La catástrofe · Unidad 35 de 47
Segunda Parte · XIV
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XIV
Grammont no se habia equivocado.
Apenas había terminado la batalla aérea, el Comité de Defensa se enteró de que los rebeldes se habían aprovechado de la perturbación general y de la ausencia de guardia en los edificios públicos, para apoderarse del Arsenal, que se encontraba en la plaza de la República.
—¡Es preciso desalojarlo, cueste lo que cueste!—ordenó por teléfono el prefecto de Policía.
—¡Imposible!—contestó el comandante de París, con el cual se encontraba en comunicación—. La multitud ha tenido tiempo bastante para armarse. Disponen los rebeldes de cinco baterías eléctricas potentísimas, con las cuales pueden volar casi la mitad de la ciudad. Si el Comité de Defensa insiste, conduciré las tropas al asalto; pero entiendo que es mi deber advertir de antemano que las pérdidas serán, por ambos bandos, enormes, y, según mi modo de ver, inútiles.
Stephen, desesperado, con la cabeza entre las manos, iba nerviosamente de un lado a otro de su gabinete.
—¡Es horrible! ¡Horrible!—repetía sin cesar. Estos locos van a perder París y Francia entera. Es preciso ponerles en cintura, aunque sea a costa de una sangría terrible. Que se pongan en movimiento todas las fuerzas disponibles. La situación puede salvarse tan sólo con firmeza.
Al poco tiempo se libraba en la plaza de la República una batalla encarnizada entre las fuerzas insurrectas y las gubernamentales. Descargas eléctricas de una fuerza formidable sembraban la muerte en ambos campos, causando millares de víctimas. De la plaza de la Bastilla y del barrio de San Antonio llegaban constantemente a los rebeldes refuerzos numerosos.
Media hora más tarde, las principales arterias del Parií subterráneo estaban convertidas en un campo de batalla.
Uno de los proyectiles lanzados por los rebeldes cayó sobre el palacio de Stephen, y por el techo, a mitad hundido, empezaron a surgir altas lenguas de fuego.
—¡Esos canallas van a quemarnos aquí vivos—exclamó Harrison—. Es preciso huir.
El Comité de Defensa se trasladó a una casa particular vecina de la plaza de la Concordia.
Bajo, casi encima de las casas, estaba suspendido en el aire un espeso velo de humo, que hacía la respiración cada vez más difícil. El crujido de las hogueras y el estrépito de las casas que se derrumbaban ahogaban el fragor de la lucha, los lamentos de los heridos y los gritos de espanto de las gentes que, en busca de un rincón seguro, corrían de casa en casa y de calle en calle.
Las noticias que a cada instante recibía el Comité de Defensa iban siendo de vez en vez más alarmantes. Stephen parecia un capitán de buque, rodeado sobre el puente de sus oficiales, que se da cuenta de la imposibilidad del salvamento y ve la pérdida inevitable. A cada momento cogía el teléfono, y volvía a dejarlo a los pocos instantes como si el receptor quemara sus manos.
Los incendios se hacían cada vez más numerosos, aunque, afortunadamente, el cemento y el hierro de que estaban construídas las casas eran malos combustibles. Después de haber devorado el mobiliario y cuanto de madera había en las casas, el fuego, cual bestia hambrienta, lamía con sus lenguas rojas las paredes y vigas de hierro. Pero éstas no cedían, y el fuego crispado agonizaba y acababa por extinguirse. Media hora después de haber empezado el incendio, las casas parecían enormes braseros que acababan de apagarse.
La batalla proseguia entre los escombros humeantes. Después de haber sido rechazados hasta los barrios extremos de la ciudad, los rebeldes consiguieron abrirse paso de nuevo hasta el centro de la misma. Se apoderaban de las casas, se fortificaban en ellas, acogían con fuertes descargas eléctricas al enemigo, y, combatiendo de esta suerte, avanzaban sin cesar. Hacia las cinco de la tarde consiguieron apoderarse de la plaza de la Concordia, nudo central de Paris subterráneo, donde se encontraban la mayor parte de los edificios públicos. El Comité de Defensa, que se hallaba reunido allí cerca, corría el peligro de caer en manos de los rebeldes.
—Es preciso que abandonemos París!—dijo el prefecto de Policia.
—¿Y dónde quiere usted que vayamos?—preguntó Harrison.
—A Versalles, a Saint-Cloud, a Juvisy, a cualquier parte. Permanecer aquí sería una locura.
—Entonces, ¿todo está perdido?—preguntó Stephen.
—Sí. Es una avalancha que va a sumergirlo todo, y, sea como fuere, aquí somos impotentes. La única cosa que podemos hacer es marcharnos.
Pero huir no era empresa fácil. Todas las comunicaciones habían sido cortadas, destruidas las vías y arrancados los raíles.
—Hay que encontrar un aeromotor—dijo Harrison—. Y no sólo uno, sino dos, por lo menos.
—Está dicho pronto-replicó el prefecto de Policía—. Pero la cosa no es tan fácil. La escuadra aérea debe estar toda en manos de los rebeldes.
—Hay que probar—insistió Harrison—. Si el Comité me lo permite, voy a tratar de ver si la cosa es posible.
—Tan pronto salga será usted hombre muerto.
—Quizás no. Es cuestión de suerte.
Salió, y al cuarto de hora reapareció en aeromotor. Inmediatamente, otro aeromotor, pilotado por uno de los ayudantes de Harrison, el ingeniero Garnier, aterrizaba a la puerta de la casa.
Pero en el momento mismo que los miembros del Comité de Defensa se aprestaban a subir al aparato, la ciudad quedó sumida en las más ne gras tinieblas. Durante la lucha el sol artificial había quedado descompuesto.
De todos los pechos salió un grito de horror. Mientras París estuvo iluminado, la muerte que se cernía sobre la ciudad parecía menos terrible. Era un enemigo más o menos visible, contra el cual, en cierto modo, se podía luchar. Pero ahora, invadida la ciudad por oleadas de sombras impenetrables, era como si la muerte acechara a las víctimas a cada paso, envolviéndolas en su atmósfera y triunfando fácilmente de ellas con malvado refinamiento.
—¡Luz! ¡Luz! ¡Que alumbren la electricidad!—se oían gritos de todas partes.
Pero la central eléctrica sufrió también graves averías en el curso de la batalla, y París continuaba agitándose en las tinieblas. Tan sólo aquí y allá las llamas lanzaban en derredor sus lúgubres reflejos, alumbrando tan sólo un pequeño espacio. En torno a la luz de las llamas las tinieblas parecían más negras todavía. Para encontrar el camino, las gentes alumbraban pequeñas lámparas eléctricas de bolsillo. Débiles e impotentes contra la terrible noche, millares de lucecillas se encendían y apagaban alternativamente por las calles y en las ventanas de las casas.
—Hay que reparar la central eléctrica—dijo Harrison—. Si no, todo está perdido.
Y alumbrando el camino con su lámpara de bolsillo, corrió a lo alto en busca del teléfono.
—Póngame inmediatamente en comunicación con la central eléctrica... Soy Harrison, Cresby Harrison... ¿Qué? ¿Cómo?... ¿Que no se ve na da? Pues alumbren ustedes una lámpara de bolsillo, como todo el mundo. ¡Se trata de salvar París!
Diez minutos tardó Harrison en obtener la comunicación, durante los cuales parecía loco de impaciencia.
—¿Con quién hablo?... ¿El jefe de mecánicos?... ¿Y el director?... ¡Cómo! ¿Muerto?... Sí, si... ¿Y el ingeniero Caro?... ¿Muerto también?... ¡Buena la hemos hecho!... Es indispensable, cueste lo que cueste, reparar la central... ¿Cómo que imposible? Eso son tonterías. Es indispensable, y lo exijo en nombre del Comité de Defensa... ¡Cómo! ¿No hay en toda la central más que tres hombres vivos?... Hay que reclutar gente en la calle, sea quien sea, revólver en mano... Yo voy allá en seguida.
Tiró el receptor y bajó inmediatamente.
—¿Quién viene conmigo a reparar la central eléctrica?—dijo, agitando su lámpara por encima de la cabeza.
—¡Yo! Yo! ¡Y yo!—se oyeron voces en las tinieblas.
Los miembros del Comité de Defensa querían también ir todos; pero, a instancias de Harrison, Stephen, el ministro del Interior y el prefecto de Policía permanecieron junto al teléfono.
La central eléctrica se encontraba a algunos centenares de pasos, en la calle de Rivoli. Los voluntarios reclutados por Harrison, que eran unos veinte, avanzaban con lentitud, con sus linternas de bolsillo en la mano, precedidos por Harrison. A cada momento tropezaban con cadáveres o con escombros de las casas vecinas derrumbadas. Cuando el pequeño destacamento llegó a la calle de Rivoli estalló una detonación ensordecedora sobre sus cabezas, al propio tiempo que un prolongado relámpago, al parecer, desgarraba el aire.
—¡Un obús!
Instintivamente se acercaron unos a otros, formando un haz compacto.
Al primer obús siguió otro, y después un tercero y un cuarto. Se oyó el ruido característico de las casas que se venían abajo.
—¡Adelante!—gritó Harrison—. Es preciso iluminar cuanto antes la ciudad para que no se convierta en nuestra tumba.
Unos quedaron escondidos en las puertas-cocheras de las casas vecinas, y otros siguieron a Harrison.
Muy pronto el destacamento, mucho menos numeroso ahora, tropezó con un grupo de hombres que pareciín ocupados en la puerta de una casa vecina. Harrison proyectó su linterna sobre el grupo, y los hombres que lo componían retrocedieron unos pasos.
—¿Quién sois? ¿Qué hacéis aquí?—preguntó Harrison.
—¿Y tú quién eres para hablar con ese tono?—preguntó uno de los del grupo, proyectando a su vez su linterna sobre Harrison—. ¡Ah! ¡Se trata del señor Harrison en persona! ¿Del hombre que nos hizo bajar a ese agujero del diablo?
Mientras tanto, Harrison tuvo tiempo de echar una ojeada sobre la banda. Todos iban provistos de paquetes, y algunos llevaban debajo del brazo líos de ropas. No había duda de que se trata ba de bandidos que habían salido aprovechando la ocasión propicia.
—¿Os dedicáis a robar, según parece?—dijo Harrison con tono severo.
—Sí. ¿Y qué?—preguntó con tono retador la misma voz. No querrás que te pidamos antes permiso...
—¡Canallas!—gritó Harrison—. Mientras por todas partes no hay más que muerte y ruinas, vosotros...
No pudo terminar. En la mano del jefe de la banda brilló un revólver. Pero Harrison, al descubrir su gesto, se le adelantó y, sacando del bolsillo el revólver, tiró a quemarropa contra el jefe de la banda, dejándole en el sitio.
Sonaron otros varios disparos de revólver, y se entabló una escaramuza.
A los pocos minutos, Harrison cayó al suelo herido. Sentía agudos dolores en el hombro derecho, y al llevar a él la mano se dió cuenta de que la herida sangraba en abundancia. Pero, a pesar de la pérdida de sangre, no tardó mucho en levantarse de nuevo, y a la luz de su lámpara pudo ver, tendidos en el suelo, varios muertos y heridos. De los pechos de los agonizantes se escapaban sordos gemidos.
—¿Hay todavía alguno vivo?—preguntó.
Varias voces le contestaron. Entre ellas reconoció la de Morel, director de Obras públicas, y algunos otros voluntarios.
—¿Qué le pasa? ¿Está usted herido?—preguntaban todos a Harrison.
—No es nada. Una bala que me habrá alcanzado el hombro. ¡Adelante! Esos canallas nos han hecho perder demasiado tiempo. Nuestro destacamento se ha reducido mucho.
No quedamos más que seis.
—Con eso basta. Pero hay que darse prisa.
Y arrancando de un tirón la manga de su camisa, vendó de cualquier modo la herida y se puso en marcha.
A cada paso tropezaba el grupo con bandas de malhechores que, a la luz de lámparas de bolsillo, forzaban las puertas de las casas. Pero no había tiempo que perder con tales desalmados.
—¡Hay que darse prisa!—gritaba Harrison sin cesar—. Adelante! ¡Adelante!