La catástrofe · Unidad 14 de 47
Primera Parte · XIII
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XIII
En el curso de aquella noche tuvo lugar un nuevo ataque feroz de los zootauros, del cual sufrió especialmente la parte de la ciudad situada a la orilla izquierda del Sena.
El Consejo de ministros y la Comisión subterránea trabajaron durante la noche, anonadados casi por el ruido incesante de las casas que se derrumbaban. Precipitadamente fué impreso en la Imprenta Nacional el decreto sobre la movilización general del trabajo.
Según los términos de este decreto, estaban obligados a presentarse, ante todo, las personas faltas de trabajo o de ocupación fija, y, después, los obreros ocupados en las empresas para la fabricación de artículos de lujo, los empleados de los almacenes de modas, de los teatros, circos, cinematógrafos, cafés-conciertos, cabarets , dancings y otros establecimientos análogos. Sólo quedaron exceptuados de la movilización los obreros y empleados en las fábricas de artículos de primera necesidad y una décima parte de la guarnición militar de la capital, reservada para el mantenimiento del orden.
Todos los hombres afectados por el decreto tenían la obligación de presentarse antes del mediodía a las tenencias de alcaldía correspondientes, donde serian distribuídos los instrumentos y vestidos de trabajo a aquellos que no los poseyeran. Los que faltaran al llamamiento sin razón plausible eran amenazados con la confiscación de todos sus bienes y la prisión mientras duraran los trabajos subterráneos.
Casi al mismo tiempo fué publicado otro decreto, en virtud del cual, los capitales particulares quedaban sujetos a un impuesto progresivo del 30 al 80 por 100.
Ambos decretos produjeron en la capital una enorme sensación. En las esquinas y otros lugares donde se habían fijado los bandos, numerosos grupos de gente excitada los comentaban apasionadamente.
Los pobres tenían el aire triunfador.
—¡Por fin!—decían—. Los zootauros han venido a establecer la igualdad general. ¡Ya era hora!
Un grupo de anarquistas trató de aprovechar la coyuntura, que les pareció favorable, para la propaganda de sus ideas.
—¡Camaradas obreros!—gritaba en la plaza de la República un propagandista, subido al zócalo del monumento a la Libertad—. El poder está desorganizado, y la burguesía pierde la cabeza, hasta el punto de estar dispuesta a rendir todas las posiciones. Un momento como el actual no se presenta todos los días, y, por lo tanto, hay que aprovecharlo. Hay que barrer de la faz de la Tierra los últimos restos del poder burgués y le vantar sobre sus ruinas nuestro estandarte, nuestra bandera, de verdadera libertad, igualdad y fraternidad. Con nuestras manos callosas levantaremos las barricadas, y empezaremos la lucha decisiva contra nuestros opresores seculares...
Pero ni aun en este barrio obrero encontraban las palabras del orador el más débil eco, y las manos callosas de los que rodeaban al orador permanecían quietas en los bolsillos de los pantalones.
—¿Qué barricadas son éstas?—preguntaban, con sonrisa irónica y bonachona, los obreros—. Para que los zootauros las derriben al poco rato, no vale la pena de construirlas. Y si se trata de clavar una bandera sobre un montón de ruinas, la cosa es fácil. En París las ruinas abundan. No hay más que escoger.
Si los pobres parecían estar satisfechos de los decretos, los caballeros de levita y guante blanco estaban furiosos y daban curso a su indignación.
—¡Eso es terrible! ¡Es peor que el socialismo! ¡Es hacer el juego de los más rojos revolucionarios!
La Asociación de Amigos del Orden convocó inmediatamente a sus miembros para protestar contra los decretos. En la reunión, compuesta casi exclusivamente de fabricantes, banqueros y ricos rentistas, se puso de manifiesto una extrema nerviosidad.
—¡Es una cosa indecente!—exclamaba, ahogado casi por la rabia, el célebre Rey del Acero, Adolfo Pruneau, hombre gordo, con el cuello gordo del apoplético, los ojos cubiertos de una red de filamentos rojos, como los de un cangrejo—. ¡Hemos de protestar con toda la energia! Esos señores del Gobierno no deben ignorar que nosotros constituimos la base misma de la vida industrial del país. Hoy nos quitan ochenta céntimos de cada franco, y mañana quizás nos quitarán el resto. Esto aparte de que muchos de los miembros de nuestra Asociación tendrán que ponerse la blusa e ir a cavar la tierra al lado de todos los golfos de la capital.
Después de apasionados debates, se designó una delegación para que tratara de entrevistarse el mismo día con el presidente Stephen y comunicarle la protesta razonada de la Asociación de Amigos del Orden.
Stephen recibió a los delegados muy fríamente, y se negó de un modo terminante a leer la protesta.
—No tengo tiempo que perder—dijo a los delegados—. Tengo los minutos contados. Díganme en pocas palabras de qué se trata.
—Pero, señor presidente...
—¡Nada de peros! Han venido ustedes para solicitar la derogación de los decretos publicados o, por lo menos, para que se atenúe su rigor; ¿no es eso? Pues digan ustedes a los que les han delegado que los decretos permanecerán en vigor y serán aplicados implacablemente. Es posible, además, que mañana o pasado mañana sean confiscados en favor del Estado todos los capitales particulares hasta el último céntimo. Si en momentos de tanta gravedad como los presentes no saben sobreponerse a un egoísmo estrecho y mezquino, peor para ustedes.
—Pero, señor presidente, esos decretos...
—¡Basta! interrumpió Stephen, sin contemplaciones—. Unicamente he de comunicarles que a la menor tentativa para escapar al cumplimiento de estos decretos o dar cifras falsas sobre los capitales, los culpables serán encarcelados y sometidos al mismo régimen que los ladrones y los asesinos. Yo me encargo de que así vayan las cosas. Adiós, señores.
Y se fué, volviendo la espalda a la delegación.
Desde primeras horas de la mañana las tenencias de alcaldía estaban materialmente asediadas por la muchedumbre. Millares y millares de hombres se apresuraban a responder al llamamiento para la movilización del trabajo.
Predominaban los obreros, los soldados, los pequeños artesanos. La mayoría tenia un aspecto abatido; pero los había también que reían y cambiaban entre sí chanzas y ocurrencias.
—La gente no va a faltar. Con los que somos ya, podríamos abrir una zanja que llegara hasta América.
—Nosotros empezaríamos por un lado, y los americanos por otro, hasta que un día nos encontraríamos en el centro de la Tierra.
—¡Para los topos esto va a ser una lata!
—Nos haremos amigos. Dentro de poco nosotros seremos como los topos.
Entre la muchedumbre se distinguían los rentistas, fabricantes y banqueros, también movilizados. Iban cabizbajos y silenciosos. La gente de humilde condición hacía a su costa bromas inofensivas.
—¡Vamos! ¿Conque a usted también le obli gan a trabajar? No es tan terrible como parece. Al contrario, es hasta bueno para la salud.
—Es como hacer gimnasia.
—Abre el apetito.
—Están ustedes demasiado gordos, y con el trabajo perderán grasa. Es mejor para el corazón.
—Dicen que en América los millonarios se dedican desde hace algún tiempo a toda suerte de tareas pesadas: cortan leña, machacan piedra y abren zanjas. Todo por miedo a que no les dé un ataque de apoplejía.
Un obrero, agotado, flaco, con el pecho hundido y los ojos brillantes de fiebre, empezó a refunfuñar, encolerizado contra los burgueses.
—Bien está—decía, entrecortando sus palabras con golpes de tos que le ahogaban—. Que vivan un poco como nosotros. Demasiado tiempo han vivido de nuestra sangre y de nuestro sudor.
—¡Déjalos ya!—interrumpió otro obrero—.Ahora somos todos iguales, y peor es su suerte que la nuestra. Después de los bailes y las buenas comidas, con las bebidas correspondientes, ponerse a cavar la tierra no es cosa fácil. Tú mismo, si te dieran ahora orden de empezar a comer pavo trufado y a beber champaña todos los días, te encontrarías algo cohibido. Esos pobres ricos merecen más compasión que otra cosa.
Aunque el decreto de movilización del trabajo sólo alcanzaba a los hombres hasta cincuenta y cinco años de edad, otros mucho más viejos venían también a inscribirse.
—Abuelo—decían a veces los muchachos—: ¿tú también quieres declarar la guerra a los zootauros?
—¿Y por qué no?—contestaba bonachonamente alguno de los viejos—. Es una gran causa, la causa de Dios, y es necesario que todos hagamos algo; no tan sólo los jóvenes. Además, como pronto necesitaré una tumba, tomo la precaución de abrirla yo mismo desde ahora.
Los escritores, pintores y artistas célebres, que habían respondido al decreto de movilización, llamaban principalmente la atención de la muchedumbre. Entre ellos se distinguia Leganière, el célebre actor cómico de la Comedia Francesa y figura popularísima. Alto, ancho de espaldas, expresivo y como aniñado el rostro, iba de un grupo a otro, dando las manos a los obreros, como si se tratara de antiguos camaradas, conversaba animadamente con todos y divertía a la gente contando anécdotas y recitando monólogos, que provocaban la risa general.
—Ante todo—decía en voz alta—construiremos bajo tierra un buen teatro. Para poder trabajar hay que divertirse. O si no, mirad la cara de ese infeliz—decía señalando a un hombre gordo, de cara triste—. Se diria que asiste a sus propios funerales.
Y Leganière dió a su rostro una expresión hasta tal punto tragicómica, que todo el mundo se echó a reír a carcajadas.
El poeta popular Delancre, conocidísimo en todos los cafés cantantes de Montmartre y de la Bastilla, vestido con su blusa de obrero, se encaramó a un farol y desde esa tribuna improvisada recitó una poesía, que él llamaba heroica, especialmente alusiva a la aparición de los zootauros.
Delancre tenía un competidor peligroso en la persona de Barreau, cantante que gozaba también en Paris de una inmensa popularidad. Era éste un hombre pequeño, con una cabellera enorme y la voz cascada por el uso constante del alcohol. Subido sobre las espaldas de uno cualquiera de sus amigos, cantaba cuplés cómicos que, según él decía, acababa de componer en "honor de los zootauros". Estas canciones terminaban siempre con el estribillo de un cuplé de moda, en el cual se contaban las penas y sinsabores de una modistilla llamada Marieta.
Barrean cantaba, gesticulaba, y con los gestos de un director de orquesta dirigía el canto del estribillo.
—¡A ver, amigos!—exclamaba con su voz cada vez más engolada—. ¡Todos a coro ¡A la una, a las dos, a las tres!...
Pronto centenares de personas, bajo la dirección de Barreau, aprendieron el estribillo y lo cantaban a voz en cuello:
Los zootauros, tauros, tauros, Nos tienen fastidiaos. Los zootauros. tauros, tauros Se nos han atravesao. Los zootauros, tauros, tauros..
Y así sucesivamente, sin parar nunca.
Los muchachos, esos reyes de la calle, eran felices. Se entremetían por todas partes, entre la gente, felices, alborotados, radiantes, como si se tratara de una fiesta largo tiempo esperada. Corrían de aquí para allá; saltaban sin motivo; daban chillidos y silbidos estridentes, y parecian como locos de contento. Algunos de ellos contribuían a aumentar el alboroto con acordeones, silbatos, panderetas y otros instrumentos infantiles.
Ante todos los edificios públicos de Paris se apiñaba, compacta y ruidosa, la muchedumbre. Era como una inmensa feria, en la cual sólo faltaban los barracones, los tíovivos, los puestos de tiro al blanco y los organillos. El pueblo—el buen pueblo de París—, como olvidado de la prueba terrible a que estaba sometido, cantaba a grito limpio el estribillo de Barreau, que iba siendo cada vez más propiedad intelectual de la calle:
Los zootauros, tauros, tauros, Nos tienen fastidiaos. Los zootauros, tauros, tauros, etc.