi concepto arrebatarle_ la preeminencia". Me permito opinar de diferente manera. La Avellaneda es grande en el género dramático, en la tragedia principalmente; _Alfonso Munio_, _Saúl_, _Baltasar_, son obras por nadie en la España moderna superadas, pero en la lírica, si bien de forma más rotunda y estilo mucho más igual ó seguro, es hueca casi siempre, casi nunca original ni en los pensamientos ni en las imágenes.
Cuando Gertrudis Gómez de Avellaneda salió por primera vez de Cuba tenía veintidós años, estaba ya completa su educación y el soneto que escribió como despedida y empieza:
¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!
tiene todas las cualidades de sus obras posteriores. Cuando Heredia partió súbitamente de Cuba hacia el norte de los Estados Unidos tenía diez y nueve años, llevaba grabadas en los ojos y en la mente imágenes de la naturaleza patria que supo antes que nadie reproducir en verso, con tanta verdad y energía, con emoción tan honda y sincera, como es inútil buscarlas en las pomposas creaciones líricas de la ilustre poetisa dramática.
Me figuro que la Avellaneda misma hubiese sido la primera en atribuir á Heredia la palma entre los vates líricos, y lo deduzco de la bella elegía, que compuso cuando, allá en el fondo de la provincia de España donde residía, llegó á sus oídos la noticia de la muerte de su desgraciado compatricio:
¡Ay! que esa voz doliente, Con que su pena América denota Y en estas playas lanza el Océano, "Murió, pronuncia, el férvido patriota..." "Murió, repite, el trovador cubano"; Y un eco triste en lontananza gime: "¡Murió el cantor del Niágara sublime!"
Trovador cubano, férvido patriota, cantor sublime de la catarata del Niágara, todo Heredia se encuentra en esas tres fórmulas perfectamente representado, y la autora tal vez, si hoy viviese, sería la primera en reconocer, no obstante las alabanzas del crítico, que sus versos líricos palidecen ante el esplendor de imaginación y sentimiento que brota del canto al Niágara, de la meditación en el Templo mejicano y otras composiciones de José María Heredia.
ABRAHAM LINCOLN[75]
_Abraham Lincoln_ by John T. Morse Jr. 2 vols. Boston, 1893.
[75] En el trabajo con que comienza este volumen se ha tratado de la vida de Lincoln hasta su primera elección á la Presidencia de los Estados Unidos; el presente ensayo, además de ser breve estudio de las principales biografías, cuando no aspira á considerar en conjunto la vida de Lincoln, versa más bien sobre la escena final.