La catástrofe · Unidad 13 de 47
Primera Parte · XII
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XII
Por la mañana el presidente Stephen convocó una reunión extraordinaria en su palacio.
En el majestuoso salón, con sus columnas macizas y sus blancas paredes incrustadas de oro, se sentía la presencia invisible del ángel de la muerte. Triste era el aspecto de la asamblea; baja la cabeza y severo el rostro, los presentes a la reunión daban, sin quererlo, a las frases más corrientes un acento trágico. En el enorme salón, casi vacio, los delegados, reunidos en torno a una mesa cubierta con paño azul, aparecían pequeños, insignificantes. Los bustos de grandes hombres, en mármol blanco, que decoraban el salón lanzaban una mirada severa, reproche irónico y silencioso contra los representantes de la Humanidad viviente, incapaces de impedir que las conquistas gloriosas de la civilización, conseguidas por esfuerzos seculares, fuesen reducidas a la nada.
Pálido y hasta tal punto enflaquecido que la levita colgaba de sus hombros como un saco, Stephen dirigió la palabra a los presentes.
—Señores—dijo—: muchos de los nuestros han perecido. Han desaparecido de entre nosotros los mejores. Acabo de recibir la noticia de que el general Beaulieu, presidente de la Comisión militar, ha expirado después de atroces sufrimientos. ¡Que la tierra le sea leve!
Se levantaron todos, y permanecieron un minuto de pie, con los ojos cerrados, como atemorizados ante el espectro del muerto.
—Asimismo encontraron la muerte, entre los escombros del fuerte de Chatillon, el gobernador militar de París, general Pardoux, y su ayudante de campo, el capitán Lemonnier.
De nuevo se pusieron de pie los presentes, en señal de duelo.
—Es de suponer que muchos otros de nuestros colegas hayan muerto o sufrido heridas graves. Faltan todavía datos precisos. En todo caso, nuestras pérdidas han sido muchas y graves. Los aquí reunidos somos, por así decirlo, los últimos mohicanos. Quizás suene pronto también nuestra hora; pero, mientras haya un latido en nuestros corazones, debemos sacrificarlo todo para tratar de salvar a la Humanidad del terrible peligro que la amenaza. El fracaso de la lucha armada contra los zootauros ha sido trágico. Ha servido para demostrarnos que nuestra técnica militar, a pesar de todos sus adelantos, era completamente inútil contra la naturaleza misteriosa de estos monstruos. Emplearla contra ellos es como servirse de un sable de cartón para atacar a un gigante con coraza de acero. Hemos de reconocer, de una vez para siempre, que carecemos de fuerzas para medirnos con los monstruos. No nos queda más recurso que abandonar el campo de batalla, marcharnos. Pero ¿adónde? A esta pregunta contestó hace algún tiempo nuestro estimado compañero y querido amigo mío Cresby Harrison. A él y a la Comisión que por él tiene el honor de ser presidida concedo ahora la palabra. En nombre de la Asamblea, ruego a mi amigo Harrison que nos dé cuenta del estado de los trabajos de la Comisión.
Cresby Harrison se levantó, sorbió de un trago un vaso de agua, y, con voz velada por la emoción, comenzó diciendo:
—Sí, señores. Estamos obligados a abandonar el campo de batalla, es decir, abandonar la Tierra, habitada durante tantos miles de años por el hombre, regada con el sudor de su frente; la Tierra de nuestros antepasados, de nuestros abuelos, de nuestros padres, que nosotros pensábamos legar a nuestros hijos y descendientes más rica y floreciente que nunca. ¡Abandonar la Tierra!... Todos los mortales han tenido que abandonarla un día u otro; pero de su posesión continuaba gozando el género humano, y cada generación la recibía en herencia de la precedente. Ahora se trata de que la Humanidad entera renuncie a sus derechos, y ésta es la gran tragedia sin precedentes en la Historia. Se nos echa, como si la Tierra hubiese sido hasta ahora un campamento provisional, un refugio escogido por azar al borde del camino. Y este campamento de existencia milenaria tiene que abandonarlo el género humano, y, cual vagabundo sin abrigo, tomar su cayado y emprender la ruta en busca de otro.
La emoción cortaba la voz de Harrison, el cual, para dominarse, bebió de un sorbo otro vaso de agua.
—Pido perdón, señores, por estas lamentaciones, que quizás estén fuera de lugar. Nuestra naturaleza se rebela contra la monstruosa injusticia de que somos víctimas. Y nuestros antepasados, la serie incalculable de las generaciones humanas, de las cuales habíamos recibido la herencia de una cultura multimilenaria, protestan también. Los bellos edificios, las torres majestuosas que se yerguen orgullosamente, los puentes magníficos tendidos sobre los ríos, los campos, los parques, cuanto, en fin, era expresión del genio humano, habremos de abandonarlo para escondernos como topos debajo de la corteza terrestre...
Harrison hizo una pequeña pausa para dominarse, y, una vez dueño de sí, continuó diciendo:
—Pero hay que deliberar con calma sobre la situación presente. No nos resta otro recurso, es cierto, que escondernos bajo tierra. Es el único refugio que nos queda. Ahora bien: ante nosotros se plantea un nuevo problema. El problema de arreglar del mejor modo posible ese nuevo campamento para la Humanidad. La Comisión que tengo el honor de presidir ha trabajado durante estos últimos días con toda energía, y sus trabajos están ya bastante adelantados. Hemos elaborado un proyecto para la construcción de ciudades subterráneas. Hemos hecho, con toda la exactitud posible, los cálculos necesarios; hemos pesado detenidamente todos los elementos del problema, y no nos forjamos ilusiones de ningún género. Nos damos perfecta cuenta de que en el curso de nuestro trabajo tropezaremos con enormes e imprevistas dificultades: tan difícil y complicada es nuestra empresa. A modo de experiencia, hemos decidido construir inmediatamente una ciudad subterránea debajo de París. Disponemos ya de potentes máquinas Crebs para la extracción de la tierra, de ventiladores perfeccionados y de bombas eléctricas. Nuestras necesidades pecuniarias serán enormes; pero cuando se trata de una cuestión de vida o muerte, no hay derecho a detenerse ante ningún sacrificio. Debemos inmolar nuestros bienes, nuestras fuerzas y nuestras energías.
—¿Qué cantidad, poco más o menos, hace falta para ese experimento?—preguntó uno de los presentes.
—Para empezar, hemos decidido limitarnos a la construcción de una pequeña ciudad subterránea de dos calles paralelas, largas de un kilómetro y medio y con quinientas casas de seis pisos cada una. Según nuestros cálculos, esto bastará para ciento cincuenta mil habitantes. Será necesario, desde luego, contraerse un poco. Ninguna familia tendrá derecho a más de dos habitaciones, por lo menos al principio. Si el experimento da buenos resultados, podrá empezarse inmediatamente la construcción de otras calles. Ahora bien: hemos calculado que los trabajos para abrir esta pequeña ciudad subterránea y construir en ella las mil casas de seis pisos según los últimos adelantos de la Arquitectura y con todas las comodidades modernas, costará unos cinco mil millones de francos. Los gastos para la continuación de los trabajos subterráneos serán después menos considerables. En suma, y según cálculos aproximados, para construir bajo tierra una copia, por así decirlo, de París, una ciudad donde pudieran albergarse los siete millones de parisinos, sería preciso construir cuarenta mil casas de seis pisos o veinticinco mil casas de diez pisos, lo cual exigirá un gasto de noventa o cien mil millones de francos aproximadamente. Cierto es que, a consecuencia de los ataques de los zootauros, la población se encuentra algo reducida, y que antes de que podamos descender a los refugios subterráneos el número de víctimas habrá aumentado todavía. Según datos oficiales incompletos, el número de víctimas, tan sólo en París, es de seis mil diarias...
Se oyeron algunos suspiros.
—En todo caso—prosiguió Harrison, será preciso construir bajo tierra refugios sólidos para millones de hombres; tanto más, cuanto que la población de París se acrecienta, por otra parte, con los emigrados, que cada día llegan de las provincias. Tampoco hay que olvidar que París no es Francia entera. Si los primeros experimentos dan resultados satisfactorios, será preciso construir otras ciudades subterráneas: debajo de Lyon, de Marsella, de Nantes, de Lilla, de Burdeos. Esto exigirá una tensión extrema de todas las fuerzas materiales del país. Como quiera que el Estado no puede hacer frente a tan elevados gastos, será preciso recurrir a la fortuna particular, y si hay capitalistas que por demencia se niegan a facilitar el dinero para esta empresa, será necesario hacerles entender la razón por la fuerza. En un momento trágico como el que atra vesamos no debe haber ricos ni pobres. Los zootauros nos han reducido a todos al mismo nivel.
—¡Muy bien!—exclamaron los presentes—. Exacto. Tiene su señoría toda la razón.
—Bajo tierra—continuó Harrison, elevando la voz—surgirá, sin duda, de nuevo el problema social; de nuevo comenzará la lucha de clases, la guerra eterna entre los oprimidos y los opresores, con sus golpes de Estado, revoluciones y dictaduras. Pero todos hemos de bajar a nuestros nuevos refugios iguales, sin distinciones sociales de ninguna especie, como hombres primitivos, como si acabara de tener lugar nuestra aparición sobre la Tierra.
—Es decir, bajo tierra—interrumpió con una sonrisa Stephen.
—Así es: bajo tierra—rectificó asintiendo Harrison—. El problema social, en torno al cual se han sostenido tan encarnizadas luchas, debe ser resuelto de una manera automática, por así decirlo. La situación lo exige imperiosamente. Toda la riqueza particular, así como las existencias de materiales de construcción, de víveres, de trigo, etcétera, deben ser inmediatamente nacionalizadas y declaradas propiedad del pueblo. La población empieza a sufrir del hambre, y seria estúpido mostrar consideraciones especiales hacia los ricos, que nadan en la abundancia. Todas las Empresas privadas deben, de ahora en adelante, trabajar para satisfacer las necesidades de la comunidad, bajo la intervención rigurosa del Estado. Las reservas disponibles deben ser distribuídas entre todos según la medida de las necesidades. Me diréis que esto es el socialismo. Es posible. No hay que dejarse amedrentar por las palabras. Seamos socialistas, colectivistas, comunistas, cuanto queráis, si es preciso. Se trata de la salvación del género humano. Para realizar nuestra gran obra será necesario exigir a todos grandes sacrificios. Donde no hay igualdad ni justicia, no hay colaboración fructífera posible. Habrá que proclamar la movilización general del trabajo, porque para la construcción de las ciudades subterráneas harán falta centenares de miles, millones de obreros. Cada uno debe contribuir a esta gran obra a medida de sus fuerzas y capacidades. "Todo para todos" debe ser de ahora en adelante nuestra divisa. ¡Todo para la salvación de la Humanidad!
Estas palabras hicieron estallar aplausos entusiastas. Los rostros se animaron, y en los ojos brilló la voluntad de actuar.
—Lo tenemos todo a punto para empezar los primeros trabajos—dijo Harrison, después de una corta pausa—. Los medios pecuniarios que hasta ahora han sido puestos a nuestra disposición, y que no pasan de tres mil millones de francos, son, es cierto, muy reducidos. Pero bastan para comenzar. A fin de que los trabajos no tengan que interrumpirse, pido, en nombre de la Comisión, que se apliquen medidas enérgicas a fin de encontrar los medios que hacen falta. De Nueva York acabo de recibir una noticia interesante. También allí han decidido seguir nuestro ejemplo; es decir, han acordado construir una ciudad subterránea. Los trabajos corren a cargo de una Comisión de ingenieros, al frente de la cual figura mi amigo William Grant. La suscrip ción nacional abierta ha dado en pocos días más de mil quinientos millones de dólares; pero como esta suma es insuficiente, se ha decidido requisar el setenta y cinco por ciento de los capitales particulares. La mayor parte de las fábricas y talleres han sido ya nacionalizados. Ha sido proclamada la movilización general del trabajo, y los que quieran substraerse a ella serán rigurosamente castigados.
—¿Cuándo podrá empezar sus trabajos la Comisión?—preguntó Stephen.
—Estarían ya empezados desde largo tiempo, pero quisimos antes esperar los resultados de las experiencias que iba a intentar la Comisión militar. Ahora nada nos detiene ya, y creo que podríamos empezar mañana.
—Según los cálculos realizados, ¿cuánto tiempo cree su señoría que podrían durar los trabajos?
—Si se proclama la movilización general del trabajo, es decir, si la Comisión dispone de cuanta mano de obra necesita, los trabajos preliminares para la construcción de dos calles de un kilómetro y medio cada una quedarán terminados dentro de dos o tres semanas. La construcción de las casas empezará tan pronto se haya excavado una parte de galería suficiente, de forma que los trabajos de excavación y de construcción avanzarán casi al mismo tiempo. Todo depende de la cantidad suficiente de mano de obra.
—Perfectamente—dijo Stephen—. La mano de obra no faltará. Hoy mismo reuniré al Consejo de ministros, y mañana los parisinos podrán leer en bandos y en los periódicos el decreto sobre la movilización general del trabajo.
—Muy bien—respondió Harrison—. Yo, por mi parte, convocaré inmediatamente a la Comisión y a los arquitectos que nos ofrecieron sus servicios, para repartirnos el trabajo y organizar el transporte de la maquinaria a los lugares requeridos. Mucho tendremos que hacer, pero disponemos de casi todo el día y de la noche entera.
Por la primera vez durante estos días dolorosos, los reunidos se separaron con un rayo de esperanza y de fe en el porvenir.