La catástrofe · Unidad 22 de 47

Segunda Parte · I

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

I

El 27 de julio la ciudad subterránea estaba lista.

Era un París en miniatura, sin sus amplias perspectivas, sin su imponente y majestuosa belleza, sin sus vivos colores y reflejos, sin los mil matices cambiantes y caprichosos, y, sobre todo, sin el cielo, tan pronto sonriente y sereno como fruncido y amenazador, pero siempre bello y ensoñador para los hombres.

Paris subterráneo, era una pálida copia de su prototipo, el reflejo en el agua de un castillo majestuoso. En apariencia las mismas formas y las mismas líneas, pero con los contornos borrosos y sin algo que es el alma misma del edificio.

En líneas regulares e irreprochables se extendían las largas calles rectas, ligadas entre sí por vastas plazas circulares, que eran como los nudos de la red urbana. Las casas, semejantes una a otra, hasta tal punto que sin los números hubiese sido imposible distinguirlas, se alineaban asimismo en filas rígidas y regulares, como soldados en una revista.

Tan sólo los edificios públicos, muy poco numerosos, ofrecían alguna particularidad de estilo; pero de su misma belleza y distinción parecía desprenderse una pesadez enojosa, y la mirada se apartaba de ellos con desilusión en busca de algo que no encontraba: el cielo, siempre bello y fascinador. Más bello ahora todavía cuando las gentes se veian obligadas a separarse de él por largo tiempo, ¡quién sabe si no para siempre!

Los que por primera vez descendían a la ciudad subterránea, después de lanzar una rápida mirada a las calles regulares con sus maravillas arquitectónicas, al levantar los ojos en alto y tropezar con la pesada bóveda que servía de cielo lanzaban involuntariamente un suspiro.

—¡Pero el cielo! ¡No se ve el cielo!—exclamaban.

Y esta exclamación era como una severa condena de la admirable creación del hombre, que en tan poco tiempo y a una profundidad de centenares de metros, en las tinieblas de las entrañas de la Tierra, supo crear y dar vida a una ciudad enorme, con sus calles y plazas, sus palacios, sus fábricas, sus casas y canales. Una sola cosa no había podido crear el genio humano: el cielo y el sol bienhechor.

Verdad era que la ciudad subterránea estaba alumbrada por un sol artificial, cuya potente luz apenas se distinguía de la del verdadero sol. Pero la claridad de esta falsificación del astrorey no se velaba ni obscurecía nunca. Pálida imitación del natural, el astro de la ciudad subterránea no sabía esconderse entre las nubes, ni cambiar de humor, ni presentar sus rayos y reflejos en mil matices caprichosos. Sin vida, igual por la mañana que por la noche, igual hoy que ayer, cual un mercenario celoso, su luz uniforme no infundía en nadie la alegría ni el deseo de sonreír.

Pero era preciso resignarse a esta falta de cielo y de sol.como se resigna uno a la ausencia de seres queridos. Era preciso instalarse en la nueva morada, instalarse sólidamente, por largo tiempo.

Casi todo Paris subterráneo era ya poblado. A medida que avanzaba la construcción, los parisinos iban descendiendo por sorteo, barrio a barrio. Llevaban consigo sus muebles, su vajilla, sus cuadros y libros, toda clase de utensilios. Las familias ricas, poseedoras de grandes mobiliarios, que no cabían en los reducidos alojamientos subterráneos, tuvieron que depositar el sobrante en los depósitos municipales.

No faltaba más que poblar la última parte de la ciudad subterránea, construída debajo del bulevar Arago y calles vecinas.

Los futuros habitantes de este barrio esperaban el momento de bajar al subterráneo con tanta más impaciencia cuanto que se habían quedado solos en la ciudad desierta, y vivían como entre las ruinas de un incendio.

París, el viejo París, ofrecía un aspecto triste, y la vida no tenía en él nada de agradable. Cada noche se veía sometido al ataque de los zootauros, que acumulaban ruinas sobre ruinas. Diríase que querían vengarse de la huida de la pobla ción, y con furia insaciable destruían las casas abandonadas.

Por fin, hacia mediodia del 27 de julio, comenzaron a descender los últimos habitantes de París.

Eran unos 50.000, aproximadamente.

Los vastos ascensores funcionaban sin interrupción.

Junto a ellos se agitaba con febril impaciencia la muchedumbre, y la Policía podía a duras penas mantener el orden. Las gentes daban muestras de una nerviosidad sin límites, y hacían esfuerzos desesperados para penetrar en los ascensores los primeros, como si temieran quedarse solos en ese Paris desierto, agonizante.

Ante todo bajaban los enfermos y heridos, que eran numerosísimos. Algunas mujeres querían a toda costa llevar consigo los cadáveres de sus hijos muertos la noche anterior durante el ataque de los zootauros. Una de ellas apretaba contra el pecho el cadáver de su pequeñuelo, envuelto en una sábana, y con furiosa obstinación se resistia a separarse de él.

—¡Nunca! ¡Jamás! ¡Por nada del mundol—gritaba la infeliz—. ¿Cómo podéis pedirme que lo deje abandonado? ¡Esos malditos zootauros matarían a mi Luisito!

Y cuando se le hubo arrancado el cadáver a la fuerza prorrumpió en sollozos histéricos, se postró de rodillas a los pies de los que la rodeaban, suplicó, amenazó, lanzando maldiciones furiosas y mordiendo las manos de los que querían detenerla.

—¡Se ha vuelto loca!——decían las gentes.

No era la única que habia perdido la razón. Entre los habitantes de Paris se contaban los locos a millares. Algunos, los más dóciles, se dejaban conducir a los ascensores sin comprender adónde iban ni nada de lo que sucedía. Pero había locos delirantes que oponían una resistencia desesperada, no querían avanzar y se defendían furiosamente. A veces conseguían romper las ligaduras que los sujetaban y escapar corriendo, para ir a esconderse entre los escombros de las casas destruídas, como bestias que huyen de la persecución del cazador. A muchos de ellos no hubo modo de volver a encontrarlos, y quedaron solos en lo alto, moradores fantasmas del París abandonado.

No faltaron tampoco entre los parisinos unos cuantea hombres que, sin ser locos, se negaron a descender a la ciudad subterránea. Eran la mayor parte curas y frailes, que consideraban la invasión de los zootauros como un castigo de Dios, y creían, por lo tanto, que era cometer un pecado querer evitarlo. Tampoco quisieron bajar al subterráneo algunos miembros del grupo de los llamados "Hombres primitivos", los cuales manifestaban su desprecio por la civilización contemporánea vistiéndose de pieles, durmiendo en el suelo en invierno y verano, comiendo tan sólo hierbas y frutas, y negándose a tocar dinero.

—¡Bajo tierra esa maldita civilización va a ahogarnos por completo!—replicaban a todas las invitaciones para descender en el Paris subterráneo.

Entre ellos se distinguía el viejo filósofo Croisel, célebre por sus extravagancias, enteramente cubierto por el cabello, que dejaba crecer sin cortarlo ni cuidarlo. Croisel no se había lavado desde hacía muchos años, y pasaba el tiempo combinando y escribiendo proyectos para la perfecta organización de la sociedad.

Eran los últimos mohicanos dejados en lo alto por los parisinos como para montar la guardia en el campamento abandonado. Vivian en barrios distintos de la ciudad, no se trataban unos con otros y, cuando por azar se encontraban, huían como huye el hombre que habita una isla desierta ante un peligro desconocido. Días enteros andaron rodando a través de las calles en busca de los restos de comida abandonados por los parisinos, y cuando tenían la suerte de encontrar algo aprovechable, se escondían en un rincón cualquiera como bestias con su presa.

No tardaron en volverse completamente salvajes.