La catástrofe · Unidad 26 de 47
Segunda Parte · V
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
V
Aun cuando París subterráneo era bastante grande para dar cabida a todos los parisinos, los trabajos de excavación continuaban. Una parte del ejército del trabajo fué desmovilizada; pero fueron mantenidos en servicio más de cien mil obreros: era necesario abrir túneles hasta las ciudades y pueblos vecinos, tender vías férreas y establecer las comunicaciones telegráficas y telefónicas.
Simultáneamente proseguían los trabajos en dirección de Versalles, Fontainebleau, Blois, Meaux y Chartres.
La primera ciudad que los parisinos llegaron a alcanzar subterráneamente fué Versalles.
El hecho ocurrió hacia mediodía del 27 de agosto. Los obreros que se encontraban junto a las máquinas excavadoras percibieron de pronto un ruido extraño a través del muro de tierra levantado ante ellos.
—¡Son voces humanas!—exclamaron, después de haber prestado atención un momento.
—¡Los versalleses! ¡Son los versalleses!
Esta noticia corrió por todo Paris subterráneo con la rapidez de un rayo. Millares de gentes quisieron ir inmediatamente a Versalles.
—¡Vamos a Versalles! ¡El camino está libre! Junto a los tranvías y aerobuses se libraron enconados combates. Pronto no hubo modo de encontrar en ellos un solo sitio, y muchos fueron los que se decidieron a recorrer a pie el camino que separa París de Versalles.
Antes de que la mayor parte de los curiosos pudiera llegar al lugar del suceso, el muro de tierra que separaba Paris de Versalles quedó atravesado, y millares de versalleses se precipitaron por el boquete abierto. La acogida que se les dispensó fué entusiasta. Se cambiaban saludos, felicitaciones y apretones de manos. Las mujeres se abrazaban y lloraban de júbilo, como si, enterradas vivas, hubiesen salido de pronto a la luz del día.
Los versalleses declararon que ellos, por su parte, habían establecido comunicación subterránea por el Sur hasta Chartres, y por el Norte, hasta Beauvais.
—¡Bravo! exclamaron los parisinos—. Ya podemos pasearnos bajo tierra por cuatro departamentos distintos.
—Pronto será posible ir al Havre, a Marsella, a Nancy, a todas partes, sin salir a la superficie.
Por la noche, en el palacio de las instituciones de gobierno, tuvo lugar una recepción solemne en honor de los representantes de la población de Versalles.
Stephen, radiante de júbilo, les dirigió algunas palabras de bienvenida.
—Amigos—dijo, con voz emocionada y la copa en la mano—: sois los primeros hermanos de las provincias francesas que tenemos el placer de saludar en nuestro refugio subterráneo. Aquí, en las entrañas de la Tierra, que no habían visto jamás un hombre, os tendemos fraternalmente las manos, y os invitamos al trabajo común, a la lucha conjunta contra las fuerzas hostiles. Hoy hemos logrado, gracias a una ruda labor, abrirnos paso hasta vosotros. Mañana llegaremos á establecerlo con otros de nuestros hermanos. En toda Francia se trabaja con fiebre. Por todas partes los hombres hurgan en la tierra como topos, y se acerca el día en que Francia, nuestra gran Francia, será bajo tierra, como lo había sido siempre en lo alto, una e indivisible en la noble misión de mantener su civilización milenaria. Tengo el convencimiento de que muy pronto podremos recorrer bajo tierra la totalidad del país, como antes de la venida de los zootauros. Más tarde podremos establecer también relaciones subterráneas con otros países. Es cierto que esto exigirá esfuerzos largos y penosos; pero cuanto mayores sean estos esfuerzos, más gloriosa será la victoria, más radiante el triunfo del genio humano.
Y levantando en alto su copa, añadió con tono solemne:
—¡Ciudadanos! ¡Bebo a la salud de nuestra gran Francia, grande sobre la Tierra y bajo tierra! ¡Bebo en honor de nuestra civilización milenaria, que desprecia a todos los zootauros! ¡Bebo a la salud de París y de Versalles y de todas las ciudades y aldeas de nuestra patria!
Cuando hubieron cesado los aplausos, se levantó el alcalde de Versalles y popular diputado, Etienne Perier, anciano con cara de patriarca, orlada de una espesa cabellera blanca.
—¡Señor presidente! ¡Ciudadanos de París! Es posible que alguna vez nosotros, en provincias, nos hayamos sentido descontentos de París. Nos hemos quejado de la arrogancia de la capital, de su espíritu, excesivamente autoritario, y de otros crímenes análogos. Pero siempre ha sido, es todavía y seguirá siendo el cerebro de Francia. De aquí parten todos los grandes proyectos, todas las bellas iniciativas. Una vez más, durante las horas trágicas que acabamos de atravesar, París ha sabido señalar al Mundo el camino de salvación. ¡Bebo en honor de París, siempre grande, siempre joven y atrevido! ¡Que París siga siendo bajo tierra, como lo fué siempre, la antorcha inextinguible que ilumine el camino de Francia y del Mundo entero!
La fiesta se prolongó hasta horas avanzadas de la noche. Los cafés y tabernas estaban llenos de parisinos y versalleses. Con tanta largueza cumplieron los primeros los deberes de la hospitalidad, que unos y otros llegaron, en buena parte, a la noche sin estar muy seguros de sus pasos ni poder expresar con facilidad sus pensamientos.
—Ya ves, amigo; ya estás en nuestro París subterráneo le decía un parisino a un versallés, pasándole una mano por el cuello, mientras con la otra no cesaba de gesticular con gran energía—. Antes vivíamos un poco más arriba, y de golpe nos hemos hundido... Como en un agu jero... ¡Mira esas casas!... ¡Palacios, verdaderos palacios!... Y almacenes, y fábricas, y tranvías, y todo. Hay de todo. Pero falta algo, falta algo que llegue al corazón. ¿Y sabes lo que es esto? Es el Sol. No tenemos Sol... Es decir, si, tenemos uno. Un sol artificial... Míralo....
Y levantando de pronto el puño cerrado contra el sol artificial que alumbraba la ciudad con su luz regular, empezó a gritar, lleno de cólera:
—¡Basta, basta, monstruo con cara de tortilla! ¡Que lo apaguen! ¡Que lo apaguen en seguida! ¡No quiero ver más a ese cochino sol!
Y continuó así algún tiempo, balbuceando imprecaciones contra el sol artificial, mientras éste continuaba derramando su luz fría sobre las calles uniformes de París subterráneo y sus masas grises de piedra. De las casas mismas parecía desprenderse, como surgiendo misteriosamente de entre las piedras, una pesadez insoportable. Se diría que ellas sentían también la nostalgia del Sol, de su risa y de sus juegos.