La catástrofe · Unidad 33 de 47

Segunda Parte · XII

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XII

El Gobierno se daba perfecta cuenta de la gravedad de la situación.

Los llamamientos de Stephen a la población se sucedían sin cesar. Cada día más flaco, despreciando tranquilamente el peligro, aparecía a menudo entre la muchedumbre excitada; suplicaba a los unos, trataba de persuadir a los otros, predicaba a todos la serenidad y la calma.

Un día apareció de pronto, completamente solo, en un mitin organizado por los anarquistas. Al entrar él en la sala, llena de bote en bote, los que estaban junto a la puerta no pudieron reprimir un grito de sorpresa.

—¡El presidente! ¡Está aquí el presidente!—exclamaban.

En la sala se produjo un cierto revuelo. Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada. El orador que ocupaba la tribuna se dió cuenta de que Stephen, con su sola presencia y la gran popularidad que entre el pueblo tenía, podia destruir todo el efecto de su discurso.

—¡Ciudadanos!—exclamó. Tenemos aquí a un nuevo oyente: ¡el jefe del Gobierno en persona! No tengo la menor duda de que para precaverse contra toda sorpresa desagradable habrá tomado la precaución de rodearse de un destacamento de espías disfrazados...

—¡No es verdad!—gritaron algunas voces indignadas—. Stephen no es un cobarde. ¡Lo ha demostrado muchas veces!

—Es posible que tengáis razón—replicó el orador, con una sonrisa forzada—. La cosa no tiene gran importancia. Lo esencial es que el jefe del Gobierno se encuentra aquí, sentado, por así decirlo, en el banquillo, ante el tribunal de la conciencia del pueblo...

—Si estoy sentado en el bánquillo de los acusados—interrumpió Stephen con voz tranquila-, tengo el derecho de exigir que se me escuche.

—¡Sí, sí! ¡Que hable! ¡A la tribuna!—gritaron varias voces.

Y Stephen, por entre la multitud, que se apartaba a su paso, se dirigió, en medio de una gran expectación, a la tribuna.

—¡Ciudadanos!—comenzó diciendo. He venido aqui para deliberar, junto con vosotros, sobre la situación. Atravesamos dias difíciles. La crisis de las subsistencias es cada día más grave. La producción disminuye sin cesar. ¿Por qué? ¿Quién tiene la culpa de ello? Aquí se acusa al Gobierno. Pero ¿con qué motivo? ¿Puede el Gobierno traer víveres de provincias sobre sus espaldas? El Gobierno no puede por sí solo poner en movimiento las fábricas paralizadas por huelgas incesantes. No es justo, ciudadanos, que se nos haga responsables de todas las desgracias. El pueblo está descontento: siente la nostalgia del Sol, de la vida al aire libre, y ha perdido la energía para el trabajo. Esta es la causa del mal, y no la mala voluntad del Gobierno. El Gobierno ha dado repetidas pruebas de que no tiene otra preocupación que el bien del país. No se ha detenido ante una medida tan radical como la confiscación de los capitales y la nacionalización de las Empresas particulares. El odio que nos profesa la Asociación de Amigos del Orden es nuestra mejor ejecutoria...

—¡Es verdad! ¡Es muy cierto!—dijeron, asintiendo, algunas voces.

—El Gobierno está dispuesto a introducir las reformas más radicales—continuó diciendo Stephen.

—¡La mejor reforma sería que empezara marchándose!

—¡Con mucho gusto!—replicó Stephen, aceptando el reto—. Podéis creer que nuestra ruta no es un lecho de rosas, y que de buena gana dejaríamos el sitio a otros. El Poder debe apoyarse sobre la voluntad popular y merecer la confianza del pueblo. Si vemos que esta confianza nos falta, no continuaremos en el Poder ni un minuto. De ello os doy mi palabra de honor, en nombre propio y en el de mis compañeros. Diré más aún: nos retiraremos del Poder de buen grado, pues nada tiene de agradable estar sentado constantemente en el banquillo, ni servir de chivo emisario para todas las faltas y todos los males. Recibimos cartas con amenazas, se nos cubre de oprobio, se nos trata de ladrones...

—¡Y quizás no del todo sin motivo!—interrumpió una voz burlona desde el fondo de la sala.

Entre el público se produjo un rumor de indignación. La gente parecia dispuesta a lanzarse contra el autor de la injuria.

—¡Es una infamia! ¡Nuestro presidente no merece que se le insulte! ¡Fuera!—gritaban unos y otros.

—¡Tranquilizaos, amigos!—dijo Stephen, interviniendo—. Si tuviera que preocuparme por estas pequeñeces, estaría desde hace tiempo en el otro mundo, y si me hubiese tomado la molestia de recoger las piedras que se me han arrojado, muchas veces a traición, tendría a estas horas un palacio suntuoso.

En la sala estalló una carcajada. Las simpatias de la reunión se inclinaban hacia Stephen,

—Pero volvamos a hablar en serio—dijo Stephen, continuando su discurso—. Sí; estamos dispuestos a marcharnos, y yo el primero. Pero la situación es peligrosa. Hay en París y en toda Francia muchas gentes que esperan el momento propicio para pescar en agua turbia. Esos son los que necesitan la anarquía y empujan el pueblo hacia ella.

Stephen bebió un sorbo de agua, y exclamó con gran energía:

—¡Ciudadanos! La anarquía y la guerra civil son cosas horribles sobre la Tierra; pero mucho más espantosas todavía debajo de ella. Cuando pienso en las posibles consecuencias de una guerra civil en los subterráneos, se me hiela la sangre. ¡Ciudadanos! Si no queremos que nuestra civilización se hunda, estamos obligados a de fender la paz interior y el orden. En lugar de mejorar nuestra situación, la sangre servirá sólo para hacernos más pobres y desgraciados. Donde no queda nada, la revolución pierde sus derechos. Sé perfectamente que nuestro sistema social no es perfecto y que exige grandes reformas. Para realizarlas, os invito a colaborar con nosotros. Lo que no hayamos podido realizar aquí bajo tierra, lo llevaremos a cabo en lo alto, pues tengo le absoluta convicción de que, tarde o temprano, hemos de volver a nuestra antigua vivienda. Mientras tanto, debemos tener una sola divisa: "¡Abajo la anarquía! ¡Abajo la guerra civil!"

Estalló una tempestad de aplausos, a los cuales se mezclaban no pocos silbidos y gritos de "¡Abajo el Gobierno! ¡Viva la revolución!"

Cuando el orador que había cedido el turno a Stephen subió de nuevo a la tribuna y trató de disipar la impresión del discurso del presidente, la gente no quiso escucharle siquiera.

A partir de este dia, Stephen aparecía en muchas reuniones, y trataba con su palabra de llevar las gentes a la razón; pero la situación empeoraba por instantes, la crisis de las subsistencias se hacía cada día más aguda, y el descontento crecía. La muchedumbre mostraba una agitación sin limites, y acogía fríamente a los que le aconsejaban moderación y prudencia. En una de las innumerables reuniones, Stephen fué acogido con gritos de "¡Fuera! ¡Ya sabemos lo que ha de decirnos! ¡Estamos ya hartos de tener paciencia!" Bajo la lluvia de injurias y de amenazas, tuvo que abandonar la tribuna con el corazón henchido de amargura.

A la salida fué detenido por un obrero.

—Si el señor presidente me permitiera darle un consejo...—dijo respetuosamente.

—Diga lo que quiera, amigo.

—No vaya más a las reuniones. El señor presidente tiene muchos amigos, pero tiene también muchos enemigos, y....

—¡Qué! ¿Que arriesgo mi vida?

—¿Quién sabe?

—Pues bien: si triunfan los locos y estalla la guerra civil, prefiero morir que ser testigo de sus horrores.

Y continuaba presentándose en las reuniones más tumultuosas, solo, sin armas, como lanzando un reto a la tormenta de pasiones desencadenadas.

El Parlamento, reunido después de un largo interregno, reflejaba con violencia el estado turbulento del país. La extrema derecha, formada en su mayor parte por miembros de la Asociación de Amigos del Orden, atacaba al Gobierno con virulencia. Entre los enemigos más acérrimos del Gabinete se distinguía, sobre todo, el "Rey del Acero", el obeso y acaudalado Pruneau, que no había podido digerir todavía la mala acogida de Stephen unos meses antes.

—¡El país necesita ahora hombres de una voluntad de hierro!—gritaba desde la tribuna del Parlamento, rojo de cólera. Su cuello corto, su nuca bovina y su cabeza calva parecían una vejiga llena de sangre.—¡Necesitamos hombres capaces de conducirnos a través de las pruebas durísimas de nuestros días!

—¡Y, sobre todo, que dejen en paz nuestros capitales!—interrumpió un miembro de la extrema izquierda, provocando la hilaridad general.

Se aseguraba que el "Rey del Acero" y sus compañeros de la Asociación de Amigos del Orden daban pingües subvenciones a los periódicos anarquistas, y, en general, no reparaban en gastos para conseguir que el pueblo se sublevara contra el Gobierno.

Su conducta era severamente criticada en el Parlamento y en la Prensa. Se les advertia que, en el caso de estallar una revolución, ellos serian las primeras víctimas. Pero ellos, por su parte, sin hacer caso de advertencias, continuaban con la ayuda de gente dudosa que se había puesto a su servicio a minar la autoridad del Gobierno.