La catástrofe · Unidad 37 de 47
Segunda Parte · XVI
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XVI
La batalla en las calles cesó tan sólo dos días más tarde.
París parecía un campo de batalla sobre el cual se hubiese cernido largo tiempo la muerte triunfante, cosechadora de un rico botín de sangre.
En ambos campos eran a millares los muertos y los heridos. Los cadáveres eran recogidos aprisa de las calles y plazas. Millares de obreros, dirigidos por técnicos de las diversas especialidades, reparaban lo que había sido destruído en la furia ciega de la guerra civil.
Los rebeldes experimentaron un serio fracaso. Una parte de ellos consiguió huir de París. Otros fueron detenidos y encerrados en prisiones provisionales. Todas las cárceles de París habían sido destruídas durante la revuelta.
Los funerales de las víctimas tuvieron un carácter de triste solemnidad. Lúgubremente resonaba bajo las bóvedas el tañido fúnebre de las campanas de Notre-Dame de París. Las notas de la marcha funeral resonaban con profunda melancolía. En el cortejo figuraban numerosas banderas con lazos y corbatas de luto, y los ataúdes negros llevados en hombros semejaban barcas misteriosas derivando hacia el océano de la Eternidad.
Como el buque-almirante de esta escuadra negra, iba ante todos el ataúd de Harrison, adornado con numerosas coronas y cintas de luto. Con la misma seguridad guiaba ahora Harrison el cortejo de los muertos hacia el océano de la Eternidad, que en vida supo guiar a las multitudes por el océano de la Vida.
En el cementerio, ante el crematorio, Stephen, después de consagrar a las víctimas un emocionante discurso, pronunció algunas palabras en honor de Harrison. La multitud escuchó a Stephen, las cabezas bajas y descubiertas.
—¡Ciudadanos!—dijo—. De todas las pérdidas que acabamos de sufrir es ésta quizás la más grave. Damos el último adiós a un ciudadano cuya patria fué el Mundo entero. Ha muerto; pero su obra no podrá considerarse muerta mientras continúe latiendo un solo corazón humano. El nos indicó la vía de salvación y puso la primera piedra del París subterráneo. A su genio y a su energía deben la vida millones y millones de seres humanos. Su noble corazón era como una antorcha llameante. ¡Gloria y honor al luchador infatigable por el bien de la Humanidad! Inscribió su nombre con letras de oro en el libro de la Historia, y este nombre será pronunciado con respeto por nuestros más remotos descendientes. Que la Tierra, sobre la cual dejó tantas huellas profundas de su genio creador, le sea ligera. En la medida de nuestras fuerzas, nosotros continuaremos su obra. Sobre su tumba vamos a prestar juramento de olvidar cuanto nos había separado, y todos juntos, reuniendo nuestras fuerzas, ponernos a trabajar para reparar las ruinas y curar las heridas. Este será el mejor medio de honrar la memoria de Cresby Harrison, el gran amigo de la Humanidad...
** *
Una vez quemados los cuerpos de los muertos, los vivos pusieron manos a la obra.
Con el mismo celo puesto ayer en la destrucción de sus hogares, las gentes se aplicaban hoy a reconstituirlos. Reparaban las casas, las vías; volvían a su sitio los raíles arrancados. París había recibido heridas sangrientas que exigían una curación urgente y rápida.
Algunos días más tarde, el sol artificial, puesto de nuevo en orden, volvió a alumbrar París con su luz fría e impasible. Esta luz no inspiraba a las gentes la menor alegría. Muchos lo miraban con ojos tristes y acusadores.
La vida se reanudaba poco a poco. El trabajo renacía en las fábricas y talleres. Fué declarada una guerra sin cuartel al ocio y a la pereza. Cuantos eran capaces de trabajar fueron puestos al pie de las máquinas. El Comité de Defensa asumió el control de la producción, y, junto con los delegados de las asociaciones obreras, reglamentaba las condiciones de trabajo, intervenía en el reparto de los beneficios entre los obreros y empleados de las Empresas, y se ocupaba de resolver los conflictos. Fueron prohibidas las huelgas y castigadas severamente las maniobras encaminadas a provocar la paralización del trabajo.
—No es éste el momento de hacer huelga—decía Stephen en sus visitas a las fábricas—. Los obreros son dueños casi absolutos de las Empresas, los capitalistas ocupan un lugar secundario, y no pueden emprender ninguna iniciativa sin el consentimiento de los Comités de Fábrica. En estas condiciones las huelgas son un crimen, y el Gobierno no las tolerará, por lo menos mientras duren circunstancias como las presentes, que reclaman la tensión de todas las fuerzas.
Los propietarios y empleados de fábricas y talleres quedaron, en efecto, reducidos al papel de simples empleados de sus Empresas. Si alguno de ellos se negaba a someterse a ese estado de cosas era sencillamente eliminado por el Comité de Defensa, y éste, de acuerdo con la Comisión obrera, designaba a un nuevo gerente.
Por medio de la Prensa a sus órdenes, la Asociación de Amigos del Orden hacía una campaña encarnizada contra el Gobierno. No tardó la Policía en descubrir una conspiración tramada por esos señores, cuya primera víctima designada era el propio Stephen. Los principales conspiradores, a la cabeza de los cuales figuraba Pruneau, el "Rey del Acero", fueron detenidos.
Al ser conducido a la cárcel, Pruneau tuvo un ataque de apoplejía y falleció aquella misma noche.
La Asociación de Amigos del Orden quiso hacer del entierro de Pruneau una manifestación contra el Gobierno. "Estamos seguros—decía uno de los periódicos subvencionados por dicha Asociación—que el pueblo acudirá en masa a rendir un último homenaje al hombre que tanto había contribuído a la prosperidad de la industria nacional." Pero estas esperanzas no se confirmaron. Casi nadie acudió al entierro, y el "Rey del Acero" se fué al otro mundo acompañado tan sólo de algunos amigos.
En las provincias la revuelta fué asimismo sofocada en casi todas partes. Las ciudades, donde el Poder había pasado a manos de los rebeldes, fueron reducidas a la obediencia. En algunos sitios la represión fué sangrienta; pero en la mayor parte bastó que se presentara un destacamento militar de París para que los rebeldes se rindieran y se dieran a la fuga precipitada. Convencidas de que una vez restablecido de la crisis de los últimos dias París disponía de fuerzas suficientes, las provincias volvieron a someterse a su hegemonía.
Por otra parte, las sublevaciones locales habían servido casi siempre para entronizar en el Poder a la escoria de la población, paralizando la vida económica y provocando una crisis de la alimentación que servia para hacer aumentar todavía el descontento. La población, al ver sus esperanzas fallidas, volvía la espalda a los nuevos detentadores del Poder, y siguiendo una secular costumbre, volvía sus ojos hacia París. Grupos diversos se disputaban el Poder, la guerra civil hacía estragos, la anarquía iba en aumento, el pillaje no cesaba, la vida se hacía cada vez más insoportable, y la población soñaba tan sólo con el restablecimiento de un Poder fuerte. Esto fa cilitaba en alto grado la tarea del Gobierno central.
Tan sólo Lyón y Lilla opusieron una resistencia embravecida.
En Lyón, los rebeldes, anarquistas la mayor parte, disponían de fuerzas considerables y se negaban resueltamente a deponer las armas. A las exigencias del Gobierno central replicaban con burlas y amenazas. La ciudad quedó transformada en un campamento militar. Bajo amenaza de sangrientas represalias fueron movilizados todos los hombres capaces de llevar armas. A fin de impedir la llegada de tropas de la capital, la línea del ferrocarril fué destruída hasta varias decenas de kilómetros en derredor.
—Tendrán que rendirse por hambre—decia Stephen, a quien horrorizaba sobre todas las cosas la idea del derramamiento de sangre.
Un Gobierno que no puede dar pan a la población es un Gobierno condenado. Los estómagos vacíos son sordos a todos los lemas revolucionarios. Y al acercarse a Lyón una división de Infantería enviada de París, millares y millares de lioneses se apresuraron a salir a su encuentro, acogiendo con júbilo a los soldados y haciendo lo posible para facilitarles su entrada en la ciudad.
Dándose cuenta de que la situación se ponía seria, el Directorio se dió a la fuga. Inmediatamente después fué izada en la Casa de la Villa la bandera nacional, tan odiada de los rebeldes.
La victoria sobre los insurrectos de Lille exigió asimismo prolongados esfuerzos. El Consejo de Elegidos del Pueblo disponía de decenas de millares de obreros tejedores, bien armados y bien disciplinados. La guarnición local hizo causa común con los rebeldes. Durante veinticuatro horas, casi sin interrupción, las calles de Lille fueron teatro de la batalla entre los rebeldes y las tropas de París.
Pero como era inevitable, París resultó vencedor.