La catástrofe · Unidad 36 de 47

Segunda Parte · XV

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

XV

Durante veinte horas estuvo París subterráneo envuelto en tinieblas impenetrables. Millares de corazones sentían la opresión de una mortal congoja, como si las gentes estuviesen enterradas vivas.

Los malhechores se entregaban con celo a su trabajo. Bandas de criminales, en su mayor parte escapados de las cárceles destruídas o abandonadas por los carceleros, hacían irrupción en las casas y llevaban consigo cuanto encontraban a mano. Si se les oponía resistencia recurrían a los cuchillos y revólveres. Las más de las veces, los habitantes de las casas, apelotonados por el miedo en un rincón cualquiera, dejaban a los ladrones en completa libertad. Al proyectar los bandidos sobre esos grupos sus lámparas de bolsillo, las víctimas trataban de hacerse menos visibles, más insignificantes en su rincón. Se tapaban la cara para evitar los rayos de una luz que era mensajera de la muerte. Los niños sollozaban, y las personas mayores se encontraban mu chas veces faltas de voz para poder gritar de espanto.

A los horrores que sufrían los habitantes iba unida la ignorancia absoluta de cuanto sucedía en la ciudad. La gente no sabía el porqué de aquella oscuridad ni lo que sucedía fuera de sus casas. Las suposiciones más absurdas nacían en los cerebros calenturientos, y el ruido de las casas, al derrumbarse, hacía nacer en las imaginaciones la duda horrible de si los zootauros acababan de penetrar en el subterráneo.

Y cuando sobrevenía un intervalo de silencio era todavía mayor el terror de las gentes. Se abrían los ojos desmesuradamente para escrutar las tinieblas circundantes, y espiaban el silencio, en cuyo seno misterioso parecía albergarse algo de siniestro y amenazador.

Las horas, y aun los minutos, parecían inacabables. Muchas personas jóvenes aun emblanquecieron durante aquella noche, y otras perdieron la razón. Sobre todo, entre las mujeres y los viejos abundaron las muertes por parálisis del corazón.

La central eléctrica quedó reparada tan sólo hacia el mediodía del día siguiente. Inmediatamente se alumbraron los focos en diversos lugares de la ciudad.

De millares de pechos surgió un grito de alegría. Diríase que se había levantado la losa de la tumba y que los enterrados en vida veían de nuevo la luz del día.

Sorprendidos por la luz imprevista, los bandidos pusieron pies en polvorosa, abandonando en su fuga el botín de sus pillajes. En las plazas y calles, hasta entonces completamente desiertas, aparecieron patrullas de soldados y policías. Se abrían las puertas y las ventanas, y millares de gentes, movidas por la curiosidad, se lanzaban a la calle para averiguar lo que durante aquella noche inolvidable había sucedido.

Y apenas las miradas se hubieron reconciliado con la luz, se reanudó la lucha entre ambos campos con igual furia. Los rebeldes concentraban a toda prisa sus fuerzas en las plazas de la República y de la Bastilla, el Faubourg Saint—Antoine y las calles vecinas. Las tropas ocupaban la plaza de la Concordia y sus alrededores.

A los pocos minutos se entabló la batalla. Después de una noche de horrores vino el dia con otras mil amenazas de muerte.

Harrison y sus camaradas salieron de la central eléctrica, y atravesando la plaza de la Concordia se dirigieron hacia la casa donde estaba reunido el Comité de Defensa. Pálido, a causa de la pérdida de sangre y de una noche de insomnio y de trabajo, con los vestidos desgarrados y la cara manchada de aceite, Harrison estaba desconocido. Cualquiera de sus amigos que mejor le conocieran habría podido tomarle por un golfo cualquiera.

El aspecto de sus camaradas era igualmente miserable.

Llovían los obuses, que cortaban el aire con silbidos semejantes al de un hierro candente metido en el agua. Las casas se venían abajo, temblaban las ventanas, se hacían añicos los cristales, y las hojas se desprendían de los árboles.

—¡Esos locos quieren destruirlo todo!—murmuró Harrison.

Cada vez que en lo alto se oía el silbido característico, Harrison y sus camaradas seguían la trayectoria del obús para tratar de averiguar el punto de caída. Cuando el obús amenazaba con caer muy cerca, atravesaban corriendo la calle o pasaban a una de las calles vecinas.

De pronto, cuando se encontraban ya a un centenar de metros de la casa donde estaba reunido el Comité de Defensa, estalló un obús en el lado opuesto de la calle. Nada pudo verse durante un minuto a través de la nube de polvo y de escombros. Cuando la nube se disipó pudo verse cómo, entre charcos de sangre, se arrastraban en el suelo varios hombres.

Entre ellos se encontraba Harrison, mortalmente herido en la cabeza y el costado izquierdo.

La triste noticia circuló de calle en calle y de barrio en barrio con la rapidez de una centella.

—¡Harrison muerto! ¡Ha sido muerto Harrison—exclamaban las gentes con voz entrecortada.

Y de todas partes corría la multitud hacia el lugar de la desgracia.

Stephen acudió también. Se abalanzó sobre su amigo, e inclinándose y conteniendo apenas los sollozos, le preguntó:

—¿Qué le pasa? ¿Está usted herido?

—Muero, mu... ero—balbuceó Harrison de un modo apenas perceptible—. Decid al pueblo... de Paris que...

—¿Qué? ¿Qué?—preguntó Stephen, inclinandose todavía más.

Pero los ojos de Harrison se cubrían ya con el velo de la muerte, y de sus labios empezó a brotar la espuma.

Exhaló un último suspiro: el suspiro de adiós a la Tierra, a la vida, a los hombres, a cuanto estaba cerca de su corazón.

Stephen dejó caer con cuidado la cabeza de su amigo, como temiendo hacerle daño aún, le cerró los ojos, se levantó y con la cabeza desnuda hizo la señal de la cruz.

Durante algunos minutos reinó en la ciudad un silencio profundo. Hubiérase dicho que Paris subterráneo quería honrar con un silencio religioso al que había sido su padre espiritual y.uno de sus principales forjadores.

Pero en los días de ansiedad y de incertidumbre los vivos no gustan de detenerse largo tiempo ante los caídos. Pronto fué desgarrado el aire por el silbido de un obús que anunciaba la muerte y la devastación.