La catástrofe · Unidad 3 de 47
Primera Parte · III
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
III
Esta noche los incidentes trágicos fueron todavia mas abundantes y de mayores proporciones que la noche anterior.
A las víctimas que fallecieron de ataques del corazón o de parálisis, o encontraron la muerte entre los escombros de las casas en ruinas, había que añadir los desaparecidos, que en París tan sólo se cifraban por millares. Los zootauros descendieron a ras del suelo, y después de destruir los edificios donde las gentes se hallaban escondidas, se remontaron de nuevo con rumbo desconocido, llevándose consigo, como en gavillas, a centenares de personas. Estas escenas de rapto produjeron un terror sin límites, hasta el punto de que muchos testigos de ellas, aun sin ser víctimas directas de los zootauros, perdieron la vida o la razón a causa del espanto.
Tanta fué la confusión, que al día siguiente casi nadie pudo hacer una relación fiel de lo ocurrido; nadie podía decir cómo y cuándo habían llegado los zootauros, en qué forma habían podido raptar a sus víctimas ni cuál era su aspecto exterior.
Uno de los pocos testigos presenciales de la catástrofe que habían conseguido conservar la vida y una cierta lucidez de juicio, el reportero Pelletier, contó lo que había visto en los siguientes términos:
"Todos los inquilinos de la casa se habían reunido en un piso del entresuelo, encima mismo del sótano. Eramos aproximadamente unos sesenta. No quisimos bajar al sótano a causa de la humedad y del frío, y porque, además, el peligro era mayor todavía. Apretujados como un rebayo presa del miedo, nos mirábamos tristemente unos a otros sin pronunciar palabra. La congoja había puesto palidez en los rostros y escalofríos en los cuerpos de todos. Se habían bajado cuidadosamente las persianas para que no se filtrara la luz hacia el exterior, y el cuarto quedó alumbrado solamente por una débil lámpara eléctrica, que más tarde fué apagada, también por precaución. La oscuridad era absoluta. Sobre nuestras cabezas el ruido era infernal, como si centenares de casas vecinas se derrumbaran a un tiempo... Como una media hora después sobrevino súbitamente un formidable estrépito. Alguien o algo extraordinario se había precipitado sobre nuestra casa, hundiendo la techumbre, derribando las paredes y reduciéndolo todo a añicos, como si se tratara de un juguete. Inmediatamente empezaron los gritos y los sollozos. Muchas mujeres cayeron al suelo desmayadas. Sobre nuestras cabezas empezaron a caer trozos de ladrillo, cantos de yeso y vigas rotas. Muchos fueron los muertos y los heridos. De golpe la habitación quedó alumbrada por un haz de luz vivisima..."
Pelletier interrumpió un momento su narración para secar el sudor que le corría abundantemente por el rostro y el cuello.
"Era un zootauro—prosiguió después de haber tomado aliento—. El terror impuso silencio, y los gritos cesaron de súbito. Amontonados todos en un rincón, cada uno procuraba empequeñecerse tanto como podía. Para guarecerse contra la luz era preciso taparse la cara con las manos. Después... ¡cualquiera sabe cómo ocurrió la cosa! De lo alto, por el boquete abierto en el techo, descendió una garra de dimensiones monstruosas, negra, reluciente, semejante por su forma a la de un lagarto, con las uñas curvas como hoces. A tientas fué recorriendo el recinto, y al dar con nuestro grupo, arrastró consigo un puñado de hombres. De nuevo comenzaron entonces los gritos agudos, casi inhumanos. Todavía me parece oír el chillido desgarrador de mi mujer, cogida con todas sus fuerzas a mi ropa, en forma que durante unos segundos ambos quedamos suspendidos en el aire. Al poco rato sus manos cedieron, y es de suponer que perdió el conocimiento. Yo tengo también la sensación de haberlo perdido. Al recobrar el sentido el cuadro que se ofreció a mis ojos era para helar la sangre en las venas. Entre los montones de escombros yacían cerca de treinta cuerpos humanos. Algunos de estos infelices vivían aún. pero de sus heridas manaba la sangre en abundancia. Mi amigo Granier, el pintor, tenía la cabeza aplastada y el cuerpo mutilado horriblemente. Se oía el sordo gemir de las víctimas, que todavía alentaban. Yo escapé con ligeras heridas en la cabeza y en el hombro derecho, causadas por alguna piedra o astilla. Pero también es posible que haya sido rozado por la garra del zootauro."
A tal extremo esta relación impresionó a los que la escuchaban, que durante largo rato ninguno de ellos se atrevió a despegar los labios.. Por fin Gaspar, el tendero, dijo:
—No hay duda... Son los famosos habitantes de Marte. No puede decirse que durante los últimos años no nos hayamos ocupado de ellos abundantemente. Los señores astrónomos cambiaban con esos señores signos cabalísticos. Se ha hablado de ondas eléctricas de una fuerza extraordinaria destinadas a servir de telégrafo entre nosotros y los martenses, y se pretendía, inclusive, haber recibido de Marte señales misteriosas. Se nos aseguraba que los habitantes de Marte gozaban de una cultura adelantadísima, y se esperaba poder establecer con ellos relaciones regulares. ¿No llegó hasta fundarse con este objeto una Compañía poderosísima, con un inmenso capital? Por fin han venido a la Tierra para tener el gusto de conocernos personalmente. Nuestros sabios han conseguido desarrollar un poder de atracción suficiente. Pueden venir cuando gusten, se les ha dicho durante mucho tiempo. Y los martenses han venido, han probado la carne humana y, por lo visto, no les parece del todo mal...
En resumen: las pérdidas de esta segunda noche, según datos oficiales recogidos más tarde. han sido muy importantes: más de catorce mil muertos y ciento ochenta y dos casas destruídas. Casi una tercera parte de las víctimas fueron raptadas por los zootauros. El resto pereció entre los escombros o a causa de ataques del corazón. En las calles y en los campos han sido encontrados centenares de cadáveres, cuerpos humanos convertidos en piltrafas: es de suponer que los infelices habían sido raptados por los zootauros y lanzados después sobre la Tierra desde gran altura.
El número de víctimas había sido mayor que en parte alguna en las estaciones, sobre todo en la estación del Norte, donde habían ido a buscar refugio millares de gentes aterrorizadas. Según ha podido averiguarse por las relaciones confusas de testigos oculares, dicha estación fué atacada por una bandada de zootauros. Algunos de estos testigos aseguraban que los monstruos habían sido por lo menos diez; otros, en cambio, afirmaban que no habían pasado de tres o cuatro. Los zootauros habían destruído por completo la enorme estación y todas sus dependencias, hecho añicos centenares de vagones y destrozado más de un kilómetro de vía, dejándola inutilizada.
Los desperfectos fueron también importantísimos en las estaciones de Lyon y del Este, donde habían buscado albergue millares de refugiados procedentes de las diversas provincias, empujados por el miedo hacia París. Acostumbrados a esperar siempre el socorro de la capital en los casos de angustia, creían de buena fe los provincianos que en París se habría ya decubierto un medio de protección contra ese nuevo e inespe rado infortunio. Del mismo modo que en la Edad Media, cuando las guerras feudales, la población buscaba abrigo en la ciudad en las horas de peligro, ahora las provincias se precipitaban en desorden hacia París, campamento gigantesco en el camino de la Humanidad vagabunda, marchando hacia horizontes desconocidos.
Pero París era también impotente, por desgracia, y no podía ocuparse de esos millares de fugitivos que, como una invasión de lava, corrian, cada vez en mayor número, por sus calles. Destruída la ciudad a medias, y abatida por el pánico, no podia ofrecer abrigo ni alimento a los recién llegados. La vida se hacía cada vez más difícil: la mayor parte de las empresas estaban paralizadas, los almacenes cerraban uno tras otro sus puertas, y las panaderías, privadas de una buena parte de su personal, producian cada día menos pan.
Mientras tanto, era cada vez mayor y más intranquilizadora la corriente incesante de los refugiados. Las provincias se presentaban a las puertas de Paris, amenazando con arrasarle. Lentamente, obstinados y silenciosos, inclinados bajo el peso de los sacos que llevaban a cuestas, adelantaban taciturnos los campesinos, implacables como el Destino. No había fuerza en el Mundo capaz de detenerlos. Llamaban a las puertas de las casas y de las posadas. Se instalaban con sus mujeres, su prole y su impedimenta en las aceras, en los pórticos de los edificios públicos, entre los escombros de las casas destruídas. Se mantenían en actitud pacífica y silenciosa, sin exhalar una queja ni pedir nada. Pero había en ese silencio mismo algo de terriblemente amenazador. Se veia claramente que, una vez sintieran el espolón del hambre, esa masa gris, aún tranquila, se pondría en marcha sin decir palabra, y con la misma impasibilidad en los rostros embrutecidos, avanzarían arrollándolo todo. Llegado este momento, París, el París espiritual y refinado, orgulloso de su cultura, sufriría el más espantoso de los desastres: el saqueo bárbaro y arrasador.
Hacia mediodía hubo ya, aquí y allá, numerosos asaltos a las panaderías, las carnicerías y los depósitos municipales de víveres. Es cierto que en tales desmanes los campesinos llegados de provincias tuvieron una intervención escasa, casi nula. No eran ellos, en todo caso, los instigadores. Estos procedian de los bajos fondos del propio París. Uno de los edificios destruídos por los zootauros durante la noche había sido precisamente la cárcel central. Muchos de los reclusos habían perecido, pero otros consiguieron evadirse, y, hambrientos, movidos por el odio a la sociedad que les había rechazado de su seno, merodeaban por las calles, hurgaban los escombros en busca de botín, o se presentaban, con el mismo objeto, en las casas que habían salido indemnes del ataque de los zootauros.
Las autoridades perdieron el tino. Sin cesar aparecían llamamientos a la población, exhortándola a que conservara la calma y velara por el mantenimiento del orden. Al propio tiempo se amenazaba a los delincuentes con las penas más severas. Pero el Gobierno se daba cuenta de que estas amenazas no asustaban a nadie y de que, en el fondo, carecían de fuerza para mantener el orden.
Rápidamente se procedió a constituir un consejo de guerra, que en juicio sumarísimo condenó a muerte una docena de malhechores. La ejecución de los condenados tuvo lugar el mismo día en la plaza de la Concordia. Pero con esta medida no se consiguió producir efecto alguno. Nadie acudió a presenciar las ejecuciones. Los reos y los ejecutores formaban en el centro de la vasta plaza un grupo minúsculo. El espectáculo aparecía como una farsa grotesca y estúpida, para la cual el público no había querido molestarse. Los jueces, los soldados llamados a representar el papel de verdugos, y aun los mismos condenados, se sentian molestos por la inutilidad y lo absurdo de la comedia que habían venido a representar en esa plaza desierta. Eran como actores condenados a interpretar una obra mala en un teatro vacío.
Uno de los condenados a muerte, evadido de la cárcel la noche última, jefe célebre de una partida de ladrones organizados, Feliciano Lacage, más conocido por el mote de Lord , unos minutos antes de ser fusilado y mientras el secretario del tribunal leía la sentencia en alta voz, estiró descaradamente los brazos con gesto de pereza, bostezó, y con la sonrisa satisfecha del hombre que va a hacer una buena siesta, dijo:
—No vale la pena de que se canse el señor secretario. Sabemos de sobra lo que va a leer, y yo por mi parte deseo estar listo cuanto antes porque tengo sueño...
Confundido, cesó el secretario la lectura. El Lord , después de escupir con garbo y arte, añadió dirigiéndose a los jueces;
—Les aconsejo, señores, que se coloquen a mi lado. Los soldados encontrarán también un poco de plomo para usías. Es preferible, me parece, morir de un balazo que devorado por los zootauros. Si no quieren, peor para usías. Es un consejo de amigo... Tirad soldados. Ya es hora de que pueda dormir.
Hacia la noche los actos de pillaje se repetían sin cesar. Los malhechores entraron primero a saco en los depósitos municipales; pero pronto llegó el turno de los almacenes particulares. Los asaltos tenían lugar abiertamente, ante las barbas de la Policía, que nada podía hacer. Los campesinos, venidos de las aldeas, formaban sus propios grupos. Se entregaban al saqueo y al pillaje, sin decir palabra y como sin ganas, obedeciendo a una fuerza misteriosa. Y cuando los soldados abrían el fuego contra ellos continuaban avanzando imperturbables en masas compactas y grises, pisando con indiferencia los cadáveres de sus propios compañeros.
Hacia las ocho de la noche fué posible reparar la estación radiotelegráfica, medio destruída durante la noche anterior, y ponerse en comunicación con Londres, Berlín y otros centros importantes. Pero la confusión y las grandes lagunas que en las respuestas se notaban hacían suponer que también en dichas ciudades el funcionamiento de la telegrafía sin hilos había sido perturbado.
Londres, por ejemplo, contestaba: "Muertos.. más de 40.000... Westminster... los puentes... aislados... hambre..."
La respuesta de Berlín no era tampoco alentadora: "Escombros... 23.127 hombres... 21.964 mujeres... niños... Cartillas de aprovisionamiento... hambre... epidemias..."
A juzgar por un radio recibido a fragmentos y en desorden, la situación era en Nueva York todavía más desesperada. El despacho decia; "Brooklin destruído... La Casa Blanca... El Presidente... Numerosos buques de vapor... Más de 150.000 (es de suponer víctimas)... Incendios... Millares de negros... Ley de Lynch..."
De San Petersburgo, Roma, Madrid, Estocolmo, Copenhague, Calcuta, Sidney, San Francisco, Buenos Aires, se habían recibido comunicaciones análogas.
Tan sólo de Tokío llegó un despacho extraño, que causó general sorpresa: "No comprendemos vuestro radio—decía—. ¿Qué pasa? ¿Qué zootauros son ésos? Aquí todo sigue igual. Esperamos detalles."