La catástrofe · Unidad 23 de 47
Segunda Parte · II
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
II
La inauguración solemne del París subterráneo fué fijada para el primero de agosto.
Los invitados se reunieron en los vastos salones del palacio de las instituciones gubernamentales, decorados con plantas, flores y banderas nacionales, ricamente bordadas.
La plaza de la Concordia, donde estaba situado el palacio, se encontraba desde las primeras horas de la mañana llena de una compacta muchedumbre. Centenares de banderas flotaban al aire. Del amplio balcón del palacio pendia un enorme gallardete con la inscripción "¡Honor al genio humano!"
Hacia las diez de la mañana era ya tan grande la afluencia de gente, que la circulación de tranvías en los alrededores de la plaza de la Concordia quedó por completo suspendida. De los aerobuses, que volando a unos 50 metros de altura atravesaban París de parte a parte, descendían a cada momento nuevos grupos de curiosos. Muchos eran los parisinos que llegaban con sus aeromotores liliput y que a duras penas encontraban un rincón libre donde poder aterrizar. La multitud acogia a los aerobuses y aeromotores con bromas inofensivas.
—¡Un zootauro!—decía una voz—. ¡Miradle cómo se prepara para atacarnos!
—¡Por poco choca con el Sol!
—¡A ver si los verdaderos zootauros asistirán a la inauguración!
—Habría que mandarles invitaciones. Es una cuestión de cortesía...
En espera de que comenzara la solemnidad, la multitud se divertia como podía. Aquí y allá resonaban las canciones de moda, sobre todo el cuplé de Barreau, convertido en propiedad intelectual de la calle. Centenares y millares de voees coreaban el alegre estribillo:
«Los zootauros, tauros, tauros, etc.
Los vendedores de periódicos llenaban el aire con sus voces:
—¡El primer número de Paris Subterráneo! ¡Paris Subterráneo con la información del último ataque de los zootauros!
Los vendedores ambulantes conseguían apenas abrirse paso entre la gente. Llevando en alto las bandejas, hacían a voces el reclamo de su mercancía:
—¡Pasteles! ¡Pasteles recién hechos en la primera panadería subterránea! ¡Mucho mejores que los de arriba! ¿Quién los quiere?
Los muchachos, con sus silbatos y trompetas de cartón, provocaban un infernal ruido.
Un hombre joven, con una cabellera enorme, subido sobre la espalda de sus vecinos, gesticu laba de un modo desesperado, y agitando cual una bandera su sombrero de anchas alas, gritaba con todas sus fuerzas:
—¡Ciudadanos! ¡Un minuto de atención!
—¡Atención! ¡Escuchad al orador!—se oía de todas partes. Pero estos gritos servían tan sólo para aumentar todavía el ruido, y el orador tuvo que abandonar su tribuna improvisada.
A mediodía en punto, del lado del palacio presidencial, que se encontraba en la misma plaza, resonaron las notas del himno nacional: era la banda del Municipio saludando a Stephen, que había aparecido en la calle y se dirigía al palacio de las instituciones gubernamentales.
La multitud, agitada como un campo que el viento azota, empezó a dar gritos:
—¡Viva el presidente!
—¡Paso al presidente!
Y se apartaba respetuosamente, dejando camino al presidente, para volver a cerrarse en seguida. Sombreros y pañuelos se agitaban al aire, y los vivas resonaban sin cesar. Stephen, enflaquecido, con el pelo casi blanco por completo, encorvado, iba saludando a derecha e izquierda, y estrechaba las manos que de todas partes se tendían hacia él.
—¡Viva el presidente! ¡Viva Stephen!—lanzaban al aire con entusiasmo millares de voces.
De pronto rasgó el aire un silbido estridente, y un instante después, por encima de la multitud, resonó un grito como un latigazo:
—¡Abajo el Gobierno! ¡Viva la revolución social!
Varias voces respondieron a este grito como un eco, pero fueron ahogadas en seguida por nuevas salvas de aplausos y ovaciones dirigidas al presidente.
Por el rostro de Stephen pasó una nube de tristeza.
—¡Ya empezamos!—dijo a Harrison, que marchaba a su lado. Ni bajo tierra es posible evadir la cuestión social.
—Afortunadamente—contestó Harrison—, es un indicio de que la vida triunfa siempre, en todas partes y bajo todas las condiciones.
Algunos minutos después, Stephen, rodeado de los miembros del Gobierno y de la Comisión subterránea, apareció en el balcón del palacio de las instituciones gubernamentales, bajo el magnifico gallardete, donde figuraba la inscripción ¡Honor al genio humano!" La orquesta municipal entonó de nuevo el himno, y otra vez volvieron a agitarse en el aire sombreros y pañuelos. El rumor de los vivas y aclamaciones ahogaba casi por completo los acordes de la música.
Cuando se apagaron las notas del himno, Stephen levantó la mano, haciendo signos de que quería hablar.
—¡Silencio!—exclamaron varias voces—. ¡Va a hablar el presidente!
Se hizo un profundo silencio. La multitud de millares de cabezas parecía retener el aliento. Las mismas casas, que rodeaban la plaza en apretado círculo, parecían estar atentas a la palabra del presidente:
—¡Ciudadanos!—comenzó diciendo Stephen con voz fuerte y vibrante de emoción—. Este día quedará como una fecha decisiva en la historia de Francia y de la Humanidad. Inaugura una nueva era en la vida de nuestro planeta. Echados de la faz del planeta por fuerzas enemigas desconocidas, hemos bajado a las profundidades de la Tierra para empezar aquí una nueva vida. Es cierto que hemos sido vencidos, que nos hemos visto obligados a huir ante un enemigo terrible contra el cual no somos bastante fuertes para luchar. Pero nuestrą misma huida, el hecho de que hayamos sido capaces de construirnos un refugio a varios centenares de metros de profundidad, en las entrañas mismas de la tierra, es ya un triunfo para el espiritu humano.
—¡Ciudadanos! Tengo la convicción absoluta de que aqui, bajo tierra, seremos mejores, más puros, más inteligentes. Ante nosotros se abren nuevas perspectivas, nuevas posibilidades. Ya antes de descender a este recinto han sido derribados en gran parte los muros que separaban a las clases sociales unas de otras. Han desaparecido en gran parte las distinciones y privilegios, las diferencias entre ricos y pobres. Sigamos también en el porvenir por el mismo camino, el único que conduce al bienestar general.
Entre la muchedumbre estallaron con la fuerza de un trueno los aplausos y los vítores que las bóvedas devolvían en eco sonoro.
—¡Ciudadanos!—continuó diciendo Stephen después de restablecer el silencio con un gesto—. En lo alto, en la morada que acabamos de abandonar, la justa solución del problema social tropezaba con obstáculos casi imposibles de vencer. El ídolo del militarismo reclamaba nuevas víctimas sin cesar. Ha sido necesario gastar miles y miles de millones para el mantenimiento de los ejércitos, escuadras y flotas aéreas. Nada de esto es necesario ahora. Ninguna necesidad tenemos de mantener ejércitos costosos, ni acorazados del mar o del aire, ni submarinos. Ha llegado el día en que podemos convertir las espadas en arados. Nuestras antiguas, colosales fábricas de armas van a poder trabajar ahora para las necesidades de la paz. Millones de hombres, que hasta ahora se habían preocupado de exterminar al prójimo, o de preparar la hora del exterminio, podrán de ahora en adelante dedicarse a un trabajo productivo y aumentar así el bienestar general. Y plenamente convencido de que inauguramos una era nueva, lleno de ardiente fe en el porvenir, exclamo: "¡Abajo las armas! ¡Viva el trabajo pacífico para la felicidad humana!"
Entre la multitud se produjo una explosión turbulenta de entusiasmo. Un grupo lanzó al aire las primeras notas del Himno de la Paz , cuya popularidad era entonces grande, y al momento, en toda la plaza de la Concordia resonaron los acordes vigorosos del canto de fraternidad y de esperanza.
Al apagarse la última estrofa, un viejo, subido sobre las espaldas de sus vecinos, ordenó con voz enérgica:
—¡Ciudadanos! ¡Todos a la una!: "¡Abajo las armas! ¡Viva la Paz!" A la una, a las dos....
Y la multitud, obediente, agitó los sombreros, repitió por tres veces, como un solo hombre, el grito unánime e imponente:
—¡Abajo las armas! ¡Viva la paz eterna!
En el mismo instante empezó la orquesta a to car el Himno de la Paz , que fué escuchado con religioso silencio.
Fué una manifestación imponente contra el dios cruel de la guerra, que, durante largo tiempo, había torturado a la Humanidad. Los rostros aparecían iluminados por la fe en días mejores, y una suprema esperanza brillaba en las miradas. Las gentes se estrechaban las manos y cambiaban entre sí felicitaciones como en las grandes festividades. Diríase que entonces, en las profundidades de la Tierra se estaba sellando solemnemente el pacto de la paz eterna.
Cuando la emoción se hubo calmado un poco, Stephen, después de restablecer el silencio, continuó:
—¡Ciudadanos! ¡Ojalá que estos minutos se graben para siempre en vuestros corazones! Son momentos históricos. En la vida de la Humanidad significan un viraje decisivo. Por primera vez en el curso de su historia milenaria inaugura una nueva era, la era subterránea, y todo nos permite creer que empieza una nueva vida, libre de los prejuicios seculares, de las llagas y calamidades que sobre nosotros habían pesado en la superficie de nuestro planeta. Y permitidme ahora, ciudadanos de París, que os felicite por nuestra nueva ciudad. Es la obra de vuestras manos, de vuestra energía, de vuestro genio colectivo. Son muchas las cosas que faltan todavía. La capital de Francia, y me atrevo a decir, del Mundo entero, no se construye en algunas semanas. No obstante, se ha conseguido realizar milagros. Estos milagros, ciudadanos, los debemos a nuestra gloriosa Comisión y a su jefe, mi querido amigo Harrison.
—¡Bravo! ¡Viva la Comisión! ¡Viva Harrison! La multitud no cesó en sus vivas y aplausos hasta que Harrison y sus colaboradores se hubieron acercado, para saludar, a la balaustrada del balcón.
De nuevo entonó la orquesta el himno nacional, y la parte oficial de la fiesta se dió por terminada.
Luego, uno de los organizadores, después de grandes esfuerzos para retener la atención del público, anunció que estaba preparada una gran sorpresa.
—Para ello—dijo—será necesario apagar el sol durante algún tiempo. Durante algunos minutos permaneceremos en la más absoluta oscuridad.
—¡Bravo! ¡Bravo!—respondió la multitud con buen humor—. Estaremos encantados de volver a ver la noche.
Cinco minutos más tarde, el sol, en efecto, se apagó de golpe. Se hizo una oscuridad tan profunda, que las gentes no podían distinguir su propia mano.
—¡Viva la noche!—se gritaba de todas partes.
Los muchachos, dando muestras de un contento loco, llenaron el aire con sus silbidos y el sonido de sus trompetas de cartón. Nunca habian visto las gentes una noche tan negra. Era algo nuevo, desconocido, que daba una emoción profunda, hecha de curiosidad y de ligera angustia.
—¡Vaya una noche!—se oía decir en la oscuridad.
—¡Es como una tumba!
—Una tumba será un poco más clara, me parece.
De pronto un rayo prolongado, semejante a una pica de fuego, cruzó de abajo arriba el espacio con un silbido estridente, descomponiéndose bajo la bóveda en centenares de pequeñas estrellas. Al primer rayo siguieron, en igual forma, otros muchos. Las estrellas, en vez de apagarse, quedaban como suspendidas de la bóveda. Poco a poco se fué formando un cielo estrellado, en el cual era fácil reconocer, por su posición y brillo, las estrellas familiares.
—¡Júpiter! ¡Allí!—decían unas voces.
—¡Y allí, Venus!—replicaban otras. Se diría descolgada del cielo.
—¡Y Sirio! ¡Y Marte! ¡Y Saturno!
La aparición de cada una de las estrellas conocidas era acogida con aplausos y gritos de júbilo. Pero el entusiasmo de la gente se desbordó cuando, del lado de Oriente, apareció en el horizonte la Luna, alumbrando con su luz pálida y amarillenta la plaza y la multitud, que la llenaba de bote en bote.
Cuando los aplausos hubieron cesado, salió del balcón una voz imperiosa:
—¡Apagad la Luna!—ordenó.
Un minuto después, la Luna, como antes el sol artificial, se apagaba de una vez, sin dejar tras de sí el más leve resplandor siquiera. Las estrellas se hicieron más claras, y de pronto, como jugueteando, empezaron a moverse y a cambiar de lugar unas con otras, reuniéndose, ora en grupos compactos, alineándose después como para un ataque, dispersándose, finalmente, en todas direcciones.
El espectáculo duró un par de minutos. Por fin, bajo la bóveda empezaron a distinguirse los contornos de varias letras formadas de estrellas. A medida que iban apareciendo, el público las pronunciaba en alta voz, como millares de párvulos que, a la voz de mando del maestro, deletrearan el alfabeto.
Por fin se formó bajo la bóveda la inscripción luminosa "¡Viva París subterráneo!"
Y de nuevo volvió a estallar la tempestad de aplausos y gritos entusiastas.
La fiesta había terminado. La inscripción luminosa, semejante a un reto lanzado por el hombre a las fuerzas hostiles, se oscureció poco a poco, hasta quedar totalmente extinguida. La muchedumbre, que, como una lava negra, se desparramaba por las calles vecinas, continuaba conmovida por la impresión de lo que acababa de ver, y de vez en cuando resonaban todavía, algo veladas por la emoción, las aclamaciones:
—¡Viva París subterráneo!