La catástrofe · Unidad 21 de 47
Primera Parte · XX
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XX
Una semana más tarde quedaban casi terminadas en la ciudad subterránea dos calles de un kilómetro y medio cada una. La construcción de casas estaba asimismo muy adelantada. Gracias a un procedimiento inventado por el arquitecto Bercin, los armazones de las casas, hechos de cemento armado, se construían en la superficie, y eran después descendidos a la ciudad subterránea y montados sobre basamentos preparados de antemano. Faltaba tan sólo colocar después las puertas y ventanas para dejar lista una casa de seis pisos, capaz de albergar doscientas y aun trescientas personas. Para el montaje de una de estas casas, un centenar de obreros necesitaban tan sólo de treinta a cuarenta horas. A los albañiles seguian inmediatamente los mecánicos y electricistas, que instalaban los ascensores, el teléfono y toda suerte de aparatos eléctricos. Por fin, venían las mujeres, encargadas de la limpieza y de hacer en general la casa habitable.
Una tras otra iban surgiendo las casas de seis pisos, construidas de cemento armado, hierro y vidrio, provistas de todas las comodidades modernas, capaces de satisfacer los gustos más refinados. Los bajos estaban destinados a cocinas comunes, panaderías, talleres y almacenes cooperativos de todas clases. En los últimos pisos se encontraban los lavaderos comunes. En las terrazas se instalaron jardines de invierno, pistas de tennis , etc. Las casas estaban separadas por pequeños patios y rodeadas de jardincillos.
Había asimismo grandes jardines de 1.000 metros cuadrados, uno para cada diez casas, en los cuales fueron transplantados los árboles frutales de los alrededores de París. Estos jardines servían a la vez de huertas, y se calculaba que cada una de estas huertas, cultivada intensivamente bajo la dirección de buenos peritos agricolas, podría producir frutas y legumbres bastantes para la población de diez casas, es decir, dos mil o tres mil personas.
Las grandes Empresas industriales, con sus grandes fábricas, talleres, estaciones de energía eléctrica, etc., estaban alojadas en edificios especiales.
A lo largo de las calles estaban ya tendidas las vias férreas, de un solo rail, para los giróscopos, cuyos coches nuevos y elegantes relucian recién pintados. En el centro se construyó una estación aerostática. Sobre una plataforma especial de unos 30 metros de altura se mecía un enorme aerobús en forma de cigarro, en el cual podian viajar un centenar de personas.
Un canal de 25 metros de ancho y seis metros de profundidad atravesaba la ciudad de parte a parte. Los muros de contención y los muelles eran de granito, y elegantes puentes servían para la comunicación entre ambas orillas.
El 5 de junio, cuando el sector de ciudad subterránea proyectado hubo quedado listo, Cresby Harrison invitó a una visita de inspección al Comité de Defensa y a los miembros más distinguidos del Parlamento, del Municipio y de la Academia.
A la luz de linternas eléctricas, los visitantes examinaban con el mayor interés las casas, las fábricas y talleres, los depósitos municipales, el canal y las vías férreas.
La estación aerostática atraía principalmente la curiosidad de todos.
—¡Cómo! ¿Habrá también aviación?—preguntó el académico Oscar Serradel.
—En muy reducidas proporciones, por desgracia-contestó Harrison—. Bajo estas bóvedas de cemento, el impetu de los aviadores tendrá que ser a la fuerza escaso. Las grandes velocidades y los espacios infinitos hay que cederlos a los zootauros. Y quizás más valga así.
—¿Por qué?
—Porque así no será preciso seguir gastando una locura en la flota aérea, Bajo tierra ésta será imposible, y hay que esperar que inútil. Tampoco tendremos la obligación de sostener una costosa marina. Bastará con los vaporcillos y barcas que circularán por el canal. Los palacios y fortalezas flotantes son aquí imposibles, y con ello la Humanidad habrá de salir ganando.
—¿Y la radiotelegrafía?—preguntó de pronto con ansiedad el célebre físico Julio Dubois, miembro de la Academia y director de la Estación radiotelegráfica central.
Algunos de los presentes no pudieron reprimir una sonrisa.
—Por desgracia, querido maestro, tendrá usted que renunciar durante algún tiempo a los trabajos que tanta admiración han despertado entre todos nosotros. Bajo tierra la radiotelegrafia sería un lujo imposible. No hay que olvidar que, en lugar del cielo, tendremos sobre nuestras cabezas una capa de tierra de más de cuatrocientos metros de espesor.
—Pero, entonces, ¿será necesario renunciar a las comunicaciones inalámbricas?—preguntó, asustado, Julio Dubois.
—El peligro no es tan grave como parece—replicó Harrison, con ánimo de tranquilizarle—. Bastará con recurrir a los medios antiguos, archivados hace ya tiempo, y dar un paso atrás de casi un siglo.
—¿El telégrafo Morse, por ventura?
—¿Y qué remedio va a quedar? Será tan triste como se quiera, pero es muy probable que veamos reaparecer en nuestras calles los postes y alambres del telégrafo.
—¡Es casi el retorno a la época bárbara!—exclamó el historiador de la civilización Etienne Delaroche.
—No queda otro recurso—repuso Harrison—. En todo caso, si el Destino nos obliga a transformarnos en topos, procuraremos, por lo menos, ser topos civilizados.
—¿Y la luz? preguntó Serradel—. Parece que estaremos obligados a servirnos de lámparas eléctricas día y noche.
—Al contrario. No harán falta las lámparas eléctricas para nada—respondió Harrison—. Van a convencerse ahora mismo. Un poco de paciencia, señores.
Harrison dijo en voz baja algunas palabras a uno de los mecánicos. Este se alejó inmediatamente. Pocos minutos después las luces eléctricas se apagaron, y el subterráneo quedó sumido en una oscuridad absoluta. Transcurrió otro minuto en las tinieblas, y la ciudad subterránea quedó inundada de una luz tan clara, que en nada se distinguía de la del Sol.
Los presentes prorrumpieron en exclamaciones de entusiasmo.
—Pero ¡si es un verdadero sol!
—¡Se diría que lo ha descolgado usted del cielo!
—No tanto. El Sol celeste está muy bien colgado—dijo Harrison sonriendo, y seria difícil descolgarlo. Por esto hemos tenido que contentarnos con una imitación. ¿Les parece a ustedes que no está del todo mal?
Todos levantaron la cabeza. Bajo la bóveda, a una altura de unos treinta metros sobre las casas, se encontraba suspendido un globo de vidrio que esparcía una luz regular, casi tan clara como la del Sol.
—Pero ¿qué es eso?—preguntaron todos.
—Es la luz Gamper-replicó Harrison—. El nombre es debido a su inventor, el americano Gamper. En realidad, se trata de la luz Drummond, que Gamper hace pasar por transforma dores especiales inventados por él. Nuestro sol funcionará día y noche, de suerte que el empleo de la electricidad quedará reducido a las necesidades del menaje y de la industria. Esta pequeña linterna suspendida que ahora vemos, es completamente suficiente para iluminar la totalidad del Paris subterráneo. A medida que los trabajos de excavación adelanten, no tendremos más que ir desplazando el sol artificial en forma que quede siempre suspendido en el centro.
Los visitantes avanzaban lentamente por una larga calle, pavimentada de briquetas de un color mate y sombreada por copudos árboles. Con viva curiosidad iban descubriendo y admirando las maravillas de la ciudad subterránea.
—Esta calle lleva el nombre de bulevar de los Italianos—dijo Harrison—. La otra, paralela a ésta, la hemos bautizado avenida Richelieu. Hemos decidido dar, en general, a las calles nombres con los cuales los parisinos estén familiarizados, a fin de que sea menor la nostalgia de su ciudad querida. Pronto llegaremos a la plaza de la Concordia, que es la única que por ahora tenemos. Más tarde tendremos la plaza de la Bastilla, de la República, de la Estrella, etcétera.
Al poco rato llegaba, en efecto, el grupo a la plaza de la Concordia. No tenía, claro está, las vastas dimensiones de su prototipo. Reinaba en ella un trabajo febril: la construcción de las casas no estaba terminada todavía, y por todas partes se elevaban enormes montones de materiales de construcción de todo género. Las grúas eléctricas no cesaban de rechinar un momento.
—Este será uno de los puntos centrales del Pa rís subterráneo—dijo Harrison—. Aquí se levantará el palacio de nuestro estimado presidente Stephen...
—Que supongo será igual que otra casa cualquiera—dijo Stephen interrumpiéndole.
—Con la sola diferencia de que en ella vivirá uno de los hombres más nobles y eminentes de nuestros días—continuó diciendo Harrison. Y sin dejar tiempo a Stephen para contradecirle, añadió:—Esta casa sin concluír, en el lado izquierdo de la plaza, está destinada a los ministerios del Interior, de Hacienda y de Obras públicas.
—Y el ministerio de la Guerra, ¿dónde estará?—preguntó uno de los presentes, que vestía uniforme militar.
—Quedará suprimido por completo-declaró Stephen, lo mismo que el de la Marina y el de la Flota Aérea. Bajo tierra las guerras serán, gracias a Dios, imposibles. Naturalmente, que será preciso mantener algunos soldados sobre las armas; pero su tarea se reducirá al mantenimiento del orden interior. De momento quedará también suprimido el ministerio de Negocios Extranjeros; no creo que por ahora, cuando menos, sea posible mantener relaciones subterráneas con los otros Estados... Pero sigamos la visita y escuchemos lo que tenga que decirnos nuestro querido Harrison.
—Aquí tendremos nuestro teatro—dijo señalando un edificio de fachada curva con una imponente columnata.
—¿Uno solo para todo París?
—De momento será preciso contentarse con uno solo. Pero los parisinos no habrán de sufrir por falta de espectáculos. Todas las casas del París subterráneo estarán enlazadas con el teatro por medio de un sistema fonoscópico. Gracias al fonoscopo, los parisinos podrán asistir al espectáculo sin moverse de sus casas. Aunque el fonoscopo existía ya en París y funcionaba en gran escala, los parisinos preferian ir al teatro para hacerse ver y ver a los demás. Pero aquí habrá que sacrificarse: la construcción de docenas de teatros y el mantener a tantos actores y empleados sería para nosotros un lujo excesivo. A medida que se vayan construyendo otras ciudades subterráneas, las enlazaremos también con nuestro teatro, de manera que éste tendrá, por así decirlo, el monopolio de la escena. En el lado opuesto, y un poco más allá se levantará una catedral, a la cual se dará el nombre de Notre-Dame. Gracias al fonoscopo, todo Paris subterráneo, y más tarde toda Francia, podrán oír los sermones de nuestros mejores predicadores y asistir a la misa sin necesidad de estar presentes.
—¿Y el Parlamento?—preguntó con inquietud visible un diputado.
—No pase usted cuidado—contestó Harrison—. Tendremos una Cámara imponente. Estará situada en la plaza de la República.
—Permítame asimismo una pregunta respecto a la Academia de Ciencias—intervino el presidente de ésta, Marcel Duvernoy—. Espero que no van ustedes a suprimirla.
—¡Dios nos libre!—dijo Harrison en tono de protesta—. De ningún modo. La Ciencia es el nervio central de la vida contemporánea. Y el glo rioso Instituto de Francia es, por así decirlo, el cerebro de nuestro país; de modo que suprimirlo equivaldría a una especie de suicidio. Tanto las Academias, como la Universidad, todas las Escuelas Superiores y el Instituto Pasteur, tendrán en la ciudad subterránea un lugar de honor... Y ahora, señores, vamos a pedir al profesor Lenoir, al cual debiera concederse en justicia el título de ministro de la Agricultura de nuestro futuro reino subterráneo, que nos enseñe los campos cultivados bajo su experta dirección.
El profesor Lenoir, director del Jardín de Aclimatación de París, hombre pequeño con unos enormes anteojos, saludó de un modo torpe.
—Si quieren ustedes seguirme, señores—dijo—, estoy a su disposición.
En animada charla los visitantes siguieron al profesor. Después de haber atravesado el bulevar de los Italianos, torció a derecha, y una vez andados todavía un centenar de pasos, se detuvo:
—Estamos ya ahora fuera de la ciudad—dijo comenzando su papel de cicerone —. ¿Ven ustedes estos campos?
—No solamente los vemos—repuso Stephen-: los sentimos. Se respira aquí un verdadero aire campestre.
Y, en efecto, allí junto se extendían, como alfombras de diversos colores, los campos de trigo, de cebada y de maíz. Las espigas llegaban ya hasta la cintura, y los campos aparecían esmaltados de margaritas, amapolas y otras flores campestres.
—Dentro de quince días podremos recoger la cosecha—dijo el profesor Lenoir, examinando en la palma de la mano los granos de una espiga.
—¿Tan pronto? Pero, entonces, ¿cuándo hicieron ustedes la siembra?
—Hace justamente dos semanas. El abono que empleamos, la excretina , obra verdaderos milagros. Contiene casi todo cuanto requieren los cereales y substituye casi por completo a la tierra y el agua. Quizás no pase mucho tiempo antes de que con la excretina podamos cultivar el trigo sobre piedras desnudas o poco menos. En todo caso, gracias a ese abono maravilloso podremos recoger doce cosechas al año.
—Pero ¿cómo puede ser eso?
——Del modo más sencillo. Aquí, bajo tierra, la temperatura siempre es la misma y no hay que temer los continuos cambios meteorológicos. Al contrario, nosotros mismos procuraremos, por medio de caloríferos y frigoríferos especiales, provocar los cambios de temperatura que nos convengan. La acción de estos aparatos podrá extenderse a todo el terreno de cultivo o, si se quiere, tan sólo a una parte del mismo. Por otra parte, el sistema de irrigación que empleamos, inventado recientemente por el profesor de la Universidad de Milán, Crocci, nos permite regar los campos durante el tiempo que haga falta con una lluvia artificial, que en nada difiere de la verdadera lluvia.
El profesor señaló a continuación a su auditorio una enorme máquina en torno a la cual aparecían suspendidos unos anchos tubos de caucho.
—Es nuestro nebulador —dijo. Ha sido in ventado por un sencillo mecánico de París. Puesta en movimiento, esta máquina despide un vapor especial, análogo, por su composición química, a la niebla, que se esparce y permanece extendido sobre los campos durante unas cuantas horas.
Los visitantes, visiblemente impresionados, cambiaban miradas de extrañeza y admiración.
—¿Trabajan aquí muchos obreros?
—¿En los campos? Poquísimos. Unos trescientos, de los cuales la mitad se ocupan de atender al funcionamiento de las máquinas. Esos son los valientes que han de trabajar sin descanso—dijo el profesor Lenoir señalando las máquinas alineadas como en una exposición—. Son obreros que merecen todos los elogios. Fíjense ustedes, por ejemplo, en ese arado eléctrico: en una hora puede laborar cinco hectáreas de tierra casi sin aplicación de la mano de obra. Además, va combinada con una sembradora, en forma que los campos quedan al mismo tiempo arados y sembrados. Nuestras segadoras y trilladoras combinadas nos permiten asimismo realizar grandes economías de tiempo. Una vez trillado el trigo, pasa el grano a nuestros molinos eléctricos, y de allí a las panaderías municipales.
—¿Y cuál será el rendimiento de las cosechas?
—Cuarenta o cincuenta veces mayor que en la superficie. Por una parte tendremos doce cosechas por año, y por otra, gracias a la excretina y a otros procedimientos por nosotros perfeccionados, obtendremos espigas extraordinariamente ricas y reduciremos de un modo notable la cantidad de paja.
—¿Y se estima que este trigo será suficiente para toda la población de Paris?—preguntó, escéptico, el físico Julio Dubois.
—¡De ningún modo! Según nuestros cálculos, la producción de trigo bastará sólo para medio millón de hombres. Esto no basta, es cierto. Pero hay que tener en cuenta que a medida que vaya extendiéndose nuestra ciudad subterránea aumentará también el área de tierra cultivable. Además, los parisinos podrán recibir trigo de las ciudades y pueblos vecinos que un día veremos surgir sin duda en los alrededores de nuestro nuevo París.
—Dicho de otro modo, los parisinos continuarán viviendo como parásitos, a costa de las provincias, como hacían ya en la superficie-objetó en tono jovial el presidente Stephen.
—Es fatal que así suceda, señor presidente—asintió el profesor Lenoir—. Si nosotros quitamos a las provincias bienes materiales, ellas, en cambio, nos quitan los productos de nuestra inteligencia y de nuestro espíritu. Es la ley social que domina en la sociedad humana.
—Hasta bajo tierra, a cientos de metros de profundidad, en la nueva vida que para la Humanidad comienza, las leyes que dirigen la sociedad continúan siendo inmutables—dijo Harrison.
—¡Es triste que así sea!—repuso Stephen lanzando un suspiro—. ¡Sería tan bello renacer por completo, comenzar bajo tierra una vida nueva, más sana, más pura, más digna!...
—Estos deseos van demasiado lejos, querido presidente-replicó Harrison—. Yo soy menos exigente, y creo que deberemos darnos por muy felices si bajo tierra la Humanidad no acaba degenerando por completo. Conseguir que esto no ocurra será ya una gran victoria para el genio humano.
FIN DE LA PRIMERA PARTE