La catástrofe · Unidad 38 de 47
Segunda Parte · XVII
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
XVII
La Francia subterránea volvió a su vida apagada y gris como el hombre joven que después de correr aventuras vuelve a la vida seria.
Los días transcurrían monótonos, sin alegria, sin la salida y el ocaso del Sol, y en nada se distinguían de las noches.
Las gentes trataban de adaptarse a las condiciones de la existencia subterránea; ahogaban en sus corazones la nostalgia del cielo, del Sol, de los azules espacios infinitos, y se volvían ellas mismas grises, sin color, como si la tierra entre la cual vivían lanzara sobre las existencias humanas su reflejo.
Y al propio tiempo que los colores, se empañaban las facultades de la inteligencia, se apagaban una a una las chispas de genio desparramadas entre los hombres por la Naturaleza, como las chispas de fuego se apagan al caer sobre un campo de nieve. Bajo las pesadas bóvedas, entre las masas de tierra gris, parecía faltar espacio para que las fuerzas intelectuales del hombre se desenvolvieran, y las chispas del ge nio humano carecían de aire para poder convertirse en una llama potente. La tierra lo aplastaba todo, lo nivelaba todo, borraba los trazos de la individualidad.
Faltaba a los poetas inspiración para componer versos, y las rimas que alguna vez salían de su pluma eran tristes y pesadas como las bóvedas suspendidas sobre sus cabezas. En los versos no había luz del Sol, claro de Luna ni azul del cielo. No eran en nadie un estímulo para aspiraciones nobles y orgullosas, una invitación a la lucha por el ideal, un arrullo para delicadas y deliciosas ensoñaciones.
El célebre poeta Delancre, después de largos y vanos esfuerzos para resucitar las bellas imágenes que antes bajo el cielo abierto surgían potentes en su imaginación y transformarlas en estrofas sonoras, rompió la pluma indignado y buscó en el vino el olvido de su desgracia. Mal vestido y peor peinado, rodaba por las calles, reuniendo a veces en torno suyo la muchedumbre de los curiosos y desocupados, y recitando con voz enronquecida por el alcohol y golpeándose con énfasis el pecho, los versos compuestos tiempo ha bajo la bóveda infinita:
El Sol, como un dios de fuego, surca en su carro el océano celeste...
comenzaba con tono solemne.
Después interrumpía su declamación, fruncía el ceño, se golpeaba la frente a puñetazos como para despertar la memoria dormida, y con voz sollozante exclamaba:
—¡No me acuerdo! ¡No me acuerdo de mis propios versos! ¡Dios mío, qué horror! ¡Olvidar sus propios versos! Si pudiera tan sólo recordar... Probemos otra vez...
Y adoptaba una actitud de actor trágico, la mano extendida con gesto ampuloso para comenzar de nuevo:
El Sol, como un dios de fuego, surca en su carro el océano celeste... el océano celeste... celeste...
—¡Imposible! ¡No puedo acordarme! Y tan sonoras y brillantes eran las estrofas que cuando las recitaba allá, en lo alto, yo mismo creía ser un Dios. ¡Esas malditas bóvedas! ¿Cómo va a ser posible cantar aquí el cielo y el Sol? ¡Malditas sean esas bóvedas abominables, que no nos dejan ver el Sol! ¡Yo, el poeta Delancre, os maldigo por los siglos de los siglos! Amén.
Furiosamente levantaba los brazos en alto con el puño cerrado. Pero pasado el paroxismo de la cólera, rompía a llorar amargamente.
Barreau, el cantador popular, autor del cuplé de los zootauros, siempre tan alegre y chispeante como el champaña de su país natal, se convirtió en un hombre taciturno y triste. En su espíritu se habían apagado las fuentes de la alegría y de la risa. En las tabernas, que habían sido siempre su tribuna, su escenario y, por así decirlo, su segunda casa, hacía ahora vanos esfuerzos para divertir al público con los cuplés, canciones y chistes, que tantos éxitos le habían valido. Pero los mismos que antes habían reído sus ocurrencias hasta desternillarse le escucha ban ahora con aire de aburrimiento, como si se tratara de una conferencia de economía política. Dándose cuenta de que era hombre perdido, Barreau bebía sin parar copa tras copa, y una vez borracho se dedicaba a promover escándalos y a insultar al público.
—¡Paso, imbéciles!—gritaba levantando la cabeza, arqueando el pecho provocativamente y levantándose sobre las puntas de los pies, a fin de dar un poco de realce a su pequeña estatura—. Tenéis ante vosotros al propio Feliciano Barreau! ¡Me llamaban mago y brujo! Los más grandes escritores y artistas venían a las sucias tabernas donde yo cantaba y aplaudían hasta romperse las manos. Cuando cantaba Mimí , el barrio entero rugía de entusiasmo y entonaba el estribillo. ¡Sí, señores: digan ustedes lo que quieran, yo soy siempre, cuando menos, Barreau! Mientras que ustedes, ¿quiénes son? ¿Para qué existen? Antes apestabais el cielo con vuestro aliento, y ahora apestáis estas bóvedas. ¡Enanos, miserables pigmeos, almas pobres, que ignoráis lo que es la llama y el impulso de la inspiración! ¡Oidlo bien! ¡Yo, Feliciano Barreau, os desprecio con toda mi alma y os veo desde mi cúspide como pequeños escarabajos!...
Tan pequeño era el pobre Barreau, que para mirar las gentes de arriba abajo pasaba los grandes apuros, y procuraba todavía más enderezarse sobre las puntas de los pies y echar el pecho fuera. Estas escenas terminaban siempre de una manera triste para el pobre Barreau: el tabernero lo echaba de la taberna con malos modos. El infeliz llamaba entonces largo rato a la puerta como un desesperado.
Los pintores trataban de pintar de memoria el cielo, las puestas de Sol, las nubes, las montañas, el mar. Pero todos sus esfuerzos resultaban vanos, y desesperados, furiosos, acababan desgarrando sus telas.
El célebre paisajista Pascal Lacroix mandó un día invitaciones a sus amigos para que visitaran su taller. La impresión que sus cuadros produjeron fué deplorable. Las telas no eran más que un abigarramiento de colores, y el dibujo era como de un niño de cinco años.
—¡Señores!—dijo Lacroix dirigiéndose con solemnidad a los presentes—. Os he invitado para asistir a los funerales del célebre pintor Pascal Lacroix. Sin lágrimas, ni coronas, ni discursos. Lacroix quiere bajar a la tumba sin pompa ni boato. Pero antes contemplad esas telas. ¿No es verdad que son obras maestras?
Los invitados guardaban un silencio penoso.
—Pero ¿por qué ese silencio?—insistía Lacroix con buen humor—. Fijense en esta puesta de Sol. O en ese mar, dormido a la luz de la Luna. ¿Han visto ustedes nunca algo semejante?
Y diciendo esto cogió un gran cuchillo y empezó a apuñalar las telas en todos sentidos. Cuando estuvieron completamente destrozadas se desplomó, agotado, sobre una silla y estalló en una risa histérica:
—¡Ja, ja! ¡Pascal Lacroix ha muerto! ¡Los zootauros lo han devorado! ¡Que la tierra le sea leve! Propongo levantar la sesión en señal de duelo.
A la mañana siguiente los periódicos daban la triste noticia de que el pintor Pascal Lacroix se había vuelto loco.
Era un loco tranquilo. Instalaba su caballete en una esquina y se sentaba ante él con el pincel en una mano y en otra la paleta. Levantaba a cada momento los ojos en alto, como contemplando algo que sólo él podía descubrir, y con gran aplicación iba depositando sobre la tela manchas de color. Cuando le preguntaban qué estaba pintando, contestaba:
—Una puesta de Sol. ¿No lo ven ustedes? Por esas nubes se filtran los últimos rayos de luz. ¿No es verdad que el efecto es admirable?
Los amantes tampoco podían soportar la falta del Sol. De sus caricias había desaparecido el encanto, y las declaraciones de amor eran frías e indiferentes.
—¡Sol de mi alma!—murmuraba un muchacho acariciando a su novia.
Pero al levantar los ojos en alto, hacia las bóvedas grises y frías, sentía que las palabras de amor se helaban en sus labios.
—¿Por qué te callas, amor mío? ¿En qué piensas?—le preguntaba ella.
—Pienso en lo felices que seríamos si el Sol, el verdadero Sol, alumbrara nuestro amor.
—Es cierto—contestaba la muchacha—. ¡Ya casi no me acuerdo del Sol!... Aquel último paseo por el Luxemburgo al atardecer con los rayos filtrándose por entre el follaje... La tierra era tan cálida que casi quemaba los pies...
Hasta los niños habían perdido el don de la risa. Sin sus juegos y gritos las calles tenían una tristeza infinita. Sus mejillas iban perdiendo el color. Los que habian bajado al subterráneo de pequeñuelos y no se acordaban del Sol, preguntaban a sus madres:
—¿Es que el Sol de arriba no es como el nuestro?
—No, hijo mío. Es muy distinto.
—Pero, entonces, ¿cómo es?
La madre quedaba unos instantes perpleja, como tratando de resucitar en su memoria la imagen del verdadero Sol.
—El verdadero Sol es grande, muy grande. Y su luz calienta hasta volver las mejillas rojas, como cuando se está cerca de una chimenea encendida...
—¿Es que yo no lo veré nunca?—preguntaba el niño.
—Sí, hijo mío. Muy pronto. ¡Muy pronto lo verás!...
Y la madre besaba con ternura las mejillas de su hijo, como para infundirle con sus cálidas caricias el calor del Sol que le faltaba.