La azucena silvestre: leyenda religiosa del siglo IX · Capítulo real 3 de 5

CAPITULO TERCERO -

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPITULO TERCERO-

Oue trata de un misterio que se aclara mas adelante y en oportuno lugar.

En tanto allá en las alturas de las peñas solitarias el ermitaño y Maria al cielo en unión alaban. Y la doncella de hinojos ante la imajen sagrada de la Madre del Dios niño las horas orando pasa, y el eremita en su choza con toda la fé de su alma dando por tales favores á Dios acciones de gracias.

Era del dia siguiente

la hora apenas del alba

cuando el penitente austero

salia de su cabana.

Ya en el césped de la roca

de hinojos María estaba

bendiciendo al Dios que alumbra

la luz que el oriente baña.

Y suelto el cabello rizo

por la mal cubierta espalda ,

cuyas hebras de azabache

mece revoltosa el aura ,

al cielo alzados los ojos ambas las manos cruzadas sobre el pecho, y el semblante alumbrado por la blanca

luz de una aurora de junio que entre nubes de oro radia, parecia la doncella imágen leve y fantástica, que crea el sueño de un niño sin comprenderla ni amarla. Los ojos de Juan Guarino la vieron , y contemplándola quedaron por un instante con indecisas miradas.

Pidióle al verle la niña su bendición, y él al dársela sobre la hermosa cabeza tendió las enjutas palmas. Orad, la dijo, y velad porque muy rudas batallas que sostengáis será fuerza contra Satán... y apenada repuso ella; padre mió, Dios por vuestros labios habla sin duda , y en vuestro pecho su fuerza depositada tiene; guiadme, instruidme, y si batallas me aguardan enseñadme á resistirlas, acostumbradme á afrontarlas. — Sí haré , mi deber es este, y si en mí el Señor derrama su luz, y su omnipotencia su fé en mi pecho no apaga, sobre el ángel de tinieblas ha de apoyarse tu planta.

Y asi diciendo Guarino de la doncella se aparta perdiéndose de las peñas entre las hondas quebradas.

De mil varios pensamientos de mil sensaciones varias su espíritu atormentado por el monte caminaba; Y apoyándose de un pino en una nudosa rama por el desierto callado el buen penitente avanza. ¡Penoso es, duro, terrible el viaje que hacer nos manda la justicia del Señor cuando á la tierra nos lanza! Terribles son en el mundo las tentaciones mundanas, y alli en contra de los hombres mucho Satanás trabaja.

Pero, ¡ con cuánta mas furia su infernal poder desata contra el alma que del mundo en el desierto se guarda! Todo le desencadena, toda su astucia nefanda contra la virtud del justo empeña por derrocarla. Traidores lazos le tiende, viles amaños le fragua , de varias formas se viste, de varios modos le asalta. Dios le dejó gran poder é infinita perspicacia, y el espíritu satánico aborrece nuestra raza. ¡Ay de aquel cuyos sentidos tan alerta no se hallan que con alguna quimera el espíritu le engaña ! Tiéndale el Señor su mano porque si el Señor le falta será su virtud despojo de la diabólica audacia.

La punta de alto peñón

el eremita doblaba

que de un abismo á la boca

sobresalía inclinada, cuando al apoyar el pié sobre la vereda escasa faltóle un punto la tierra. Las manos estendió rápidas, mas lejos de todo apoyo ya el cuerpo se despeñaba, cuando sintió que le asia con ayuda inesperada una mano vigdrosa que á la muerte le robaba* Fijó los pies en seguro, y volviendo la faz pálida vio á otro severo ermitaño que á tenerse le ayudaba. Hízosele á Juan Guarino allí su presencia estraña , mas dióle sinceramente (después de á los cielos) gracias. Y entendiendo la estrañeza que Juan Guarino mostraba, entabló de esta manera el otro ermitaño plática.

Veo que mi presencia en estos sitios

os estraña, ¡oh Guarino I

Sí en verdad: diez años ha que los habito , y solo

en ellos siempre me creí.

Ya va

mas de un invierno que sus rudas peñas á mí también habitación me dan.

Nunca os he visto, ni noticia tuve santo eremita, de fortuna tal.

Algo lejos de aqui me hice una choza y de ella salgo rara vez.

¿Quizá

sitio buscáis mejor?

No; vengo á veros, que la fama hasta alli me fué á llevar la nueva del prodijio que habéis hecho, y venero tan grande santidad.

Dios fue servido á mis mortales manos por un momento su poder prestar.

Y yo vengo á adorarle en sus prodijios, ¿ La feliz criatura donde está l

En esas rocas su morada ha puesto do quiere un monasterio edificar.

¿Y asi la abandonáis?

Dios es muy grande., mas débil es mi corazón mortal: me alejo del peligro.

Juan Guarino, injuria á Dios tan ruin debilidad.

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Quien muestra en vos su grande omnipotencia

¿su ausilio en el combate os negará?

Por vos estos desiertos, lo preveo,

de austeros monjes á poblarse van

flores fragantes que del mundo impuro

van el árido campo á embalsamar.

Por vos Guarino sus ejemplos santos

muchas almas al cielo volverán

muchos impíos sus contritos ojos

al piadoso cielo han de elevar.

¿Y por no arrostrar vos peligro escaso

de que os guarda vuestra alta santidad

vais á dejar que la mujer voluble,

ceda inesperta al tentador Satán?

Si él la recuerda la mundana pompa

todo el terreno bien que deja allá

acaso sus designios olvidando

á ese mundo otra vez quiera tornar.

Y entonces ¡ ayl en vez de monasterios,

en vez de monjes que á morar vendrán

sus claustros y estas rocas , en su seno

lloraremos nosotros nada mas,

estériles palmeras infecundas

que ni sombra ni flor podremos dar.

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Asi hablaba el anciano y sus palabras,

con respeto y dolor oia Juan,

y le daba en el fondo de su pecho

la razón imposible de negar.

Batallaba la suya acongojada

suspensa entre el peligro y la verdad

sin acertar á sacudir su espíritu

el peso enorme de tan hondo afán.

a Volved á vuestra gruta, le decia,

el venerable viejo, id, y soplad

el fuego santo que la enciende el alma

y á su alma débil fortaleza á dar.

¿Qué puede la hermosura, ¡oh Juan Guarino!

atractivos tener á ojos que están

á contemplar de Dios acostumbrados

la hermosura y la lumbre celestial ?

Id y venceos : conquistad del todo para el cielo de Dios su alma inmortal, y si á la vuestra Satanás se acerca como quien sois con su poder lidiad. Ese es vuestro deber.

Yo lo conozco, santo ermitaño, y mi deber real veo que Dios para intimarme os manda y obedezco su voz.

Aun haré mas: pondré bajo esta peña mi cabaña, á mi choza venid en vuestro afán, y de la loca tentación el peso dividiremos ambos por mitad.

Postróse ante sus plantas Juan Guarino y sintiendo sus fuerzas aumentar á la voz del anciano venerable cedió humilde á su justa voluntad. Quedó el viejo en el borde de la sima viéndole hácia su gruta caminar su figura elevándose sombria encima del peñasco colosal.

Es un anciano cuya blanca barba cuyo cuerpo encorvado por la edad á reverencia mueve mas que á miedo > ministro acaso del divino altar. Báculo tosco á caminar le ayuda, ciñe sus miembros áspero sayal , y al valle vueltos los sombríos ojos severa muestra y penitente faz. Pero la negra sombra que proyecta sobre la roca cuando el sol le da mancha siniestra en el peñón dibuja de contornos horrendos de mirar. Sombra que vida en su interior parece tener... ilusión óptica quizás. Al fin tras el peñón despareciendo volvió todo al silencio y soledad.

II.

A mas de la mitad de su carrera ya en el cóncavo azul llegaba el sol cuando á los pies del venerable anciano prosternado con honda confusión escuchaba Guarino, él conminándole de esta manera con airada voz:

¡Miserable de tí ! tu infando crimen del mundo nos vá á hacer la execración siendo por tí el escándalo del mundo y objetos de la cólera de Dios. Esa muger al acusarte, entera traerá la raza humana en derredor á maldecir la hipócrita malicia que encerraba tu torpe corazón.

El prodijio real que por tus manos

piadoso Dios y omnipotente obró

á diabólica magia atribuido

será sin duda, sí. Mira el baldón

con que cubres ¡infame! estos desiertos

santuarios otro tiempo del Señor.

¡ Ay ! ay de mí ! esclamaba Juan Guarino

con eco del mas íntimo dolor,

todo el infierno á castigarme es poco

á lavarme de crimen tan atroz.

— Pues piensa , le decia el otro anciano,

piensa en el modo que podrá mejor

ocultar á los ojos de la tierra

ejemplo de tan vil profanación,

al menos porque en todos no recaiga

la pena que uno solo mereció.

— ¿Y eso me aconsejáis? ¿Y es este el modo

de ayudarme á arrostrar la tentación?

— ¿Y qué puede tenerte miserable,

en la senda del mal y del error?

cubre al menos tu crimen en la sombra

del misterio , y al menos desde hoy

evita de tu crimen el escándalo

pecado que maldice el Salvador.

Tal vez el vulgo crédulo engañado

por tu virtud hipócrita anterior

en un milagro más creyendo estúpido

te tribute mayor veneración.

Borra astuto su rastro de la tierra

engaña al universo por tu honor,

y piensa bien que volverá su gente mañana y urge que lo enmiendes hoy.

Y asi diciendo el eremita anciano, de hinojos en las peñas se postró, abismado dejando á Juan Guarino en horrenda y febril meditación. Veíase que dentro de su pecho empeñada traían con furor espantosa batalla sus pasiones desgarrando su triste corazón.

Y en el borde sentado del peñasco

fijo, inmoble, en silencio... ¡Daba horror

contemplar su semblante contraído,

de sus hondos tormentos espresion!

Asi Guarino batallando á solas

dos largas horas de pesar pasó,

y dos horas el monje venerable

sin entibiar un punto su oración.

Al fin Guarino cual preñada nube

que arrebata en sus alas el turbión

con raudo paso y con temblor convulso

del anciano en silencio se apartó.

Dejó aquel su postura penitente

sus miradas de Juan tendiendo en pos,

vaga sonrisa contrayendo el labio,

sus ojos infernal satisfacción.

Ya á Guarino perdido entre las peuas

no se alcanzaba á ver, mas él siguió

cual si á través del monte le alcanzara

mirándole con intima atención.

En ella unos minutos pasó el monje:

de ellos al cabo á parecer volvió

Guarino descompuesto y alterado

diciendo al monje con horrenda voz

» viejo, todo está hecho; no habrá escándalo:

¡maldito el dia que nacer me vió!»

Ronca, histérica, horrible soltó entonces el monje repentina carcajada, que de Juan en el ánima espantada como afilado acero penetró. Volvió la vista atónita hácia el sitio do vió al volver al eremita santo , y su vista y su sangre heló de espanto lo que á su lado en su lugar halló.

Gigantesca satánica figura de inmensas alas que ante el sol tendia

y el resplandor del sol oscurecía sus fieros ojos en su faz clavó* Sobre el monstruoso labio le mostraba sonrisa de desprecio triunfadora y con solemne voz aterradora en sarcástico tono asi le babló :

«¿Quién trajo esa mujer a este desierto? »¿ Quién de sus ojos apagó la lumbre? »¿ Quién á par coa la inmensa muchedumbre »el milagro de Dios reconoció? » ¿Quién encendió un volcan en tus entrañas » de furiosa y carnal concupiscencia ? «¿Quién diez años de llanto y penitencia » inutiliza en un instante? F©.»

Dijo Satán : y las enormes alas «n la nublada atmósfera tendiendo por el espacio se perdió dkñende : ^maldito el dia que nacer te vió? Y los cóncavos ecos de las peñas al bronco son de su garganta heridos repitieron su voz estremecidos, y estremecido el monte vaciló.

Quedóse el penitente al borde de la roca sentado, sin aliento, sin voz, ni voluntad, sumido en la amargura: y por su mente loca rodaban las ideas en ronca tempestad.

Confuso torbellino de espíritus impuros escucha imperceptibles zumbar en torno de él; sus labios se resisten á preces y conjuros, y el aire que respira le amarga como hiél.

cqDiez años de virtudes »de austera penitencia, »diez años de esperanzas . f » de lágrimas y afari - >: ¿. .;) » perdidos en un punto! » Cedió mi resistencia » á la tenaz astucia » del tentador Satán!

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«¡He cometido un crimen «horrendo, abominablel »un crimen que no tiene «disculpa ni perdón... »¡Soy presa del infierno!» decia el miserable mirando hácia el abismo con bárbara intención.

«Dios es muy compasivo,» decia su conciencia, « mi culpa es infinita ,» decia su razón: y entre la muerte fácil que tiene en su presencia, y el arrepentimiento vacila el corazón.