La catástrofe · Unidad 34 de 47

Segunda Parte · XIII

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XIII

Desde por la mañana del dia 15 de marzo la emoción fué grande en París, a causa de las noticias llegadas a la capital sobre las revueltas que estallaban en todas partes de Francia.

Las calles estaban llenas de gente, que comentaba los telegramas. Estos afluían sin cesar. Ante las oficinas de París Subterráneo , La Era Nueva y varios otros periódicos, la aglomeración era, sobre todo, extraordinaria, atraída la gente por los transparentes en los cuales se reproducían las últimas noticias. Miles de miradas seguían ávidamente su aparición, y miles de voces las iban leyendo, palabra por palabra, a medida que aparecían.

"En Lyón el poder acaba de pasar a manos de los revolucionarios. Los altos funcionarios y miembros del Consejo municipal han sido, en parte, muertos, y, en parte, encarcelados. Tan sólo un pequeño número consiguieron ponerse a salvo."

"En Marsella, durante toda la noche, la lucha ha sido violenta en las barricadas. Hacia la ma drugada los rebeldes consiguieron apoderarse de la Casa de la Villa, sobre la cual ondea a estas horas la bandera roja."

"En Lilla la guarnición se ha unido al pueblo, y los revolucionarios han triunfado casi sin disparar un tiro."

"Por las calles de El Havre sigue la lucha encarnizada entre los soldados y los revolucionarios. La multitud armada se ha apoderado de los depósitos municipales y ha pegado fuego a la Prefectura."

"Están rotas las comunicaciones telegráficas y telefónicas con Burdeos. Según cuentan algunos bordeleses que han conseguido escaparse, la situación es allí grave en extremo. Es posible que a estas horas la ciudad se encuentre totalmente en manos de los revolucionarios."

Hacia mediodía fueron repartidas por París millares de hojas excitando a la población a la revuelta. Estas hojas eran asimismo pegadas a las paredes de las casas, a los postes telegráficos, colgaban en los kioscos y caían de los aeroplanos que volaban sobre la capital. Como mensajeras de la tempestad, revoloteaban en el aire por millares las hojas blancas, y en su caída lenta y silenciosa sobre la ciudad había algo de siniestro.

Una hora más tarde, Paris tembló bajo el golpe de una detonación ensordecedora: un aeromotor había dejado caer sobre el palacio del Gobierno una bomba cargada de gases explosivos. El ala derecha del palacio quedó totalmente destruída, encontrando la muerte entre las ruinas un gran número de víctimas, en su mayor parte pequeños empleados y visitantes. Ante la fachada principal quedó abierto un profundo boquete.

Tal fué la fuerza de la explosión, que sus consecuencias se hicieron sentir en casi todas las casas de la plaza de la Concordia. Varios coches del giroscopo municipal, que acertaban a pasar por la plaza en aquel momento, fueron derribados, y se encontraban ahora inmóviles en el suelo, como caballos con las piernas rotas. Los cristales quedaron rotos en un radio de medio kilómetro.

Era ésta la primera herida causada a París por la guerra civil. Habían sido derramadas las primeras gotas de sangre. Parecía como si, a partir de aquel momento, la sangre, falta de sitio en las venas, aspirara a la libertad y quisiera salir a borbotones.

Las detonaciones se sucedían sin cesar. Eran como las campanadas anunciadoras del incendio revolucionario. Retumbaban por toda la ciudad con eco siniestro, golpeaban los nervios como con mil martillos, y despertaban por doquier una mortal congoja. Los unos, presa del miedo, huían hacia sus casas, buscando protección tras de las murallas de piedra y las rejas de hierro. Otros, al contrario, movidos por la curiosidad, se precipitaban hacia el centro de la urbe, sobre la cual, entre nubes de fuego y humo, se cernía ya el ángel de la muerte.

Las fábricas y talleres, como obedeciendo a una señal misteriosa, suspendieron el trabajo, y los obreros se dirigieron en grupos hacia el centro.

—¡Ya empieza!—exclamaban todos, unos con júbilo y otros con temor.

En ciertos sitios, destacamentos de soldados y policías cerraban el paso a la muchedumbre. La corriente humana chocaba contra esos obstáculos vivos, como el oleaje contra las rocas, y después de retirarse, volvía de nuevo a embestir con mayor fuerza.

Hacia las dos de la tarde fué proclamado en París el estado de sitio. En las paredes fué fijado a toda prisa un bando amenazando con penas rigurosas a los perturbadores del orden. Las palabras de este bando parecían duras y cortantes como el acero: eran como un llamamiento a la sangre que de un momento a otro iba a regar las calles.

Las tropas empujaban a la multitud del centro hacia la periferia. Al principio, tanto los soldados como el pueblo conservaban una cierta sangre fría; pero pronto empezaron a brillar en los ojos las malas intenciones, los ceños se fruncieron, y se apretaron los labios: era la bestia, que despertaba, cruel, implacable, ávida de sangre, impaciente por romper la cadena y sacar fuera sus garras. Esperaba tan sólo el momento propicio.

Y el momento había llegado.

Bajo las bóvedas, encima mismo de la plaza de la Concordia, apareció un aeromotor. Describió lentamente varios círculos, como estudiando la posición que había de adoptar, y se mantuvo por fin inmóvil durante unos segundos en el aire. Tres detonaciones ensordecedoras se hicieron oír, una tras otra, casi sin intervalo. El aeromotor habia dejado caer tres bombas sobre la masa de los soldados.

Al disiparse el humo, aparecieron entre charcas de sangre los cuerpos mutilados, las cabezas separadas del tronco, las piernas y brazos sueltos, los jirones de ropa ensangrentados. Los soldados que escaparon con vida se dieron de momento a la fuga, pero pronto volvieron a formar en la plaza. Centenares de fusiles cargados de gases explosivos apuntaron hacia la bóveda. Pero la aeronave hapia desaparecido ya.

Aprovechando el desorden introducido por la explosión de las bombas entre los soldados, una multitud imponente rompió la consigna e invadió la plaza. Contra ella se abatió la furia de los soldados. Sin esperar la orden de los oficiales, empezaron a disparar contra la gente, casi a quemarropa. Gemidos y juramentos se hicieron oir, y la multitud retrocedió, abandonando nuevos muertos y heridos. Muchos de los heridos trataban de incorporarse o de huir arrastrándose a cuatro manos, a fin de apartarse lo más posible del circulo fatal donde reinaba la muerte; pero casi siempre les faltaban las fuerzas, y volvían a caer de nuevo. Se inició un "¡sálvese quien pueda!" general. Los fugitivos buscaban refugio en las calles vecinas, en las puertas-cocheras de las casas, detrás de la verja de los jardines, pisoteándose y estrujándose unos contra otros.

El Comité de Defensa, al cual se habían unido el prefecto de Policía y el jefe de la Guardia Nacional, estaba reunido permanentemente en el palacio de Stephen, y dirigía por teléfono la ac ción de las fuerzas militares y policíacas. Las noticias que hasta el Comité llegaban, también por teléfono, eran cada vez peores.

Hacia las tres de la tarde se recibieron informes de que en varios lugares, especialmente en las plazas de la República y de la Bastilla, en las calles de Montmartre y de Saint-Antoine, la multitud había conseguido construir barricadas, volcando con tal objeto varios camiones y coches del giroscopo municipal y sirviéndose de cuanto encontró a mano: postes, planchas, piedras y objetos de toda suerte.

—Hay que destruir estas barricadas, cueste lo que cueste—ordenó, en nombre del Comité de Defensa, el prefecto de Policía.

Media hora más tarde, la mayor parte de las barricadas habían sido destruídas por medio de la artillería ligera. Retrocedieron los amotinados, después de haber sufrido serias pérdidas. Pero pronto aparecieron bajo las bóvedas una decena de aeromotores, que empezaron a bombardear a las fuerzas de la Policía con efectos mortíferos. Varias bombas cayeron sobre las casas vecinas, abriendo en ellas grandes boquetes, que iban del techo hasta el sótano. A derecha e izquierda estallaban los incendios provocados por las explosiones, y a las detonaciones y gritos de espanto se unía el chisporroteo de las hogueras y el estrépito de las casas que se derrumbaban.

—¡Que salga la escuadra aérea!—ordenó el Comité de Defensa por teléfono.

Inmediatamente se alzaron unos veinte aero motores blindados de combate. La lucha fué transportada de abajo arriba.

De entre la multitud surgian gritos:

—¡Sálvese quien pueda! ¡Esto es la muerte!

Las gentes empezaron a correr en todas direcciones, sin aliento casi, aplastándose unas a otras, sin parar mientes en nada ni en nadie, pensando tan sólo en una cosa: salir lo antes posible del círculo de llamas y de humo. Pero este circulo se extendía cada vez más. Por fin llegó a alcanzar todo el París subterráneo, y pronto no quedó un solo rincón donde refugiarse con seguridad siquiera relativa.

Millares de fugitivos, después de haber alcanzado los puntos extremos de la ciudad, continuaban huyendo en dirección a Clamart, Ivry y Saint-Denis. Otros se escondían en las bodegas. En un cuarto de hora las calles quedaron desiertas. Tan sólo se veían en ellas muertos y heridos. París parecía una ciudad muerta, cuya calma de cementerio era tan sólo turbada por el ruido de los incendios.

Mientras tanto, en el aire, decenas de aeromotores se preparaban a dar la batalla decisiva. Durante algunos minutos, como obedeciendo a un acuerdo tácito, parecían no decidirse a abrir las hostilidades. Pero pronto el eco de la bóveda repitió una y otra vez el sonido de una detonación formidable. Al mismo tiempo, junto a uno de los aeromotores pertenecientes a los rebeldes, estalló como una nubecilla de humo blanco, que se mantuvo en el aire largo tiempo, desvaneciéndose poco a poco: el aparato fué presa del fuego, y, después de describir, cual un pájaro heri do, varias vueltas irregulares, cayó pesadamente al suelo. Las bombas que llevaba a bordo estallaron una tras otra, y al chocar contra el suelo, el aparato no era más que una inmensa brasa.

La batalla se enardecía. Algunos minutos más tarde, los rebeldes consiguieron, por su parte, derribar un avión enemigo, que al caer pegó fuego a una casa.

Cada vez eran más numerosas las nubecillas de humo blanco bajo la bóveda, y mayor el estrépito. Uno tras otro, los aeromotores caían al suelo o sobre los tejados de las casas. Uno de ellos fué a caer en el canal en una masa llameante que flotó largo tiempo sobre el agua, al lado de los cadáveres carbonizados de los aviadores.

Pronto se vió claro que la victoria se inclinaba del lado de la escuadra gubernamental, la cual tenía todavía más de una docena de aeromotores intactos, mientras los rebeldes disponían de cinco solamente. Continuar la lucha en estas condiciones hubiese sido una locura, y los rebeldes se rindieron. Uno tras otro, sus aparatos izaron bandera blanca, y, escoltados por la escuadra aérea, aterrizaron todos en la plaza de la Concordia, casi desierta. Los pilotos fueron conducidos a la cárcel.

—No será por mucho tiempo—dijo con ironía provocativa, a los soldados que le acompañaban, Alberto Grammont, uno de los instigadores principales del movimiento revolucionario.