La catástrofe · Unidad 27 de 47

Segunda Parte · VI

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

VI

Hacia fin de octubre, el Paris subterráneo estaba ya unido por anchos y altos túneles a los puntos más lejanos de Francia. Eran estos túneles como tentáculos que la capital extendía hacia todas las provincias para imponer en ellas su autoridad, y que poco a poco iban llegando a todas partes. A través de las ciudades, pueblos y aldeas, alcanzaban las fronteras y se prolongaban hasta el mar. Por ellos llegaban, como por canales, los decretos, las instrucciones, las órdenes. París parecía querer recobrar el tiempo perdido mientras no pudo ejercer su autoridad sobre el resto de Francia.

Y las provincias, como caballos que durante algún tiempo habían corrido libres, pero que sienten de nuevo la brida tirante en manos de un buen jinete, hubieron de someterse. De nuevo reconocieron la autoridad de Paris. Y algunas ciudades, especialmente del Mediodía y de Bretaña, que, en sus sueños de independencia, habían manifestado un cierto espíritu de rebeldía, recibieron de París, por los tubos tentaculares, tales amonestaciones, que inmediatamente volvieron a un estado de docilidad perfecta.

París volvía a desempeñar su papel tradicional. La gigantesca máquina administrativa, paralizada durante algún tiempo, volvió a funcionar de nuevo con redoblada energía, extendiendo su influencia a los cuatro puntos cardinales, interviniendo en los asuntos locales y haciendo sentir en todas partes su influencia. Muchos de los antiguos funcionarios del Estado en provincias fueron reemplazados por otros mandados de París.

Rápidamente adelantaba en los túneles la construcción de vías férreas, por las cuales circulaban ya los giróscopos. Decenas de millares de kilómetros de alambre telegráfico, formando como un sistema nervioso extremadamente sensible, del cual París era el centro, se extendían por todo el país. Entre París y El Havre, Lyón, Marsella, Lilla, Brest y otras grandes capitales circulaban regularmente líneas de aerobuses. Bajo las bóvedas de piedra de las ciudades y pueblos volaban millares de aeromotores liliput . El canal de parís se iba prolongando hasta unirse con los canales de otras ciudades, de suerte que pronto el país entero fué cruzado en todas direcciones por anchas vías de agua, animadas por el tráfico de las embarcaciones eléctricas, canoas y barquichuelas.

—No nos faltan más que acorazados submarinos—decían bromeando las gentes.

Al principio, el tráfico en los giroscopos, los aerobuses y las embarcaciones eléctricas fué tan intenso, que era preciso esperar semanas ente ras antes de obtener un sitio. Nunca habían demostrado los franceses un tal apasionamiento por los viajes. Después de los seis meses pasados dentro de los muros de sus ciudades o de sus casas, sentían la necesidad irreprimible de viajar a través de la Francia subterránea para darse cuenta de las maravillas de la nueva instalación.

La afluencia de viajeros obligó a aumentar el número de coches, embarcaciones y aerobuses. El Gobierno se vió obligado a publicar un decreto organizando viajes económicos para obreros a través de Francia.

Casi no quedó habitante de Paris que en el curso de los primeros meses no visitara los centros principales de provincias. Estas correspondían de igual modo. Los habitantes de Lyón, Marsella, Nantes, Grenoble, Tolosa, Burdeos, Limoges y demás ciudades llegaban sin cesar a París, y paseaban por las calles dando muestras de asombro y de entusiasmo. Los parisinos se prestaban encantados al papel de cicerones ; ponían para ellos en escena el cielo nocturno con la Luna y las estrellas, y les mostraban orgullosos las maravillas arquitectónicas de la capital.

La atracción de Paris era mayor que nunca, porque más que nunca estaban ahora concentradas en la capital las fuerzas artísticas del país. Tan pronto estuvieron restablecidas las comunicaciones marcharon a París la mayor parte de los artistas de provincias. Además, eran muchas las capitales de provincia que todavía no tenían construído un teatro en la ciudad subterránea.

No tardó en establecerse desde París una red fonoscópica que se extendía a toda la Francia subterránea. Terminada esta red, los habitantes de Bretaña y de la Alta Saboya podían ver y oír sin moverse de sus casas cuanto se representaba en el teatro central de París. Por el fonoscopo eran asimismo transmitidos a todos los rincones de Francia los discursos presidenciales, los sermones pronunciados en Nuestra Señora de Paris por los más célebres oradores sagrados y los cursos de conferencias de reputados profesores.

Paris subterráneo, en mayor grado todavia que el viejo París de la superficie, atraia hacia sí las mejores fuerzas, absorbia la sangre y el jugo de las provincias, devoraba cuanto de espiritual, vigoroso y productivo existía en el país. Despóticamente, imponía al resto de Francia su hegemonía intelectual. París lo era todo, y las provincias casi nada; todo lo más, un apéndice de la capital, un zócalo del monumento que la gran ciudad erigía a su propia gloria.

Varios grandes centros de provincias, viéndose amenazados de muerte espiritual, hacian cuanto podían para defenderse contra el centralismo absorbente y amenazador de París.

Lyón fué la primera ciudad en dar la señal de alarma. No en vano pretendia al título de segunda capital. En la Prensa lionesa aparecian diariamente artículos violentos contra París. "No somos separatistas, ni federalistas, ni anarquistas—decía un articulo del Lyón Subterráneo —. Nunca hemos compartido los estúpidos sueños separatistas de los tarasconeses, y ninguna idea está más lejos de nuestra cabeza que la de rebelarnos contra Francia, nuestra madre común. Lo único que queremos es que se reconozca nuestro derecho a la vida, a una existencia espiritual independiente. Lyón, con sus dos millones y medio de habitantes, es la capital de una vasta provincia, cuyos campos y viñedos habían mantenido—y en cierto modo siguen manteniendo—a la mitad de Francia; merece ciertamente que le sea reconocido este derecho. Mucho habíamos tenido que sufrir en lo alto a causa de la tiranía de París. Al empezar la nueva era de nuestra existencia teníamos el derecho de esperar que las cosas mejoraran. Pero, por desgracia, la situación se ha hecho más insoportable todavía. París salvaguarda celosamente todas sus prerrogativas y parece dispuesto a demostrar que bajo tierra su hegemonía subsiste, recurriendo a todos los medios para mantenerla y reforzarla."

Burdeos empezó también a manifestar su descontento. No podía olvidar que en 1914, al comenzar la guerra europea, fué elevada—aunque sólo por poco tiempo—al rango de capital de Francia. Se diría que la ciudad sentía aún su frente ceñida por aquella corona efímera, que a su juicio le sentaba mucho mejor que a Paris y que en realidad le hacía rodar la cabeza más que el propio vino de Burdeos.

La ciudad se mostraba ahora de mal humor: refunfuñaba, se indignaba. La Prensa lanzaba rayos y centellas contra la dictadura de París, y hacía comprender claramente al Gobierno central que estaba entregado a un juego peligroso. "No debe olvidarse en las cimas del Poder—escribía El Pequeño Bordelés —que, a pesar de nuestra perfecta lealtad, nuestra paciencia puede acabarse. Claro está que no hemos de meter nos en aventuras ni pensamos levantarnos en armas como los tarasconeses. Pero contamos, si es preciso, con armas más eficaces que las de fuego: el boycott de Paris y de cuanto de allí venga. Ninguna amenaza puede obligarnos a que nos interesen la Prensa, la literatura y los artistas de París. Y si todas las provincias, o una parte de ellas, declaran una guerra semejante, la capital no habría de salir ganando. Estamos de ello profundamente convencidos."

Lilla, Ruan, Marsella y otras grandes ciudades hacian también tentativas para escapar a la dictadura de París. Por iniciativa de Lyón se decidió convocar un congreso provincial para deliberar sobre la situación.

En espera de la guerra general, las provincias empezaron a practicar una guerra de guerrillas. Lyón construyó un teatro y trató de atraerse a los mejores artistas ofreciéndoles elevados sueldos. Estableció además en el sur de Francia una red fonoscópica que alcanzaba a todas las ciudades del Mediodía. La Prensa lionesa defendía heroicamente los intereses de la ciudad, y mantenía el entusiasmo de los lectores a una temperatura muy elevada. "Hemos de hacer las cosas de tal modo que los parisinos acaben prefiriendo nuestro teatro al suyo-escribía el Lyón Subterráneo , y ¡así será!"

Burdeos, Lilla, Marsella y otras ciudades rivalizaban no tan sólo con París, sino entre sí. Los Municipios construían teatros magníficos, grandiosas catedrales, templos imponentes dedicados a la Ciencia. Todas ellas invitaban a los más célebres artistas, predicadores y profesores. Hasta tal punto de engreimiento llegaron las celebridades de toda especie, que se conducían como personajes de una corte medioeval, y los alcaldes y representantes de las ciudades tenían que hacer a veces horas y horas de antesala para llegar a hablar con un músico o un actor cualquiera.

Algunos artistas mostraron un delirio de grandezas que tomaba a veces caracteres agudos. El célebre tenor Francisco Lagrange, por ejemplo, antes de firmar la contrata para el teatro de Burdeos, puso las condiciones siguientes: 1) Que se le prepare un suntuoso piso en el Ayuntamiento. 2) Que ante el piso monte la guardia constantemente la Guardia municipal. 3) Que el alcalde de Burdeos pase personalmente a recogerle a su casa antes de la representación para conducirle a su casa.

—Como comprenderán ustedes, estas condiciones no las pongo por mi causa—dijo a los notables de Burdeos que fueron a visitarle en comisión y a los cuales ni siquiera les pidió que se sentaran—. Es por el Arte, por el Arte sacrosanto. Sus servidores estamos obligados a mantener el prestigio del Arte ante los profanos.

No tardó el pobre Lagrange en convertirse en una víctima del Arte: fué preciso internarlo en un manicomio.