La catástrofe · Unidad 24 de 47

Segunda Parte · III

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

III

Mucho antes de que estuvieran terminados los trabajos de construcción de Paris subterráneo, tan pronto como pudo verse que la empresa era técnicamente realizable, comenzó en diversos puntos de Francia la construcción de otras ciudades subterráneas.

Los primeros en seguir el ejempo de París fueron los grandes centros: Lyón, Marsella, Burdeos, Lilla. Siguieron después otras muchas ciudades. Diversas delegaciones municipales llegaron a Paris para estudiar el aspecto técnico de la empresa.

Siguiendo el ejemplo de París, las demás ciudades establecieron impuestos rigurosos contra la fortuna particular. Lyón, que gozaba fama de ser una ciudad roja, y cuyo Ayuntamiento estaba dominado por los socialistas, proclamó la nacionalización de todos los capitales y Empresas industriales de propiedad privada. Los expropiados organizaron manifestaciones de protesta, pero tuvieron que resignarse, sobre todo al ver que muchos de los suyos eran maltratados por el pueblo o encarcelados por las autoridades.

En todas partes se trabajaba febrilmente. Azotados por los ataques de los zootauros, dominados por un pánico cada vez mayor, millones y millones de franceses se apresuraban a esconderse bajo tierra. París era el alma de esta grandiosa empresa, sin igual en la historia de la Humanidad, el centro de donde salían las indicaciones, las normas y los proyectos. La Comisión subterránea, presidida por Cresby Harrison, enviaba a todas partes delegados para la dirección de los trabajos.

Estos delegados eran a veces acogidos, sobre todo al principio, con manifestaciones de hostilidad.

—Estamos ya hartos de la hegemonía de Paris murmuraban los provincianos—. Por fortuna ahora vamos a poder prescindir de vuestra tutela.

En algunas ciudades, especialmente en Burdeos, Tolosa, Montpellier y Tarascón, se pusieron de manifiesto tendencias separatistas. Los fogosos meridionales, que nunca habían cesado de sentir hacia el Norte una cierta hostilidad, creyeron llegado el momento propicio para proclamar la completa autonomía del Sur.

La multitud, agitada, llenaba las calles, y no cesaba en sus gritos de "¡Abajo el Norte!", "¡Viva la autonomía del Sur!" En Burdeos se organizó una poderosa "Unión para la lucha por la autonomía", cuya actividad no consiguió dar resultados apreciables, porque hubo de consumir todas sus energías en la lucha con una "Unión" análoga fundada en Tolosa.

El foco principal de la intransigencia fué Ta rascón. No quiso deponer las armas ante el Norte; es decir, ante París, e ir a Canosa, como hicieron otras ciudades.

—¡Lucharemos hasta derramar la última gota de sangre, pero no nos someteremos!—juraban solemnemente los valientes tarasconeses—. Las ciudades subterráneas no nos hacen ninguna falta.

El Pequeño Tarasconés , periódico local, cambió de nombre y se llamó El Tarasconés Intransigente . Sus campañas ponían el patriotismo de los ciudadanos de Tarascón al rojo vivo. Cada uno de sus artículos era un reto y una amenaza dirigidos contra el Norte. Pero el Norte, o, mejor dicho, París, pues éste era, en verdad, el blanco de las iras de Tarascón, acogía con una indiferencia perfecta estos rayos y centellas. Irritados por estas muestras de desprecio, los valientes tarasconeses estaban fuera de sí: se colocaban en actitudes más belicosas, lanzaban hacia el Norte miradas fulminantes, y juraban, con más energía que nunca, morir por la libertad, si no del Mediodía entero, por lo menos de Tarascón.

La pequeña ciudad iba tomando el aire de un campamento militar. Los tarasconeses paseaban por las calles armados hasta los dientes. Sentados en tabernas, ante mesas manchadas con buen vino de la tierra, ponían en fuga las legiones de enemigos imaginarios. Junto a las entradas de la ciudad fueron emplazados varios cañones anacrónicos que habian servido en la guerra de 1914-1918. Fué proclamada la movilización general, y la población entera respondió con en tusiasmo al llamamiento a las armas. Llegó a formarse un batallón femenino. El capitán aviador Lemourier, que desde hacía tiempo figuraba en la reserva, al decir de sus compatriotas, por intrigas de la gente del Norte, y al cual bautizaron con el nombre de León del Aire , organizó una escuadra aérea con dos aviones de tipo anticuado. En todas las plazas se celebraban sin cesar maniobras y ejercicios militares.

Pero el enemigo no aparecía por ninguna parte.

—¡No es extraño!—decían los tarasconeses—.Estos señores del Norte son menos tontos de lo que parece. Saben perfectamente lo que les espera, y prefieren quedarse en casa.

—Quizás no se hayan enterado siquiera de lo que aquí ocurre—se aventuraban a decir algunos, con aire de duda.

—¡Nada de eso, hombre!—replicaban otros—.

El Norte tiene los ojos fijos en nosotros. Además, leen nuestro periódico.

—¡O no lo leen! Tienen ya bastantes periódicos suyos...

Para mayor seguridad, El Tarasconés Intransigente fué mandado desde entonces, bajo sobre, a Stephen, a los demás miembros del Gobierno, a los diputados más conocidos y a las Redacciones de los periódicos.

Los dias pasaban. Tarascón estaba desde hacía tiempo preparado para la resistencia; pero las gentes del Norte no aparecían. Temían acercarse al "nido de águilas"; por lo menos, así lo decía El Tarasconés Intransigente . Finalmente, el periódico, haciéndose eco fiel de los sentimien tos de la población, publicó un artículo de fondo lleno de sarcasmos contra París y sus habitantes, a los cuales calificaba de "cobardes y miserables". Ya nadie esperaba su ataque. Llegó a hablarse de desmovilización.

—¡Es inútil! ¡No vienen!—decía la gente.

Era un error. Los hombres del Norte venían. Por lo menos, un día, Lemourier, el jefe de la escuadra aérea de Tarascón, recibió de un amigo un telegrama que, sin ser demasiado claro, causó en la ciudad una extraordinaria emoción. El telegrama decía:

"Los del Norte terminaron con Lyón; van a Tarascón. Tomad medidas."

Pasaron horas y horas de ansiedad febril. Desde la mañana hasta por la noche tuvieron lugar repetidos ensayos generales de la batalla. Se pasaban en revista los fuertes, se limpiaban las armas, se colocaban centinelas en todos los puntos estratégicos. El Estado Mayor pasó en vela la noche entera elaborando el plan de campaña.

Los tarasconeses estaban prontos.

Al día siguiente, por la mañana, se presentaron, en efecto, los del Norte.

Su aparición dejó a los tarasconeses atónitos, boquiabiertos. Pasado el primer momento de estupefacción, dieron rienda suelta a su cólera, desgranando hasta el infinito los juramentos y maldiciones: en lugar de las legiones esperadas, llegaban tan sólo del Norte dos emisarios de la Comisión subterránea de París.

La acogida que se les hizo fué glacial. Pero los emisarios del Norte, lejos de mostrarse desconcertados, presentaron sus credenciales y decla raron ser portadores de instrucciones especiales para la ejecución de los trabajos subterráneos.

El alcalde de Tarascón replicó dignamente, en nombre de la ciudad, que los tarasconeses no tenían necesidad ninguna de las indicaciones de París.

—Tengan la bondad de decir a su Gobierno—dijo, apoyando sobre el su —que Tarascón se separa de Francia y se convierte en república autónoma. Si su Gobierno quiere entrar en relaciones diplomáticas con el nuestro, estamos a su disposición.

Detrás del alcalde se encontraban varios tarasconeses armados hasta los dientes, cuyo belicoso aspecto indicaba claramente que estaban dispuestos a verter la última gota de sangre en defensa de los derechos de Tarascón autónoma.

Los emisarios trataron de hacerles comprender que su posición no era razonable y que el separatismo ofrecía gravísimos peligros. Pero el alcalde, con más dignidad que nunca, puso punto final a la conversación.

—¡Señores!—dijo—. Tan sólo estamos dispuestos a negociar con los delegados del Gobierno francés designados especialmente al efecto. De modo que hasta la vista. Si quieren ustedes marcharse hoy mismo, no han de encontrar obstáculos de ninguna clase.

Y, con la cabeza erguida, se retiró, seguido de su escolta de honor, que enarbolaba las armas en actitud poco tranquilizadora.

Los emisarios se encogieron de hombros y se miraron uno a otro sin saber qué hacer.

—Espero que, por lo menos, nos den de comer y nos dejen dormir un poco—dijo uno de ellos.

—Por mi parte, empiezo a dudarlo—repuso el otro.

Y no se equivocaba. Por todas partes se les hacia el boicot , silenciosa, pero obstinadamente. Los hoteles estaban, al parecer, atestados; los restaurantes se habían convertido en clubs particulares, que sólo permitían la entrada a los socios; en las tiendas de comestibles no se encontraba ni por milagro un pedazo de queso o de salchichón siquiera, y los panaderos tenían el aire de gentes que del pan no conocían ni el nombre.

Los pobres emisarios no tuvieron más remedio que batirse en retirada, perseguidos por las miradas hostiles de los tarasconeses.

En Tarascón se respiraba un aire de triunfo.

—La misma acogida está reservada a cuantos se atrevan a atentar contra nuestros sagrados derechos!—dijo el alcalde, con el tono de un hombre que acaba de conseguir una gran victoria.

Al ser conocido el incidente en París, dió lugar a jocosos comentarios.

—Esos buenos tarasconeses van a resultar más peligrosos que los mismos zootauros—dijo Stephen—. Acabarán por declararnos la guerra en toda regla.

El ministro del Interior propuso enviar a Tarascón un destacamento militar, que hiciera entrar a los tarasconeses en razón; pero la proposición no fué aceptada.

—¡Que se diviertan con su autonomía!—dijo Stephen—. Bastante tenemos que hacer sin ellos.

Y se acordó dejar en paz a los tarasconeses. En vano esperaron éstos la llegada de los plenipotenciarios del Gobierno francés. En vano afirmaba todos los días El Tarasconés Intransigente que los delegados serían recibidos con todos los honores. París no se preocupaba de Tarascón: parecía ignorar su existencia.

—Los del Norte preparan contra nosotros un golpe diabólico—repetian sin cesar los tarasconeses.

Pero los del Norte permanecían silenciosos, y este silencio producía más espanto que todos los planes diabólicos.

Mientras tanto, los zootauros continuaban visitando la ciudad y haciendo en ella verdaderos estragos. No era posible permanecer en la pasividad. Los más pusilánimes empezaron a hablar, con timidez primero, de la necesidad de entrar en relaciones, ya que no con París, por lo menos con Lyón y otras ciudades vecinas. Poco a poco iban cobrando bríos, y expresaban esta opinión con más firmeza. Pero eran estigmatizados por la mayoría como traidores a la sagrada causa de la independencia tarasconense. Las autoridades se mantenían inflexibles y declinaban toda transacción.

—¡Antes morir bajo los escombros que ir a Canosa!—decían los más intransigentes.

Finalmente, una parte de los habitantes se decidió a abandonar la ciudad, y se dirigió hacia Marsella, Lyón o Tolosa, desafiando las iras y el desprecio de sus conciudadanos.

El número de estos fugitivos era mayor cada día. La ciudad quedaba desierta. Muchas casas y tiendas cerraban sus puertas. El número de lectores de El Tarasconés Intransigente era cada día menor. Los últimos mohicanos iban de una parte a otra, tristes y abatidos, pero decididos siempre a vencer o a morir.

Cuando quedaban tan sólo trescientos hombres, el jefe de la escuadra aérea, Lemourier, con el alcalde y otros representantes de la Autoridad, fijaron en la plaza Central una enorme lápida de mármol, y en ella grabaron la inscripción siguiente:

"Anuncie al Mundo el que pasare que aquí murieron los trescientos fieles a la causa de la independencia de Tarascón."